Martes, 29 de octubre de 2019

El rey Saúl fue iluminado por el Espíritu de Dios para profetizar y para ver un poco la magnificencia de Jehová. Pero no podemos negar que Saúl fue un castigo para el pueblo de Israel que pedía rey como las demás naciones. El intento de quitarse el yugo de Dios (la Teocracia) devino en azote para la nación. Saúl es un ejemplo de todo lo que dice el texto de Hebreos 6:4, ya que él representa un espíritu de estupor para que crean y se pierdan los que aman la mentira.  Ni qué hablar del rey Acab, quien vio la grandeza de Dios a través de Elías, quien gustó el poder del Espíritu en los profetas de Jehová, pero que sucumbió ante los baales de Jezabel. No sucedió así en un gran pecador de Israel, el rey David. David fornicó, asesinó, maquinó por meses el engaño ante el pueblo y ante los dirigentes de su reino, se robó a una mujer dada en matrimonio a otro hombre. También ignoró el testimonio de Jehová contra tales hechos, después de haber gustado los sabores del reino venidero. Pero a David le fue dado arrepentimiento y fue llamado un hombre conforme al corazón de Dios.

Dos hombres pecadores y contemporáneos: Saúl y David. Ellos nos ilustran claramente el contexto en que fue dicho Hebreos 6:4. La apostasía es un pecado sostenido de apartamiento de la militancia en un credo o en una fe. La apostasía del cristianismo es la caída de la fe cristiana, y nadie puede caer de esa fe si antes no se ha subido en ella. El montarse y cabalgar en el credo cristiano implica el conocimiento de la palabra de Dios, el gusto que da el Espíritu Santo por la palabra divina (como también la gustó Judas Iscariote, presenciando maravillas y milagros del Mesías –tal vez él iba en la comisión de los setenta). Pero no olvidemos que la caída de Judas Iscariote no se produjo porque desobedeció al Espíritu de Dios sino más bien porque era un hijo de perdición. La fornicación y la desgana de Esaú se produjeron por haber sido odiado por Dios desde antes de su formación, desde antes de que fuese concebido y desde antes de que hiciese bien o mal. El conjunto de apóstatas de la fe no pueden ser vistos fuera del conjunto de réprobos en cuanto a fe. Es decir, el que apostata lo hace porque aún antes de apostatar es un réprobo (desde antes de la fundación del mundo), si bien en la historia de su vida es cuando comete el pecado de apostasía.  Así como es imposible que esta gente sea renovada para arrepentimiento, lo mismo se dice del creyente elegido: será imposible que apostate, por cuanto nadie podrá arrebatarlo de las manos del Padre y del Hijo (evangelio de Juan).

Los apóstatas han gustado los dones celestiales, como Cristo gustó la muerte. Pero el Señor no fue absorbido por la muerte ni por el pecado (a pesar de haber sido hecho pecado), de la misma manera que los apóstatas no son absorbidos por esos dones celestiales que apenas gustaron.  El Espíritu Santo es la garantía (las arras) de nuestra salvación final, está todos los días hasta el fin del mundo en el corazón del creyente. Por esta razón no ha habitado un instante en la vida de un apóstata, a pesar de que ellos hayan sido participantes del Espíritu Santo. Esa participación debe serlo en el conjunto de la iglesia verdadera de Cristo, donde normalmente se mueve el apóstata. El apóstata mira lo que sucede en sus prójimos, pero ese participar no se refiere jamás a la presencia de tal Espíritu en su vida. Recordemos de nuevo a David, cuando su pecado lo llevó a exclamar: No quites de mí tu Santo Espíritu, devuélveme el gozo de tu salvación. El Espíritu no había sido quitado de él, por cuanto si hubiese sido así no habría clamado por perdón, ni reconocido su pecado ante Natán; tampoco habría sido declarado que era conforme al corazón de Dios. Dios no salva y condena al mismo individuo, porque Él es un Dios que no cambia. Por el contrario, Saúl no elevó una plegaria parecida, sino que le pedía a Samuel que orara a su Dios para que lo dejara gobernar a Israel. Le pidió al profeta que estuviera con él frente al pueblo, para que éste viera que andaba en compañía santa. Su preocupación fue la apariencia ante el pueblo que gobernaba, su amor era el gobierno que tenía, su deseo de que Jehová le hablara era a causa del vaticinio favorable acerca de sus batallas. Nunca lloró por el horror de pecar contra Jehová, como lo hizo David cayendo a tierra cuando Natán le dijo: tú eres ese hombre.

Los enemigos del evangelio dan por seguro que el que ha sido verdaderamente regenerado y justificado, que está santificado bajo la gracia, puede apostatar. Esa aseveración violaría lo dicho por Pablo en Romanos 8:1,11,14,16,28-30). El creyente peca contra el Espíritu, en la medida en que desobedece su palabra (Ananías y Safira), pero una cosa es pecar y otra muy distinta es escapar del camino, caer en total apostasía. La palabra griega para apostasía significa ser apartado hacia otro lugar, despedirse, alejarse por completo, entre otras acepciones. El vocablo usado en Hebreos 6:6 es otro vocablo que implica casi la misma idea: Παραπίπτειν (parapiptein), cuyo significado es ser llevado por el error, estar perdido, caer, etc.

En el contexto de Hebreos hemos de tener en cuenta la voluntad del Padre en redimirnos, cosa que la iglesia judía era reacia a entender. Ya era bastante para su cultura el tener que admitir a los gentiles en el llamado del evangelio, pero otra cosa difícil era separarse por completo del ritualismo de la ley de Moisés. No se puede crucificar al Señor dos veces, no puede él ser el Mesías prometido, lo que vendría después de la sombra de aquellos sacrificios, y al mismo tiempo volver a las sombras antiguas. Ese ritualismo forzaba a los neo-creyentes a querer imponer nuevos rituales (un nuevo bautismo, por ejemplo), un nuevo arrepentimiento de obras muertas (cosa que se hizo en la conversión). Es cierto que pecamos continuamente y es cierto que debemos confesar nuestros pecados, pero el mismo apóstol Juan que habla de esto también dijo que el cristiano no peca (entonces, hay que ver ese texto de Juan junto con el texto de Hebreos, en su advertencia contra la apostasía).

Ese grupo de personas descritas en el mensaje a los hebreos no distinguían muy bien entre el bien y el mal, entre las obras de la carne y la obra del Espíritu. Ellos no tenían los sentidos ejercitados, siempre andaban en los primeros rudimentos sin la alimentación sólida de la palabra. Esto llevaba de nuevo (como hoy día suele suceder) a los ritualismos, a aquello que da apariencia de religión, sin que se ocupe la mente en lo que es la doctrina de Cristo.

Jesús dijo: Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto? (Juan 11:26). Judas Iscariote no creyó jamás que Jesucristo era el Hijo de Dios, lo vio como un líder Mesías que podría liberar a Israel del yugo romano. Judas Iscariote jamás vivió en Cristo, de otra manera no habría sido el traidor que fue. La razón ya la sabemos, fue dicha por el mismo Cristo: ay de aquél por quien fuere entregado el Hijo del Hombre. También dijo en otra oportunidad que él había elegido a sus discípulos, pero que uno de ellos era diablo. Hablaba de Judas, porque la Escritura tenía que cumplirse, por lo cual el Hijo del Hombre iba como también estaba escrito de él. Los creyentes en Cristo prueban la muerte física, pero no mueren eternamente; los incrédulos (incluyendo los apóstatas) pueden gustar o probar la gloria venidera expuesta en las Escrituras, pero no viven eternamente. Herodes oía con atención a Juan el Bautista, gustando esa palabra sin ingerirla y digerirla.

Como seres humanos, los creyentes que estamos en el mundo, aunque no seamos de él, cometemos errores, gustamos las cosas temporales y en ocasiones nos enredamos en ellas. Pero no somos del mundo y por eso el mundo nos aborrece, de manera que aunque estemos ahí no somos de ahí. Caso contrario, los que son del mundo aman sus cosas, gustan y prueban con agrado los deleites de los ojos y los atractivos de la carne, junto con la vanagloria de la vida. Ellos pudieran gustar las cosas del Espíritu de Dios, llegar a amar la palabra divina, vivir de acuerdo a las normas religiosas que les parecen atractivas y socialmente convenientes. Pero por no ser del reino de los cielos abandonan sus creencias cristianas en señal de gran apostasía.

Justo es decir que la apostasía ha sido vista como un gran mal, en tanto concepto religioso. Pero al menos un apóstata es alguien que se descubre y que se declara apartado del camino real del reino de los cielos. Hay otros cristianos profesantes que mueren sin apostatar de la fe, pero engañan mucho más a los que los imitan. Ellos permanecen fieles en su doctrina aprendida, en sus costumbres de la religión que profesan, pero creen en un Cristo diferente al de las Escrituras. Su cuerpo doctrinal los delata, pero solo ante los ojos que sostienen la verdadera doctrina de Cristo. Precisamente, como ellos no apostatan de su fe, los ciegos que los siguen no se dan cuenta del error en el que militan todos ellos. De allí que urge examinarse cada quien para ver si ha creído en el verdadero evangelio de Jesucristo. Cualquier otro evangelio es considerado anatema. La apostasía es vistosa a los ojos del mundo religioso, pero menos vistoso es el engaño en el que permanecen miles y millones de cristianos profesantes, cuya doctrina se distancia de la doctrina de Cristo.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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