Domingo, 13 de octubre de 2019

Deber de cada creyente, como de cada ser humano lógico, es asegurar la fuente de la verdad. En materia de fe (de vida y muerte) no conviene darse a la práctica del azar, de la duda o de la cábala, más bien resulta prudente ser lo más racional posible. Fe y razón no son conceptos excluyentes, más bien la fe debe ser razonada. Por ejemplo, si Pablo dijo que todo lo podía en Cristo porque él lo fortalecía, jamás uno puede imaginar al apóstol arrojándose desde la cima de un monte para probar su fe. Esa irracionalidad es propia de Satanás, quien quiso probar al Señor con tal maquinación. La respuesta ante ese pensamiento irracional es que no debemos tentar (probar) al Señor nuestro Dios (Deuteronomio 6:16; Lucas 4:12).

Nuestra fuente de verdad es la Escritura, por lo que debemos siempre acudir a la ley y al testimonio. La revelación de Dios para su pueblo ya fue dada en forma completa por lo que no podemos suponer una revelación continuada, constante, novedosa cada siglo o estación del año. El deber del creyente es acudir con su razón a buscar el texto de la Escritura, en su contexto y de acuerdo a la gramática de la lengua. No conviene aislar textos como un pretexto para sustentar nuestra concepción previa de lo que deber ser Dios. No conviene, tampoco, buscar textos al azar para buscar una guía en relación a un propósito nuestro en el que no estamos seguros de cómo afrontar. La oración o plegaria no es un lanzamiento de palabras para dejar al azar de Dios, como si Él no quisiera respondernos. Si uno examina las súplicas de Jesús, puede encontrar una clara referencia al ceñimiento que le debía a la Palabra. Además, Jesús es el Verbo hecho carne, mal hubiese sido que no se hubiera ajustado a lo que él mismo hubo declarado a sus siervos y profetas.

Existe una práctica extraña en las congregaciones de los que se profesan cristianos. Se trata de la bibliomancia, una actividad que consiste en abrir la Biblia y marcar con un dedo algún texto cualquiera para luego interpretar que eso es lo que Dios quiere para nuestras vidas. Es en realidad un arte adivinatorio o interpretativo, una eiségesis antes que una exégesis. Esa costumbre puede conducir a la pereza intelectual, a la espiritualización de nuestra relación con la Escritura, lo cual ha conducido a muchos al abismo de las revelaciones novedosas. Esa práctica extraña conduce a querer vivir experiencias extrañas que se suponen provienen del Espíritu de Dios.  Muchos se han dado al habla de lenguas raras, como si esa actividad estuviese avalada por las Escrituras.

Toda la Biblia nos ha sido dada por inspiración de Dios y sin error alguno. La doctrina de la inspiración es un principio básico por el cual se supone que existen todas las demás doctrinas que ella contiene. Las palabras de Jehová, palabras limpias; plata refinada en horno de tierra, purificada siete veces (Salmo 12:6). Jesús oraba en el Getsemaní, la noche antes de su crucifixión, diciendo que la palabra del Padre era verdad y que él deseaba que fuésemos santificados en esa verdad (Juan 17). Dios nos ha hablado desde antes por los profetas, mientras ahora nos habla por el Hijo (Hebreos 1:1-2). Frente a tal declaración no es posible buscar más revelación, como si lo que nos fue dado hubiese sido incompleto. Si a alguien no le es suficiente la palabra revelada, buscará una fuente distinta a la que emana agua para vida eterna.

Ha sido prohibido añadir o quitar algo a las Escrituras de manera que Dios no da nuevas revelaciones porque no considera insuficiente lo que Él mismo quiso revelar (Deuteronomio 4:2). Las cosas ocultas le pertenecen a Él, pero a nosotros lo que nos ha revelado. Aquellos que buscan y añoran una experiencia sobrenatural como fuente de fe, deberían leer de nuevo lo que Jesús refirió al condenado (por medio de la voz de Abraham) en el infierno: Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán si alguno se levantare de los muertos (Lucas 16;31). Imaginemos esa experiencia especial, que alguien a quien sepamos muerto y enterrado aparezca de repente en medio nuestro. Ni siquiera así la gente llegará a creer, ya que la única vía es la del evangelio (Moisés y los profetas).

A muchos cristianos profesantes les encanta el escuchar de boca de sus ungidos una revelación especial. No solo porque estén en incertidumbre respecto a una u otra decisión a tomar, sino porque además están sedientos de los eventos sobrenaturales.  Por esa razón escuchan a los que tienen sueños, a los que añaden a la Escritura nuevas revelaciones, a los que repiten textos bíblicos como si recibiesen una nueva revelación divina. Cuánta necedad en esa práctica, cuánta apertura a lo desconocido. ¿Puede alguien imaginar a Dios revelando lo que ya reveló? Si examinaran las Escrituras al punto de escudriñarlas en forma veraz, comprenderían que no es posible añadirle una jota ni una tilde, como tampoco se puede añadir a la estatura un codo.

Si la revelación cesó, la doctrina opuesta se llama continuismo. Esta enseñanza anima a sus partidarios a buscar los viejos dones extraordinarios, en el supuesto de que Dios no ha cesado de conceder esos regalos (profecías, lenguas, milagros, etc.). Bajo el alegato de que Dios es Todopoderoso y de que no es susceptible de limitación alguna, los proponentes de esa doctrina exigen la manifestación sobrenatural continuada para la ratificación de la espiritualidad en sus sinagogas. En cambio, la doctrina contraria –llamada en ocasiones cesacionismo (cesación)- predica que, si bien Dios tiene el poder absoluto para hacer como quiera, sus manifestaciones especiales se han dado bajo el evento de la autenticación de sus mensajeros especiales. En tal sentido, destacan Moisés y Josué, con dones especiales, de manera que se autenticara su liderazgo en el pueblo naciente. Años después aparecen en escena Elías y su ayudante Eliseo, también con milagros y prodigios. Ellos fueron autenticados como los líderes del despertar de Israel, de la reclamación para que se volvieran de los baales a Jehová. Siglos más tarde aparecen en escena Jesús y sus discípulos, quienes también hicieron señales y prodigios que autenticaban que eran enviados del Padre.

No debemos dejar de lado que el Magisterium y la tradición oral católico-romana son una forma vieja de continuidad en la revelación.  Lo que el Papa diga en materia de fe, se añade como mandato divino.  Si en una oportunidad se hubo creado el limbo (lugar donde iban los infantes que morían sin conocimiento del evangelio), ahora ha sido eliminado por el anterior Papa (Benedicto).  Es decir, para ese magisterium Dios revela una orden y posteriormente la elimina, eso sí, a través de los señores que interpretan la fe.  En el universo protestante también se dan brotes de esas manifestaciones de tradición oral (o de enseñanza magisterial), ya que muchos líderes y pastores se han dado a la tarea de echar suertes, de abrir páginas bíblicas marcando al azar, con sus dedos, para interpretar después como voluntad divina lo que allí se diga.  Ni qué decir de los que hablan en lenguas, como si Dios les quisiera revelar algo nuevo, o como si a través de esos sonidos que no entienden pudieran alabar al Dios en el que dicen creer.

Como antes fue dicho, se ha denominado bibliomancia al arte de descubrir un nuevo designio de parte de Dios, utilizando la Biblia como instrumento cuasi adivinatorio. Si alguien presenta alguna duda respecto a un viaje que debe realizar, como ejemplo, en lugar de valorar las consecuencias de dicho viaje (o de imaginar lo que sería en beneficio de la gloria divina) procura adivinar lo que conviene señalando al azar algún texto de la Biblia. Para lograr tal objetivo y dilucidar su duda, tales personas pueden también recordar un texto de la Escritura, sacado fuera del contexto, para aplicarlo a las circunstancias que se presentan con respecto a determinada inquietud. De esa manera pueden decir que como Jesús salía de una región a otra, ellos también deberían trasladarse de un lugar a otro.  Pero si prefieren quedarse, en lugar de viajar, podrían recordar otro pasaje bíblico que diga que alguien se quedó tantos días en la tierra de Capernaum, antiguo poblado pesquero de la antigua Galilea.

Tales prácticas señaladas son una clara manifestación de la negación de la suficiencia de la Escritura.  Si uno repasa el Antiguo Testamento puede corroborar que el Dios de Israel encomendó leer la ley dada a Moisés, a escribirla en los dinteles de sus moradas, en las mismas vestiduras, lo cual suponía que la gente estaba en el deber de aprender a leer y escribir. Sin importar que estuviesen distanciados del mundo citadino y cosmopolita, aquella gente que se movía por el desierto, que caminaba hacia la tierra prometida, había de entender que no hubo otro método de manifestación divina sino la palabra escrita dada por medio de los profetas (aparte de las señales sobrenaturales que acompañaron a aquellos enviados de Dios).  ¿Acaso no debe inspirar tal conducta narrada en la Biblia como un ejemplo de lo que muchos deben hacer y procurar?

El principio de tu palabra es verdad; y eterno es todo juicio de tu justicia (Salmo 119: 160).  La Palabra de Dios es suficiente para la instrucción de la justicia divina, para todo lo que nos pueda orientar en cuanto a lo que quiso enseñarnos. Hemos de estar claros en la advertencia que Jesús le dio a la mujer samaritana, cuando le dijo que los samaritanos adoraban lo que no sabían.  La palabra es lo que nos sustenta, así como la lengua nos hace humanos y da vida a nuestro raciocinio.  No vemos en el Nuevo Testamento ninguna tolerancia para las imágenes como método de enseñanza apostólica, como si fuera el mecanismo para el anuncio del evangelio. Sigue siendo la palabra escrita, la palabra hablada a partir de lo que fue escrito, el único mecanismo de enseñanza de las buenas nuevas de salvación.  Y en el Antiguo Testamento tampoco vemos tolerancia alguna para tener imágenes como si ellas fueran el camino pedagógico recomendado por Dios. Si la serpiente de bronce levantada como símbolo del Cristo que vendría fue convertida en un ídolo que hubo de ser destruido, debe entenderse que el Creador se oponía y se sigue oponiendo a tal conducta humana. ¿Por qué adorar lo que no se conoce, como lo hacían los viejos samaritanos?

Miremos, finalmente, el texto de Habacuc contra tales prácticas: ¿De qué sirve la escultura que hace el escultor? ¿De qué sirve la estatua fundida, maestra de mentira, obra en la que pone su confianza el que hace imágenes mudas? ¡Ay del que pide al palo que despierte, y que a la piedra muda le pide levantarse! ¿Cómo pretende ser maestro? ¡Sus imágenes están recubiertas de oro y plata, y no hay en ellas ningún hálito de vida! (Habacuc 2:18-19).

La fuente de verdad es la única guía que habrá de conducir al creyente que ha sido llamado eficazmente, como un valor absoluto que impedirá que éste siga al extraño (Juan 10:1-5). El fuego extraño es propio del pastor extraño, de los falsos maestros guías de ciegos, aquellos que se oponen a lo que es verdadero. Si la palabra de Dios es verdad (Juan 17), Jesucristo es también la fuente de toda verdad. Él dijo que él era el Camino, la Verdad y la Vida, que nadie iría al Padre sino a través de él. Hay muchos ejemplos en la Biblia de personajes que conocieron de lejos la palabra de verdad, pero que amaron más la mentira: Balaam, Saúl, Judas, Simón el mago y un gran etcétera.  Examinémonos para ver en quién hemos creído y para corroborar si andamos en la verdad.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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