S?bado, 28 de septiembre de 2019

A cada decreto se corresponde, al menos, un evento; no existe nada de lo que acontezca que no haya sido ordenado por el Dios soberano de la Biblia. De inmediato surgen los que se interponen a tal declaración, con el alegato de que el Dios de amor no pudo haber jamás ordenado las catástrofes del planeta (terremotos, huracanes, tifones, inundaciones, etc.), ni mucho menos la tragedia humana en su más amplia presentación. Por supuesto, ante tal intento por sacar a Dios de esos terrenos, los teólogos avezados en textos de la Escritura se colocan a ellos mismos como argumentos de autoridad, cuando dicen que en asuntos del destino eterno el hombre se condena porque quiere.

Jacob y Esaú son los paradigmas que representan la elección para vida eterna y la preterición (dejar de lado) o predestinación (el acto de ordenar) para muerte eterna. En realidad, de acuerdo a la Escritura, Dios no dejó de lado a Esaú (como si no quisiera involucrarse en su destino), más bien se metió en su vida como lo hizo con Jacob. No habían hecho ni bien ni mal ninguno de los gemelos, no habían sido concebidos y ya Dios les había colocado sus destinos en forma opuesta. A Jacob había amado, mientras a Esaú había odiado. Ordenar para muerte eterna no conlleva un ápice de amor sino solo odio. ¿Acaso alguien quisiera el amor que dicen Dios le dio a Judas Iscariote? Porque si su trato gentil para con el traidor e hijo de perdición es llamado amor, confundiéndose providencia con amor, entonces no se ha comprendido bien lo que el Todopoderoso hace y es.

Los que detestan la doctrina de la absoluta soberanía de Dios alegan que el hombre se endurece primero y por eso Dios lo endurece después. Pareciera ser que no han leído o no han comprendido lo que significan las palabras de Pablo en su carta a los romanos. El amor y odio de Dios por los gemelos sucedió antes de que ellos fuesen concebidos, pero si alguien sugiere el corredor del tiempo como el gran túnel por el cual el Todopoderoso y Omnisciente Dios tuvo que mirar para ver el futuro de ellos en sus corazones, entonces tampoco ha comprendido ni el texto ni al Dios del texto. Un Dios Omnisciente no necesita averiguar nada porque entonces demostraría que no era Omnisciente. Además, Dios conoce el final antes de que suceda porque Él ha hecho todas las cosas para Sí mismo, lo cual incluye el futuro. Pero supongamos por un instante que Dios hubiese tenido que averiguar el futuro de Esaú para condenarlo, y si así fuera no tendría sentido el texto cuando dice que ninguno de ellos (Jacob y Esaú) habían hecho ni bien ni mal. Es decir, ¿qué tenía que averiguar Dios en el futuro de Esaú, si no había hecho ni bien, ni mal alguno, para poder condenarlo?

Surge de nuevo otra interrogante, ¿Será Dios injusto porque destina desde antes a las criaturas para uno u otro destino? Si Esaú fue dejado de lado (u ordenado para muerte eterna), ese odio de Dios ¿cómo podrá ser valorado en la defensa del alma de Esaú? A lo mejor un abogado de almas podrá esgrimir a favor del pobre Esaú que el acto de la venta de la primogenitura (los beneficios de la bendición que aquello significaba) fue consecuencia del odio de Dios. En ese caso, Dios sería señalado como injusto, ya que el condenado Esaú actuó forzadamente y en consecuencia de un mandato superior. Claro está, tal abogado no se referirá jamás a la naturaleza pecaminosa de Esaú, ya que esa característica es universal para la humanidad caída y lo salpicaría.

El texto de Romanos 9 nos demuestra que todo lo que acontece en nuestra vida ha sido pensado y ordenado desde antiguo. Antes de la fundación del mundo estuvo preparado el Cordero de Dios (1 Pedro 1:20), lo cual nos hace comprender que ese evento fue decretado antes de la caída de Adán. De nuevo, ¿vamos a decir que Dios tuvo que mirar en los corredores del tiempo para ver la serpiente actuando contra Adán? No, en absoluto, Dios es Omnisciente y no tuvo que averiguar nada. Pero ¿cómo sabe Dios? ¿Hay conocimiento en el Altísimo? Ese conocimiento absoluto no está basado en lo que descubre del futuro, más bien el futuro –desde nuestra perspectiva temporal- ocurre como un acto inevitable del pre-ordenamiento de todas las cosas. El plan de Dios desde antes de hacer el mundo fue maravilloso para sus elegidos, pero no fue bueno para Esaú. A Dios no lo sorprendió el pecado de Lucifer, ni el de Adán.  En realidad, Él ha declarado que ha hecho al malo para el día malo (Proverbios 16:4).

El decreto de Dios es su eterno e incambiable, santo y sabio propósito en todas las cosas que son y serán, sus causas, condiciones y consecuencias. La cadena sucesiva de eventos que supone el decreto divino implica una serie de relaciones que se involucran ordenadamente, por lo cual no puede haber algo al azar, que sea independiente de la voluntad del Creador, que pudiera alterar tal decreto. Son nuestras limitaciones en la comprensión de tal magnitud las que nos llevan a separar el decreto divino en muchos decretos, considerando cambios en los planes de Dios cuando no los hay.  Los decretos de Dios nos enseñan que Él no depende de la criatura, que no tiene el deber de rendir cuentas ante nadie. Él es el alfarero, en la metáfora bíblica, dueño del barro y que hace como quiere vajillas para honra y para deshonra. Dios no aprende nada, ya que todo lo ha hecho y por tanto todo lo conoce. Pero su definición como Dios de amor y justicia hace que proteja a quienes Él quiso proteger (de acuerdo a como nos escogió desde antes de la fundación del mundo, para tener herencia junto con Jesucristo) y condene a quienes ha decidido aplicarles su justicia contra el pecado. Caín, los fenecidos en el diluvio, Esaú, el Faraón, el rey Acab, los amalecitas, los jebuseos, los heteos, los filisteos junto con Goliat, Judas Iscariote, todos los cuales no han tenido sus nombres escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo, son claro ejemplo de la preterición o condenación de Dios.  Un gran etcétera se suma a éstos, ya que el mismo Jesucristo, manifestación del amor de Dios por el mundo que amó (Juan 3:16), no quiso rogar por el mundo que Dios no amó (Juan 17:9). Las ordenanzas generales del Creador presuponen cierta libertad en sus criaturas para obedecerlas. Sin embargo, pese a la aparente tensión entre decreto divino y libertad humana, justo es decir que la desventaja de la criatura es abismal.  No hay posibilidad alguna para el hombre caído en el pecado desde Adán, declarado muerto en delitos y pecados, de que haga lo bueno, o de que anhele al verdadero Dios. La justicia humana es estimada como trapo de mujer menstruosa.

Adán no fue libre de no pecar, ya que en caso de que no hubiera pecado hubiese quedado Jesucristo como un Cordero ordenado inútilmente. Nosotros hubiésemos estado agradecidos a nuestro padre Adán y no a Jesucristo, el Hijo de Dios. Y si Adán no fue libre cuando era inocente, ¿cuánto menos libre puede ser el hombre ya caído en el mal? Incluso los pecados de los réprobos en cuanto a fe, así como los pecados de los elegidos para vida eterna, no escapan del decreto divino. El Sanedrín, junto con Caifás, Herodes y Poncio Pilatos, el Iscariote Judas como traidor, los soldados romanos, los azotes a Jesucristo, su crucifixión y muerte, el atropello de insultos y escupitajos, la corona de espinas, el estar en medio de malhechores, y muchos actos más, fueron ordenados, anunciados por los profetas, como lo que Dios ordenó respecto al castigo por el pecado en los hombros de su Hijo. Todas esas acciones fueron actos pecaminosos, no previstos en los corazones humanos sino ordenados por el mismo Dios para que el hombre, cometiendo tales pecados, cumpliese su voluntad eterna e inmutable. No en vano escribió el profeta Amós: ¿Habrá acontecido algo malo en la ciudad el cual Jehová no haya hecho? (Amós 3:6).

Pero acabada la tensión entre decreto divino y voluntad humana, el hombre sigue siendo responsable ante su Creador. La ley de Dios escrita en el corazón de la humanidad le indica el bien y el mal, le hace suspirar, al menos, por el deber ser. No puede sostenerse en la rectitud, pero será juzgado igualmente por todo lo que hace. Por otro lado, para aquellos que sostienen que el hombre puede salvarse sin la ley de Dios, de acuerdo a sus obras, lo que encontrarán en su camino es una gran decepción. Jesucristo dijo que nadie iría al Padre sino por él. Y para aquellos que sostienen que guardan la ley de Dios, sea la escrita en las tablas de Moisés o sea la escrita en sus corazones, es bueno que sepan que el que incumple un mandato de ella se hace responsable de todo el conjunto. Por esta razón Pablo también declaró que la ley no salvó a nadie, que la única forma de redención es la justicia de Dios que es Jesucristo.

Los que añaden a esa justicia la suya propia, también andan descarriados (Romanos 10:1-4). Si Jesucristo no representó en el madero a todo el mundo, sin excepción, ese mundo no representado fenece sin lugar a dudas. Solamente los que el Padre envía hacia el Hijo tendrán vida eterna, no serán echados fuera jamás, serán resucitados en el día postrero (los mismos que fueron representados en la cruz de Cristo). Los que escuchan esta palabra y les parece dura de oír, de seguro se irán con las mismas murmuraciones de muchos de sus discípulos cuando oyeron hablar a Jesucristo sobre el tema de la predestinación (Juan 6; Juan 10). Se anuncia este evangelio porque es la única vía histórica de alcanzar el conocimiento acerca de la promesa de salvación a los que forman parte del pueblo de Dios (Mateo 1:21), de tal forma que no es posible decir (como muchos afirman) que el estar predestinado como Jacob para salvación da la libertad de hacer lo que se quiera. Incluso daría la libertad de no creer el evangelio, o de no oírlo jamás, y de todas formas ser salvo por la gracia de Dios. En absoluto, eso no es posible, ya que la misma Escritura lo declara: ¿Cómo invocarán a aquel de quien no han oído? ¿Cómo oirán sin haber quien les predique? (Romanos 8).

Agradezcamos los decretos de Dios, ya que esa ha sido la única vía de poder existir, de poder conocer su obra y gracia, acerquémonos confiadamente ante su trono, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro (Hebreos 4:16). Recordemos siempre que las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios: pero las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos por siempre, para que cumplamos todas las palabras de esta ley (Deuteronomio 29:29).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:39
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