Viernes, 27 de septiembre de 2019

Sabemos que la palabra mundo no significa siempre el orbe donde habitamos, ya que pudiera referirse a un conglomerado étnico (judíos o gentiles, o judíos y gentiles), morada del impío, cosmos creado por Dios, sitio amado por el Padre o conjunto de personas por los cuales no rogó Cristo la noche previa a su crucifixión. Asimismo, el vocablo todos tampoco incluirá siempre a cada una de las personas del planeta, pudiendo referirse a un conglomerado exclusivo de gentes o a todo el mundo en forma inclusiva. Mirad, todo el mundo se va tras él, decían algunos fariseos. Pero ellos mismos no se iban tras Jesús, de manera que hablaban en forma hiperbólica (exagerada). De igual forma, la expresión: la casa de Israel refiere a veces al conglomerado judío del Antiguo Testamento, aunque también puede indicar solamente el conjunto de personas que pertenecen al pueblo de Dios. La expresión paulina de Todo lo puedo en Cristo, que me fortalece, no presupone por fuerza un aliciente para cometer cualquier insensatez, amparados en tal alocución del apóstol. Ese todo hace referencia al contexto por el cual pasaba el autor de esa frase, dando a entender que muchas dificultades sufridas eran soportadas en virtud de la gracia de Dios. Pablo también se refirió a Israel en el Nuevo Testamento, explicando que Dios no había olvidado a su pueblo, pero que no todo israelita era necesariamente parte del Israel de Dios. En tal sentido, aseguraba el apóstol para los gentiles, Dios no había incumplido su antigua promesa, ya que en Isaac sería llamada descendencia, lo cual aludía a Cristo como la descendencia o simiente.

Con este preámbulo, refirámonos al texto de Ezequiel que tanto se esgrime a favor de un Dios que desea algo que no puede alcanzar, que espera que los muertos se levanten por cuenta propia para que se rediman, que tiene un amor general por todos los habitantes de la tierra, aunque respeta tanto el libre albedrío humano que deja que los hombres se condenen en razón de que Él es un Caballero que no irrumpe en el alma humana. Pese a lo que alegan los apóstoles del evangelio extraño, la Biblia enseña lo contrario, que nuestro Dios está en los cielos y todo lo que quiso ha hecho (Salmo 115:3), que ha hecho al malo para el día malo (Proverbios 16:4), que endurece al que quiere endurecer (Romanos 9:18). En Ezequiel 33:11 leemos al final del texto lo siguiente: ¿Y por qué, moriréis, oh casa de Israel?  Las palabras de Ezequiel van dirigidas a la casa de Israel, no a los amalecitas ni a los jebuseos. Podríamos decir que aquella amonestación fue dada al pueblo de Dios, haya sido como la predicación genérica del evangelio o como la predicación eficaz del mismo. Hay un conjunto de personas que Jesucristo catalogó como los muchos que serían llamados, pero de inmediato él los contrapone con los pocos escogidos. Si miramos bien el contexto descubriremos que no hay referencia a todos, como si se incluyera a cada miembro de la raza humana. En Ezequiel 11, el profeta habla sobre un grupo de israelitas esparcidos fuera de la tierra de Israel. A ellos Dios promete devolverlos a su tierra y les anuncia que ellos quitarán las abominaciones de su nación. De inmediato habla de la promesa de sacarles el corazón de piedra para darles uno de carne, junto a un espíritu nuevo en sus entrañas (todo lo cual configura el nuevo nacimiento o la circuncisión del corazón).

Vemos que es Dios quien hace aquello, donde el Israel escogido es un sujeto pasivo (a ellos les es dado el nuevo corazón de parte de Dios) –Ezequiel 11:19. Jehová añade que de esa manera ellos le serán por pueblo y Él les será por Dios, pero descubre otra gran verdad, ya que aparte de ese grupo de escogidos sigue existiendo otro conjunto de personas de la casa de Israel (no del Israel de Dios), los cuales andarán tras el deseo de sus torpezas y de sus abominaciones. En otras palabras, la casa de Israel se compone del Israel de Dios y de los israelitas que no fueron objeto del cambio de corazón. El texto no los refiere como jebuseos, ni como heteos, ni como egipcios, ni tampoco como los amorreos, etc. Todos ellos son israelitas, si bien no todos forman parte del Israel de Dios.

En Ezequiel 18 Jehová habla de la queja de esa casa de Israel (de nuevo insisto: no de los jebuseos, ni de los heteos, ni de los egipcios…), con referencia al lamento sobre los padres que comieron uvas agrias y los hijos que padecían la dentera. Le promete a su atalaya que ya no sucederá más ese castigo, que cada quien pagará por lo que hiciere. El que fuere justo vivirá, pero el impío que permaneciere sin justicia morirá, para que se acabe el refrán de las uvas agrias de los padres y la dentera de los hijos. Ciertamente, en el contexto de la casa de Israel hay muchos impíos, como en el contexto de la iglesia hay cizaña en medio del trigo. El mandato es general para que guardemos justicia, como la de los Diez Mandamientos. Si detallamos cada abominación que Dios quiere que quitemos de nuestra vida, de acuerdo a lo dicho por Ezequiel, encontraremos una correlación con los mandamientos recibidos por Moisés en el Sinaí. Esa justicia perfecta solamente sería alcanzada con la circuncisión del corazón o con el nuevo nacimiento ejecutado por Jehová mismo.

Si miramos la declaratoria de Pablo en su carta a los efesios, veremos que el diagnóstico divino es la muerte de la humanidad. La prognosis es la vida para los vasos de misericordia y la muerte para los vasos de ira. La resurrección del espíritu (el cambio del corazón de piedra en uno de carne) es una operación exclusiva de arriba, del Espíritu de Dios, no de voluntad humana. Es lógico deducir que Dios no quiere la muerte del impío (el impío que ha elegido para cambiarle el corazón y para que ande en sus estatutos), pero sí quiere la muerte del impío que ha sido declarado réprobo en cuanto a fe. Los textos no pueden separarse de sus contextos inmediatos, mientras la Escritura se prueba con la Escritura misma. Toda la Biblia debe ser tenida en cuenta para la correcta interpretación de un texto cualquiera, ya que si descuidamos el contexto general pudiera ser que el contexto particular señalara una cosa distinta a lo que en conjunto la palabra divina contiene.

Los exhortos que hace Dios a su pueblo (sea en forma general o específica), sea a los muchos que ha llamado o solamente a los pocos que ha escogido, son un llamado a la prudencia. Si un buen padre de familia cruza una avenida plagada de automóviles, mientras lleva a su pequeño hijo para la escuela, no soltará su mano, aunque le diga una y otra vez no te sueltes. Eso hace Dios a través del libro de Ezequiel, un exhorto general y particular, pero recordándonos que Él es el que opera nuestro corazón, el que lo transforma y el que nos da un espíritu nuevo para que amemos sus estatutos. Esa es la única forma para poder cumplir con su mandato general de cumplir sus normas.

El impío que ya no comiere sobre los montes (donde servían tortas a los ídolos, a la reina del cielo), ni alzare sus ojos a los ídolos de la casa de Israel (un ídolo es una visión extraña acerca del Dios de las Escrituras), ni violare la mujer de su prójimo, ni oprimiere a nadie, ni retuviere la prenda de nadie, ni cometiere robos, sino que diere de comer pan al hambriento, y cubriere con vestido al desnudo, sin recibir interés y usura, guardando los decretos y ordenanzas de Jehová, no morirá por la maldad de su padre (no sufrirá la dentera). ¿Qué son esas acciones de omisión y de comisión, sino un repaso de los Diez Mandamientos? Si hubiere duda, conviene fijar los ojos en el hecho de guardar los decretos y ordenanzas de Jehová.

En otros términos, ¿quién puede cumplir toda la ley? Si el alma que pecare, esa morirá, y si todos hemos estado muertos en delitos y pecados, ¿cómo puede un muerto obedecer el mandato del Señor? Solamente aquellos a los que el Espíritu da vida son capaces de hacer tal cosa, por imputárseles a su favor la justicia de Cristo. Un hombre justo para Dios es aquel impío a quien se le ha imputado la justicia de su Hijo. Por otro lado, estas palabras de Ezequiel también se han cumplido en el dicho de Jesucristo, cuando expresó en forma contundente e irónica que no había venido como médico de sanos sino de enfermos (Marcos 2:17). Cuando la Biblia habla de los impíos, uno puede comprender que se refiere unas veces a los réprobos en cuanto a fe, mientras en otras ocasiones apunta a los hombres en su naturaleza caída que todavía no han sido llamados eficazmente. Cuando habla de justos, se refiere a los que Dios ha justificado a través de la justicia de su Hijo, de allí que por naturaleza no haya justo ni aún uno.

En resumen, la razón por la cual alguien llega a creer en el Dios de la Biblia es por causa de la voluntad de ese Dios. La razón por la cual alguien continúa en su iniquidad natural es por causa de ese mismo Dios de la Biblia. Entonces, tal vez usted dirá: ¿Por qué, pues, inculpa? Si nadie puede resistirse a su voluntad, ¿será injusto Dios que castiga por aquello que el hombre no puede dejar de hacer? La respuesta ha sido dada en la misma Escritura: ¿Quiénes son los hombres para altercar con su Creador?  No son más que ollas de barro dispuestas unas para honra y otras para vergüenza y destrucción. Dios al que quiere endurecer endurece, pero tiene misericordia de quien quiere tenerla. Con todo, el evangelio se predica para que los llamados eficazmente respondan ante tan gran misericordia que proviene de los cielos.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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