Jueves, 26 de septiembre de 2019

Para comprender la extensión o alcance de la expiación de Jesucristo, es menester comprender la pascua para los judíos. Podríamos remontarnos al momento de la vergüenza de Adán por su pecado, cuando Jehová tuvo que sacrificar animales para cubrir a la pareja avergonzada. Ya eso era una prédica semiológica del evangelio (el proto-evangelio), algo que también fue anunciado casi momentos después al ocurrir la maldición dictada por causa del pecado, junto a la promesa del Génesis 3:15. Pero nos interesa resaltar el propósito de la sangre del cordero pascual, el símbolo del Cordero preparado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20). Dice así el Exodo: Pues yo pasaré aquella noche por la tierra de Egipto, y heriré a todo primogénito en la tierra de Egipto, así de los hombres como de las bestias; y ejecutaré mis juicios en todos los dioses de Egipto. Yo Jehová. Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la sangre y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto (Exodo 12:12-13).

Hay un límite señalado en el texto, el perímetro por el cual el ángel de la muerte se movería, sin tocar ninguna de las casas israelitas que tuvieran la marca de la sangre del cordero. La palabra pascua, en su original, significa pasar por alto, pasar de lado, lo cual indicaba que Dios tomaría como suficiente el sacrificio simbólico de lo que habría de venir siglos después por causa de nosotros, para no dar el castigo merecido por nuestras transgresiones. La celebración de esa pascua fue después una ordenanza de ley para el pueblo de Israel, lo que ahora es para el mundo cristiano la cena del Señor. Ambos símbolos hacen alusión a la expiación y alcance de la muerte de Cristo. Esos signos han estado circunscritos a un pueblo compuesto por los judíos del Antiguo Testamento y ahora por los judíos y gentiles del Nuevo Pacto. No que el símbolo en sí mismo sea un crédito de salvación eterna, sino que pasa a ser el testimonio de lo que hizo Dios al mostrar justicia y misericordia por causa del pecado del hombre. Por supuesto, al igual que la antigua circuncisión en la carne era señal de pertenecer a un pacto, la sangre de Cristo simbolizada en el vino que se toma en su nombre, junto al pan que representa su carne sufrida por el pecado de su gente, hablan con elocuencia de lo que Dios proveyó para su pueblo escogido (Mateo 1:21).

Si comparamos las casas egipcias con las hebreas, podemos entender que el ángel no detuvo su castigo sobre los no escogidos como pueblo de Dios. Es decir, no hay una inclusión universal sino más bien una exclusión de mucha gente al llamado eficaz de Dios. Miremos hacia atrás lo sucedido en la época de Noé. Un diluvio que se llevó todo por delante, que enterró bajo sus aguas una humanidad casi entera, donde solamente 8 personas fueron rescatadas. ¿Le importó el argumento de cantidad a Dios? ¿Importó acaso el fracaso del predicador Noé en sus 100 años de ministerio? En absoluto, ni un convertido, ni una sola persona arrepentida; de manera que no hay razón para que desde la crucifixión de Cristo se intente universalizar la salvación como si ella fuera uno de los derechos humanos.  

Isaías relató sobre la crucifixión del Señor y también sobre su alcance (Isaías 53:11). Nunca habló de la totalidad de los hombres, más bien dijo que el Señor vería el fruto del trabajo de su alma y quedaría satisfecho. Agregó que él salvaría a muchos (no a todos) por su conocimiento. Pablo dijo que no podíamos invocar a aquel de quien no hemos oído nada (a quien no hemos conocido), de manera que se hace imperante dar a conocer a Jesucristo en la dimensión de su persona y su trabajo. Jesús fue Dios y hombre (o Dios hecho hombre) en su totalidad, existió eternamente junto con el Padre (en tanto el Principio de toda creación), pero se humanó al nacer de una virgen. No cometió pecado alguno, pero fue hecho pecado por causa de su pueblo. La noche antes de morir oró al Padre y pidió por los que le había dado, sin rogar ni un momento por el mundo (Juan 17:9). Al entregar su espíritu exclamó que su trabajo había sido consumado (perfeccionado), sin que hubiera que añadir ni un ápice más por la expiación de los pecados de su pueblo (Mateo 1:21).

Es necesario reconocer que el trabajo de Jesucristo redimió a todos los que representó en el madero, haciéndolo en forma real y actual; no hay base para ningún argumento que fuerce la razón bíblica hacia una expiación universal que incluya a cada miembro de la raza humana. Jesús exclamó que nadie arrebataría a sus ovejas de sus manos, de manera que los que se pierden no son sus ovejas y por lo tanto no pudieron jamás creer en el buen pastor (Juan 10:1-5; 15; 26-29).  Decir que Jesús hizo posible la salvación de todo el mundo, sin excepción, es declarar que no salvó a nadie en particular. Implica, además, que el Padre castiga dos veces por la misma culpa a la misma persona (una vez en Cristo y otra en quien condena); supone, por otra parte, que los que están muertos en delitos y pecados tienen una capacidad intrínseca, sin que medie el Espíritu de Dios, para reconocer que Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida. Esto significaría que la gloria de la redención ya no pertenecería solamente a Jesucristo, sino que sería compartida con los hombres que trabajan por su salvación.

¿Puede alguien creer que ha sido más inteligente que su prójimo que rechaza acercarse al Dios de la Biblia? ¿Sobre qué bases juzga una persona tener méritos para alcanzar la gracia de Dios? ¿Se ignorará que los redimidos ya tienen sus nombres escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo? ¿Se pensará que Dios no sabe todas las cosas y por eso tiene que averiguarlas en los corredores del tiempo?  Si tuvo que averiguar algo en los corazones humanos es porque no lo sabía, por lo tanto, no era Omnisciente. ¿Se le negará a Dios su capacidad para conocer el final desde el principio, o su autoridad para hacer con el barro un vaso para honra y otro para deshonra? ¿Tuvo que mirar Dios las obras de Jacob y Esaú para poder definir sus destinos?  ¿No ha creado Dios la paz y la adversidad? ¿No ha creado el mal, de acuerdo a lo dicho por Isaías? ¿De la boca de Jehová no sale lo malo y lo bueno, o quién es aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? (Jeremías). Aún lo malo que acontece en la ciudad Jehová lo ha hecho (Amós 3:6).

El pueblo de Dios ha sido justificado por la sangre del Cordero y será salvo de la ira a través de él (Romanos 5:9). La relación de Dios con sus elegidos ha sido también descrita en Romanos 8:29-30: A los que antes conoció, también predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.  Ese conocer de Dios implica un amor especial, una comunión íntima, como la de Adán cuando conoció de nuevo a su mujer y tuvieron otro hijo; como el conocer que José tuvo de María, de quien la Biblia dice que no la conoció hasta que dio a luz al niño (Jesús). O como el conocer de Jesucristo, que por ser Dios es Omnisciente, pero quien de acuerdo a sus propias palabras dirá a un grupo de personas en el día final: apartaos de mí, hacedores de maldad, nunca os conocí. ¿Cómo es que un Dios Omnisciente dice que nunca conoció a un grupo de personas? Sencillamente porque el verbo conocer en las Escrituras conlleva, aparte de una razón cognoscitiva, el sentido de comunión íntima.

Por supuesto que no tenemos nada en nosotros mismos de qué gloriarnos. Estuvimos muertos en delitos y pecados, lo mismo que los demás (Efesios 2:1-3), pero fuimos amados eternamente y por eso en la historia hemos sido llamados eficazmente a través del evangelio. No hay otra vía sino por la predicación del evangelio de Cristo, de manera que no nos negamos a tal anuncio, sino que más bien lo difundimos. Confesar al Hijo es mucho más que decir cosas sobre Jesucristo. Lo que importa es lo que hemos creído de él, respecto a su persona y a su obra. Hay mucha gente que se molesta porque algunos que llamándose creyentes dicen que Jesús no era Dios o no era hombre, pero lamentablemente se quedan callados cuando se distorsiona su obra. Es como si las cualidades de la persona del Hijo de Dios fuesen más relevantes que el trabajo que hizo en la cruz. Deberíamos pensar que ambas cosas son importantes, tanto el creer en la persona con todas sus cualidades del Dios hecho hombre como el creer en el propósito y alcance de la redención que hizo.

Hay gente que profesa ser cristiana pero que se enardece contra el alcance de la obra de Cristo. Ellos aseguran que Dios no puede colocar a sus propios pies la sangre del alma de Esaú, ya que Esaú se condenó a sí mismo porque quiso o de su propia cuenta. Sin embargo, todos aquellos que así aguijonean su propio espíritu serán avergonzados (Isaías 45:24). Antes de altercar con Dios por la manera en que gobierna su creación, por el destino que le da a cada ser humano, al barro que ha formado para hacer vasos de honra y de deshonra, el que se dice creyente debería gloriarse en conocer y entender quién es Jehová (Jeremías 9:24). El fruto de los falsos maestros queda demostrado por aquello que confiesan. Sus doctrinas (cuerpos de enseñanzas) resaltará lo que su corazón ha creído.  Conozca a los extraños del evangelio por el ropaje de oveja que traen, el que siempre tendrá una rasgadura que exhibirá el contenido feroz de sus almas. Porque no se cosechan uvas de los espinos, como el árbol malo no podrá jamás dar un buen fruto. Más bien, de la abundancia del corazón habla la boca (Lucas 6:43-45).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:39
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