S?bado, 21 de septiembre de 2019

Desde la regeneración hasta la gloria final, la salvación está sustentada en el trabajo de Cristo, nunca en nuestros esfuerzos. Es de vital importancia entender este principio bíblico, no sea que cualquiera que se diga cristiano esté colaborando para su propia justicia. Si hemos sido justificados, si se nos ha declarado justos por causa de la justicia de Dios que es su Hijo, no podemos añadir a nuestra estatura ni un codo.  La ley no pudo salvar a nadie, más bien ella generó más culpa; fue escrito que sería maldito cualquiera que no cumpliera alguno de los puntos de esa norma divina dada a través de Moisés. Sabemos que el justo por la fe vivirá, sin que eso implique que no peque o que tenga que cumplir toda la ley.

Hubo solamente una persona que pudo cumplirla, de manera que no fue hallado en él pecado alguno. Con todo, Dios lo hizo pecado por causa de su pueblo, para que llevara en el madero toda la culpa de todos a cuantos representó (Mateo 1:21). La ley y la justicia fue satisfecha totalmente a nuestro favor, de manera que no nos volveremos atrás jamás. Dios ha hecho siempre lo que ha querido (Salmo 115:3), por lo tanto, todos aquellos cuyos nombres fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo, prevalecerán hasta el fin.

No hablamos de antinomia, como si el creyente pudiera olvidarse de los mandatos de Dios. Es cierto que si hemos creído el evangelio de Cristo no creeremos otro evangelio. Es verdad que somos declarados justos, pero continuamos pecando. Pablo aseguró que él era un miserable por hacer lo malo que no quería y no hacer lo bueno que deseaba (Romanos 7). Juan nos dice que, si hemos pecado, abogado tenemos para con el Padre. La confesión de nuestros pecados en tanto creyentes permite que Jesucristo nos perdone (él es fiel y justo para perdonarnos). En la carta a los Gálatas, el apóstol para los gentiles escribió un gran informe acerca de las obras de la carne. En ella nos advirtió que el que practica tales cosas no heredará el reino de los cielos. Es decir, el creyente no practicará el pecado, si bien lo comete. Pero hay ciertos pecados indicativos de que no se ha creído. Por ejemplo, la Biblia habla de la blasfemia contra el Espíritu Santo que no será perdonada ni en esta vida ni en la venidera. Ningún creyente o prospecto de creyente podrá haber blasfemado jamás contra el Espíritu de Dios.

De igual forma hay otros pecados que indican que la persona no ha creído el verdadero evangelio.  Cuando Jesús habló en relación a su segunda venida se refirió a los múltiples engañadores de la fe que aparecerían por doquier. Dijo que se levantarían falsos maestros, falsos profetas y falsos cristos (Mateo 24:23-24), pero agregó en su advertencia que ellos intentarían engañar si fuere posible aún a los escogidos. La imposibilidad de que engañen a los escogidos descansa en que Dios preserva a su pueblo de ser arrastrado por las doctrinas de demonios de los predicadores del otro evangelio. Cristo hizo referencia a los elegidos que ya habían creído, como se recoge en Juan 10, cuando se refiere al Buen Pastor que va delante de sus ovejas. Allí se dice que ellas no seguirán al extraño porque desconocen su voz. Claro está que, como Pablo también dijo, en un tiempo estuvimos cautivos en las tinieblas y el error, siendo conducidos por el príncipe del mal. En ese momento pudimos haber sido engañados y, aunque escogidos, no habíamos sido llamados eficazmente.

Cristo señaló que su Padre era mayor que todos, que nadie podrá en ninguna manera arrebatar alguno de sus corderos. Estos están escondidos en las manos del Hijo y en las manos del Padre (Juan 10:27-29). Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? (Romanos 8:32). Por ese gran amor es que Pablo continuó preguntándose: ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, quien además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Romanos 8:33-34).

No podemos ser separados de ese amor de Dios, manifestado en la cruz en favor de nosotros. Es su pueblo el beneficiario exclusivo del sacrificio de Jesús, es el conjunto de representados por Cristo en el madero (todos aquellos por los que rogó la noche antes de morir). Sin acta de decretos contrarios, ahora somos declarados justos, sin culpa alguna, por esa gracia salvadora de Dios. En realidad, el amor de Dios por Jacob hizo que lo separara del mundo para formar parte de su pueblo. Su grande amor se refleja gracias a su contraparte, su gran odio por Esaú. Ambos fueron hechos del mismo barro, pero con propósitos distintos. Uno como vaso de misericordia y otro como vaso de ira (Romanos 9). Uno fue declarado justo, mientras el otro fue tenido por culpable. Nadie podrá culpar a Dios de alguna barbaridad, simplemente Él ha hecho como ha querido con lo suyo (y todo es suyo, por cuanto todo lo hizo).

Desde nuestra perspectiva (la de Jacob) hemos tenido suerte (versión Reina de Valera Antigua de Efesios 1:11). Una suerte obtenida en la herencia, o una herencia obtenida por suerte; lo interesante es que Dios se glorifica completamente tanto en la salvación como en la condenación. En la redención, somos para alabanza de la gloria de su gracia; en cambio, en la condenación, será alabada la gloria de su ira y juicio por el pecado. ¿Qué, pues, diremos? ¿Qué hay injusticia en Dios? En ninguna manera, antes ¿quién eres tú, oh hombre, para discutir con Dios? No puede la olla de barro decir por qué ha sido hecha de esa manera, ya que es el alfarero el que tiene potestad para hacer con su barro lo que quiera hacer.

En esto es advertido el que sigue un falso evangelio, de acuerdo a lo que Pablo escribió al respecto, en 2 Thessalonicenses 2:11-14. Dios envía un espíritu de error para los que creen la mentira, de manera que puedan ser juzgados, los que no creen en la verdad, sino que se complacen en la injusticia.  Resalta en ese texto lo siguiente: Pero damos gracias a Dios siempre respecto de vosotros, hermanos, amados por el Señor, porque Dios los escogió desde el principio para salvación y santificación por el Espíritu y fe de la verdad: a lo cual os llamó por nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo.

Vemos la gran diferencia entre Jacob y Esaú, uno ama la verdad porque fue preparado de antemano para tal fin, mientras el otro se goza en la iniquidad y prefiere la mentira (porque también fue preparado para tal fin).  Esa es la soberanía absoluta de Dios, el poder hacer siempre como ha querido, sin tener a nadie que detenga su mano y le diga: ¡Epa!, ¿qué haces? A semejante Dios, conviene temer. Si usted es un buen árbol, tendrá un buen fruto, como signo de haber sido regenerado (Mateo 7:15-20). En tal sentido, jamás podrá confesar un evangelio maldito (Gálatas 1:8-9), no podrá irse tras el extraño (Juan 10), no dirá bienvenido al que no tiene la doctrina de Cristo (2 Juan 1:10), ni dejará de vivir bajo esa doctrina (2 Juan 1:9).

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:44
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios