Jueves, 19 de septiembre de 2019

La gente se pregunta cómo sabe Dios todas las cosas, cuál es la manera para llegar a ese conocimiento. La respuesta bíblica se repite en sus páginas, cuando nos asegura que Él conoce el final desde el principio y que Él es el Autor de todo cuanto existe. Incluso, el libro de Proverbios, nos habla de Dios como quien ha hecho al malo o impío para el día malo. Isaías también relata sobre el Dios que crea el mal y el bien, el que hace la paz y la adversidad. Jeremías también refirió sobre el tema, diciéndonos que nadie puede decir que ha acontecido algo que Jehová no haya ordenado. De la boca del Altísimo sale lo bueno y lo malo. Y un profeta llamado Amós nos refirió en su texto que, si algo malo ha acontecido en la ciudad, Jehová lo ha hecho (Amós 3:6).

Por su parte, Jesucristo nos dejó el legado de su doctrina respecto al Padre. Hablaba en parábolas para que no comprendieran y tuviera que perdonar a los que se arrepintieran, agradecía al Padre por haber escondido de los sabios y entendidos las cosas del reino de los cielos. Siempre habló de un Dios que todo lo controla, que enseña solamente a los que escogió para enviarlos al Hijo de manera que tengan vida eterna. Es el mismo Dios que decidió las cosas desde la eternidad, amando a Jacob y odiando a Esaú, sin mirar el futuro de ambos. Es decir, antes de ser concebidos y antes de hacer bien o mal, el destino de estos gemelos estuvo decidido por la voluntad del Padre.  Ellos son figuras de la humanidad en general, de acuerdo al contexto en que lo refirió Pablo.

Dios no puede adivinar el futuro, o descubrirlo, mirando los corredores del tiempo. Si tal cosa hiciera, habría que afirmar que no sería Omnisciente. La única razón parar adivinar o descubrir el futuro de su creación estaría fundamentada en el hecho de Su propia ignorancia. Como si el Altísimo previera que la humanidad muerta en delitos y pecados añoraba un Redentor. Como si aprendiera que esa humanidad asesinaría cruelmente al Hijo de Dios que ellos mismos esperaban les enviara. Dicho de otra manera, pareciera que Dios descubrió que había un Judas al cual podía incluir entre los doce apóstoles, para llevar a cabo el plan que los hombres habían concebido.  Ese es el entuerto que se forma al suponer, siquiera, que Dios tiene que mirar el futuro en los corazones humanos. Como ya hemos dicho en otra oportunidad, estaríamos en presencia de un Dios con mucha suerte, con un azar a su favor, azar no controlado por Él, por el hecho de que esa humanidad que tenía planes para su futuro los haya mantenido sin variación alguna.

Por otro lado, tal Dios que adivina o descubre el futuro, sería un Ser plagiario. Al robar las ideas en las mentes de sus criaturas humanas las daría como Suyas a los profetas, los que también querían ser profetas por voluntad propia. Ellos habrían escrito las profecías –que no lo serían- de parte de un Autor que tuvo que adquirir sus ideas en los corazones de los hombres. Por supuesto, tal Dios sería un Caballero en un caballo blanco, respetuoso de la soberana voluntad humana, humanidad que tendría un libre albedrío que sería el eje de nuestra historia. Ese mismo Dios habría creado leyes para la Naturaleza, sin tener nada que ver en los desastres que causan sus movimientos sísmicos, sus huracanes, tifones y demás catástrofes llamadas naturales.

La Biblia nos habla de Noé como pregonero de justicia. Nos dice que Lot era justo y afligía su alma a las puertas de Sodoma. Y si uno mira de cerca la vida de esas dos personas, descubre que cometieron demasiado pecado. Entonces, ¿qué vio de bueno Dios en esos corazones para declarar a ambos justos? Lo mismo que vio en Pablo, en cada creyente que Él eligió: ninguna obra virtuosa, ya que el trabajo humano es semejante a trapo de mujer menstruosa. Jacob no tuvo mérito alguno en la redención alcanzada, dado que el Creador no miró en sus obras futuras –ni buenas ni malas.  Simplemente ha imputado la justicia de su Hijo en cada uno de los que escogió desde la eternidad como objeto de la gloria de su gracia. Hizo vasos de misericordia para demostrar su amor, como hizo vasos de ira para demostrar su odio por el pecado.  ¿Por qué, pues, Dios inculpa? ¿Habrá injusticia en Dios?  Esas preguntas son la bisagra entre los redimidos y los condenados; aquellos que se mantienen en la objeción a la voluntad suprema del Dios Creador sobre todo cuanto existe, demuestran su obsesión por colocar su propia justicia ante la justicia de Dios.

Hay incontables predicadores relacionados con el tema bíblico referido a la redención, los cuales elevan su puño contra el Dios en el que dicen creer. Los hay de diversos tipos, algunos afirman que Dios se asemeja a un tirano, a un diablo, mientras otros aseguran que tal Dios sería un Ser repugnante. En este punto de cruce entre la soberanía divina y la soberanía humana, no son pocos los que se equivocan.  Para los que andan errados, Dios tiene que ser un Dios de amor para cada ser humano, el Hijo tuvo que poner su vida para el rescate de toda la humanidad y el Espíritu intenta persuadir a cada corazón humano, de manera que se arrepienta y le ponga fe al evangelio.

Hay un dilema en el argumento del Dios que descubre el futuro y no lo crea. Tal Dios tendría ante sí mismo un futuro ajustable, escogería uno entre tantos posibles, para poder en consecuencia impartir su providencia.  El Dios que provee lo haría en base a que puede ajustar el destino en base a un acuerdo tácito entre lo que la criatura piensa y decide y lo que Él ha supuesto como mejor para nosotros. Si esto fuera cierto, Dios no conocería en ninguna manera el futuro, ya que a cada momento tendría que ajustarlo. Por ejemplo, alguno de entre los judíos instigados por el Sanedrín hubiese asesinado a Jesucristo con una pedrada, tirándolo por un barranco o con un puñal. Si tal cosa no aconteció, sería por causa de la providencia divina que deseaba que Su Hijo fuese a la cruz.  En tal caso, Dios tuvo que ajustar el futuro, interviniendo providencialmente para que tal hecho sucediera o no sucediera.  Entonces, ¿cómo pudo saber desde antes que tal evento sucedería de tal forma?

Mucho más sensato es el planteamiento de la Escritura. Dios conoce todo desde el principio porque Él mismo lo ha pensado. Nuestro Dios está en los cielos, todo lo que quiso ha hecho (Salmo 115:3). Si seguimos leyendo ese mismo salmo, nos daremos cuenta de la comparación hecha entre el Dios de las Escrituras y los dioses ajenos, los ídolos de plata y oro, obra de manos de hombres.  Esos muñecos tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven.  Añadiríamos lo siguiente: miran el futuro y no conocen ni el pasado.

¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? ¿Por qué se lamenta el hombre viviente? Laméntese el hombre en su pecado. Escudriñemos nuestros caminos, y busquemos, y volvámonos a Jehová (Lamentaciones 3:37:40).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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