Mi?rcoles, 18 de septiembre de 2019

Hay casos de personas que van a las iglesias y levantan la mano para pasar adelante y aceptar la oferta del predicador. De nuevo, un año más tarde, con un predicador de avivamiento, vuelve a pasar al frente. Se entrega a Jesús como Señor y Salvador, pero lo repite por si acaso la primera vez no sirvió del todo. Esas personas escuchan que Jesús hizo su parte en la cruz pero que a ellos les toca hacer la suya ahora. Han oído que Dios votó a su favor y el diablo en contra, pero que ellos tienen el voto decisivo. El Dios que conocen es el que espera por el alma muerta, contaminada con el mal olor de su tumba espiritual. Es también un Caballero que no desea importunar a nadie, más bien tolera que cualquiera se vaya al infierno antes que ser un Dios tosco que importuna a la gente. En realidad, se trata de un Dios hecho a la medida de las personas que desconocen al verdadero Dios de las Escrituras.

Como cualquier vendedor de aceites y ungüentos, el predicador del otro evangelio seduce a las masas al hablarles de una maravillosa oferta en la que nada tiene que perder. Incluso hay quienes han sugerido probar por 60 días (dos meses) a Jesucristo, para poder valorar si vale o no la pena seguirlo (así lo propuso Rick Warren). Un Dios deseoso de salvar la mayoría de las almas, siempre y cuando se dejen, no es más que un mendigo de espíritus cuyo fracaso exhibe con las puertas abiertas del infierno. A la interrogante de quién es el hombre, para que Dios tenga de él memoria, la Biblia ha respondido diciéndonos que los seres humanos somos como nada y como menos que nada. En tal sentido, mucha es la arrogancia de los que ignoran la absoluta soberanía de Dios en todo cuanto el hombre imagina y estudia. No hay tal cosa como un Dios que ruegue, que dé cuentas de lo que hace, que responda ante alguien igual o superior a Él mismo.

Más bien la Escritura asegura que de quien quiere tiene misericordia, pero endurece a quien quiere endurecer. Con semejante Dios nos conviene estar en paz, bajar la cabeza y estudiar lo que la Biblia enseña de Él. Los creyentes del libre albedrío no han hecho más que confiar en un mito teológico, de seguro heredado desde el Edén cuando la serpiente les elevó el ego a los humanos diciéndoles que serían como dioses.

El Dios de la Biblia ha de ser anunciado en forma amplia a toda criatura, advirtiéndoles a los hombres que se arrepientan y crean en el evangelio del verdadero Dios. Por supuesto, eso intentamos hacer desde hace siglos, sabiendo que no todos creen y no todos han oído, pero que ha sido el único camino para que a la gente le sea expuesto el mensaje del Dios de amor y de justicia. Dios quiere que todo tipo de personas lleguen al conocimiento de la verdad, sin hacer excepción de ellas; pero al mismo tiempo Dios ha escogido desde los siglos quiénes serán los que irán a Él en el tiempo del llamamiento eficaz. Una cosa no niega la otra, ya que la única vía de conocer a Dios –de acuerdo a lo dicho por Pablo en Romanos 8- es el anuncio del evangelio. ¿Cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Cómo invocarán a aquel de quien no han oído?

El nuevo nacimiento hace posible que la gente tenga fe y crea en el Dios que lo ha salvado, caso contrario los muertos seguirán su destino sepulcral. El reclamo que el hombre natural haga al Creador por esa supuesta injusticia, al haber escogido a unos para vida eterna y a otros como vasos de ira para el día de la ira y justicia del Señor, tendrá su lugar sin duda alguna. Pero la respuesta a esa pregunta ya ha sido respondida por el mismo Espíritu en Romanos 9: ¿Tú quién eres para altercar con Dios? No eres más que una olla de barro en manos del alfarero.

Como quiera que hay quienes objetan esa respuesta, junto a la inmensa cantidad de referencias a la soberanía absoluta de Dios, surge de manera natural la idea de que la Biblia propone una libre oferta del evangelio. Para esa teología extraña es la criatura libre la que decide su propio destino, es ella quien puede aguardar hasta el último segundo de su existencia si acepta o no acepta tal proposición. También aseguran, en su engaño, que ellos predican una salvación centrada en Jesucristo. Sin embargo, conviene objetarles que tal redención se centra en la decisión del pecador y no en la soberanía absoluta del Creador.

Es lo que se llama un sinergismo, un trabajo conjunto entre el Salvador y la criatura, cosa que no propone en ningún momento la Escritura. Más bien la humanidad ha sido declarada muerta en sus delitos y pecados, de manera que no tiene voluntad alguna para tomar alguna decisión. Esaú es un claro ejemplo de lo que decimos, cuando muerto en sus maquinaciones y traspasos no pudo hacer nada útil para su redención. Al contrario, sus frutos fueron consecuencia del destino que previamente le había sido asignado. Es por esa declaratoria bíblica que se ha levantado la figura del objetor, del que alterca con el Creador, ya que el hombre natural asume que hay injusticia en Dios. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistirse a su voluntad? Esas interrogantes saltan a la mente de todos aquellos que no han sido llamados de las tinieblas a la luz, de todos los que todavía viven atados a la esclavitud del pecado.

La culpa, en última instancia, es de Dios.  Con tal argumento el hombre natural se ha vuelto a las múltiples religiones creadas, haciéndole frente al evangelio de Cristo, que ha sido anunciado desde el momento en que Dios le prometió al hombre lo que suscribe el Génesis 3:15.  Lo que de Dios se conoce ha sido manifiesto por sus obras desde la creación del mundo (Romanos 1:19-21; Romanos 2:15). 

Para el creyente redimido, el evangelio es una promesa de salvación que se ha cumplido en el madero de Jesús. De acuerdo a lo dicho en Mateo 1:21, Jesús se sacrificó por todos los pecados de su pueblo. No rogó por el mundo que no iba a redimir (Juan 17:9), sino por los que el Padre le dio. La salvación alcanzada en la cruz ha sido en base al sufrimiento de Jesucristo por el castigo de nuestros pecados, por la justicia que nos ha sido imputada. Ha habido una doble imputación en aquel madero: de un lado, Jesús tomó nuestros pecados y pagó por ellos, de otro lado, Dios Padre nos declaró justos en base al Hijo que es Su justicia. Por lo dicho, no hubo una salvación potencial, condicionada a la voluntad de los prosélitos. Lo que sí hubo fue una salvación actual, real, que es declarada a cada quien que ha de ser salvo en el día de su llamamiento eficaz.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 22:04
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