Martes, 17 de septiembre de 2019

Si el Espíritu de Dios mora en el creyente, no vivirá más según la carne (Romanos 8:9).  Cuando Pablo escribía a los romanos, ya en el capítulo 7 de la carta, dijo de sí mismo (lo que puede decirse de cada creyente) que él era carnal, vendido al pecado, cautivo por la ley del pecado que mora en sus miembros, sirviendo a la ley del pecado y de la carne. Sin embargo, había dicho un poco antes que él había muerto al pecado y por esa razón no podía vivir en el mismo pecado. El sustento de este argumento radica en que el viejo hombre ya había sido crucificado con Cristo, de tal forma que el cuerpo del pecado fuese anulado para no servir al pecado. Con todo, el apóstol para los gentiles aseguraba que se sentía miserable por no hacer el bien que deseaba y por hacer el mal que detestaba. ¿Sucede algo parecido con nosotros?

Aunque el pecado no se enseñoreará más de nosotros -en virtud de que no estamos bajo la ley sino bajo la gracia – (Romanos 6), la ley del pecado sí que nos hace pecar (Romanos 7). Pero el apóstol les recuerda a sus destinatarios que ellos han obedecido de corazón la forma de doctrina llevada ante ellos (por Pablo y los demás apóstoles, por ejemplo).  Esa forma de doctrina es la crucifixión de Jesús de acuerdo a las Escrituras, la salvación actual y no potencial hecha por el Redentor de su pueblo (Mateo 1:21). Esa enseñanza apostólica permitía comprender que, aunque fuésemos carnales (como lo demostró el caso del hermano disoluto en la iglesia de Corinto), no caminamos de acuerdo a la carne, haciendo sus cosas propias. Sabemos que la vieja naturaleza que todavía yace en nosotros batalla contra el Espíritu de Dios que mora en nosotros; de seguro que por ese mismo Espíritu llegamos a contrastar lo abominable del pecado que mora en nuestro ser.

En algunas leyes de diversas jurisdicciones del mundo, hay normas en relación a la herencia que sorprenden. Por ejemplo, existe la herencia a beneficio de inventario. Si el heredero comprueba que el pasivo a heredar es mayor que el activo, puede rechazar la herencia. Nosotros, en cambio, como seres humanos no hemos podido desligarnos de la herencia dejada por nuestro padre federal Adán. Más bien se nos ha dicho que tenemos un alto pasivo que sobrepasa todo activo que pudiéremos presentar a nuestro favor. Se nos ha declarado que la paga del pecado es la muerte y que en Adán todos mueren. La influencia del pecado estará presente en este mundo contaminado con la rebelión contra el Creador, con la desobediencia a la normativa moral que se ha escrito en los corazones de los seres humanos.

Pese a lo dicho, la esperanza del creyente es sublime. Dice el mismo apóstol que no hay ninguna condenación para los que estamos en Cristo Jesús, los que no vivimos conforme a la carne pensando en las cosas de la carne, sino que vivimos conforme al Espíritu, pensando en las cosas del Espíritu (Romanos 8:1 y 5).  Una gran victoria nos ha sido otorgada, el hecho de que a pesar de hacer aquello que odiamos, de no hacer aquello que nos parece bien hacer, de ser carnales y vendidos al pecado, tenemos la certeza de que no hay ninguna condenación para nosotros. Esto no implica que podemos entregarnos al pecado para que la gracia abunde, como ya lo advirtió el apóstol (Romanos 6:1-2), más bien indica que debemos gozarnos en esa esperanza y anhelar vencer la concupiscencia para que el pecado no nos gobierne. Hemos de batallar contra las pasiones que forman parte del ambiente natural del mundo donde tenemos que vivir, por cuya razón también Jesús oró para que fuésemos guardados de ese mundo.

Como creyentes no nos acercamos mucho al cumplimiento fiel de lo que ordena la ley de Dios. Pese a ello hemos sido declarados libres de culpa, sin actas contrarias en contra.  El trabajo de Cristo en la cruz nos exonera de toda punición, ya que siendo Jesús la justicia de Dios se nos ha imputado a nuestro favor tal justicia.  Al mismo tiempo, Jesús tomó nuestros pecados, cargó con el castigo y nos redimió del pecado y de la muerte. El sacrificio de Cristo fue actual y eficaz, no fue potencial ni etéreo. Dios llegó a abandonar a su Hijo en la cruz (Mateo 27:46) pero no ha abandonado al pueblo redimido por el Señor. El castigo que debíamos sufrir fue tomado por quien se ofreció a sí mismo como Cordero para la expiación.  Jesús puso su vida voluntariamente y la tomó de nuevo, pero en ese acto limpió todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21).  No quitó los pecados del mundo por el cual no rogó (Juan 17:9), ya que eso fue lo que agradó al Padre.

Tal vez por contraste podremos comprender lo que significa andar según el Espíritu. El rey Acab viene a ser un ejemplo que ilustra lo que estamos presentando, un gobernante que conocía la ley de Dios, que guardaba relación con los profetas de Israel.  Sin embargo, su imaginación se dio por entero al servicio de los falsos dioses, rindiendo tributo a Baal, protegiendo a los profetas de la mentira, persiguiendo a los profetas de Jehová.  Culpó a Elías de la sequía que hubo para entonces en su nación, si bien el profeta le respondió que el responsable de ese castigo para el pueblo era el mismo rey.  Por si fuera poco, se casó con Jezabel, una mujer al servicio de los baales. Ella instigó a su marido a que tomara la heredad de Nabot, a quien envió a matar a pedradas. El rey Acab pensaba en las cosas de la carne, se encaprichaba con ellas y las alcanzaba por cualquier medio.  Jamás hubiese podido pensar en las cosas del Espíritu, por cuanto el Dios de Israel no ocupaba su corazón.

Usted podría estudiar la vida de Saúl, de Judas Iscariote –quien anduvo con Jesús por cerca de tres años-, de los israelitas que obstinados se querían volver a Egipto, o los que adoraron al becerro de oro. Podría mirar lo que dice el Apocalipsis acerca de los que adoran la bestia, a los cuales Dios les preparó el corazón para que le dieran el gobierno a ese personaje y exclamaran: ¿Quién como la bestia? Esaú fue un hombre que no pensó en las cosas del Espíritu, al contrario, despreció su primogenitura, aunque para eso también había sido ordenado. Cuando el ego se entroniza, viene a ser una prueba de que la carne domina todo. El ya no vivo yo, sino Cristo en mí, quedaría transformado en Cristo no vive en mí, sino solamente el yo. Cuando los afectos y deseos del individuo van en contra de Dios, se está en presencia del andar según la carne. El corazón del hombre caído es perverso, más que todas las cosas, no puede agradar a Dios.  Todos hemos sido formados en maldad y concebidos en pecado (Salmo 51:5), pero cuando se opera el nuevo nacimiento el viejo corazón de piedra es puesto de lado y retoma su puesto el corazón de carne (Ezequiel).  Por ello, Pablo aseguraba que los que no tienen el Espíritu de Cristo no son de él.  La única manera de tener el Espíritu de Cristo es por la vía del nuevo nacimiento, pero eso es por voluntad divina, en forma exclusiva, sin que medie voluntad humana.

Jesucristo dijo que nadie podía ir a él a no ser que su Padre lo enviare, de manera que bajo esa premisa él lo resucitaría en el día postrero. Jamás sería echado fuera (ninguna condenación para él), sino más bien sería enseñado por el mismo Padre y estaría en la vida eterna.  Precisamente, por el corazón nuevo podemos amar los estatutos divinos, de tal forma que no nos entregamos al pecado para que abunde la gracia.   Fue también Pablo quien dijo que las obras de la carne son manifiestas en diversas formas: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a éstas (Gálatas 5:19-21). La expresión que subrayo significa un gran etcétera que parece no terminar en la concupiscencia humana. Finalmente, queda agregar la admonición del apóstol en su carta a los Romanos: Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis (Romanos 8:13). Esa es una tarea compleja, cotidiana, hasta la muerte física, ya que, si se siembra para la carne, de la carne se segará corrupción (Gálatas 6:7).  No sembremos viento para no segar torbellino (Oseas 8:7).

Fuimos declarados santos en la posición de Cristo, por lo tanto, caminamos en santidad de vida.  Hubo una imputación de justicia para los creyentes en Cristo, así como ha habido una impartición del principio de rectitud en cada creyente. Por el principio de imputación ningún creyente estará bajo condenación, pero por el principio de rectitud que se nos ha impartido somos excitados a caminar en santidad. La santidad no es otra cosa que la separación del mundo; si amamos el mundo el amor de Dios no está en nosotros, pero si no lo amamos el mundo mismo nos aborrece. La razón de ese aborrecimiento es precisamente por el hecho de que no pertenecemos al mundo.  La garantía de la salvación (la justicia impartida de Jesucristo) conlleva a la vida que tiene frutos propios de esa redención. El fruto no es la causa de la salvación, sino que ésta es el origen de los buenos frutos.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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