Martes, 17 de septiembre de 2019

Hay una constante acusación contra las personas que se apoyan en la Biblia para asuntos de su fe. Se les llama fundamentalistas, fanáticos, poco intelectuales y locos, aunque también se les da un sinnúmero más de calificativos discriminatorios.  Claro está, no se puede negar que muchos locos y fanáticos de verdad utilizan la Escritura para sustentar sus doctrinas de hombres. Bajo la pretensión de honrar a Dios, proponen alivios doctrinales para aquellas advertencias claras que causan estruendo en sus oídos. Si la Biblia dice que Dios odia a ciertos hombres creados para el día malo, ellos salen a la palestra teológica para defender al Autor de las Escrituras.  Algunos de esos defensores de Dios han llegado a transgredir incluso la semántica de los vocablos, al aducir que el verbo odiar, cuando se antepone al verbo amar, significa amar menos. Otros, en cambio, aseguran que el contexto donde aparece esa información haría referencia a pueblos y naciones y no a personas en concreto.

Lo cierto es que no pudo haber sido traidor cualquiera de los apóstoles de Jesús, sino solamente el hijo de perdición.  En otros términos, el que habría de entregar al Hijo de Dios tenía un nombre específico –porque era diablo, en palabras de Jesucristo.  El Faraón de Egipto también fue levantado para que Dios mostrara en toda la tierra su gloria, su justicia y su nombre. Todos los réprobos en cuanto a fe también son mencionados como un conjunto de personas cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo. Cuando Jehová endurecía a un rey, por ejemplo, para que ofendiera a Israel en algún punto, después le enseñaba su ira por la agresión a su pueblo. Es un Dios que hace como quiere y quien ha preparado, de la misma masa de barro, vasos para destrucción y vasos para gloria.

Por supuesto, tal Dios con semejante soberanía molesta a muchos religiosos. Poco importa la denominación a la que pertenezcan, pero una amplia gama de teólogos y seguidores feligreses se han volcado contra lo que dicen las Escrituras. Parecieran gritar a coro con el objetor levantado en Romanos 9, diciendo que Dios no es justo si hace tal cosa.  Para ellos, el Dios justo tiene que hacer justicia a la manera humana, debe salvar a todo el que desee ser salvo, tuvo que expiar los pecados de toda la humanidad y debe esperar por la buena voluntad de sus criaturas. Es un Dios mendigo, que ruega para que las almas se le acerquen, que no protesta por el alma engreída y que nada sabe sobre el futuro de la gente.  Para averiguar tal futuro ha necesitado mirar en los corazones de los hombres, de manera que pudiera de esa forma haber escogido para salvación a los que vio que serían salvados. Sin embargo, la protesta debería continuar, ya que, si habiendo previsto que un gran número de personas no aceptaría su oferta de salvación, ¿para qué los creó?

Los que enseñan doctrinas y mandamientos de hombres hablan de una gracia común, general, frente a una gracia salvadora. La gracia común, según los teólogos del otro evangelio, implica que es compartida por toda la humanidad. Con ello se habla de la universalidad de la gracia, como si cada uno de los habitantes del planeta fuese objeto directo del inmerecido favor de Dios. De acuerdo a este punto de vista de la gracia, el Faraón de Egipto también fue objeto del amor de Dios, como lo fue por igual Esaú –de quien la Escritura ha dicho que Dios lo odió aún antes de ser engendrado, sin mirar en sus obras buenas o malas.  Pero por extensión, Judas Iscariote tuvo que haber sido objeto por igual de tan inmerecido favor.  Entonces, ¿cómo es que Jesús dijo de él que era el hijo de perdición, que mejor le hubiera sido no haber nacido? Tal parece ser que esa gracia común no sirve para nada, o el amar menos de sus filólogos lo único que demuestra es que están perdidos en la semántica de la lengua.

Para poder salir del lodo cenagoso de sus pensamientos desviados, han llegado a anteponer a la gracia común otra gracia, la cual llaman gracia especial o salvadora.  Como si la gracia común fuese la referencia de un Dios que ama menos a los que condena, mientras que la gracia especial dice del mismo Dios que ama más a los que salva por Jesucristo.  Sin embargo, la Biblia es clara cuando refiere la gracia de Dios a sus hijos.  El Salmo 45:2 da prueba de lo acá dicho: …La gracia se derramó en tus labios: Por tanto, Dios te ha bendecido para siempre.  En Jeremías 31: 2 leemos: Así ha dicho Jehová: halló gracia en el desierto el pueblo, los que escaparon del cuchillo, yendo yo para hacer hallar reposo a Israel.  A María le fue dicho que no temiera porque le había sido dada la gracia de Dios (Lucas 1:30).  Fuimos escogidos para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado (Efesios 1:6).  El lector podría leer Judas 4 para ver el contraste entre los agraciados de Dios y los preparados desde antes para destrucción. En resumen, la gracia de la cual habla la Escritura siempre es referida a personas específicas del pueblo de Dios, nunca alude a los que son del mundo por el cual Jesús no rogó la noche previa a su crucifixión.

No hay gracia que emane fuera de Jesucristo, porque si Dios nos mira con afecto es gracias a que aceptó la ofrenda por el pecado que hizo Su Hijo como mediador de su pueblo (Mateo 1:21).  La justicia perfecta de Jesucristo ha sido imputada a todos aquellos por quienes el Señor rogó en el Getsemaní, de manera que podemos decir con Pablo que Jesús es nuestra pascua.  El ángel de la muerte (la justicia retributiva de Dios) pasó por alto los hogares donde estaba la sangre del cordero en la noche del juicio en Egipto. De la misma manera, Jesucristo se convirtió en la pascua de todo su pueblo escogido para vida eterna.  No se pudo hablar de pascua para los egipcios de entonces, mucho menos se podrá hablar de pascua para los que son del mundo por el cual el Señor no rogó.  Dios solo muestra ira a todos aquellos que no tienen la perfecta justicia que satisface, por lo que cualquier obra humana es nada y menos que nada a los ojos del Altísimo.  Es Jesús quien sufrió y pagó por los pecados de su pueblo, no por los pecados del mundo por el cual no rogó (Juan 17:9).  ¿Cómo, entonces, podría hablarse de gracia genérica, de gracia universal o de gracia común?  Solamente es posible referirla en los templos donde se enseña la teología de los falsos maestros y de los extraños profetas.

Recordemos que desde la caída de Adán Dios mostró su evangelio, a partir del simbolismo representado en los animales sacrificados para que con su piel se cubriera la vergüenza humana.  El sacrificio de Abel nos muestra la forma en que se debía representar la ofrenda por el pecado, apuntando al Mesías prometido en el Génesis 3:15.  Ese Mesías también fue anunciado por Moisés, cuando dijo que Dios levantaría otro profeta semejante a él –en tanto tipo del Cristo. Lo mismo refirió Job, cuando habló acerca de que su Redentor vivía y que resucitaría de los muertos; era ante ese Dios que él hacía sacrificios.  La ofrenda de Abel fue de mayor sacrificio que la de Caín, dando testimonio de que era justo.  Y aún muerto Abel, todavía anuncia esa ofrenda (Hebreos 11:4). La Biblia nos enseña que fue Dios quien instituyó la forma de los sacrificios, para que se buscara Su reconciliación. En tal sentido, subyace en esos actos el carácter vicario que apunta al Cordero sin mancha preparado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), con una satisfacción producida por la muerte de la víctima.  En la expiación representada en los múltiples sacrificios hechos al Dios de la Biblia, por parte de sus sacerdotes y pueblo, se exhibe la pedagogía sobre la expiación que acontecería en los postreros tiempos por amor al pueblo escogido de Dios (1 Pedro 1:20). Esa expiación resume el evangelio anunciado, si bien anuncia por igual la enorme gracia de Dios, inmerecida, específica, absoluta y redentora.

Apartémonos de las enseñanzas y mandamientos de hombres, acercándonos a la ley y al testimonio. En las Escrituras creemos que está la vida eterna y escudriñándolas encontraremos el testimonio del Señor.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:22
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