Domingo, 15 de septiembre de 2019

El amor de Dios se manifiesta en la crucifixión de Jesucristo. Muchos religiosos y filósofos se escandalizan del Cristo crucificado por cuanto ven en su figura una gran injusticia humana. Claro está que fue una injusticia el crucificar a Jesús, pero hay que mirar más allá de la primera capa histórica para contemplar el panorama completo. El hecho de que los judíos incrédulos y llenos de ira, empujados por un Sanedrín corrompido, así como por el gobierno romano de Judea, hayan cometido tal injusticia, no deja por fuera el gran amor que ese sufrimiento significa para los elegidos. Esa crucifixión es la mayor manifestación de amor para cualquier humano redimido.

Dios envió a su Hijo Unigénito hacia el mundo, para que podamos vivir por medio de él.  El amor que sintamos hacia el Dios verdadero proviene del hecho de que Él nos amó primero a nosotros. Ah, pero Dios también odia, no solamente al pecado sino a los pecadores que envía a la condenación eterna. Ese es el odio a la injusticia humana, a la perversión diabólica, a los vasos de ira que Él mismo preparó de antemano para la manifestación de su justicia e ira por las transgresiones humanas.

El amor de Dios hacia los hombres es comparado en las Escrituras al amor que un esposo le debe a su mujer.  En Efesios 5:25 leemos el exhorto de Pablo a los maridos, a los cuales les encomienda amar a sus mujeres de la misma forma en que Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella.  Ese es el paradigma del amor de Dios, el que demostró Jesucristo por su iglesia.  Cuando Jesús oraba, la noche antes de ser crucificado, le decía al Padre que le agradecía por los que le había dado (y le daría), le pedía que los guardara del mundo, pero al mismo tiempo dejó expresamente dicho que no rogaba por el mundo (Juan 17:9).  Es decir, un esposo ama a su esposa en forma total sin amar a ninguna otra mujer.  Ese es el modelo que Pablo presenta para hablar del amor de Jesucristo por su iglesia, así que los mortales humanos podemos entender las implicaciones del amor divino.  El ejemplo es claro, un marido ama a su mujer siendo imperativo que no ame a otras mujeres.  Asimismo, Jesucristo ama a su iglesia y no al mundo.  Es por su iglesia (su pueblo) que fue sacrificado (Mateo 1:21) y no por el mundo. En otros términos, Jesús no murió por todo el mundo, sin excepción, sino por el mundo que el Padre amó (Juan 3:16).

Dios no ama a los que destinó como vasos de ira, ya que ello implicaría que Dios sería mutable. Los que afirman que Dios ama a todo el mundo por igual deberían pensar en el ataque a la inmutabilidad divina. Para ellos Dios ama un día a todos, pero los odia cuando van hacia el infierno.  La Biblia asegura en Romanos 9 que fue el Dios de la creación quien hizo los vasos de ira para el día de la ira, el que odió a Esaú desde antes de que fuese engendrado, sin importarle sus buenas o malas obras.  Es decir, la Biblia nos habla de un Dios que no cambia, que hace como quiere, que es absolutamente soberano.  Por esa razón, los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda, jamás fueron ni serán amados por Dios.  Asimismo, aquellos que representa Jacob (a Jacob amé) son amados por el puro afecto de Su voluntad, sin mirar en sus buenas o malas acciones, aún antes de ser engendrados.

La teoría del amor universal de Dios es subjetiva, sin apoyo bíblico. El que Dios haga salir su sol sobre justos e injustos es asunto de su providencia y no de su amor. Dios proveyó a Judas Iscariote todo lo necesario para que viviera conforme a lo establecido en su palabra, al igual que hizo con Faraón al destinarlo a nacer en Egipto de familia de linaje.  La providencia divina no puede ser confundida con el amor divino para con sus elegidos.  Ciertamente Dios provee a todos de acuerdo a sus planes eternos e inmutables, pero esa providencia cumple la función de propiciar adecuadamente el cumplimiento de sus planes absolutos.

La extensión del amor de Dios para con los hombres alcanza hasta la cruz de Cristo. Fue allí donde el acta de los decretos que nos era contraria fue clavada, fue a través de ese sacrificio del Cordero sin mancha que fuimos declarados justos.  Sin embargo, el mundo por el cual Jesucristo no rogó, no fue representado en esa cruz.  El amor de Dios es particular y actual, no potencial y universal.  El buen pastor dio su vida por sus ovejas y no ha habido mayor amor que ese, que alguien pusiera su vida por sus amigos.  ¿Puso Jesucristo su vida por Judas Iscariote? ¿La puso por el Faraón de Egipto, o por Esaú (a quien odió desde siempre)?  No, Jesucristo no dio su vida por ellos sino por muchos.

Cuando Juan menciona que Jesús es la propiciación por los pecados de todo el mundo, el contexto nos dice claramente de quiénes habla.  Esa expresión va ligada al nosotros mencionado ahí mismo, a los judíos destinatarios inmediatos de su carta.  Juan les dice a los judíos de la iglesia a la que dirige su epístola que Jesús propició por los pecados de ellos (Juan incluido) y por los pecados de los gentiles (el resto del mundo) que fueron elegidos.  La sumatoria de los judíos creyentes y de los gentiles creyentes son, de acuerdo al contexto de la carta, el conjunto señalado por la expresión todo el mundo.  El hecho de que Jesús haya puesto su vida por su pueblo (nosotros), da a conocer el amor de Dios (1 Juan 3:16).   El amor de Dios se manifestó en nosotros, en el hecho de que Dios haya enviado a su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por medio de Él (1 Juan 4:9).

Cuando Juan habla de nosotros hace referencia a los beneficiarios de la crucifixión de Jesucristo.  No puede incluirse al mundo por el cual Jesús no rogó la noche previa a la expiación de los pecados de todo su pueblo (judíos y gentiles a redimir).  Los universalistas pisotean la sangre de Jesús al incluir como beneficiarios de ella a los que Dios ha odiado desde la eternidad. Es cierto que esa declaración bíblica levanta revuelo en muchos que se llaman a sí mismos cristianos, que tienen apariencia de piedad, que son devotos de la religión que profesan.  Por esa razón es que el escozor que las palabras divinas causan los ha llevado a construirse un Cristo a su medida.  El Dios universal que ama a todos por igual, es el que deja al arbitrio de los muertos en delitos y pecados el que caminen hacia Cristo.  Los que están ciegos en su espíritu no podrán ver jamás dónde está la medicina, aunque en esa religión inventada todo parezca ser posible.  El Dios que salva potencialmente deja la libertad humana como excusa de los que se pierden, es el mismo Dios que no ha podido salvar una sola alma, por cuanto los ciegos guías de ciegos caen en el mismo hueco.

No hay tal cosa como una redención en potencia, más bien el Cristo de la Biblia vino a salvar a su pueblo de sus pecados.  Es decir, la Escritura habla de una salvación actual, eficaz, concreta e individual.  Y si es individual entonces tiene nombre y apellido, como parecen referirlo los textos de Apocalipsis 13:8 y 17:8. ¿Quiénes van a Jesús? Todos los que son enseñados por el Padre y enviados por Él hacia el Hijo.  ¿Quiénes serán resucitados en el día postrero para vida eterna?  Solamente los que son enviados por el Padre al Hijo.  El resto, los que nunca van a Jesús, son los mismos que jamás fueron enviados por el Padre ni enseñados por Él.  Más bien podemos decir con Pablo que Dios muestra su amor para con nosotros en el hecho de que siendo pecadores Cristo haya muerto por nosotros (Romanos 5: 5-8).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 20:23
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