Domingo, 15 de septiembre de 2019

Jesucristo es descendiente de Adán, en tanto nació de María la virgen. Muchos piensan que si Adán es la cabeza federal de la humanidad, y que si en Adán todos mueren, el pecado del primer hombre pasa a toda la humanidad. Hasta ese punto nos encontramos con una doctrina absolutamente bíblica, pero sería erróneo suponer algo más extenso. Por ejemplo, el hecho de que Jesucristo haya formado parte de la genealogía posterior a Adán no implica que haya sido engendrado con pecado. La Biblia declara abiertamente que Jesús de Nazaret no conoció pecado, que fue el Cordero sin mancha, que no tuvo una naturaleza pecaminosa.

La razón por la cual no puede haber confusión entre la naturaleza de pecado de Adán y la naturaleza limpia de Jesús es que este último es el Hijo de Dios. Por esta característica única de su persona no pudo pecar jamás, ya que Dios no comete ningún pecado por cuanto no actúa en contra de Su propia voluntad. Por otra parte, la Escritura afirma que Jesús es El Segundo Adán, en otros términos, es un Adán distinto por la razón de no haber pecado jamás. Tal persona convenía ante el Padre como ofrenda por el pecado de la humana raza que vino a redimir. Tal característica de pureza (Cordero sin mancha) convenía a su pueblo (Mateo 1:21).

Por ser el Hijo de Dios encarnado, nacido de una virgen por el poder del Espíritu Santo, no participó ni de culpa ni de pecado alguno por parte del primer Adán. Él es el Emanuel de Isaías 7:14, el Dios con nosotros, el que no hizo maldad ni tuvo engaño en su boca (Isaías 53:9). Conviene tener en cuenta con claridad que Jesús el Cristo es en realidad Dios, así como es de verdad humano. Dos naturalezas habitan en él, sin confusión, sin cambio posible. Los que afirman que Jesucristo fue solamente humano, o solamente divino, están mintiendo contra las Escrituras. Él no es un Superman, ni el superhombre de Nietzsche, no es tan solo un profeta muy poderoso, es ante todo el Dios hecho hombre que habitó entre nosotros.

Moisés fue un tipo del Mesías que vendría, un profeta semejante al que apareció hace poco más de 2000 años (Deuteronomio 18:15). Jesús es el mismo personaje relatado por David cuando le fue revelado que había sido engendrado el Hijo de Dios. Esta profecía del salmista hace referencia al Cristo que tomaría forma humana entre nosotros, ya que no podemos suponer que Jesucristo como Hijo del Eterno Dios haya sido engendrado en algún punto de la eternidad. Esta última suposición se conoce como la herejía de Arrio, quien afirmaba que Jesucristo no era consustancial con el Padre, que no era igualmente eterno al Dios soberano. Es por esa razón que a David le fue comunicado en revelación el engendramiento del Hijo De Dios como humano, el que habitaría en medio nuestro (Salmo 2:7- ver también Hebreos 1:1-5).

Jesucristo es Dios y Hombre; la importancia de esta doctrina es asunto de vida o muerte eterna. Lo dijo Juan en una de sus cartas (1 Juan 2:22-23), de manera que se niega al Hijo cuando no se cree lo que la Biblia enseña respecto a su persona. El evangelio no es una oferta de salvación para el mundo entero, es más bien una promesa de rescate o de redención para todo el conglomerado del pueblo de Cristo (Mateo 1:21). Esa es una doctrina bíblica, es también una enseñanza repetidamente enseñada por Jesús ante sus discípulos y ante grandes multitudes. Nadie puede ir a él si el Padre no lo lleva, pero el que es llevado por el Padre no será jamás echado fuera. Esa persona conducida por el Padre, habiendo aprendido de Él, irá a Jesucristo de buena voluntad, en tanto ha nacido de nuevo. Esa es la razón por la cual será resucitada en el día postrero, por cuanto fue uno de los elegidos desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8).

En Adán todos mueren, pero en Cristo todos viven. Hay que entender bien esa frase bíblica, por cuanto se podría caer en una falacia de generalización apresurada. Adán fue un padre para muerte como consecuencia inevitable del pecado, por cuanto todos hemos pecado y por fuerza hemos estado destituidos de la gloria de Dios. Además, la paga del pecado es la muerte. En ese sentido toda la humanidad fue declarada muerta en sus delitos y pecados, por causa de Adán (del primer Adán). Pero El Segundo Adán es la dádiva de Dios para vida eterna, para todos los que somos creyentes en él. Claro está, si todos fuimos declarados muertos, ningún cadáver podrá moverse o entender siquiera dónde está la salida de la tumba. En ese punto se hace necesaria la intervención del Espíritu de Dios que es el que da vida.

En Cristo todos viven, pero ese todos es restrictivo y no extensivo, como el que refiere al primer Adán. Jesucristo lo enseñó también la noche antes de morir, al orar al Padre con su encomienda por los que le habían sido dados. Pedía solamente por ellos, no rogaba por el mundo (Juan 17:9). Es decir, ese todos viven en Cristo refiere exclusivamente a su pueblo que vino a redimir (Mateo 1:21) y no al mundo en toda su extensión. Jesús hablaba en parábolas para que ciertas personas no pudieran entender su mensaje, agradecía al Padre por haber escondido las cosas del reino de los cielos de los sabios y entendidos. A algunos que sanaba no les permitió que lo siguieran, de multitudes se alejaba porque entendía que no tenían parte con él. A todos los que escogió les dijo que él los había amado primero, de manera que también les resaltó que no habían sido ellos los que lo habían escogido.

Nada de esa doctrina ha cambiado con los siglos, porque él es el mismo ayer, hoy y por los siglos. En Dios todo es un Sí y un Amén, sin que se muestre sombra de variación alguna. La fe no es de todos, sino que como regalo de Dios es dada a los que hace nacer de nuevo (Efesios 2:8 y 2 Tesalonicenses 3:2). En síntesis, hemos de creer en la persona y en la obra de Jesucristo, ya que son indisolubles en su relación, se implican en el Cristo como Redentor. Jehová no recibiría otra ofrenda por el pecado sino el Cordero preparado desde antes de la fundación del mundo para ser inmolado en la era apostólica. De allí que Jesucristo es llamado la justicia de Dios, nuestra pascua.

Sin embargo, esa ofrenda ofrecida fue determinada, no potencial sino actual. No fue hecha como un compás abierto a la espera de que los muertos en delitos y pecados vieran la medicina ante ellos. Más bien fue hecha por todos los que el Padre predestinó para tal fin, de acuerdo con las Escrituras. Como una pequeña muestra de lo que acá decimos bastaría recordar el texto de Pablo a los Romanos. En su capítulo 9 leemos que Dios amó a Jacob desde antes de que fuese engendrado, sin mirar en sus buenas o malas obras; de igual forma, de acuerdo al verso 13, leemos que Jehová odió a Esaú antes de que fuese engendrado, sin que Él mirara en sus malas o buenas obras. La salvación proviene de Dios, así como la condenación eterna. De quien quiere tiene misericordia, pero endurece al que quiere endurecer (verso 18). Los vasos de ira ya fueron preparados de antemano para que la justicia por el pecado sea manifestada. Asimismo, los vasos de misericordia ya fueron preparados de antemano para la manifestación de la gloria y piedad de Dios.

La persona y la obra de Jesucristo van ligadas de principio a fin. Creer en una y desechar la otra es un error que conduce a perdición; hablar de porcentajes en ese creer es igualmente craso despiste. El conjunto todo representa la doctrina bíblica, la cual conviene escudriñar, si nos interesa la vida eterna. Los que han sido escogidos para salvación recibirán con dicha las palabras de la Biblia, las que han sido anunciadas por cuanto esa es la única forma en que los elegidos serán salvados. Los otros, los considerados como el mundo, harán filas con el objetor levantado en Romanos 9, para decir a coro con él: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién ha resistido a su voluntad? ¿Habrá injusticia en Dios?

No son pocos los teólogos que se dan duro con esa roca de la palabra divina. Hay quienes han exclamado que un Dios semejante no es más que un Tirano, o igual a un diablo. Hay también quienes han dicho que su alma se rebela contra tal Dios que coloca la sangre del alma de Esaú a Sus propios pies. Muchos que dicen creer en la doctrina de la gracia caen cuando se encuentran con la palabra dura de oír. Ellos se retiran murmurando, hacia otro Cristo, confeccionando uno más parecido a lo que su corazón romántico imagina que debe ser Dios. Es por ello que el Señor también dijo que en estos tiempos se levantarían muchos en su nombre, que habría gran cantidad de falsos maestros y profetas que se anunciarían en su nombre. Pero ese mismo Señor también nos enseñó que sus ovejas huirían de ellos porque no reconocerían su voz.

El Cristo hecho hombre es el mismo Dios que hizo los cielos y la tierra (Juan 1), el que estaba en el principio de todo, el Logos eterno, el que habita por la eternidad. Tan grande misericordia no puede ser superada por ninguna obra humana, pero tan grande ofrenda solamente puede ser apreciada por sus beneficiarios directos. Él es el Dios con nosotros, el Jehová que hace posible todas las cosas. A Él debemos oír.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 18:40
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