Martes, 10 de septiembre de 2019

Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí. Esta es una premisa mayor de un silogismo no necesariamente formal. Continúa Jesucristo hablando: el que a mí viene no le echo fuera. Esta es una premisa implícita semánticamente en la anterior, ya que contiene un término medio compuesto por el que viene (que es el mismo enviado por el Padre). La conclusión derivada es que Jesucristo lo resucitará en el día postrero. Se desprende esta síntesis de un orden establecido: 1) El Padre da y envía; 2) Jesucristo lo recibe y no lo echa fuera; 3) el Hijo lo resucita en el día postrero (Juan 6:36).

Se suma como refuerzo a la teología de Jesucristo, otra aseveración hecha. Agregó el Señor que nadie podría ir a él a no ser que el Padre lo trajere (Juan 6:44), para que él lo resucite en el día postrero. Nadie es un término universal (negativo) y absoluto, que cumple en mucho sentido con la universidad de la premisa mayor. Si nadie puede ir a él sin que el Padre lo lleve (premisa mayor), la menor sería la siguiente: muchos no son enviados por el Padre (es tácita en la proposición, por lo tanto, estamos en presencia de un entimema o un silogismo no completo). La conclusión derivada no es otra que Yo lo resucitaré en el día postrero.

En otros términos, Jesús resucitará solamente a los que son enviados por el Padre, no a los que jamás pueden ir a él por no ser enviados.  Esto cierra la posibilidad universal de la salvación, como si Jesucristo hubiese propiciado en la cruz por los pecados de todo el mundo, sin excepción. Se dirá que el mismo Juan que recoge las palabras de Jesús en el evangelio escribió en una de sus epístolas que Jesús es la propiciación por los pecados de todo el mundo. Bien, el contexto de ese texto nos dice que hay dos grupos de individuos referidos por Juan en su carta. Habla de nosotros, término que incluye a sus destinatarios y a él mismo como escritor de la epístola. Su ministerio estuvo fundamentalmente destinado para los judíos, por cuya razón les informa a sus compatriotas que Jesús propició no solamente por ellos sino también por el resto del mundo (los gentiles).

Esa inclusión específica del apóstol no presupone una salvación universal de cada individuo del planeta. Tiene por fuerza la identidad de una proposición relativa, circunscrita al grupo de personas judías y gentiles enviadas por el Padre al Hijo. Si se insiste en la universalidad absoluta y a toda costa, se hace necesario concluir que todos los seres humanos ya están salvos, o que Jesús fue un fracasado al salvar a todos, aunque permitiendo que se pierdan muchos. Es como suponer que su sangre no fue suficiente para los que se pierden, lo que equivaldría a pisotearla como dice el autor de Hebreos.

El mito del libre albedrío no puede ser el factor decisivo en materia de salvación. Primero porque no existe, segundo porque el hombre muerto en delitos y pecados no puede ver la medicina que es Cristo. En el acto de la salvación el hombre es un ser pasivo, mientras Dios es un ser activo. Dios no habilita al hombre para que cumpla ciertos parámetros y tenga de qué gloriarse, más bien hace nacer de nuevo y le da un corazón distinto. El hombre muerto no es resucitado para que él mismo se procure el corazón de carne, a él no se le da fe antes de creer, no se le da arrepentimiento antes de nacer de nuevo. La razón de esto se presenta en forma muy simple, ya que el ser humano caído está muerto espiritualmente y de nada le serviría la fe y el arrepentimiento a un muerto.

No es bíblico el suponer a Dios dándole la habilidad a una criatura para que procure el ejercicio de la fe, de manera que el Todopoderoso aguarde para ver si el pecador va a usar esa fe. Tampoco es bíblico asumir que, como Dios previó todas las cosas desde antes de que sucedan, recibirán la salvación los que quisieron y que en consecuencia de esa previsión divina fueron predestinados. Dios no necesita ver en los corredores del tiempo por muchas razones, pero bástenos mencionar las siguientes: 1) No tenía nada bueno que mirar en el hombre caído porque éste no desea a Dios, no hace lo bueno, no es justo, es perverso más que todas las cosas, está muerto en sus delitos y pecados, está cautivo en las tinieblas de Satanás; 2) Dios es Omnipotente y Omnisciente, de manera que si todo lo sabe no tiene nada que averiguar en esos corredores del tiempo; 3) La Omnisciencia de Dios se implica en tanto hace el futuro, no en el hecho de que lo averigua, como si no supiera algo y como si la criatura fuese independiente de Él; 4) No podríamos imaginar al Creador averiguando y dándose cuenta de que sus criaturas pecaminosas deseaban crucificar al Mesías (mucho antes de que éste apareciera en la historia), para luego copiarse esa idea y predicarla por medio de sus profetas como si fuese idea propia. Eso es parte del exabrupto obligado al presumir que Dios averigua el futuro, como si éste le fuera ajeno y su conocimiento previo lo condujera en tal sentido.

Por otro lado, Dios ha declarado que no dará su gloria a otro. De manera que, si se propuso exaltar al Hijo, no compartiría esa gloria con la criatura. La salvación pertenece a Jehová, no a los hombres, no a Jonás. La salvación es por gracia, no vaya a ser que alguien se gloríe. Y si alguien se gloría, que se gloríe en el Señor. Esa es la única gloria posible para el ser humano, lo demás es vanagloria e imposibilidad real, ya que el Creador no da su gloria a nadie.

Los que predican un evangelio diferente al presentado y avalado por las Escrituras, son llamados anatemas (malditos). Los que escuchan a esos falsos profetas y maestros acarrean doble destrucción. Los que dicen que han creído y comparten las cosas espirituales con los que pregonan un evangelio distinto, son considerados no creyentes por Juan. Asimismo, los que no viven en la doctrina de Cristo no deben ser llamados hermanos por los que dicen vivir en ella. La separación del mundo debe ser completa, al menos en las cosas del Espíritu de Dios.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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