Lunes, 09 de septiembre de 2019

Es común hoy día señalar la herejía exonerando al hereje. ¿Y cómo es eso? Muy simple, hay quienes debaten las formas teológicas de muchas religiones que vienen en el nombre de la fe cristiana, juzgándolas como errores, herejías, desaciertos, algo digno de condenar, pero que de inmediato dicen que sus practicantes son hermanos redimidos.  Señalar la herejía no serviría de mucho si el hereje que practica el error doctrinal no acarrea ninguna consecuencia.  Muchas de las personas que predican la teología de la gracia asumen que sus antagonistas arminianos son sus hermanos. Uno se pregunta cuál es el sentido de señalar el error si éste no conlleva ninguna consecuencia funesta.

Como quiera que debemos siempre acudir a la ley y al testimonio -para saber si nos ha alumbrado Cristo-, veamos lo que dice Pablo al respecto. El señala en su carta a los Gálatas que cualquiera que venga con un evangelio diferente al que él ha enseñado debe ser tenido como maldición. Es decir, Pablo llama anatema (maldito) tanto al maestro como al discípulo que participa en la enseñanza de una doctrina diferente a la propuesta por Jesucristo y sus apóstoles. Por demás está decir que el Antiguo Testamento también enseñó una doctrina semejante, por ser un conjunto de libros inspirados por el mismo Espíritu del Nuevo.

Muchas iglesias parecen comprometidas con la verdad (en su apariencia de piedad), si bien sus ministros llaman hermanos a los que no sostienen la doctrina bíblica que ellos dicen pregonar. A pesar de creer en el Cristo que ha asegurado la salvación de todos los que él representó en la cruz, consideran como sus hermanos a los que afirman que Cristo murió por todo el mundo, sin excepción, sin asegurar la redención de ninguno en particular. En otras palabras, el trabajo del pecador (su voluntad, su libre albedrío dispuesto, su buena intención) se coloca para reforzar el trabajo de Jesús en la cruz. 

La mayoría de los religiosos que profesan creer en lo que la Biblia enseña, conviene en sostener un cristianismo abierto, democrático, afinado con las masas. Para nada le resulta importante a esta mayoría el conjunto de enseñanzas que dieron Jesús y sus apóstoles. Si Jesús dijo que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajere, ellos aseguran que el Padre lleva a todo el mundo hacia Cristo. Si Jesús enseñó que de todos los que el Padre le diera ninguno se perdería, ellos afirman que hay quienes se pierden a pesar de la promesa de Cristo, dado que no prevalecen.

Aún más, si la Biblia dice que la humanidad toda cayó en Adán y que está muerta en sus delitos y pecados, que no hay justo ni aún uno, que no hay quien entienda ni busque a Dios, ellos aseguran que la humanidad no murió del todo, que está despierta y tiene voluntad de buscar a su Creador. Además, colocan su justicia propia junto a la justicia divina que es Cristo crucificado. Por supuesto, cuando la Biblia señala que Dios tiene misericordia de quien quiere tenerla y endurece al que Él quiere endurecer, ellos salen al frente a decir que la gente se endurece primero y por eso se pierde. Cuando leen en Romanos 9 que Dios odió a Esaú aún antes de hacer bien o mal, antes de ser concebido, de inmediato hacen filas con el objetor allí señalado para decir a coro: ¿por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistir su voluntad?

Se unen a sus teólogos que han proclamado una y otra vez que semejante Dios es ante todo un tirano, tal vez un diablo, alguien digno de ser menospreciado. Semejante Dios es repugnante y no conviene ante las masas. El proceso de armar una teología de interés popular se va tejiendo en esos templos que, antes que iglesias, deberían ser reconocidas como sinagogas de Satanás. Pero claro, los amigos de la gracia consideran que este dictamen es muy radical, por lo que aquellas personas que rechazan la teología bíblica son todavía sus hermanos. En tal sentido, para que su argumento sea más sólido, agregan que lo importante es creer en Cristo con todo el corazón, sin importar lo que la mente diga en materia doctrinal.

Acá hay una falacia sin dudas, al pretender separar la mente del corazón y al pretender eliminar la doctrina del hecho mismo de creer. Olvidan que fue Jesucristo quien afirmó que del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, la vida misma, que de la abundancia del corazón habla la boca. Olvidan que los pensamientos, el hablar, todo lo que conduzca a la vida o a la muerte, también son razón y lógica. Además, Pablo también afirmó que no se podría invocar a Dios si no se le conoce, y que no se le conocería si no fuere anunciado. En otros términos, para poder creer en Cristo se hace indiscutible el conocerlo.

Pero en esta encrucijada, los devotos del falso evangelio aseguran que lo que decimos implica asumir un cuerpo doctrinal como una obra previa a la fe. Se equivocan en este punto, ya que la fe viene por el oír la palabra de Dios, y esa palabra no está vacía de contenido doctrinal. Por otra parte, es el Espíritu el que da vida, el que hace nacer de nuevo, el que nos conduce a toda verdad (y no a toda mentira). En tal sentido, resulta imposible que el Espíritu de Cristo mantenga en la ignorancia doctrinal a cualquiera que sea un hijo nacido de nuevo. Más bien Jesús lo confirmó diciendo que ninguna de sus ovejas se iría jamás tras el extraño (el falso maestro, el falso pastor, el que pregona doctrinas del error), sino que antes huiría de él (del extraño: Juan 10:1-5).

Si es por gracia ya no es por obras, de otra manera la gracia no sería gracia sino salario. Y si es por obras ya no es por gracia, de otra manera la obra no sería obra sino regalo.  A partir de estas palabras de la Escritura podemos deducir que no se puede asumir como aceptable la inconsistencia de los que confiesan gracia y obras en forma combinada. ¿Podría alguien imaginar a Pedro o a Juan, o a cualquier otro apóstol, diciéndole al Señor que, si bien es cierto que él los había escogido a ellos, ellos también escogieron seguir a Jesús? Imaginemos a esos apóstoles diciéndole al Señor que si bien él los amó primero ellos también quisieron amarlo primero a él. De igual manera, si la Biblia ha declarado a la humanidad muerta en sus delitos y pecados, sabemos que los muertos no tienen voluntad de decisión. El célebre libre albedrío es un mito religioso que surgió en el Edén. Fue la serpiente antigua (diablo o Satanás) la que indujo a la creación humana a suponer que tenía la libertad de ser como Dios. En esa hipotética libertad quedaron atrapados Adán, Eva y todos sus descendientes.

Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. La herejía va con los herejes y no puede separarse de ellos. Al asumir una verdad junto con una pequeña o grande mentira, se pone de manifiesto que no se está en toda la verdad. Convendría examinar lo que significa que el Espíritu de Dios guíe a sus hijos a toda verdad. La verdad de Dios no es la verdad del César, y la verdad del César no es la verdad de Dios. No se puede servir a Dios y a las riquezas, no se puede creer en la gracia de Dios y al mismo tiempo creer en las obras del hombre para alcanzar esa gracia.  Examinémonos a nosotros mismos para saber dónde andamos.

César Paredes

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Publicado por elegidos @ 9:07
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