S?bado, 31 de agosto de 2019

El primer árbol de maldición fue el del bien y del mal.  Allí cayó Adán, cuando comió del fruto prohibido. Llama la atención que el Segundo Adán, Jesucristo, sufriera igualmente la maldición del madero. Los maderos se obtienen de los árboles, por lo que la metáfora propuesta es absolutamente válida. Ahora bien, las dos maldiciones sufridas por estos dos hombres (el creado y el eterno Logos encarnado entre nosotros) cumplen diferentes propósitos. En Adán todos mueren, al ser él la cabeza federal de toda la humanidad.  En Cristo todos viven, pero ese conglomerado de personas son los que han sido destinados para vida eterna.

Si el árbol del bien y del mal representó la caída del primer hombre, el árbol de la crucifixión del Señor representa el instrumento por el cual podría cumplirse la dicha de los que reciben la gracia de Dios.  Así como el árbol del bien y del mal no era en sí mismo la causa de la caída, sino medio o instrumento para la caída de Adán, el madero en que padeció Cristo no era por sí mismo la redención de los hombres sino un medio para su martirio. Si Cristo era el Cordero sin mancha preparado, Adán tenía que pecar, y estos eventos (la caída y la salvación) fueron planificados desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20).

El Hijo de Dios hizo la transacción o contrato como gran restaurador de los que estábamos perdidos. Lo hizo ante el Padre, sin objeción alguna, como el Cordero manso, como el Siervo Justo, como el Príncipe de vida. Para ello hubo de ser reencarnado, llegando a ser el hombre que habitó entre la humanidad de entonces, la que fue testigo de los eventos que acaecieron en relación a su doctrina, vida, padecimiento y resurrección. Si no hubiese habido pecado, Cristo no hubiese tenido que reencarnar para aparecer entre nosotros como Cordero. El pecado fue entonces necesario para su manifestación como restaurador de una humanidad perdida. Es por ello que decimos siempre que Adán no tuvo la oportunidad de no pecar, ya que el Cordero había sido preparado desde antes de la fundación del mundo (antes de que Adán fuese creado).

Imaginemos por un momento el que Adán hubiese tenido la posibilidad de no pecar. Si tal cosa hubiese acontecido, como un Adán sin pecado, aquel Cordero preparado hubiese sido ordenado en vano y las potestades celestiales lo hubiesen apreciado como un fracaso en los decretos de Dios. Sin pecado no habría existido la encarnación, por lo que el Cordero de Dios hubiese no sido tal Cordero. Además, de acuerdo a toda la Escritura y en especial a lo dicho en Apocalipsis 13:8 y 17:8, el libro de la vida del Cordero hubiese sido un sinsentido.

Jesucristo fue manifestado para destruir las obras del diablo (1 Juan 3:8), el cual es muerte y tinieblas, mentira y engaño. El Señor vino a salvar pecadores (1 Timoteo 1:15), lo cual hacía imperante la encarnación del Hijo de Dios. Jesús no vino a la tierra a dictarnos un código ético, más allá de que su vida y sus enseñanzas pudieran darnos luz en cuanto a cómo debemos actuar en este mundo. El objeto de su vida, muerte y resurrección no es otro que redimir a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21).

Los apóstoles, al principio de su ministerio, pensaron en la redención de los judíos, pero cuando Pedro tuvo la visión de los animales inmundos que Dios había limpiado vino la apertura para los gentiles. Fue Cornelio el gran contacto con el mundo gentil, un centurión romano que fue convertido como signo de lo que nos vendría a los que no pertenecíamos a la ciudadanía de Israel. Allí hubo un cambio en la concepción de la cruz que ya no sería una exclusividad del mundo judío. De esta manera, de la misma forma en que el pecado de Adán afectó a toda la humanidad (y no solo a la futura comunidad judía), ahora la muerte de Cristo afectaría por extensión a la tierra entera. Entiéndase que este alcance universal sigue circunscrito al conjunto de personas que representa el pueblo de Dios (Mateo 1:21).

La predicación apostólica y las cartas a las iglesias, así como las reflexiones encontradas en el Nuevo Testamento respecto a la cruz, vinieron a ser la motivación esencial del mundo cristiano. Hay una repetición constante de lo que implica la cruz de Cristo, una referencia resaltante respecto al árbol donde fue sacrificado, así como al propósito de su expiación, a la gloria que representa para los creyentes ese madero. Jesucristo debía padecer un tipo de muerte específico (Juan 12:33), sufrir en un árbol (madero) para cargar con nuestros pecados (1 Pedro 2:24). Pablo llegó a decir que él se gloriaba solamente en la cruz de Cristo (Gálatas 6:14). Es decir, si el árbol del bien y del mal pudo ser una vergüenza para la humanidad (no por el árbol mismo sino por lo sucedido en torno a él), ahora el árbol de la crucifixión del Señor pasa a ser motivo de gloria para los hombres que son redimidos (no por el árbol mismo sino por el que fue crucificado sobre él).

La terrible maldición sufrida por Adán -y por extensión por toda la humanidad- vino a ser subsumida en la terrible maldición sufrida por Cristo al morir en un madero. El que no cometió pecado fue hecho pecado por causa de su pueblo. Empero, la maldición de Adán fue para muerte, pero la maldición de Cristo fue para vida. Cristo nos redimió de la maldición de la ley, siendo hecho maldición por nosotros: como está escrito, maldito es todo aquel que es colgado en un madero (árbol) (Gálatas 3:13). El texto de Pablo es tomado de la referencia de Moisés al respecto: no quedará su cuerpo en el árbol durante la noche. Sin falta le darás sepultura el mismo día, porque el ahorcado (colgado) es una maldición de Dios. Así no contaminarás la tierra que Jehová tu Dios te da como heredad (Deuteronomio 21:23).

Una de las razones por las cuales gran parte de los judíos han rechazado al Mesías Jesucristo radica en el hecho mismo de la crucifixión. Al madero iban los malhechores, los blasfemos, los sediciosos. Jesús fue para ellos un blasfemo por decir de sí mismo que era Dios (quien ha visto al Hijo ha visto al Padre). Hoy día los gentiles (el mundo no judío) continúa viendo la crucifixión como destino no propio de la divinidad. Un Dios crucificado tiene que ser por fuerza un Dios débil. Es cierto que la crucifixión implica humillación, ignominia y castigo, el destino de los esclavos malhechores en el mundo romano, destino compartido por algunos hombres libres que fueron sentenciados como sediciosos, traidores o ladrones. Curiosamente, para poder crucificar a un hombre libre y romano, era menester degradarlo a la categoría de esclavo.

Jesús, siendo Dios, fue hecho hombre (degradado en cuanto a su gloria), pero además fue hecho pecado. El Padre lo abandonó en la cruz, descargando su ira por lo que él representaba: una humanidad podrida en pecado. En este sentido debemos aclarar que, aunque hablamos de humanidad, como Juan también habló de la propiciación de los pecados de todo el mundo, esa universalidad está circunscrita a un contexto particular. En el caso del apóstol Juan hay una referencia al mundo judío y al gentil. Los gentiles eran concebidos para los judíos como el resto del mundo. La humanidad que Cristo representó en el madero no es otra que su pueblo al cual vino a redimir de sus pecados (Mateo 1:21), lo cual representa no solamente a los judíos sino también a los gentiles, a todo el mundo que vino a redimir.

La cruz de Cristo llegó a ser un símbolo de honra para los creyentes, un motivo de gloria. Pero no debemos confundir esa cruz simbólica con la cruz que se configura como ídolo de las masas llamadas cristianas. En 2 Reyes 18:4 leemos lo siguiente sobre Ezequías: Quitó los lugares altos, derribó los pilares {sagrados} y cortó la imagen de Asera. También hizo pedazos la serpiente de bronce que Moisés había hecho, porque hasta aquellos días los hijos de Israel le quemaban incienso; y la llamaban Nehustán. Y respecto al Efod hecho por Gedeón también leemos en la Escritura: …Gedeón hizo un efod, que expuso en Ofra, su ciudad. Y todo Israel se prostituyó tras ese efod en aquel lugar, y sirvió de tropiezo a Gedeón y a su familia (Jueces 8:27).

Fijémonos en que la serpiente de bronce levantada era una prefiguración de Jesucristo (Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que sea levantado el Hijo del Hombre, para que todo aquel que cree, tenga en El vida eterna - Juan 3: 14-15). Pese a ello, el símbolo mismo se convirtió en tropiezo porque la inclinación de la naturaleza pecadora del hombre tiende a la desobediencia a Dios. Lo mismo aconteció a la gente que rodeaba a Gedeón, ya que pese a que el Efod era una vestidura sacerdotal ordenada por Dios a Moisés las personas confunden lo sagrado con lo impío. Muchos alegan que la cruz es un recordatorio del sacrificio salvador de Jesús, pero si eso hace falta para recordar, orar o venerar a Dios, entonces se convierte en un ídolo. El ídolo es todo aquello que reemplaza a Dios, de manera que lo que las personas sacrifican a sus ídolos -oración, veneración, confianza, fe- a los demonios sacrifican: ¿Qué, pues, quiero decir? ¿Que lo que es sacrificado a los ídolos sea algo, o que el ídolo sea algo? Al contrario, digo que lo que los gentiles sacrifican, lo sacrifican a los demonios, y no a Dios. Y yo no quiero que vosotros participéis con los demonios (1 Corintios 10:20).

Es por esa razón que no veneramos el árbol de la crucifixión del Señor, ni buscamos reliquias para honrarlas. Más bien nos gozamos en aquella cruz donde se forjó nuestra redención, pero no adoramos la cruz del Señor sino al Señor de la cruz. De los dos árboles de maldición solo uno resultó en bendición para los escogidos de Dios y, como Pablo dijo, no queremos hacernos partícipes con los demonios al pretender adorar o depender de un objeto para el servicio al Señor.  Recordemos el daño acontecido por la tergiversación del símbolo de la serpiente de bronce, recordemos igualmente la perversión ocurrida en torno al Efod de Gedeón, para que nos abstengamos de la idolatría de la cruz.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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