Jueves, 29 de agosto de 2019

Se dice que el Espíritu Santo es un Gran Caballero, una persona amable que lucha con el corazón de los que va a convertir y que espera por la buena voluntad de las personas. En tal sentido Dios Padre es visto como alguien recalcitrante que castiga desde los cielos las injusticias humanas, mientras el Hijo se muestra todavía colgado al madero, con la esperanza de que las almas se le acerquen voluntarias.  En resumen, Dios estaría atado de manos y no se entrometería en la vida de sus criaturas.

Bajo esta concepción la premisa que surge no es otra que la libertad humana, el célebre libre albedrío de la humanidad que hace como quiere. Somos libres de escoger entre el bien y el mal, mientras Dios batalla a diario contra las fuerzas malignas, las que en muchos momentos parecieran triunfar contra el esfuerzo divino de someterlas. Resulta obvio que si escogemos de acuerdo a lo que nuestras preferencias nos indiquen es porque teníamos la posibilidad de elegir lo contrario de lo que decidimos elegir.

Se ha proclamado en todas partes que existen leyes de La Naturaleza, como normas que le son propias y que liberan al Creador de las catástrofes que en ocasiones acontecen. Más bien se prefiere creer que Dios ha cedido el control de las fuerzas naturales al arbitrio de unas leyes que rigen el acontecer de La Naturaleza. Estaríamos en presencia de un Dios que prefiere ser gentil antes que controlador absoluto de las leyes naturales. Pero este atar de manos divino se extiende más allá de las leyes naturales, con el objeto de no intervenir en las decisiones humanas.

Dios como Gran Caballero conoce las cosas que suceden porque las descubre en el corazón de las personas, a través de una mirada hacia el futuro. Ya no sería el Dios que hace todas las cosas según el consejo de su voluntad, ni el que anuncia lo que será antes de que suceda. Más bien sería el Dios que articula el futuro que ha espiado en los corazones humanos, como robador de las ideas de los hombres. Ideas que por cierto reclama como suyas, al decirlas a sus siervos los profetas, lo que lo mantiene de nuevo libre de responsabilidad por el acontecer del mundo.

El Gran Caballero respeta en alta medida la libre decisión humana, al mismo tiempo que se muestra con una compasión extrema hacia toda la humanidad. La teología que muchos religiosos construyen está basada en una perspectiva romántica que se tiene de la divinidad. El conocimiento previo que Dios tuviera de los eventos por ocurrir impediría cambiar lo que los hombres de seguro harán según su propia decisión. Pero igualmente, por virtud de tal conocimiento previo, Dios elaboraría sus propios planes con la materia prima que como Espía ha obtenido de los corazones humanos.

Desde esta perspectiva, la crucifixión de Jesucristo parecería un evento descubierto por Dios en los corazones de los hombres.  Como si el Creador hubiese aprovechado el haber sabido lo que la gente haría con el Hijo, ajustando sus propios planes (que ya no serían inmutables) a los eventos por venir. Por supuesto, esta teología extraña exoneraría al Creador de toda la culpa que sus objetores naturales pudieran señalarle por causa de los estragos del pecado humano.

La tesis que propone a Dios como un Gran Caballero nos conduciría a la desesperanza. ¿Cómo podríamos orar y clamar a un Dios que no conoce en forma cierta el futuro? Y si lo conoce no podría cambiarlo, porque adaptó sus planes originales a los eventos inciertos de los hombres. Sería por igual un Dios que no lograría salvar un alma humana de la justa condenación por el pecado, ya que en virtud de su gentileza dejaría todo en manos de los hombres libres. Sabemos que por naturaleza el hombre es enemigo de Dios, que no hace lo bueno y se inclina al mal. Por naturaleza toda la humanidad anda sin discernir las cosas del Espíritu de Dios porque le parece locura.

Sabemos que la salvación humana no depende de las criaturas humanas, más bien es un regalo de Dios. El asunto bíblico al respecto es que Dios no da ese regalo a todas las personas, ya que la muerte de Cristo no es universal sin excepción. Al contrario, Jesucristo afirmó que nadie podía ir a él a no ser que el Padre lo trajere. Agregó que todos los que son enviados por el Padre serían recibidos y no serían echados fuera. Es decir, los que son condenados eternamente no fueron nunca enviados por el Padre al Hijo. Esta tesis emanada de la Escritura desdice del Dios Caballero que no se entromete con el alma humana.

La gran mayoría de los que se consideran a sí mismos creyentes o cristianos, desestima la piedra que es la cabeza del ángulo. Ella prefiere construir su edificio teológico sobre la arena, aunque tropiece con la roca eterna y termine ésta por aplastarla.  Al no haber sido llamada de las tinieblas a la luz, continúa a tientas en las penumbras del alma. Esa mayoría se empeña en confeccionarse un ídolo, como hicieron los antiguos hombres de Moisés con el becerro de oro. Habiendo conocido a Dios no le ha rendido tributo como es debido, más bien esa humanidad se ha apartado con murmuraciones, como los antiguos judíos que se retiraron diciendo que las palabras del Mesías eran duras de oír.

Llamarse cristiano sin creer las doctrinas de Cristo es un sinsentido. La misma Escritura ha afirmado que seríamos enseñados por Dios para poder ir al Hijo. También dice que por el conocimiento del siervo justo seríamos salvos, de manera que la oscuridad en cuanto a la teología bíblica es un síntoma de andar perdido. No se puede creer en Cristo con el corazón si se ignora su persona y su trabajo, como si el conocer las enseñanzas por él dejadas no fuese parte de ese creer.  No podríamos invocar a alguien a quien no conocemos, no podríamos conocerlo si no se nos ha mostrado. El Jesús de la Biblia se nos muestra en su palabra, no en apariciones místicas ni en visiones esotéricas.

La persona de Cristo se vincula a la dignidad del Hijo de Dios, así como a la conexión entre la encarnación y la expiación. Parte de su obra se implica en su persona a través de la resurrección, estimada entre los apóstoles como una maravilla para el alma. Los judíos habían crucificado al Príncipe de vida, al Señor de gloria, al Hijo del Altísimo. El grupo de escritores del Nuevo Testamento relacionó el trabajo de Cristo con la persona de Cristo. El Mesías que vino para cubrir todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21) debía cumplir toda la ley, de manera que llegara a ser la justicia de Dios. Por esa razón es llamado también nuestra Pascua, dándonos a entender que el castigo por nuestras rebeliones las sufrió Jesús en el madero, donde también fue clavada el acta de los decretos que nos era contraria.

La naturaleza divina de Jesucristo no deja por fuera su naturaleza humana. El Dios hecho hombre habitó entre aquellos a quienes vino en forma física, pero vive en medio de su pueblo con la presencia de su Espíritu. Además, su palabra refleja el Logos que era y es, de la misma manera que anuncia toda su doctrina. El Señor llegó a ser la cabeza de la iglesia, de esa compañía de redimidos por quienes propició la paz, por quienes fue hecha la justicia de Dios y a quienes redimió para siempre. Los que hemos sido objetos de su gracia preferimos llamarlo Dios soberano, antes que un Dios Caballero. El que era desde el principio con Dios -el Logos- es también el mismo Dios (Juan 1), el mismo que dijo que no había justo ni aún uno, que no había quien le buscara a Él. Por esta razón se asoma nuestra preferencia; si Jesús hubiese sido el Dios Caballero, hubiese también aparecido inútil su persona y su trabajo, ya que nadie sería salvo. Pero gracias a que es un Dios Soberano nosotros hemos llegado a ser escogidos para salvación desde antes de la fundación del mundo. El Dios Caballero no irrumpiría jamás en nuestra vida, bajo la suposición de que los muertos en delitos y pecados se levantarían por cuenta propia, por el respeto al hipotético libre albedrío.  ¿Quién sería salvo con ese Dios Caballero? La maravilla de la elección encierra para nosotros un gran misterio, al igual que un gran asombro. Para Dios, en cambio, la elección es parte de su soberanía absoluta sobre su obra creada. Gocémonos de esa doctrina enseñada por Jesucristo y refrendada por sus apóstoles, ya que es la única forma en que hubiésemos podido ser salvos.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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