Domingo, 25 de agosto de 2019

La libertad de cultos presupone el pluralismo religioso, al menos lo permite. Sin esa cualidad cívica el fanatismo por la religión que se profesa causaría estragos en la comunidad que comparte cultura. Pero dentro de la perspectiva cristiana se hace imperante hacer la distinción entre esa libertad religiosa y el ecumenismo inclusivo. La enseñanza cristológica bíblica impone el asumir que Jesucristo es Dios, Hijo encarnado, Salvador de la humanidad que constituye su pueblo. Si la Escritura ha dicho que no nos hagamos dioses ajenos delante del Señor, el ecumenismo religioso viola tal mandamiento.

Tal parece que la iglesia ha dejado de ser cristiana. Cuando el Estado se inmiscuye en los asuntos de la Iglesia o a la inversa, ese matrimonio trae problemas continuos que dan a luz un híbrido de mil cabezas. El llamado intelectual que se hace hacia el pluralismo religioso acarrea un costo extremo, visto como el acercamiento de las religiones bajo el supuesto de que se venera a un mismo Dios. Es cierto que existe la Gran Comisión (Mateo 28:18-20; Lucas 24:47; Hechos 1:8), pero esa tarea no debe jamás conducir hacia la tibieza producida por la mezcla de lo frío y lo caliente, de lo amargo con lo dulce, de lo bueno con lo malo.

La tolerancia religiosa es necesaria para poder vivir en sociedad, para el sostenimiento de la ley, del orden, para los derechos ciudadanos de propagar sus puntos de vista teológicos. Al mismo tiempo, dicha tolerancia frena los excesos del fanatismo ideológico y religioso, evitando de esa manera el daño corpóreo al engranaje social. El cristiano tiene la tarea de predicar el evangelio hasta lo último de la tierra, deseando que se conviertan los hombres al contenido del mensaje y no convirtiéndonos al mensaje del mundo. En tal sentido, el buen juicio con que juzgamos lo bueno y lo malo podría sostener el equilibrio en que hemos de andar durante nuestra peregrinación.

Los vicios de la mente debilitada en cuestiones de la fe, confronta al alma en los asuntos de la verdad. Dado que Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre, y en el entendido de que lo que dijo es cierto en cuanto a que él es la verdad, la Iglesia debe ser gobernada por esa verdad. No se trata de creer en Dios, de tener fe en Él, sino de que la asunción de nuestra creencia debe centrarse en la doctrina enseñada por Jesús y los escritores de la Biblia. Cualquier intento por separar las doctrinas bíblicas de la práctica de la fe hace inútil nuestra religión. Y si nos atenemos a las enseñanzas bíblicas comprenderemos que el ecumenismo, en el sentido religioso de hoy día, no es más que parte del otro evangelio.

De acuerdo a la historia, la singularidad de Jesucristo tiene su soporte en su nacimiento, en su vida sin pecado, en su sacrificio por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21) -lo que incluye muerte y resurrección, así como el hecho de estar sentado a la diestra del Padre y de que espera su retorno a esta tierra como Juez y Señor de la humanidad. Pero aún dentro de esa historia no se pueden separar los aspectos teológicos que la encierran. Es el hecho de que Jesús se hizo hombre -en tanto Hijo de Dios- y cumplió toda la ley en forma perfecta; de igual manera se hizo la justicia de Dios para beneficio de todos aquellos que en el madero representó. En otros términos, el Jesús histórico-teológico no hizo posible la salvación para todo el mundo pero sí hizo verdadera y actual la redención para todo su pueblo.

El que cree en el Hijo tiene vida eterna, dice la Biblia. Creer en el Hijo implica asumir su doctrina. No es posible creer en Cristo y ser un ignorante acerca de quién es él y qué fue lo que vino a hacer en esta tierra. Pablo lo asegura en su Carta a los Romanos, cuando nos dice que nadie puede invocar a aquel a quien no conoce, que nadie puede conocer a aquel de quien no han oído, que nadie puede oír de aquel de quien no le han predicado. Pero los que predican a Cristo han de ser igualmente enviados por el Padre a cumplir esa tarea, por lo cual se impone en consecuencia un conocimiento que compete a la redención del hombre.

Claro está, ese conocimiento no puede ser visto como un requisito para la redención, ya que convertiría a ésta en obras (por la vía del intelecto). Pero es un conocimiento necesario y consecuente de la redención, de lo que significa el nuevo nacimiento. La Biblia nos dice que el hombre natural no comprende las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son locura. Nos añade que el corazón del hombre es perverso, más que todas las cosas, por lo que es urgente que haya una sustitución del corazón de piedra por uno de carne. Eso es lo que se llama en el Antiguo Testamento la circuncisión del corazón, que es denominado en el Nuevo el nacimiento de lo alto. Una operación absolutamente sobrenatural, que no depende de voluntad humana alguna.

Jesucristo enseñó como parte de su doctrina que nadie vendría a él a no ser que fuese enviado por el Padre. Esta aseveración conlleva la implicación de que los que no vienen a él nunca han sido enviados por el Padre. Agregó que aquellos que así vienen son bien recibidos y nunca son echados fuera. Esta garantía la tienen todos aquellos que oyen la voz de Dios mediante el llamamiento eficaz, en tanto elegidos desde la eternidad como vasos de misericordia. Los Esaú del mundo jamás serán llamados con eficacia porque no serán nunca llevados por el Padre hacia el Hijo (Romanos 9).

Ahora bien, uno puede preguntarse con todo el derecho teológico cuál es la razón por la que muchos que se dicen llamados rechazan la proposición de Jesucristo, acerca de que el Padre es el único que puede llevar personas hacia el Hijo. Los que tienen el Espíritu de Cristo no podrán estar confrontados jamás con la doctrina del Señor. La incomodidad que suele haber entre esa doctrina y el estado natural de la persona es el resultado normal de alguien que no conoce al Señor. Lo mismo sucede con aquellos que llamándose creyentes siguen a los extraños una y otra vez, escuchando sus voces. Ya Jesús lo aseguró (como parte de su extensa doctrina), que sus ovejas no se irían tras el extraño porque no conocen su voz, sino que más bien huirían de éstos y lo seguirían a él (Juan 10:1-5).

El verdadero creyente no está exento de pecado y quien tal diga sería un mentiroso. David era conforme al corazón de Dios y pecó en muchas ocasiones; Elías era un hombre sujeto a pasiones semejantes a las de Santiago y a muchos de nosotros; Isaías se consideraba a sí mismo un hombre de labios inmundos. Es decir, la Escritura nos muestra que los santos en Cristo siguen cometiendo errores en esta tierra, porque tienen todavía la vieja naturaleza que batalla contra el Espíritu. Pedro fue reprendido por Pablo por llevar una conducta impropia de un apóstol, mientras Pablo mismo dijo que él era un miserable por hacer lo malo que odiaba y no hacer el bien que deseaba.

El verdadero creyente, aun pecando, no comete ciertos errores una vez que ha nacido de nuevo. Al menos mencionemos algunos de ellos: el irse tras las enseñanzas de los extraños, el darle la bienvenida a los que llamándose hermanos no traen la doctrina de Cristo, el no habitar en la doctrina del Señor. En otros términos, un creyente verdadero cumplirá a ciencia cierta con las proposiciones descritas acerca de ellos: no seguir nunca a los extraños maestros de la fe, porque desconocen su voz, habitar en la doctrina de Cristo, porque la aman y la conocen, no hacer cofradía con los que al llamarse hermanos tuercen la Escritura para su propia perdición. Es por ello que se hace imperativo conocer qué fue lo dijo el Señor, cuáles fueron sus enseñanzas, así como asumir todo su cuerpo doctrinal. Juan lo dijo: el que no habita en la doctrina de Cristo no tiene ni al Padre ni al Hijo. Agregamos, tampoco tendrá al Espíritu de Cristo que es las arras de nuestra salvación.

Resulta de tal importancia el tener cuidado con el pluralismo religioso. Una cosa es la libertad de culto, en tanto libertad de expresión, donde el respeto por el otro frena el fanatismo peligroso, pero otra cosa es la convivencia inter doctrinal que hace impura la enseñanza del Señor. No es posible servir a dos señores, no es viable vivir en la doctrina de Cristo y albergar la doctrina del extraño. Poco importa que esa última doctrina se llame cristiana, ya que muchos anticristos han salido para engañar al mundo. Ellos imitan a Jesús, ellos manejan su doctrina, pero la confunden un poco con sus propias opiniones (herejías), ellos llegan a llamar a su dios Jesús, como si fuese el mismo de las Escrituras. En realidad, al asumir una doctrina un poco diferente de la enseñada por el Maestro de Galilea contaminan su alma y el alma de los que los oyen. Ellos están siendo engañados por el espíritu de estupor que les fue enviado por preferir la mentira antes que la verdad.

Pese a lo dicho, la Biblia agrega que el Señor sigue llamando a su pueblo para que huya de Babilonia. El que tiene oídos para oír, que oiga. El llamado universal es al arrepentimiento y a creer en el evangelio, porque es a través de ese llamamiento que se produce la conversión cuando el Espíritu de Dios da vida a los que el Padre eligió. No hay otro nombre dado a los hombres en que podamos ser salvos, no hay camino hacia el Padre sino por Jesucristo, no hay una vía extraña o mágica para la salvación, solamente se convoca al mundo a través de la predicación del evangelio. Y eso hacemos.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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