Viernes, 16 de agosto de 2019

Una falacia repetida se ha dado como argumento para confrontar la herejía de Arminio y sus seguidores. Por costumbre de siglos se contrapone esa teología extraña al calvinismo, como si Calvino fuese el norte de la fe, como si sus opiniones teológicas fuesen el evangelio. A la luz de la Biblia vemos que Dios no respeta la opinión humana, de manera que seguiremos el derrotero de la ley y el testimonio. Calvino creyó verdades y mentiras, de ambas creencias compuso su teología. De allí que cuando se pretende anteponer arminianismo frente a calvinismo se cae en una falacia de ignorancia.  Lo mejor es acudir a la teología de Arminio confrontada con las Escrituras.

Los seguidores de Arminio llevaron al Sínodo de Dort (1618-1619) sus puntos de discusión que fueron cinco. El Sínodo les refutó cada uno de los puntos presentados, pero posteriormente fueron denominados los cinco puntos del calvinismo. Un grave error esa denominación, ya que Calvino coincidía con los arminianos en el punto tres, el que refiere a la expiación universal. En efecto, Calvino sostenía que Jesucristo había muerto por todo el mundo, sin excepción, pero que su muerte era solamente eficaz en los elegidos. Esto es una incongruencia teológica, ya que la expiación implica reconciliación con Dios. Si Jesucristo murió por todos, sin excepción, todos los seres humanos ya habrían sido reconciliados con el Creador. Pero llegar a proferir esta afirmación y luego colocarle una restricción de eficacia en los elegidos no es más que un doble hablar disparatado.

Cierto es que el arminianismo es una forma de teología protestante que rechaza ciertos principios bíblicos: 1) creen que la humanidad no cayó totalmente, sino que todavía puede anhelar el evangelio sin que haya el nuevo nacimiento de lo alto, pues el hombre es quien decide si nace o no nace espiritualmente; 2) se oponen a la elección soberana de Dios en forma incondicional, ya que sostienen que Dios vio en los corazones humanos quiénes le habrían de seguir y quiénes no; 3) van en contra de la expiación eficaz sobre los elegidos (para ellos la expiación es universal y depende de cada quien el aceptarla con provecho o el rechazarla); 4) dicen que la gracia eficaz del Espíritu Santo es resistible, como si Dios tuviese quien se le opusiera a su gracia; 5) van en contra de la preservación que Dios hace de los santos, al llegar a sostener que la redención final puede perderse en los que la han alcanzado. Como ya señalamos antes, poco importa si Calvino pregonaba una doctrina diferente a la de Arminio y si coincidía con él en algún punto, lo esencial es corroborar si lo que Arminio predicó está de acuerdo con las Escrituras.

El eje mítico de los arminianos no es de su propiedad privada. Ya Pelagio en el siglo V de la era cristiana tenía por centro de gravedad de su teología el célebre libero arbitrio (libre albedrío). Según este principio, los seres humanos tendrían la libertad absoluta de escoger el bien o el mal, de escoger lo contrario de lo que hayan escogido. De allí que les conviene en este esquema teológico colocar la expiación como un hecho universal, del que participarían todos los seres humanos de acuerdo a su voluntad. Es decir, Jesucristo no salvó a nadie en particular sino a todos en general, lo que convierte su expiación en un fenómeno potencial y no actual.

El área metodológica arminiana muestra su preferencia por los textos de la Escritura fuera de contexto. Les encanta citar Juan 3:16 como la prueba máxima del amor de Dios por todo el mundo y de la libertad humana en aceptar o rechazar ese amor. Pero se equivocan, ya que Juan relata lo que Jesús le dice a Nicodemo acerca del amor del Padre por el mundo (el mundo o los gentiles son lo opuesto a los judíos). Dios amó a los gentiles también, le decía Jesús a Nicodemo, pero incluso amó a judíos y gentiles que son creyentes. No dijo Jesús que el Padre había amado a todo aquel que quisiera ser amado, sino a todo aquel que es creyente. Esa fue la razón por la cual oró en Getsemaní la noche antes de morir, agradeciendo por los que le había dado (porque tuyos eran y me los diste), pero dijo igualmente que no rogaba por el mundo. Entonces, puesto en contexto, Juan 3:16 no habla de todo el mundo, sin excepción. Si así fuera, ¿cómo se explicaría que Jesús no rogó por el mundo? Acá vemos que el mismo vocablo tiene al menos dos sentidos distintos dependiendo del contexto. Pero el método arminiano ama y prefiere lo que está fuera de contexto.

El hecho de que Dios ame a los que están creyendo en Él es porque ellos tienen fe, pero recordemos que la fe es un regalo de Dios (Efesios 2:8). Sabemos que la Biblia dice que la fe no es de todos (2 Tesalonicenses 3:2) de manera que ese amor de Dios por el mundo tiene un sentido restrictivo. Está delimitado a los que Él mismo envía hacia el Hijo (Juan 6) los cuales el Hijo no echa fuera jamás. De manera que si nadie puede ir a Cristo si el Padre no lo envía, deducimos que los que nunca van a él es porque nunca fueron enviados por el Padre. Ese amor universal queda desechado por cuanto Él se propuso un plan desde los siglos, para satisfacer su gloria y la gloria de Su Hijo como Redentor. Y no que Dios haya previsto en los corazones humanos quiénes serían los que libremente lo seguirían, ya que Él mismo definió la humanidad como muerta en delitos y pecados. Dijo que no hay quien le busque, ni justo alguno entre los seres humanos, de manera que no pudo ver nada bueno como para desearlo.

Además, la Escritura abunda en textos con cuyos contextos dice aquello que sus palabras señalan. Pablo a los romanos dijo que Dios amó a Jacob y odió a Esaú sin haber mirado en sus obras, aún antes de que fuesen concebidos. Entonces la gente se levanta contra ese Dios soberano de las Escrituras y le dice que Él es peor que un diablo, algo tan monstruoso como un tirano (John Wesley).  Las almas de miles de predicadores abjuran de semejante Dios, el que pone la sangre del alma de Esaú a Sus propios pies (Spurgeon es un ejemplo de los que se rebelan contra este Dios de las Escrituras).  Empero Pablo añade que el hombre no es nadie para discutir con Dios, sino apenas una olla de barro en manos del alfarero.

El planteamiento de los que objetan la soberanía absoluta de Dios (como ejemplo, los arminianos y los calvinistas que siguen a éstos) consiste en la misma pregunta del objetor: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién ha resistido a su voluntad?  Parte de estos teólogos llega a estar de acuerdo en cuanto a la gracia de Dios por Jacob, sin la cual nadie sería salvo, pero saltan el texto de Pablo en Romanos 9:11 y evitan presentar a Esaú como condenado sin miramiento a sus malas obras. Ellos dicen que, en su visión de justicia y de lo que debería ser un Dios Justo, Esaú se condenó a sí mismo, que Dios no lo creó para tal destino, que mucho menos lo endureció, sino que él se endureció por su propia cuenta. Esto puede sonar mejor a los oídos de la raza humana caída, aunque sea contrario a la afirmación del Espíritu por medio del apóstol Pablo. ¿A quién, pues, le creeremos?

Dios no hizo sus planes porque conocía lo que cada uno de los seres humanos habría de hacer. Más bien cada ser humano hace de acuerdo al destino que Dios le dictó. Tenemos a Judas como hijo de perdición, el que tenía que seguir de acuerdo a lo que estuvo escrito de él para que la Escritura se cumpliese. Está el Faraón de Egipto como prueba de lo que la Biblia dice, también concurre a esta fila el rey de Asiria, Ciro -siervo de Dios a quien no conoció-, todos los réprobos en cuanto a fe de los cuales la condenación no se tarda.  Asimismo, desfilan por este sendero aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8).

Dios no tuvo que averiguar el futuro en lo íntimo de los seres humanos, porque si eso hubiese hecho habría que concluir que no es Omnisciente por cuanto hubiese tenido que llegar a saber algo; tampoco habría que predestinar lo que ya Él sabía que sucedería por voluntad humana. Dios no ajusta sus planes en la medida en que ve las acciones humanas ya que si eso hiciera implicaría por fuerza que no conoce el futuro. Más bien el futuro le es cierto por cuanto Él lo ha propuesto, Él es quien declara el fin desde el principio. Yo anuncio lo porvenir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no ha sido hecho. Digo: 'Mi plan se realizará, y haré todo lo que quiero.' (Isaías 46:10).

Ciertamente su gracia es irresistible como lo es su juicio (Pues, ¿quién resiste a su voluntad?). Si esta declaración la hizo el objetor señalado en Romanos 9:19, ¿qué sentido tiene que la haga el que es redimido? Los redimidos nos acogemos a su gracia como favor no merecido, pero los que objetan lo hacen porque no han sido llamados de las tinieblas a la luz. Poco importa que se llamen religiosos, protestantes, evangélicos, cristianos, etc., ya que ellos resisten al Espíritu de Dios en su llamado general. Por supuesto que lo hacen en tanto hombres naturales, los que no entienden las cosas del Espíritu, pero si hubiese habido para ellos un llamamiento eficaz no hubiesen resistido, sino que hubiesen salido de la tumba como Lázaro. Pero ellos siguen preguntando: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién ha resistido a su voluntad?

En síntesis, el arminiano desconoce voluntariamente que Dios es soberano absoluto de su destino. Rechaza la elección incondicional del Dios soberano, rechaza la total depravación de su naturaleza humana, creyendo que él es hábil todavía para desear lo que es bueno para su alma. El arminiano amplía el radio de alcance de la expiación convirtiéndola en universal, desligando los textos bíblicos que refieren a un alcance específico (por su pueblo: Mateo 1:21, no por todo el mundo: Juan 17:9). El poder irresistible de Dios lo convierten en resistible, como si ellos pudieran oponerse al Espíritu de Dios. La gente puede resistir naturalmente al llamado de creer el evangelio y de arrepentirse, pero eso forma parte del plan de Dios (como lo demuestra lo acontecido al Faraón). Pero la gente no podrá ir en contra del llamamiento eficaz si está previsto por la misericordia de Dios el que le acontezca tal gracia.  Finalmente, el arminiano supone que la salvación que dice tener puede perderse. Ellos andan perdidos en su teología falsa porque no pueden seguir al Buen Pastor, si lo siguieran no se hubiesen ido jamás tras el extraño. Pero esa voz extraña, del maestro falso, del erróneo profeta, suena dulce a sus oídos ya que traen el sonido de las fábulas que su comezón de oír tanto anhela (Juan 10:1-5).

Pese a lo dicho, Dios llama a los que son su pueblo para que huyan de Babilonia. El que tiene oídos que oiga, el que tiene ojos que vea. Pero no llamen más a lo dulce amargo ni a lo amargo dulce, no digan bueno a lo malo ni malo a lo bueno. A la ley y al testimonio para que veamos que ha amanecido.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:30
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