Martes, 13 de agosto de 2019

Una tendencia natural de la humanidad es el odio por la verdad. Al menos por la verdad teológica, por la lógica del vivir, por todo aquello que coloque lo racional sobre la emoción. Poco importa que se hable de ciencia como parámetro de la objetividad, ya que los argumentos falaces y las actitudes irracionales parecen aflorar en todas las almas al confrontar diversas situaciones de vida. Creemos lo que queremos creer, decía Demócrito. He allí el problema, ya que si se coloca el deseo por sobre la razón la inteligencia corre el riesgo de sucumbir ante lo falaz.

En materia de teología, el odio por la verdad presupone la falta de regeneración. Ese es el planteamiento del apóstol Pablo en 2 Tesalonicenses 2:12. Hay un espíritu de estupor o engaño que envía Dios a todos aquellos que se complacen en la injusticia. Pero acá no se trata de definir injusticia como el acto de estar en contra de toda ley, más bien el texto se refiere a los que no creyeron a la verdad. ¿Y qué es la verdad?  La respuesta que aguardaba Pilatos mientras tenía a Jesús custodiado como prisionero ya había sido presentada la noche anterior en la oración al Padre hecha por el Señor en el Getsemaní: Tu palabra es verdad (Juan 17:17).

Esas personas que se complacen en la injusticia reciben el espíritu de estupor para ser condenados. Ellos son los que escucharon la verdad, aunque no la creyeron porque la forma falaz de conducirse su razón los ha llevado hacia argumentos erróneos, con premisas falsas e ilógicas, aunque adaptadas a sus presunciones teológicas. Si Jesucristo es la justicia de Dios, la satisfacción plena por los pecados de su pueblo, el otro evangelio predica a un Jesús que limpió la culpa de cada habitante del planeta. Esa universalidad de la expiación presupone la intervención de la voluntad humana en el proceso eficaz de la redención. Para estos teólogos de la irracionalidad, Jesús hizo un trabajo completo pero incompleto al mismo tiempo. Jesús haría una salvación total pero solamente potencial, que aguarda la libre aceptación de los hombres muertos en delitos y pecados para convertirse en eficaz y triunfante.

Poco importa que la gente termine condenada porque no aceptó la oferta del evangelio, o porque aceptándola creyeron en un dios que no puede salvar. Lo que interesa es excusar a Dios de ser parcial con su pueblo, ocultar el hecho de que haya odiado a Esaú desde antes de cometer pecado (de haber hecho obra buena o mala), antes incluso de haber sido concebido. El límpido discurrir bíblico atormenta el alma irracional que odia la verdad, de allí que el espíritu de estupor les alimenta el error argumentativo con el cual razonan. Muchos de estos teólogos y creyentes en el evangelio extraño han dicho que Dios amó menos a Esaú pero que no lo odió. Otros dicen que cada quien se pierde si quiere, pero que Dios no endurece a nadie. Parece ser que aún al leer lo plano de la Escritura sienten comezón de oír algo totalmente distinto, aunque más grato para el corazón de las masas.

Esta actitud hostil contra la verdad pudiera sustentarse en el argumento de ignorancia. Si se tocan los tambores y hay lluvia, el agua cae de las nubes por causa del sonido de los cueros tamboriles. El placer por lo que es falso hace que el espíritu de estupor habite a sus anchas en los corazones de estos incrédulos a la verdad. La ilusión que tuvo el hombre ante la serpiente antigua continúa viva en los corazones de los que aman la mentira. Ellos quieren ser como Dios, aunque sea por actuaciones emocionales, con la mala interpretación de las Escrituras al privatizar su sentido común.

La mejor forma de sentirse como Dios (o incluso superior a Dios) es dándole cualidades de impotencia a la Divinidad bíblica. Para lograr esa meta codiciada han creado un parámetro inalcanzable para el Dios de la Biblia. Ellos han propuesto al libre albedrío como el lugar donde Dios no puede entrar, como el umbral donde no puede acercarse sin permiso humano. Al sentirse tan poderosos o más poderosos que Dios, pueden transformar las palabras del Sagrado Libro y entregarse por entero a la interpretación privada. Ahora decretan, ordenan, sanan enfermos, salvan a las personas invocando dones especiales que por supuesto no poseen. Su método infalible sería el sacar el contexto de los textos bíblicos para colocarlos en el justo sitio en que puedan decir conforme a su propia ley y a su propio testimonio.

Al tener comezón de oír buscan quien les predique. Las palabras que agradan a sus oídos serán bienvenidas, sin importar que vayan contra la justicia y la verdad. Ellos hacen como el que, al haberla perdido, busca la llave de su puerta a gran distancia de donde la extravió por el solo hecho de que allí hay un farol de luz.  Ellos se amparan en los faroles que iluminan su propia perspectiva, sin importar que su ideología vaya en contra de la verdad de las Escrituras. El oído de los no regenerados disfruta las verdades de sus guías espirituales, mientras olvidan que se hacen doblemente meritorios del castigo eterno. Por partida doble merecen su nefasto destino, por odiar la verdad y por seguir a los ciegos guías de ciegos.

Jesucristo afirmó que los hombres condenados amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Tal vez muchos piensen que hacen buenas obras, que dan alimento a los pobres, cobijo y dinero, pero como trapos de mujer que menstrúa es la justicia humana ante el Dios soberano. La salvación no es por obras, no vaya a ser que se gloríe la persona por tales acciones.  Los obstinados que continúan amando la oscuridad de la mentira son ajenos a la luz del evangelio de Cristo. La verdad declarada en la Biblia con respecto al Faraón de Egipto, suena como palabra dura de oír. La verdad dicha sobre el destino de Esaú, aún antes de ser concebido, sin miramiento a sus malas obras, tintinea como estruendoso ruido metálico. Prefieren asumir que Dios es amor, antes que fuego consumidor. Prefieren creer que Dios es misericordioso, antes que un Juez Justo. Ah, pero que su libre albedrío quede intacto, porque mejor es torcer la Escritura antes que abandonar la fábula religiosa de su libertad e independencia ante el Creador.

La oveja que sigue al Pastor no puede creer algunas verdades bíblicas y rechazar otras. Ella no se irá jamás tras el extraño, no confesará nunca un falso evangelio. Jamás dirá bienvenido al que no trae la doctrina de Cristo y siempre habitará bajo esa doctrina. Esas son palabras de Jesús y de su Espíritu, de manera que cualquier interpretación en contrario es clara rebelión contra su palabra. La soberanía absoluta de Dios en todo cuanto ha creado, que incluye la redención de su pueblo, suele ser impactante para el alma incrédula. El llamado general de la Biblia es a arrepentirse y creer el evangelio. Los que logran arrepentirse de su vana concepción de lo que es Dios, y al mismo tiempo alcanzan a creer en Él, son los que habiendo nacido como ovejas han llegado a ser llamados eficazmente por el evangelio de Cristo.

Los viejos fariseos eran muy trabajadores en materia religiosa, decían creer en el Dios de Moisés, practicaban lo más que podían su ley, recorrían el mundo en busca de un prosélito, pero manifestaron no creer en el verdadero Dios. La prueba de esto que decimos es que crucificaron al Hijo de Dios. Pero algo parecido acontece hoy día con los religiosos que se llaman cristianos. Son lectores de la Escritura, proclaman a un Cristo que dicen haber aprendido de las lecturas de la Biblia, hacen fervientes oraciones, predican a tiempo y a destiempo, practican técnicas de persuasión religiosa, dan ofrendas en sus templos, pero adoran y sirven a un dios que no puede salvar.

¿Por qué sirven a un dios que no puede salvar? Porque aman la mentira y detestan la verdad. Cuando son confrontados con los múltiples textos bíblicos que refieren a Dios como quien da la salvación exclusivamente a su pueblo escogido, pretenden incluirse ellos con el argumento de que Dios miró en sus corazones desde la eternidad y descubrió que ellos sí querían someterse a Él.  En otras palabras, colocan su justicia por ante la justicia de Cristo, agregan su trabajo y esfuerzo a la obra consumada por el Hijo de Dios en la cruz. Queda demostrado una vez más que los que son de Dios aman la verdad, pero los que no son de Él aman la mentira. Esa es la razón por la cual han recibido el espíritu de engaño, de parte del mismo Dios, para que sigan en la mentira y sean plenamente condenados.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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