Viernes, 09 de agosto de 2019

En el evangelio de Juan (6.36) podemos leer lo que Jesús le dijo a un grupo de discípulos que lo seguían en virtud de las señales presenciadas, aunque en especial por causa de la comida obsequiada (la alimentación de los 5.000).  Se había presentado un debate sobre el pan de vida, el pan que descendió del cielo, frente al maná que Dios les había enviado en el desierto a sus padres en la época de Moisés. La multitud alegaba que deseaban comer el pan de vida y Jesús les decía que él era ese pan para que nadie tuviera más nunca hambre alguna. Les exponía igualmente que tampoco tendrían sed jamás (hambre y sed de justicia, pan para la vida eterna).

Uno supone a la distancia que, si hubiésemos estado allí presenciando sus milagros y escuchando sus palabras, nosotros habríamos actuado en forma diferente a aquellas personas obstinadas. Suponemos que las señales y prodigios de Jesús nos hubieran convencido de tal forma que abrazaríamos la piedad sin soltarla jamás. Conviene, sin embargo, mirar de cerca lo que el Señor les dijo a continuación: Ustedes me han visto y no han llegado a creer (Juan 6: 36).  Habiéndolos alimentado con panes y peces, el Señor se separó de la masa porque comprendía que querían hacerlo rey. La multitud cuando vio el milagro dedujo que era un profeta enviado de Dios. Pero Jesús no había venido para coronarse entre los judíos (ni entre los gentiles) sino a dar su vida en rescate por muchos, a salvar a su pueblo de sus pecados.

Inmediatamente después de haberles encarado que no creían en él les expuso la razón por la cual no lo habían hecho. En el verso 37 leemos la primera admonición al respecto: Todo lo que el Padre me da a mí, vendrá a mí; y el que a mí viene no lo echo fuera.

En otros términos, esa gente no creía en Jesús como el pan de vida descendido del cielo porque no habían sido enviados por el Padre hacia el Hijo. Esa es la razón por la cual seguían siendo escépticos, incrédulos a sus palabras y doctrina, pese a los milagros presenciados. Esto sucedía muy a pesar de estar frente a él y de haberlo conocido cara a cara. Jesús había venido para hacer la voluntad del Padre, que no era otra que de todo lo que le diera no perdiera nada, para resucitarlo en el día postrero. Esta es la segunda admonición que les daba, que si ellos hubiesen sido enviados por el Padre el Señor no los perdería.

A propósito, ¿por qué tanta gente se pierde eternamente? No empecemos de nuevo a decir que es por el libre albedrío, porque no quieren o no lo desean, más bien entendamos de una vez por todas que, si el Padre no envía a ciertas (y muchas) personas hacia Cristo, es porque no piensa redimirlas. Esa es la doctrina de Jesús que es la misma del Padre. El que cree en el Hijo tiene vida eterna, pero aquella gente creía en Jesús como un profeta, como un envidiado especial del cielo, alguien que podría salvarlos del yugo terrenal que padecían por causa del poder de los romanos. Esta es una lección para nosotros, ya que mucha gente cree un poco mejor que aquella otra gente, llegando incluso a sostener que Jesús es el Hijo de Dios. Sin embargo, desean también que Jesús les resuelva su tránsito en esta tierra y les haga ciertos milagros especiales, para vivir con autoridad espiritual y con ventura económica.

Los judíos reseñados en este capítulo por Juan se dieron a la murmuración. No creían que Jesús era el pan de vida, sostenían que apenas era un mortal como ellos, hijo de José y María. Por esa razón Jesús les lanza de nuevo otra admonición: Ninguna persona puede venir a mí, a no ser que el Padre que me envió lo traiga (a la fuerza) para que yo lo resucite en el día postrero (Juan 6: 44). El verbo griego usado acá es ELKO y significa dragar, arrastrar, como lo hacen los barcos cuando remolcan a otra embarcación. Jesús les expone una característica de los que son enviados por el Padre: la enseñanza que de Él han recibido respecto a quién es el Hijo. Hoy día sabemos que el Hijo de Dios es el que vino a rescatar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21), a morir de acuerdo a las Escrituras, el que se convirtió en la justicia de Dios, el que redimió por entero a sus amigos, a su iglesia, cuando pronunció sus célebres palabras en la cruz: Tetélestai, Consumado es.

La exposición y debate continuó acerca del pan del cielo frente al maná temporal y terrenal que Dios les había enviado en el desierto a sus padres. Los judíos se asombraban acerca del hecho de comer la carne de Jesús y de beber su sangre. Allí se volvieron literales y a lo mejor pensarían que era una acción caníbal la que se les proponía. Lo mismo aconteció cuando en otra oportunidad Jesús hablaba de destruir el templo para él después reconstruirlo en tres días. No entendían que hablaba de su cuerpo que moriría y resucitaría al tercer día. No comprendieron tampoco la señal de Jonás (que refería a lo mismo), de manera que para esa gente no enviada por el Padre hacia el Hijo (para redención) las palabras del Mesías contenían parábolas incomprensibles, no explicadas. De verdad el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos para que el evangelio de Cristo no les resplandezca. Pero tal cosa no aconteció a muchos que sí fueron educados por el Padre y dados al Hijo para el propósito de ser herederos de su reino. No se trata de que Dios no tenga poder sobre ciertos espíritus y almas sino de que hace como quiere: de quien quiere tiene misericordia, pero endurece igualmente a quien quiere endurecer.

Resulta natural que aquellos discípulos que lo seguían ya desde varios días, que habían presenciado sermones y milagros, se enojaran por las palabras del Señor. No soportaron el hecho de que se les destruyera su fábula religiosa del libre albedrío. Ellos suponían que por su gran esfuerzo al seguirlo merecían una recompensa espiritual, además de que eran religiosos de la ley de Moisés.  Llegaron a decir que aquella palabra enseñada por Jesús era dura de oír (Juan 6:60). Jesús, conociendo lo que murmuraban, les preguntó: ¿Esto os ofende? Y es que la palabra de la cruz es una ofensa para los que se pierden, es una locura incomprendida y un golpe muy fuerte para el orgullo humano. El hombre natural se aferra más a su fábula religiosa del libre albedrío que al concepto lógico y bíblico de la absoluta soberanía de Dios.

De inmediato Jesús les explicó que la carne para nada aprovechaba, empero el Espíritu es el que daba vida. Como Jesús sabía quiénes eran los que no creían, les ratificó lo que ya venía exponiendo: que nadie podía venir a él a no ser que el Padre que lo envió lo trajere a la fuerza (Juan 6: 65). Con esto dicho, muchos de sus discípulos se dieron media vuelta para no estar más con él.  La palabra del Señor es como un martillo que parte la roca en dos, es como espada de doble filo que penetra hasta partir el alma. En unos da vida eterna, pero en otros cae como para muerte. Para Dios toda criatura es grato olor en Cristo, olor de vida para los que son salvados y olor de muerte para los que se pierden. Pero en ambos casos grato olor. Y si el olor es grato es porque esa es la voluntad de Dios, de acuerdo a sus inmutables planes eternos (2 Corintios 2:15-16).

Como contraste a la actitud de esta gente que vio a Jesús y no le creyó, tenemos el referente dado por el apóstol Pedro. Somos los creyentes destinatarios de su carta quienes sin haber visto a Jesús hemos llegado a creer.  A él le amáis sin haberle visto. En él creéis; y aunque no lo veáis ahora, creyendo en él os alegráis con gozo inefable y glorioso (1 Pedro 1:8). El haber vivido en la época de Jesús y haber estado a sus pies oyéndolo y presenciando sus señales y prodigios, no llegó a ser garantía para entrar al reino de los cielos. Judas Iscariote es el ejemplo claro de lo que acá decimos, así como este otro gran grupo de discípulos que lo seguían día y noche y escuchaban sus discursos. Nosotros, como millones de creyentes a lo largo de estos siglos de la era cristiana, no hemos visto a Jesús, no hemos sido testigos de milagros, señales y prodigios, pero hemos tenido la fe que es de Cristo.

Habiendo sido enseñados por el Padre, respecto a la persona y obra de Cristo, fuimos enviados a Jesús en virtud del nuevo nacimiento dado por el Espíritu de Dios. La fe en el Señor hace fuerte su presencia en nuestro corazón, que el Consolador viva en nosotros nos convenía -como lo dijo el mismo Salvador.  Nuestra fe es la sustancia de las cosas que no vemos y esperamos, ella nos permite mantener esta relación con el Padre y con el Hijo, por mediación del Espíritu. Pero existe un hecho común entre los creyentes que vieron a Jesús en la carne y nosotros que no lo hemos visto con nuestros ojos. El elemento común es el haber sido escogidos para salvación por la gracia eterna del Dios soberano de las Escrituras. Sin esa condición nadie sería salvo.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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