Jueves, 08 de agosto de 2019

Cuando Jesús habló en parábolas les dijo a sus discípulos que lo hacía para que la gente no entendiera del todo lo que él pregonaba. Ese mismo Señor agradecía al Padre por haber escondido de los sabios y entendidos las palabras del reino de los cielos y haber dado a conocer a los niños sus misterios. Los apóstoles estuvieron conscientes de esa realidad que hoy día parece haberse olvidado. El afán de esta generación se inclina por fuerza del argumento de cantidad, bajo el deseo de llenar sinagogas con no importa qué tipo de prosélitos.

Pedro afirmó que Dios purificó nuestras almas en la obediencia de la verdad, a través del Espíritu, habiendo sido regenerados por la semilla incorruptible (1 Pedro 22-25). En la parábola del sembrador se nos habla de la semilla esparcida en diversos tipos de terrenos, pero quien siembra lo hace con un solo tipo de simiente. El sembrador que salió a hacer su oficio anuncia el evangelio, la doctrina del Dios viviente, que permanece por siempre. Esa doctrina no cambia jamás, así como el Espíritu de Dios tampoco cambia y es quien nos regenera en forma incorruptible. Hablamos de un Dios que por perfección presenta un evangelio que no se corrompe jamás.

Claro está, hay quienes predican un evangelio diferente. Esas personas no han corrompido aquella semilla de la que hablaba Pedro, simplemente han creado un artilugio para convencer a millones de personas de manera que sigan al espíritu de estupor, con el cual parecen destinados a continuar.  La forma de acercamiento a Dios por la puerta trasera es una falacia en sí misma, implica perpetuar el engaño del dios de este siglo. Jesucristo dijo que no había otro camino para ir al Padre sino él mismo, lo que supone que su palabra (su doctrina) se hace de imprescindible presentación para que lo conozcan. Ya Pablo lo había dicho cuando expuso que no se podía invocar a aquel a quien no se conocía, ni se podía conocer a aquel de quien no se había oído nada. Es necesario que haya anunciadores y que éstos sean enviados por el Padre.

La Escritura también ha dicho que para el hombre natural las cosas del Espíritu de Dios son locura, indiscernibles, porque existe una incapacidad innata para entenderlas. Ellas han de ser discernidas espiritualmente. Entonces, ¿para qué predicar el evangelio de Dios si la gente está incapacitada para entenderlo? La respuesta proviene también de la Escritura, la que dice que no hay otro camino sino Cristo. Él debe ser anunciado, junto a su doctrina. Cristo no es un vocablo vacío que la gente puede llenar de sentido a su antojo, él es el Mesías prometido para el rescate de todo su pueblo (Mateo 1:21). Es cierto que cuando uno predica el evangelio éste aparece escondido para muchos. Sin embargo, así como a la vendedora de púrpura Dios le abrió el corazón para que entendiera las palabras de Pablo, los corazones de todos los elegidos del Padre serán abiertos en el tiempo oportuno para que comprendan la palabra anunciada.

Se deduce como consecuencia de lo dicho que no puede existir ninguna persona redimida que desconozca la doctrina de Cristo. Cada creyente verdadero (no apenas el que profesa) ha comprendido la garantía de su salvación revelada en el evangelio. De acuerdo a la Biblia ninguna persona nacida de nuevo permanecerá un instante en la ignorancia de lo que Cristo enseñó respecto a la naturaleza de la redención. Jesús mismo citó el Antiguo Testamento cuando reafirmó que seríamos enseñados por Dios para poder ir a él. Por esa misma razón también dijo que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajere.

Los que no comprenden la doctrina de Cristo, los que la disciernen pero no la aceptan, los que se asombran siempre cuando se les expone esta enseñanza pero continúan con la del otro evangelio, no han sido regenerados. Para ellos el evangelio sigue escondido, dado que el dios de este siglo les cegó las mentes para que no pudieran creer. Ante ellos jamás ha brillado la luz del glorioso evangelio de Cristo, la imagen de Dios. Y no ha brillado por cuanto él es quien ordena que de las tinieblas nazca la luz para que alumbre nuestros corazones, luz del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo (2 Corintios 4:3-6).

El acto de nacer de nuevo no es progresivo sino instantáneo, por la fuerza del poder de Dios por medio de su Espíritu. Esa es una de las razones por las cuales nadie podrá alegar que la doctrina de Cristo puede permanecer desconocida en los que han nacido de nuevo. ¿Cuál es esa doctrina? Que el hombre está muerto en sus delitos y pecados, que no desea al verdadero Dios, que su justicia es inútil, que no hay quien haga lo bueno. Que todos los hombres caídos en Adán están muertos en sus culpas y que, en consecuencia, si Dios no interviene, nadie tendrá vida. Recordemos lo que Jesús enfatizó: que nadie vendría a él si el Padre no lo trajere a la fuerza.

El evangelio de Cristo no es irrelevante ni es un conjunto de doctrinas a medias. No se puede creer en lo que Cristo enseñó y al mismo tiempo asumir una doctrina contraria a la que él predicó. No es posible creer en la persona y obra de Jesucristo, pero rechazar lo que el Espíritu ha enseñado acerca de la soberanía de Dios, en cuanto a la redención que hace de sus elegidos. Dios de quien quiere tiene misericordia, pero endurece a quien desea endurecer. A Jacob amó desde antes de ser concebido, sin mediación de obras buenas o malas, pero a Esaú odió de la misma forma. El poder de Dios mostrado por su evangelio no es un medio para un proceso lento de redención. No es posible ser un redimido que ignora la dimensión precisa de lo que Cristo hizo por su pueblo (Mateo 1:21).

Es muy cierto que aquellas personas a quienes el evangelio parece escondido, cuyos ojos han sido cegados por el dios de este mundo, no han sido regeneradas (nacidas de nuevo). Esto implica que no son creyentes en el verdadero evangelio, aunque demuestren creer en un Cristo ajeno a las Escrituras. Hay imitaciones de Jesús, con el perfil que se desprende de lo que la gente lee en la Biblia. También es cierto que cuando Dios llama a quienes va a regenerar lo hace a través del evangelio de la gloria de Cristo. En ellos brilla el conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo, porque fueron enseñados por Dios en cuanto a quién es el Hijo.

Y como dijo Juan en una de sus cartas, el que no habita en la doctrina de Cristo no tiene ni al Padre ni al Hijo. Añadió igualmente que no debemos decir bienvenidos a aquellos que no traen la doctrina del Señor. Jesús agregó que él había venido a enseñar la doctrina de su Padre. Dado que Jesucristo nos encomendó leer las Escrituras y escudriñarlas, conviene examinar lo que el Señor enseñó respecto a su persona y a su obra. El descuido en cuanto a las enseñanzas de Jesús levanta la sospecha acerca de que el evangelio permanece escondido en la persona que las ignora. Si no decimos conforme a la ley y al testimonio es porque no nos ha amanecido.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 12:45
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