Jueves, 08 de agosto de 2019

Las palabras de Jesús son espíritu y son vida, en cambio la carne no aprovecha para la vida eterna. Muchas personas se habían congregado en torno al Señor para escuchar sus palabras, para presenciar sus milagros y para aprovecharse de los mismos (la alimentación de los 5.000). Después de la multiplicación de los panes y los peces, el Señor se fue en una barca hacia otro poblado, buscando separarse de la multitud. Cuando la gente comprendió que se había ido comenzó a buscarlo. Lo alcanzaron y estuvieron atentos a lo que decía.

Estar atentos a las palabras de Jesús no siempre es garantía de redención. Aquella multitud descrita en el evangelio de Juan dio prueba de lo que decimos. El Señor les había dicho que ninguna persona podía ir a él a no ser que el Padre que lo envió a este mundo lo trajere a él.  Con esta aseveración el Señor les estaba aclarando a aquella gente que no por seguirlo bajo ciertos intereses se implicaba el hecho de ser ovejas de su prado. Claro está, las palabras de Jesús que son vida y espíritu no son dadas por el simple oír. Y es que la gente comenzó a murmurar frente a la doctrina que el Señor enseñaba respecto a sí mismo y a su obra. El decía que él era el verdadero pan que había descendido del cielo, que había venido para dar su carne y su sangre, que era necesario beberla y comerla (esto en sentido metafórico). No que vayamos a cometer canibalismo sino que entendamos que su cuerpo molido por nuestros pecados, y su sangre derramada por causa de su pueblo, representan la redención total que Dios hace.

Pero la gente se aferraba a la literalidad de sus palabras como absurdo, además de que se disgustaba por habérseles tomado por nada su esfuerzo de andar detrás de ese profeta. Ese disgusto los llevó a murmurar para decir que aquellas palabras eran duras de oír. No solo se referían al hecho de comer su cuerpo y beber su sangre, asunto que Jesús les aclaró cuando comparó el maná que habían comido los padres de ellos en el desierto, también su murmuración se refirió a que su gran esfuerzo por seguirlo no valía de nada, ya que es el Padre el único que podía llevar a alguien hacia el Hijo. Sobre esto también fue dada la explicación de Jesús, cuando les volvió a decir que ninguna persona podía ir a él a no ser que el Padre celestial la trajere (Juan 6: 43-65).

La referencia bíblica señalada también nos habla del hecho básico necesario acerca del Padre que enseña a todos los que van a ir al Hijo. Acá se menciona la enseñanza de Dios ante todos aquellos que en el momento oportuno habrán de ir hacia Jesucristo. Son ellos los que alcanzan la vida eterna, son ellos los que serán resucitados para vida en el día postrero. Son ellos, en definitiva, los beneficiarios de Jesucristo al morir de acuerdo a las Escrituras. Justo en este punto es cuando la palabra de la cruz ofende, dado que presenta al hombre en su total incapacidad para elegir a Cristo. Fijémonos en que aquellas personas seguían al Señor desde hacía días, habían presenciado el milagro de los panes y los peces, habían sido nombradas como seguidoras o discípulos de Jesucristo. Pero todo aquel contexto de obras no era suficiente para poder ser recibido por el Señor, dado que el Padre no los había enseñado a ellos.

Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían (y quién le habría de entregar), no porque fuese un mago o un adivino, simplemente porque conocía a los elegidos del Padre. El dijo que sus ovejas oirían su voz y se irían tras él, así como que ponía su vida por las ovejas (no por los cabritos). La condición de oveja precede a la salvación y no a la inversa (Juan 10:26). Por lo tanto, la redención que hace Dios no depende del querer o del hacer humano, sino de su misericordia. Dios no tuvo necesidad de mirar a través del tiempo para comprobar quiénes eran los que irían a creer, ya que Él sabe el futuro sin necesidad de mirar en él. En su infinita sabiduría y soberanía, Dios ha escogido a un pueblo desde antes de la fundación del mundo, para ser objeto de su gracia. Al mismo tiempo ha declarado que la humanidad entera cayó y murió en Adán (en Adán todos mueren), para que Él lleve a cabo el plan eterno e inmutable de darle toda la gloria al Hijo.

Si el Cordero de Dios estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), cabe aseverar que Adán tenía que pecar. De otra forma no hubiese sido manifestado el Hijo por causa de su pueblo y no hubiese tenido que salvar a nadie. La gloria la habría llevado el primer hombre por haber resistido la tentación, mientras el Hijo hubiese sufrido la vergüenza del Padre al haber preparado a alguien para hacer ninguna tarea. Esta es la enseñanza acerca de la persona y obra de Jesucristo, doctrina que muchos tuercen por no poderla discernir. La gente alega que semejante Dios viene a ser peor que un tirano, o que tal vez sea una especie de diablo.

El punto de quiebre de muchos teólogos y de innumerables creyentes que profesan el evangelio diferente es el siguiente: Dios no puede ser el autor del pecado, Dios no puede condenar a Esaú en base a su propio designio. Vemos que se trata de atacar la soberanía absoluta de Dios para redimir el libre albedrío humano. Lo más razonable para la teología de la carne sería concebir a Esaú como quien hace los méritos para perderse a sí mismo. Muchos de estos falsos maestros y falsos creyentes concuerdan en que Jacob tuvo que ser amado por Dios, ya que no poseía mérito alguno para heredar el reino de los cielos. Pero ellos dicen que el pobre de Esaú no debe ser incriminado de culpa porque sin libertad Dios no sería un Juez justo.  De allí que el Espíritu haya colocado a través del apóstol Pablo la pregunta del objetor teológico: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién ha resistido a su voluntad? (Romanos 9).

Los discípulos que murmuraban por las palabras duras de oír fueron objetores de la misma estirpe que aquel objetor presentado por la Escritura años después. Ellos se quejaron como lo hacen hoy día millones de personas, al decir que creen el evangelio de Cristo, aunque se aferran en cierta medida a la literalidad sin contenido de las Escrituras. Para ellos no sería viable el que Dios ame y odie a quien quiere. Los derechos naturales de la Divinidad son conculcados, en pro de presentar el ideal divino que concibe la mente natural corrompida de los hombres muertos en delitos y pecados.

Las palabras de Jesús son espíritu y son vida, pero los muertos no pueden discernir sus sonidos porque les parece que son locura. Haría falta que el hombre naciera de nuevo por voluntad de Dios, pero eso no depende del querer ni del hacer humano. El círculo se cierra y estamos a merced del Dios de la Biblia, quien todo lo que quiso ha hecho. Si nada ocurre sin que lo ordene su voluntad, debemos estar ciertos en que todo cuanto acontece ha sido determinado. El hombre confunde la sensación de libertad con la libertad de su arbitrio. La confusión no es sino una realidad distorsionada, de forma tal que el libre albedrío es absoluta ilusión. Nos sentimos libres por cuanto tomamos decisiones, pero no siempre tenemos conciencia de lo que las motiva.

El hijo de perdición -Judas Iscariote- estuvo ordenado para hacer lo que los profetas habían escrito por el mandato divino. Ni una sola de las palabras colocadas en el libro fue incumplida, pero el ay que dijo Jesucristo fue expresado al lado del hecho de que tenía que cumplirse lo anunciado. El Hijo del Hombre habría de ir como había sido dicho. La presentación del Dios soberano está en las Escrituras, para que seamos reverentes y temamos al que tiene nuestros destinos en sus manos. Basta de la presunción de independencia del Creador, es suficiente el desvarío provocado por los patrocinadores del libre albedrío. Escuchemos las palabras de Jesús que son espíritu y son vida.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 12:31
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios