Martes, 06 de agosto de 2019

Hay gente que dice haber creído pero duda de su salvación. Es bueno considerar lo que significa ser redimido y examinar si la duda al respecto viene a ser una señal de que no se es salvo. Por lo general, quienes se mantienen en esa duda interpretan el texto de Jeremías que refiere al corazón malvado y perverso, más que todas las cosas, como una característica de las ovejas redimidas del Señor. No se han dado cuenta de que la interpretación de las Escrituras siempre debe ir acompañada del contexto en que aparecen. Si Jeremías habló del corazón perverso que nadie podía entender, Ezequiel planteó el remedio para tal enfermedad. El nuevo nacimiento involucra el cambio de corazón, al quitar el de piedra y colocar uno de carne, junto a un espíritu renovado que nos haga querer los mandatos del Dios Creador.

Llegados a este punto, es tarea de la lógica el deducir correctamente. Ningún creyente de verdad podrá alegar confusión en este renglón mencionado ya que siendo Jesucristo el Logos eterno, y habiéndonos enviado el Espíritu Santo para morar en nosotros, no podemos negar que tenemos la mente de Cristo.  Dado que el Espíritu guía a los creyentes a toda verdad, y testifica ante el espíritu del creyente el hecho de ser hijo de Dios, la duda en cuanto a la redención se hace sospechosa.

De igual manera, quienes dudan se aferran a las obras. Estos son los que se dan a la fábula de una redención universal y no particular, de una expiación potencial y no actual. Parece ser que asumen que Jesucristo murió por toda la humanidad, sin excepción, dejando servida la opción delante de cada ser humano para que acepte o rechace tal salvación. Con este razonamiento se pretende suponer que el libre albedrío es un relato bíblico, una cualidad de cada ser humano para poder ser responsable ante el Creador. Dicen ellos que, si no hubiera libertad humana para decidir, Dios no podría culpar a nadie de pecado. Es decir, ellos conectan la justicia divina con la presunción del libre albedrío humano.

Para ellos, las obras humanas coadyuvarían con la redención de Cristo. Ellas completan el proceso de redención del Mesías crucificado, validando la universalidad del sacrificio en la cruz hecho tanto por Judas Iscariote como por Pedro el apóstol. Poco importaría que haya habido millones de personas que mueren sin saber que Jesucristo ya pagó por sus pecados, de tal forma que el trabajo del Hijo de Dios quedaría sin efecto en aquellos que nunca supieron de tal favor. Por otra parte, los que sí han conocido ese supuesto favor universal, sin que hayan querido aceptarlo, dejarían igualmente sin efecto el trabajo del Señor. En otros términos, la sangre del Mesías no sirvió de mucho para todos aquellos que se condenan.  Paralelamente, los que se logran salvar lo hacen porque fueron previsivos, porque demostraron mayor inteligencia y mejor deseo que los que se pierden. Con este sistema teológico se da el binomio de obras más gracia o de gracia más obras.

Y eso es precisamente lo que ha enseñado Roma a través de los siglos. Incluso en el siglo XVI, cuando se diera el Concilio de Trento, un concilio contrarreforma, se especificó en muchos de sus cánones que serían anatemas (malditos) todos aquellos que negaren el libero arbitrio, así como el esfuerzo y la cooperación del alma humana en el trabajo de la salvación. Con sorpresa, muchos protestantes han asumido una doctrina similar, al hablar de la preparación para la redención. Ellos suponen que mientras el alma batalla contra el pecado lo hace obrando un trabajo necesario para que el Espíritu de Dios triunfe. En otros términos, el Espíritu de Dios capacitaría al pecador no redimido a fin de que realice las buenas obras que lo preparan a él para recibir la gracia definitiva del Señor.  De acuerdo a esta teología perversa no todos los que se preparan en colaboración con el Espíritu de Dios logran el objetivo propuesto, de manera que aparte de sus propias obras fallidas está la insuficiente labor del Espíritu de Dios que intentaba rescatarlos.

Esta teología protestante coincide con la teología católico romana según la cual Dios envía una gracia preventiva. Esa supuesta gracia habilitaría a la persona para que tenga conciencia de pecado y de la supuesta oferta de salvación. Con este trabajo previo, el Espíritu aguardaría a que la criatura decida su destino.  Incluso uno de los teólogos jesuitas de la Contrarreforma llegó a proponer algo similar, al decir que Dios se despoja por un momento de su absoluta soberanía para permitir que el ser humano se pronuncie libremente ante la proposición divina.  Se llama a esta fábula teológica el molinismo, en referencia a Luis de Molina, jesuita proponente de tal argumento.

Resulta natural que quien haya creído bajo estos parámetros de la teología absurda y opuesta a la doctrina de Jesucristo sienta duda de su salvación.  La Biblia ha dicho que el hombre natural está muerto en sus delitos y pecados, que no desea a Dios ni hace lo bueno. Agrega que no hay justo ni aún uno. Al colocar la tesis de Molina a la luz de la Biblia, vemos que la gracia preventiva resucita al hombre muerto en pecado y lo deja decidir su futuro espiritual.  Pero resulta en una resurrección inútil si rechaza la alegada oferta de salvación. Ni un solo texto de la Escritura sustenta esta tesis católico romana, ahora seguida también por gran parte de los teólogos protestantes (como ejemplo, los arminianos que hablan casi en los mismos términos).

De acuerdo a su teología torcida, el auto examen que haga cada quien lo prepararía como un pecador para asumir la responsabilidad que conduciría a la redención. Como si esa preparación previa lo hiciera un mejor candidato para la redención final, como si con esos esfuerzos -equivalentes a la penitencia- se operaran ellos mismos el corazón de piedra. Como si el remordimiento por el pecado lo hiciera más cercano para recibir el favor de Dios, bajo el criterio de un corazón que sufre y se atormenta sin haber sido llamado eficazmente. Pero la Biblia no habla jamás de una regeneración previa que capacita al individuo para la regeneración final. Jesucristo pagó todos los pecados de todo su pueblo, de acuerdo a lo dicho en los evangelios y demás Escrituras. Como ejemplo, recordemos que Pablo decía que el hombre natural no se sujeta a las cosas de Dios porque no puede.  Para el hombre caído en Adán -pues en Adán todos mueren- no existe el entendimiento de las cosas de Dios que han de ser discernidas espiritualmente. En tal sentido, no puede nadie hacer una regeneración previa para después recibir la regeneración definitiva, como tampoco Dios se ha despojado por algún instante de su absoluta soberanía. Dios no respeta la fábula humana sino que más bien se burla de quienes así piensan. El Dios de la Biblia ha hecho siempre como ha querido, no ha creado una sola persona que sea independiente de Él. Por lo tanto, el libre albedrío no existe; si existiera, la persona no tendría que rendirle cuentas al Creador. Precisamente, porque no existe es que le debe sujeción plena.

Hay razón de sobra para dudar de la salvación, si la gente que dice haber creído en el Dios de la Biblia ha asumido la doctrina de los falsos maestros. Son tan falsos y retorcidos que han llegado a decir que cuando la Biblia habla del odio de Dios por ciertas personas en realidad las ama menos. Han llegado a afirmar que el espíritu de esclavitud al que estuvimos atados antes era en realidad el Espíritu Santo, que nos sometía a prueba en las cosas del mundo. Su ignorancia es tan crasa que confunden la referencia por contraste a los dos espíritus indicados por Pablo, muy a pesar de que están yuxtapuestos. Pues no recibisteis el espíritu de esclavitud para estar otra vez bajo el temor, sino que recibisteis el espíritu de adopción como hijos, en el cual clamamos: "¡Abba, Padre!" El Espíritu mismo da testimonio juntamente con nuestro espíritu de que somos hijos De Dios (Romanos 8:15-16).

La persona que duda de su salvación tiene ante sí este espejo del libro de Romanos, para que se contemple y piense en quién ha creído. Jesucristo ha dejado dicho a su pueblo que huya de Babilonia, la cuna de las religiones perversas, de las abominaciones que provienen del pozo del abismo, de las doctrinas de demonios. Es fácil seguir al ídolo llamado Jesús así que conviene escudriñar las Escrituras para comprender la doctrina de Jesucristo. El que ignore tales Escrituras está errado, ya que ellas son las que testifican del Mesías Salvador, el cual vino a dar su vida en rescate por muchos.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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