Jueves, 25 de julio de 2019

El consejo de Dios es el decreto divino. La lengua griega lo llama Boulé, que tiene múltiples significados pero que al mismo tiempo presupone un decreto. Una bula es eso, una orden o mandato que da un plenipotenciario. Jehová de los Ejércitos es quien ha creado todo cuando existe, es el que se ha manifestado a los hombres y quien dio su nombre a conocer a través de Moisés. Significa también Yo soy, el Gran Yo soy. En otros términos, Él es quien hace posible todas las cosas. Bien, ese Dios bíblico es el que le dijo a su pueblo a través de su profeta Habacuc que enviaría a los caldeos a su tierra. Los caldeos eran un grupo de personas que habitaban una región cercana a los israelitas, conocidos por sus habilidades guerreras y su falta de piedad. Eran también famosos por su astrología y artes adivinatorias, consultas a los espíritus (demonios) y magia para supuestamente cambiar el destino de las personas. Era una amarga nación, como dijera Habacuc. La ciudad de Judea fue sometida por esos caldeos (los que también fueron llamados por extensión babilonios), muy a pesar de que ellos no tenían derecho alguno de pisotear esa tierra. De esta forma, Jehová entregó a su pueblo en manos de sus enemigos, para castigo de unos y para soberbia de otros (Habacuc 1). Dios trajo a su pueblo el mal, para mostrar su reprobación contra sus malas obras (Jeremías 6:30). Por esa razón fueron llamados los habitantes de la ciudad santa plata desechada. El Dios soberano de la Biblia castiga y azota a sus hijos que ama, para que no se vuelvan al mal de nuevo, para que sufran por su mano un rato y aprendan a aborrecer la maldad. Con todo, Jehová se apiada del hijo humillado cuyo corazón contrito confiesa su maldad. Lo hizo David con su célebre pecado público que cometió, cuando estuvo seguro de que su dolor por el pecado le hizo aborrecer el hecho abominable cometido. Gran diferencia entre él y Saúl cuando este último fue refutado por Samuel, en los asuntos de un botín de guerra que debía destruir y no tomar, y alegaba que aquello era una ofrenda para Jehová. En cambio, David confrontado por Natán el profeta cayó a tierra humillado ante el Señor. Por esa experiencia amarga podemos leer hoy día el famoso Salmo 51, donde el poeta de Israel exclama al Señor que tenga piedad de él conforme a su gran misericordia, que perdone su rebelión conforme a la multitud de sus misericordias. El Dios soberano de la Biblia también soporta con mucha paciencia los vasos de ira preparados para el día de la ira, para el día de la destrucción y castigo final (Romanos 9:22). Esta faceta casi no quiere mostrarse por parte de los que llaman dulce a lo amargo y amargo a lo dulce, por parte de los que pregonan paz cuando no la hay. Pedro también dice que los que tropiezan en la piedra angular que es Cristo también fueron ordenados para tal escándalo. Pero este acto supremo de soberanía divina sobre el destino de las almas de los seres humanos tiene su contraparte. Él también muestra las riquezas de su gloria en los vasos de misericordia que preparó de antemano para gloria eterna (Romanos 9:23). Pablo bendice al Dios de las Escrituras por haber predestinado desde antes de la fundación del mundo a su pueblo (Efesios 1:11). En ese mismo capítulo, pero en el verso 4, dice: Asimismo, nos escogió en él desde antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él. Esto concuerda con lo que fue escrito por Pedro, referente al Cordero destinado desde antes de la fundación del mundo para ser manifestado en el tiempo apostólico por causa de su pueblo. Dios, por medio de sus decretos eternos e inmutables (las bulas) ha ordenado todo cuanto acontece. Muchos blasfeman su nombre en razón de la maldad humana, pero aún al malo hizo Dios para el día malo (Proverbios 16:4). Eso es parte de la profundidad de las riquezas del conocimiento y soberanía de Dios, una motivación de alabanza de parte de sus escogidos ya redimidos, pero una oportunidad de invocación en su contra por boca de los réprobos en cuanto a fe. Muchos todavía siguen escandalizados por sus actos soberanos y exclaman: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién ha resistido a su voluntad? Esa declaración teológica bíblica exacerba al corazón humano caído en odio levantado contra su Creador, por cuanto no puede discernir la palabra divina. La voz de los extraños tras la cual las ovejas propias del buen pastor no se van más, gobierna el corazón de los no regenerados. Pero el creyente no puede desesperar sino aguardar en la esperanza que no avergüenza. Ha sido apartado desde siempre para ser un vaso de gloria, para alabanza del que lo ha redimido. Nuestro deber es andar como Jesucristo anduvo, un rasero muy elevado que nos cuesta alcanzar las más de las veces. Pero nuestras caídas no son para siempre, más bien son una motivación para no seguir en el corral de los cerdos porque no aguantamos el hedor del pecado. Eso le aconteció metafóricamente al hijo pródigo de la parábola de Jesús. El Hijo de Dios vino a este mundo a morir por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), no por los de todo el mundo, sin excepción. Hablaba en parábolas (Mateo 13:13) para que viendo no vieran y oyendo no oyeran, de manera que no pudieran entender y se arrepintieran. Más claro, imposible; pero agregó la noche previa a su muerte que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). Esa alocución estaba en un todo de acuerdo con lo que había enseñado como su doctrina, que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajese (Juan 6:44). La expiación que consumó en la cruz fue muy específica, por sus ovejas y no por los cabritos. Cuando Juan en una de sus cartas alega que la propiciación del Hijo por los pecados es no solo por la de su iglesia, a quien va dirigida la carta, sino por todo el mundo, no quiso hablar de universalidad absoluta en el sacrificio de Jesús. Más bien hay que verlo en el contexto en que escribía, ya que incluía tanto a judíos como a gentiles (llamados estos últimos el mundo). No puede la Biblia contradecirse, mucho menos el mismo autor del evangelio que habla de Jesús que ruega solamente por el pueblo que el Padre le dio. Hay textos que gobiernan a otros y así debe verse toda la Escritura en su contexto. Ese mismo Juan escribió el Apocalipsis y allí dijo que adorarían a la bestia (diabólica) todos aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8). Y el apóstol Pablo añade más leña al fuego de los que quieren argumentos para acusar a Dios: Como ha sido escrito, a Jacob amé, pero a Esaú odié (Romanos 9:13), para que el propósito de Dios dependiese de su elección, no de las obras sino del que llama (Romanos 9:12). Por causa de la elección, el odio y amor de Dios fueron manifestados aún antes de que fuesen concebidos los gemelos, antes de que hiciesen bien o mal (Romanos 9: 11). El Dios que decreta es insoportable para el espíritu caído, aunque es sublime gracia para los que Él ha cobijado desde la eternidad. César Paredes [email protected] destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:43
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