Jueves, 18 de julio de 2019

Cierto es que la salvación del alma humana está condicionada, pero lo importante es saber cuál es la condición exigida. Dado que Dios es un Juez Justo, su justicia eterna tiene un rasero demasiado alto para los mortales humanos. Ha sido calificada como trapos de mujer menstruosa, como nada y como menos que nada, por cuya razón la Biblia exclama que no hay justo ni aún uno. Pablo afirmó en su Carta a los Romanos que el que no conoce la justicia de Cristo coloca la suya propia, dado que los seres humanos no pueden estar ajenos a la idea de la justicia.

Podemos afirmar que quien menosprecia la ley de Dios, no pudiendo vivir sin normas, coloca por igual su propia ley de vida como su rasero alcanzable. La ley dada por Dios no salvó a nadie, más bien fue el instrumento de desesperación que nos reveló la imposibilidad de redención del pecado y nos llevó en consecuencia a Cristo. Pero no todos los oidores de aquella ley alcanzaron la gracia del arrepentimiento y fe, sino apenas el remanente dejado.

La ley nos enseñó que Jesucristo es la justicia de Dios, que el Cordero preparado desde antes de la fundación del mundo quitaría el pecado de su pueblo. Una justicia imputada sin que hayamos dado nada a cambio, una justicia gratuita por mandato judicial divino. Ya que ninguno de nosotros puede decir que haya hecho algo que nos redima, debemos estar seguros de lo que Dios ha revelado: que Él es un Dios justo que justifica al injusto. Precisamente, la gracia es algo gratuito que no puede ser pagado o comprado, de otra manera sería un salario de obra.

La única condición para la redención es señalada por la Escritura, de acuerdo a la doctrina enseñada por Jesús. Es el Padre quien ha elegido desde la eternidad a los que conformarían su pueblo. Es Él quien escribió nuestros nombres en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo y, junto a ese requisito previo, la historia de la redención toma su desarrollo a través del Hijo enviado a morir por todos los pecados de su pueblo. Jesucristo afirmó que seríamos enseñados por Dios para acudir a él y en aquella enseñanza conoceríamos al Hijo de Dios. Hay enseñanza objetiva y subjetiva, hay un trabajo hecho por el evangelio anunciado y otro por el Espíritu Santo. Si bien ambos se orquestan, sin el trabajo del Espíritu la objetividad del anuncio no daría el fruto de la redención.

Pero no hay trabajo subjetivo (de parte del Padre) que no vaya acompañado del anuncio evangélico, ya que no podríamos invocar a aquél de quien no hemos oído nunca. Existe un llamado general al arrepentimiento y a creer el evangelio, pero también hay un llamamiento eficaz e irresistible de parte de Dios. Si Cristo no murió por todos los pecados de toda la humanidad, sin excepción, queda la pregunta relacionada con respecto al alcance de la culpa humana.  El objetor presentado en el capítulo nueve de la Carta a los Romanos viene a representar a todos los objetores de Dios. Su cuestionamiento pone de manifiesto una lógica natural que suena válida en la esfera del hombre caído. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién ha resistido a su voluntad?

Esa objeción se hizo cuando Pablo presentó la voluntad suprema del Hacedor refiriéndose a los destinos de los gemelos Jacob y Esaú. Uno fue escogido para vida eterna, sin importar para nada sus buenos o malos actos. El otro fue escogido para muerte y castigo eterno, sin miramiento a sus obras buenas o malas. Eso es injusto, dice la objeción levantada, Dios no tiene derecho a condenar a una persona como Esaú si no se le ha dado ninguna oportunidad de actuar en forma diferente. En otras palabras, todas las acciones condenables de Esaú fueron cometidas porque así estuvo programado, ya que Dios lo odió desde antes de ser concebido.

Jacob fue amado con amor eterno, sin que Dios mirara sus buenas acciones.  Más bien fue amado habiendo pasado por alto sus malas obras, colocando entre el Creador y la criatura la justicia obtenida por el Cordero expiatorio. Jacob representa a todos los elegidos para vida eterna, mientras que Esaú es el representante de todos los reprobados para ser objetos de la ira y juicio de Dios.  Los seres humanos en su mayoría rechazan esta proposición bíblica porque la consideran injusta. Los avezados teólogos de la objeción conspiran filológicamente para torcer el significado de las palabras, para descontextualizar los párrafos que anuncian lo antes señalado. Todavía hay quienes acusan a los que así pregonamos la verdad bíblica, diciendo que anunciamos una regeneración basada en el conocimiento especial de la teología bíblica.

En realidad, no hablamos de una regeneración doctrinal sino del conocimiento que da Dios para poder entender su mensaje. ¿Cómo oirán si no hay quien les predique? ¿Cómo invocarán a aquél de quien no han oído? Isaías dijo que por el conocimiento del siervo justo éste salvaría a muchos. Jesucristo también aseguró que debíamos escudriñar las Escrituras porque en ellas nos parecía que estaba la vida eterna. Es en este sentido que el conocimiento importa, pero como el hombre natural detesta las cosas del Espíritu de Dios se hace necesario el cambio de corazón.

La Biblia llama ese cambio el nuevo nacimiento, uno que proviene de lo alto por voluntad divina y no humana.  Es Dios quien enseña, aunque la forma en que lo hace sea sobrenatural, por la acción directa de su Espíritu, o natural, por la vía de la predicación del evangelio.  Cuando la persona recibe a Cristo como el redentor enviado por el Padre, lo hace porque ha nacido de nuevo. No ha nacido de nuevo porque tiene cierta doctrina arraigada en su mente, aunque sí tiene el conocimiento que le haya dado el Padre mediante su instrucción. Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó y aprendió del Padre, viene a mí (Juan 6:45); Pondré mi ley dentro de ellos, y sobre sus corazones la escribiré; y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo (Jeremías 31:33); Y todos tus hijos serán enseñados de Jehová; y multiplicará la paz de tus hijos (Isaías 54:13).

Hay un solo evangelio y dice que Jesucristo es nuestra justicia, la única que el Padre acepta. Pero ese evangelio también anuncia que Jesús murió solamente por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21) y no rogó por el mundo -que no es su pueblo- (Juan 17:9). Todos los que niegan esa doctrina de Jesús están rechazando sus palabras y dan muestra de no haber sido enseñados por el Padre. En otras palabras, están tan perdidos como los judíos señalados por Pablo de colocar su propia justicia al ignorar la justicia de Dios (Romanos 10:1-4).

Si el hombre natural percibe como locura las cosas de Dios, es lógico entender que no podrá asumir como cierto el cúmulo de doctrinas de Jesús. Por lo tanto, ese hombre natural no podrá creer esas enseñanzas y luego acudir a Cristo recibiéndolo como Señor y Salvador. Le resultará imposible, a no ser que el Padre lo haya instruido como lo hace con cada una de sus ovejas. Ese pecador no regenerado es visto como alguien que no conoce la verdad por cuanto sirve a un dios que no puede salvar (Isaías 45:20). El evangelio permanece, por lo tanto, escondido en los que se pierden (2 Corintios 4:3-4), razón por la cual se sigue anunciando para que los señalados por Dios en su libro de la vida sean añadidos a su iglesia en el día a día.

La humanidad caída en Adán no posee la habilidad para obtener el conocimiento del evangelio, pero como aconteció a la vendedora de púrpura que escuchaba la exhortación de Pablo se hace necesario que Dios abra el corazón del que escucha o lee el evangelio.  Cierto es que habiendo creído el evangelio llegamos a creer el tipo de doctrina expuesta por Jesucristo y los apóstoles. Los que dicen ser creyentes pero no permanecen en la doctrina de Cristo, no tienen ni al Padre ni al Hijo -de acuerdo a lo expresado por Juan en una de sus cartas.

La condición de la redención es haber sido escogido para tal fin por el Padre, pero igualmente haber oído el verdadero evangelio de acuerdo a las Escrituras. Bajo esas premisas llegamos a creer y no podemos irnos jamás tras el extraño (Juan 10:1-5). Los que antes éramos siervos del pecado hemos llegado a obedecer de corazón la forma de doctrina que se nos ha enseñado en la Biblia (Romanos 6:17-18). Por esa condición acá expresada podemos contemplar la diferencia entre los que creen el evangelio (los redimidos) y los que lo ignoran (los no regenerados). La razón de lo dicho descansa en que el evangelio está hecho de doctrina, no de palabras seductoras y demagógicas.  Al mismo tiempo, deducimos que conocemos el evangelio en virtud de haber sido redimidos.

Sería ilógico y estaría contra la Biblia el suponer que un no creyente -cuya enemistad con Dios le impide discernir las cosas a espirituales de Dios- logre comprender el evangelio antes de su redención. Si ese fuera el caso, discerniría las cosas del Espíritu de Dios mientras era incrédulo, lo cual estaría en contradicción con la Escritura. Pero siendo enseñado por Dios la luz del evangelio le resplandece y llega a comprenderlo. También sería ilógico que un creyente (uno que ha sido regenerado) ignore el evangelio, lo cual indicaría que estaría tras el extraño, violentando lo que Jesús indicó respecto a sus ovejas redimidas (Juan 10:1-5).

Los que pregonan la doctrina extraña de la expiación universal (Cristo muriendo por cada miembro de la raza humana) se glorían en su colaboración con Dios. Al ignorar la justicia de Dios revelada en el evangelio, ellos se jactan de haber levantado una mano, de haber hecho una oración de fe, de haber cooperado con su voluntad en la proposición universalista hecha por su dios. En cambio, los creyentes en la doctrina de Cristo se glorían en la cruz del Señor, la única garantía de salvación (Gálatas 6:14).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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