Jueves, 18 de julio de 2019

Hemos sido escogidos desde el principio para creer la verdad (2 Tesalonicenses 2:13-14). Grande aseveración que nos induce a conocer lo que es verdadero, bajo la premisa dictada por Jesús: Tu palabra es verdad (Juan 17:17). ¿Y qué es la verdad? Esa pregunta la hizo también quien interrogaba a Jesús antes de su martirio final, pero el Señor guardó silencio. Tal vez calló por cuanto estaba delante de un cerdo o de un perro, no fuese a ser que pisoteara las perlas que pudiera darle. Pero el creyente está en el camino de la verdad que debe conocer cada vez más. Lo dice la Escritura: por su conocimiento salvará mi siervo justo a muchos.

Una gran cantidad de judíos no conoció la verdad en la época del apóstol Pablo, por cuya razón oraba para salvación de los que consideraba perdidos. La relación entre la salvación eterna y el conocimiento de la verdad es absolutamente estrecha o cercana.   Por causa de la redención la ignorancia respecto a la doctrina de Cristo debe desaparecer.  De no ser así, Jesús no hubiera dicho que sus ovejas no se irían jamás tras el extraño (Juan 10:1-5).  El que sigue al extraño (junto con sus doctrinas) no está en la verdad porque no la conoce, aunque tenga apariencia de piedad y exhiba conocimiento de la Escritura, aunque haga oraciones a lo que él supone ser el Dios de la Biblia.

La santificación que Jesús propuso fue la de la verdad de la palabra del Padre.  Esa ley que es perfecta y que convierte el alma, que hace sabio al sencillo, que es justa y alegra el corazón, es también la palabra que genera un temor limpio que permanece para siempre, que anuncia la justicia que es verdadera y que domina sobre todo. Recordemos que la fe viene por el oír la palabra de Dios (Romanos 10:17). La incorruptible semilla de la que habla Pedro es producida por la palabra de vida que permanece para siempre. Uno puede llegar a una conclusión anticipada de que hemos sido salvados porque también hemos venido al conocimiento de la verdad. Sabemos que nadie puede invocar a Aquél de quien tiene necesidad si no ha oído de él, que tampoco puede escuchar acerca de ese nombre sobre todo nombre si no hay quien le predique. Jesús aseguró que seríamos enseñados por el Padre para poder ir después a él, pero la soberanía de Dios no está reñida con la predicación del evangelio, más bien el anuncio de su gracia forma parte de su soberanía absoluta.

Una premisa necesaria en esto que exponemos sería la necesidad que tenemos de escudriñar la Escritura. Si en ella nos parece que está la vida eterna, se hace imperante estudiarla para evitar el debilitamiento que proviene por causa de su ignorancia (o falta de conocimiento, Oseas 4:6). Se nos ha dicho que no debemos conformarnos al mundo sino que debemos ser transformados por la renovación de nuestro entendimiento (Romanos 12:2). Esa renovación solo es posible si indagamos en la Escritura que, como ya dijimos, hace sabio al sencillo. Caso inverso, si descuidamos la palabra divina, nos conformamos a la estructura del mundo y nos hacemos enemigos de Dios.

Tal vez alguien razona diciendo que no es posible para un creyente llegar a ser enemigo de Dios, ya que Cristo nos reconcilió con el Padre. Bien, eso es cierto en cuanto a la reconciliación hecha por el Hijo pero también es verdadero que Dios al que ama castiga y azota a todo el que tiene por hijo. Si usted descuida la palabra y se aferra al mundo, recibirá castigo divino lo cual es horrenda cosa. Tal vez Él no llegue a ser nuestro enemigo pero el texto escrito en el Nuevo Testamento habla de nosotros como enemigos de Dios. Si alguno ama el mundo, se constituye enemigo de Dios (1 Juan 2:15-17).

No debemos descuidar la disciplina del estudio de la Escritura recibida como verdad de Dios. Si no hay santificación en la verdad no podremos ver a Dios, aunque sabemos que los escogidos de Dios sí se santifican en su verdad (su palabra). Los que separan la ley de Dios de la práctica de vida religiosa que llevan hacen mal. El que supone que no está más sometido a la ley de Dios, normalmente busca ser legalista, así como el que ignora la justicia de Dios antepone su propia justicia. Ese legalismo eclesiástico e hiper-religioso es una sustitución a la ley de Dios que es perfecta; los que dicen que los Diez Mandamientos son un asunto de Moisés y sus viejos seguidores, normalmente colocan decenas de mandamientos humanos como conducta a seguir: no manejes, no bebas, no comas, no te cases, guarden los meses, los años, los días, las fiestas religiosas, las tradiciones humanas. Ellos son los que supervisan la conducta de los feligreses, para estar atentos a la forma de la norma que ellos mismos escriben en sus estatutos por los cuales se guían, habiendo olvidado la antigua ley y su espíritu. No que podamos cumplir toda la ley (asunto que hizo Jesucristo y cuya justicia nos fue imputada) sino que debemos santificarnos en la verdad que es la palabra de Dios. Esa ley ha sido sembrada en nuestros corazones y por esa razón sabemos lo que es justo y lo separamos de lo injusto.  Por medio de ella conocemos lo que es el mundo y su atractivo, junto a los medios para no ser seducidos por él. No se trata de guardar los meses, los días y los años, las lunas y demás festividades, sino de aferrarnos al espíritu de la norma divina y de amar a Dios por sobre todas las cosas, así como a nuestro prójimo.

La ley es perfecta, decía David. Por esa razón no fue abrogada sino cumplida, ya que ella es inalterable regla de justicia por la cual conocemos el carácter moral de Dios. En Mateo 5:18 leemos que ni una jota, ni una tilde, pasarán de la palabra de Dios, de manera que ella permanece para siempre. La negación de la ley de Dios conduce por fuerza al legalismo, por cuanto el ser humano no puede vivir sin regla que gobierne su alma. El legalismo implica un sistema de salvación por obras de la ley, en una cooperación con la obra de Cristo. Así han hecho los judíos con su judaísmo, así hacen los religiosos que se denominan cristianos (católicos, ortodoxos y protestantes) cuando combinan gracia con obras. La verdad de la ley de Dios es racional (Logos) y demuestra su luz en medio de las tinieblas de la ignorancia.

La verdad huye del ascetismo, del misticismo, de lo contra-bíblico. No había verdad en el fariseo cuando oraba presentándole a Dios su propia pureza, en la suposición de tener una justicia superior a la del publicano. La verdad es absoluta y una, no está fragmentada ni se presenta como opción para que se hinche la mente carnal.  El cristianismo no se basa en sentimientos sin razón porque la verdad no los produce, es antes que nada razón porque proviene del Logos que es desde el principio (Juan 1:1). ¿Cómo puede alguien decir que ama a Jesús si no conoce su doctrina? ¿Cómo puede alguien ignorar la justicia de Cristo y decir que es creyente? ¿Cómo puede alguien decir que es salvo por la gracia de Dios cuando al mismo tiempo asegura que él cooperó con su voluntad, con su fe, con su ánimo?

En realidad, la santificación en la verdad (que es la palabra de Dios) nos asegura una vida racional que se siembra en el corazón. De ese corazón mana la vida, porque la vida ha sido sembrada en él, una vez que se nos ha quitado el corazón de piedra para darnos el de carne. Jesucristo dijo que de la abundancia del corazón hablaba la boca, de manera que es imposible separar el sentimiento de la razón, como si del corazón no salieran los buenos y malos pensamientos. Cuando decimos sentir algo, emocionarnos con algo, es en base a un sentimiento o a una emoción racional o irracional.  Siempre todo lo que nos acontece pasa por el crisol de la razón. La metáfora establecida con el vocablo corazón ha podido ser expresada aludiendo a cualquier otro órgano del cuerpo. Se escogió aquélla ya que se suponía ser el órgano vital de los seres humanos, para hablar de la importancia que tiene como guardián de las emociones y pensamientos.  Ha podido escogerse el cerebro y se hubiera dicho entonces: de la abundancia del cerebro habla la boca.  Al escoger el corazón como centro de atención, la Escritura no está creando una separación en compartimentos, como si pudiese afirmarse que podemos amar a Jesucristo de corazón aunque en nuestra mente ignoremos su ley, sus preceptos y sus enseñanzas.

Hay teólogos que se molestan con las declaraciones bíblicas que exponen la más absoluta soberanía de Dios en materia de salvación y condenación (Romanos 9, por ejemplo), por lo cual aseguran que lo que importa es amarlo a Él aunque no lo comprendamos, o aunque no estemos de acuerdo con lo que su palabra dice. Algunos de ellos han procurado que sus filólogos tuerzan la gramática, ya que han llegado a decir que el verbo odiar cuando está contrapuesto con el verbo amar significa en realidad amar menos. El desvarío manifiesto se da por el odio a la palabra revelada, que es la verdad, pero ellos reclaman estar santificados en base a que han puesto la fe en sus creencias y han trabajado bastante por la obra de Cristo.

La verdad es muy importante en nuestra vida, tanto que sin ella no podemos ver la vida eterna. Y Jesucristo dijo de él mismo que era el camino, la verdad y la vida, que nadie iría al Padre sino a través de él, de manera que resulta de enorme importancia escudriñar esa verdad que es Cristo y que es al mismo tiempo su palabra, para poder estar santificados.  Esa fue la oración de Jesús al Padre, la noche antes de su crucifixión. Estamos seguros de que el Padre satisfará la súplica de su Hijo en relación a sus elegidos.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:34
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