Lunes, 08 de julio de 2019

La justificación no es un cambio moral que el ser humano demuestra con su conducta, ni un intercambio entre la justicia de Cristo y nuestros pecados. Ni Jesucristo recibe nuestras faltas ni nosotros llegamos a ser justos por imitación o porque seamos creyentes. Somos justificados por Dios en tanto el acta de los decretos que nos era contraria fue clavada en la cruz. Es decir, ha habido una sentencia judicial que nos ha declarado justos y justificados mediante la fe de Jesucristo. Claro está que Jesús tomó nuestras faltas y pagó por ellas, pero no en un intercambio como si pudiésemos participar de aquello. Antes que nada fuimos justificados gratuitamente, por la gracia divina, en un acto solitario del Creador.

Una vez que Jesús alcanzó su objetivo en la cruz anunció que todo había sido completado. De esa forma cumplía con lo que se le había encomendado, morir por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Dado que la predicación del evangelio es el mecanismo sine qua non para escuchar tal favor anunciado, los elegidos del Padre una vez que son enseñados por Él son llamados eficazmente (y no tan solo en forma general) por medio de las buenas nuevas de salvación. Es entonces cuando al leer las Escrituras podemos comprender que fuimos justificados por Dios por medio de su justicia que es Jesucristo.

Aunque nuestra moral cambie nunca será del todo recta o perfecta. Sometidos como estamos a esta vieja naturaleza que todavía gobierna parte de nuestra vida (la ley del pecado en nuestros miembros), nuestra justicia emana exclusivamente de un acto judicial gracioso de Dios. Somos legalmente justos aunque no lo veamos en forma absoluta en nuestra praxis de vida. Esta realidad viene ejemplificada en los sacrificios de los judíos, cuando mediante aquellas ceremonias traían a la mente la venida próxima del Mesías. La sangre de los corderos o de los toros no expiaban en absoluto a nadie, más bien eran una sombra de la verdadera expiación que se habría de hacer.  El haber creído en aquel tiempo que el Mesías vendría y que sería el antitipo de aquella sombra, demostraba la redención de los antiguos creyentes. Y no solo se habla de los judíos, sino de Job o de Abraham, prototipos de personas fuera de la ley de Moisés que le creyeron a Dios y que les fue su fe contada por justicia.

La conmemoración de la muerte de Cristo nos recuerda siempre su sacrificio, así como los antiguos judíos apuntaban con sus ceremonias al Mesías que habría de venir. Y si aquellos animales ofrecidos en el altar no eran el verdadero Mesías, tampoco lo es el conjunto del pan y el vino. Aquéllos fueron símbolos de lo por venir, mientras éstos son símbolos de lo que vino. Es por eso que no podemos asumir la blasfemia de suponer que Jesucristo está presente (como en carne y hueso) en el pan y el vino, como tampoco lo estuvo en los toros y corderos de antaño.

Los que tal exabrupto cometen han construido un ídolo a quien le han dado por nombre Jesús. Pero no solamente ellos, ya que también hay quienes reconstruyen la doctrina de Jesús y la tuercen para hacer más aceptable y digerible su enseñanza. Todavía les resuena en sus corazones la dureza que perciben de sus palabras, preguntándose ¿quién las puede oír? Ni qué decir de los que tropiezan al leer Romanos capítulo 9, dando coces contra el aguijón, como si el Hacedor de todo no tuviese potestad de hacer con su arcilla los vasos que desee para honra o para destrucción. Por eso se dice también que Dios ha soportado con mucha paciencia los vasos que hizo para destrucción, de manera de poder mostrar en ellos su ira y justicia por el pecado. De nuevo de la voz de los idólatras se escucha decir: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién ha podido resistir su voluntad?

Si Dios deseara que todo el mundo sin excepción viniera al conocimiento de la verdad, sería un Dios frustrado al ver el gentío que camina hacia su eterna perdición. Y si no fuese un Dios frustrado de seguro todos los deseados hubiesen ido a tal conocimiento. No hay duda de que Dios desea que todos los hombres sean salvos, pero dentro del contexto en que le escribió Pablo a Timoteo: Él se refiere a su pueblo, a sus amigos, a sus ovejas; nunca se refiere a los cabritos cuyos nombres no escribió en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8).  Lo que Pablo escribe en 1 Timoteo 2:4 lo expone el contexto de la carta: todo tipo de persona como los reyes, los que están en autoridad, para que vivamos quieta y reposadamente. Si uno continúa leyendo, Pablo se refería a él mismo como el apóstol de los Gentiles, ese otro grupo de personas que ahora se incluía en la esfera de lo deseado por Dios. El que unos fariseos hayan exclamado con asombro que todo el mundo se iba tras Jesucristo, no significaba que todo el mundo en realidad se había ido tras él. Ellos mismos no se fueron tras el Señor, ni Herodes, ni Poncio Pilato, ni millones de personas que jamás habían oído tal noticia, ni muchos de los que sí la habían oído. Fue una expresión hiperbólica, de exageración, para señalar el hecho de que ese Galileo tenía muchos seguidores en aquella pequeña tierra donde estaba.

Los que han hecho de Jesús un ídolo han cambiado su doctrina. Si Jesús decía que nadie podía ir a él a no ser que el Padre lo trajere, ellos aseguran que la invitación está hecha para todo el que quiera. Si Jesús afirmó que no rogaba por el mundo sino solamente por los que el Padre le había dado y le daría, ellos afirman que murió por todo el mundo sin excepción. Además, argumentan que a todos les es dada la fe, o que cada quien tiene que ponerle fe a su creencia, a pesar de que la Biblia haya afirmado que no es de todos la fe y que la fe es un don de Dios.

Jesús, el ídolo, es presentado como el que acepta las obras como intercambio de la justificación. La ficción teológica del libre albedrío se enarbola como la bandera que Dios ha otorgado a la humanidad para que pueda ser responsable de sus actos. De esa forma su ídolo ruega a los pecadores que se le acerquen, aunque hasta ahora no haya podido salvar al primero.  Su ídolo establece sacramentos como requisito para alcanzar la salvación; como ejemplo de lo que decimos basta con señalar a los que pregonan el bautismo como requisito previo a la redención. Obra sobre obra, lo cual resta gracia sobre gracia.

El Jesús de la Biblia fue dado por causa de nuestras transgresiones (los pecados de su pueblo), y fue resucitado para nuestra justificación (Romanos 4:25). Es por esa justificación que ya no somos vistos como enemigos de Dios sino como sus Hijos. La Pascua judía así lo enseña, ya que el ángel de la muerte pasó por alto el juicio de Dios en todos  aquellos que tenían en los dinteles de sus casas la sangre de los corderos sin mancha como anticipo de lo que vendría después. En realidad aquel pueblo no hizo ninguna obra meritoria sino que fue salvado de la esclavitud egipcia en virtud de la señal de la sangre del cordero. De igual manera ahora también hemos sido justificados por su sangre, en forma gratuita y no meritoria, tantos como el Padre representó en el sacrificio de Jesucristo.

Para sacudirnos del ídolo Jesús debemos mirar de cerca las palabras de Jesucristo cuando explicaba su doctrina. La razón de Jesucristo venir a esta tierra fue para cumplir la voluntad de su Padre, voluntad que consiste en que el Hijo no pierda nada de lo que le ha sido dado sino que lo resucite en el día postrero (Juan 6: 38:40). Por un lado está el ídolo que deja al libre arbitrio humano su decisión eterna, aunque todos se le pierdan porque un ídolo no es nada sino maestro de mentiras. Por otro lado está Jesucristo afirmando que no perderá a ninguna de sus ovejas, que su trabajo fue completado en la cruz, que nadie va al Padre sino por él. Este Jesús afirmó que los que no creían en él no podían creer porque no formaban parte de sus ovejas; el otro Jesús (el que es un ídolo) dice lo contrario: que si usted cree se hace oveja.

¿Cuántas ovejas ha perdido el buen pastor? Ni una sola de ellas (Juan 10:26-30). Entonces, ¿por qué tanta gente se pierde? Porque ese ídolo que siguen no puede salvar a nadie, ese es un dios que no puede salvar un alma (Isaías 45:20). Gran ignorancia demuestran (en palabras de Isaías) los que cargan un dios que no puede salvar. Poco importa que sea de madera o yeso, de metal o barro, en forma de escultura o dibujo plano, concreto o abstracto, si es un ídolo detrás de él están los demonios. Sabemos que los demonios no pueden salvar a nadie y están perdidos eternamente, de manera que ignorar lo que la Escritura dice no es inteligente y conlleva por fuerza a la perdición eterna (1 Corintios 10:20; Apocalipsis 9:20).

La gran falacia detrás de ese ídolo llamado Jesús radica en asumir que desea salvar a toda la humanidad. En función de esa aparente noble causa, aunque populista antes que verdadera, aparece el instrumento idóneo de batalla llamado el libre albedrío.  El libero arbitrio hace que a todos se les respeten sus derechos humanos espirituales, aunque en la condición de muertos en delitos y pecados de seguro algún día reconocerán que hubiesen preferido cambiar la supuesta libertad y derecho por la redención eterna como decreto del Dios soberano. Así como se nos dijo que debemos huir de la tentación conviene separarnos de los ídolos que son solo maestros de mentiras. El que oiga hoy la voz De Dios no endurezca su corazón.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 18:04
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