Jueves, 25 de abril de 2019

Aunque Dios se haya propuesto hacer el mundo como es, aunque desde la eternidad haya separado dos grupos para alabanza de su gloria -uno para demostrar su justicia y su ira y otro para exaltar su misericordia-, a nosotros nos toca examinar la sintaxis de nuestra vida. Hay un orden establecido, unos eventos que se dan dentro del espacio-tiempo, los cuales pueden ser mirados en forma separada del paradigma que va más allá de este cajón de la física. Es decir, al menos hay dos perspectivas del análisis teológico o bíblico, la que habla de Dios y sus decretos y la que habla de nuestra responsabilidad acá en la tierra.

El pecado entró en el mundo por un hombre, pero después de ello entró también la muerte. Por eso hay un sintagma bíblico que dice: la paga del pecado es muerte. Claro está, hay una proposición diferente que le sigue a esa frase: la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús.  Y es que la gracia es sin que se pague o se pida, por cuanto la gracia es un regalo de Dios (Efesios 2:8). Cualquiera puede preguntarse la razón de la gracia divina y no la hallará sino en dos presupuestos: 1) Dios es amor y quiere demostrar su afecto en sus elegidos; 2) toda la humanidad cayó en desgracia por el pecado que entró al mundo. Sí, la Escritura enseña que toda la humanidad pecó y está por ende fuera de la gloria de Dios.

El que comete pecado traspasa la ley, pues el pecado es transgresión de la ley (1 Juan 3:4). El apóstol Juan nos asegura que Jesús apareció para quitar los pecados de su pueblo, porque no hay pecado en él (en Cristo).  Si Cristo es la propiciación por los pecados de todo el mundo, habrá que restar de ese mundo el mundo por el cual no rogó la noche antes de su crucifixión (Juan 17:9).  Al romper la ley en un punto, la persona se hace culpable de toda la ley, ya que el pecado es la violación de los requerimientos de Dios. La palabra de  Dios nos habla de su santidad, mientras el pecado es una ofensa contra esa santidad de Dios. La ley fue introducida para que el hombre tuviese mayor conciencia del pecado, para demostrar cuán inútil es tratar de mantenerse impoluto delante de Dios. Esa inutilidad está ligada a la imposibilidad, porque la naturaleza humana tiende al mal.

El pecado se enfrenta a la vida porque el pecado trae la muerte. La gente muerta en su espíritu no puede revivirse a sí misma, no puede tomar la medicina, no puede acercarse a Dios desde ninguna perspectiva. Esa es la razón por la cual se nos encomendó predicar el evangelio a toda criatura, porque nadie podrá invocar a alguien de quien no ha oído. La Biblia nos asegura que por el conocimiento que tengamos de Jesús él salvará a muchos. Ese evangelio que anunciamos es el que enseñó Jesucristo y el que pregonaron sus discípulos. Hay muchos falsos evangelios que intentan arrastrar gente para pervertir la paz de los que somos redimidos.

Para uno estar seguro de cuál es el evangelio basta con examinar las Escrituras.  Mucha gente sigue a los ciegos y por ende todos caerán en el mismo hueco. Es Dios el que despierta el corazón de su pueblo, es Él el que enseña para que vayamos hacia el Hijo. Todo lo que el Padre envía al Hijo es bien recibido para ser resucitado en el día postrero. Jesús aseguró que nadie podía ir a él a menos que el Padre lo envíe, porque escrito ha estado que seríamos enseñados por Dios para poder ir al Hijo. De allí que la naturaleza de la gracia es salvadora (por gracia habéis sido salvos, por medio de la fe). Ah, pero de inmediato se dice que es un regalo de Dios. Ese conjunto de dádivas descrito en Efesios 2:8 no depende de nosotros, sino que es un don divino. Si alguien pretende decir que la gracia debemos recibirla porque podemos rechazarla, no ha comprendido lo que el regalo de Dios significa.

La fe no proviene de nosotros, es un mecanismo para alcanzar la salvación pero que es dado también junto con el arrepentimiento. No hay posibilidad de que el incrédulo entienda y discierna las cosas espirituales, porque le parece que son locura. Es necesario nacer de nuevo del Espíritu de Dios, pero se nos dice que esa actividad tampoco depende de nosotros.  Hay un círculo cerrado cuando uno mira la Escritura y comprende el plano eterno e inmutable de la voluntad del Creador. Sin embargo, esa comprensión no anula nuestro compromiso y responsabilidad.  De hecho, el que seamos criaturas inferiores a nuestro Creador nos genera la obligación de la rendición de cuentas. Hay una responsabilidad moral que nos acompaña en toda nuestra existencia -a creyentes e incrédulos por igual-, estando compelidos a hacer el bien sin que ello presuponga que podamos hacerlo.

Acá tropiezan las filosofías humanas, las hipótesis de la compatibilidad entre el deber ser y el poder hacer. Hay quienes sostienen que no hay contrato moral en una persona que es exigida a hacer aquello que por naturaleza no puede hacer. Bien, eso sirve para dilucidaciones filosóficas, pero en el plano del espíritu Dios nos ha dicho lo contrario. Esaú fue odiado antes de que hiciese bien o mal, antes de ser concebido. No por ello queda exonerado de culpa por vender su primogenitura o de haberla cambiado por un plato de lentejas. Asimismo sucede con el Faraón de Egipto, el que fue endurecido en su corazón de acuerdo a la proposición que le hizo Dios a Moisés. Él le dijo a su siervo que le dijera al gobernante que dejara ir a su pueblo al desierto ara adorar a su Dios; de inmediato agregó el Señor que pondría endurecimiento en el corazón del Faraón para que no lo dejara ir. El hecho de que la Escritura muestre que posteriormente el Faraón se endureció a sí mismo, solo demuestra que el Faraón no era un robot. Él también actuaba de acuerdo a su naturaleza pecaminosa. Y así podríamos seguir contando de cada personaje descrito en las páginas del texto sagrado, de cada uno de los que fueron puestos para tropiezo. Judas Iscariote sería otro ejemplo de una persona destinada para transgresión perpetua, pero que quedaba exento de responsabilidad moral.

Esa es la razón natural por la cual se levanta la objeción contra Dios: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? ¿Hay injusticia en Dios? La única respuesta que encontramos es que en ninguna manera Dios es injusto sino que tiene potestad de hacer como quiere con lo que es suyo. Somos barro en manos del alfarero que hace vasos de honra o de deshonra. Esa respuesta bíblica bastaría para bajar la cabeza en humildad frente a la solemnidad del Dios soberano. Pero hay todavía quienes hacen fila con el objetor bíblico, incluso los hay dentro de los que se dicen creyentes pero no lo son. Si ellos fuesen árboles buenos darían buenos frutos, pero de la abundancia del corazón habla su boca para demostrar que son árboles malos que no pueden dar el fruto bueno de la confesión del verdadero evangelio.

Y mientras hablan mucho, tratando de imitar el discurso que los haría aparecer como árboles buenos, una palabra, una frase, una actitud ante la Escritura los delata. El disfraz de cordero se les ve cuando la costura se les rompe. Por eso Juan también nos recomendó examinar los espíritus para ver si son de Dios. Agregaba el apóstol que el que no habita en la doctrina de Cristo no tiene ni al Padre ni al Hijo. Asimismo nos aconsejaba a no recibir en nuestras casas a quienes no traigan la doctrina del Señor.

Ya sabemos que la gracia es lo contrario al salario, si la gracia es un regalo para salvación la paga o salario del hombre es la muerte por el pecado. El autor de Hebreos nos habla de la creación del universo, hecho por la palabra de Dios. Lo que se ve fue hecho de lo que no se veía, lo cual también es una figura de la manera en que Dios hizo su pueblo. Dios habló y trajo en consecuencia al pueblo de Israel a la existencia, Dios le prometió a Abraham y así lo ejecutó. De igual forma Dios llama con su palabra y da vida a los muertos que Él ha escogido para tal fin. Esa voluntad de Dios y no de varón, del Espíritu y no de la carne humana, es lo que se manifiesta en el nuevo nacimiento. Somos una nueva creación en Cristo y nuestra existencia espiritual ha acontecido por la palabra del Señor. Es su voz la que creó el universo con todo cuanto existe, es su voz la que levantó a Lázaro de la tumba, es su voz la que ordena a los muertos en delitos y pecados el acudir a Cristo.

Así como Dios habló a través de Moisés diciéndole al pueblo que lo había escogido no porque era el mejor o el más fuerte de la tierra, de la misma manera Pablo nos comenta sobre la esencia de lo que Dios escogió. No hay muchos sabios entre nosotros, no hay muchos poderosos ni muchos nobles, sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo flaco del mundo escogió Dios para avergonzar a lo fuerte, con el fin de que ninguna carne se jacte en su presencia. Más bien el que se gloría que se gloríe en el Señor (1 Corintios 1: 25-31).

Frente a la inhabilidad total que produce el pecado en la criatura humana, no nos queda otra salida sino la gracia de Dios. Esto indica que la salvación no se consigue por obras, ya que la gracia no sería gracia. Si hoy oyes su voz no endurezcas tu corazón. Llame a Dios, en tanto que está cercano. Haber oído algo del evangelio pudiera despertar el interés en el que puede dar la vida eterna como su gracia salvadora. Los que jamás han oído el evangelio de Cristo, o los que oyéndolo huyen despavoridos, se enfrentarán a una pena eterna por cuanto la justicia terrible de Dios así lo amerita.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:31
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