Mi?rcoles, 24 de abril de 2019

Cuando Cristo ascendió al cielo recibió plena potestad sobre lo que está arriba y sobre lo que está debajo de los cielos. En realidad está sentado a la diestra del Padre, y como en esta tierra dijo que él y el Padre eran uno, que quien le había visto a él había visto al Padre, no hay duda de que sea Dios. Todo aquello que hizo en la tierra en favor de sus escogidos lo sigue haciendo en los cielos. Si acá perdonaba pecados aún sin haber derramado su sangre, ¿cómo no podrá perdonar ahora que ha consumado nuestra redención?  Juan en su primera epístola nos asegura que va a hablarnos de todo lo que vieron sus ojos y oyeron sus oídos, y aún tocaron sus manos, respecto al verbo de vida.  Habla de Dios como luz pero habla también de la sangre del Hijo.

En 1 Juan 1:7 el apóstol menciona la sangre del Hijo de Dios que nos limpia de todo pecado; en el verso 8 habla del autoengaño del que dice no tener pecado. Pero en el verso 9 nos asegura que él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad. Ese pronombre personal, masculino de tercera persona singular, refiere a su inmediato antecedente mencionado en el verso 7. Recordemos que allí Juan nos ha hablado del Hijo de Dios que nos perdona y limpia de todo pecado, de tal forma que el pronombre referente él del verso 9 tiene su referencia en el Hijo, del verso 7.  Si el apóstol hubiese querido referirse al Padre, del cual ha hablado en el versículo 5 diciendo que Dios es luz, hubiese usado el pronombre demostrativo aquél, o hubiese repetido el nombre Dios, como si se refiriese al Padre (por sencilla gramática de relación, la que nos habla de la distancia que hay entre el referente y lo referido).  Pero como su referencia era Jesucristo usó el pronombre personal que reporta a lo inmediato, ya que el Hijo era el más cercano de los personajes llevados a escena (dado que Dios (Padre) como luz está mencionado mucho más atrás que el Hijo).  Recapitulando, diremos que el Padre aparece en escena en el verso 5, el Hijo en el verso 7, mientras que el apóstol cuando hace mención con el pronombre él en el verso 9 se refiere a su antecedente inmediato (el del verso 7). Si hubiese querido referirse a Dios (Padre) ya mencionado en el 5 hubiese usado el pronombre aquél, por asuntos de distancia entre referente y referencia.

Por supuesto, el Padre nos ha justificado y Satanás nos sigue acusando, de manera que el Hijo nos defiende como abogado intercesor. Él le dice al Padre que ya él compró nuestro perdón en la cruz, que ya consumó su trabajo y que no hay más nada por hacer. De esta manera el diablo queda sin querella y el Juez de toda la tierra hará lo que sea justo. Esa actividad defensora del Hijo en los cielos no anula su capacidad de perdón. En tanto Jesucristo es Dios, puede perdonar pecados; en tanto Redentor, su capacidad no ha quedado jamás suspendida. Es como si el Hijo le dijera al Padre que ya él nos perdonó en la cruz, para que el Padre ignore por completo la acusación de Satanás.

Y aunque Cristo dijo en la tierra que él tenía potestad para perdonar pecados, y aunque en muchas ocasiones perdonó a muchas personas, también se le oyó decir en la cruz que rogaba al Padre para que perdonara los pecados de los que lo martirizaban. Es decir, lo que el Padre hace en cuanto a perdón de pecados también lo hace el Hijo, y viceversa. No hay tal cosa como un desacuerdo entre el Padre y el Hijo, sino que siendo Dios Uno, tanto el Padre como el Hijo y el Espíritu pueden limpiarnos y santificarnos. Así lo dice Pablo cuando escribe: Y esto erais algunos de vosotros, pero ya habéis sido lavados, pero ya sois santificados, pero ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios (1 Corintios 6:11). El perdón de pecados supone haber sido lavado, como cuando se quita una suciedad de nuestro ser. El que hayamos sido justificados se debe a la justicia de Dios que es Cristo, el cual nos redimió (pagó el precio de nuestra liberación) de nuestros pecados y castigos en el madero. Si somos santificados (separados del mundo para Dios), lo ha sido por medio de la voluntad del Padre al habernos escogido para ser santos y sin mancha delante de Él, pero igualmente por medio del Espíritu, el cual opera en nosotros estas tres cosas dichas: el ser lavados, el ser santificados y el ser justificados.  Así lo menciona el texto citado cuando se nos dice que aquello se ha hecho en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios.

Hay un texto en Hebreos que algunos usan para intentar demostrar que Jesús ya no perdona pecados (Hebreos 7:25).  Semejante interpretación de una metáfora, de una figura de lenguaje, no pudiera ser más privada. El hecho de que el Señor viva para interceder por su pueblo, para interceder por aquellos que se acercan a Dios, para salvarlos eternamente, implica por fuerza que tenga primero que perdonarlos (asunto que hizo a la perfección en la cruz).

El que Jesús sea nuestro abogado defensor ante el Padre (1 Juan 2:1; Romanos 8:34), frente a las acusaciones de Satanás (Apocalipsis 12:10; Zacarías 3:1-2), no limita la función que tuvo en la tierra como el Enviado Hijo de Dios. En 1 de Juan 2:2 leemos que Jesucristo es la propiciación por nuestros pecados, que ya pagó por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Jesús aboga por la causa de los pecadores culpables ante un Juez-Padre a quien se le pide el perdón de una culpa que aquéllos reconocen. En esa actividad de Jesús él se presenta como abogado y como la paga por el pecado, como dos aspectos inseparables del trabajo que hace en el cielo. Esa figura de Juan -semejante a la del autor de los Hebreos-, contiene al menos tres personajes en la relación. Jesucristo como abogado, un Juez ante el cual interceder y un Fiscal acusador. Estos dos últimos se presuponen en la lectura del texto de Hebreos, si bien en Juan están mencionados el Padre y el Hijo. Pero de acuerdo a lo que dijo Zacarías y lo que escribió Juan en Apocalipsis, el diablo o Satanás es el Acusador de los hermanos.  

Si en ese conjunto restringimos a uno de los personajes para que solamente haga su función de acuerdo al modelo dado, habrá de hacerse lo mismo para los otros dos personajes. Si Jesucristo ha sido limitado en sus funciones como abogado defensor y ya no puede perdonar pecados, el Padre estará limitado a su función como Juez y no podrá amar a nadie porque sería parcialidad.  Asimismo, el diablo estaría restringido a su función de acusador de los hermanos y dejaría de ser el tentador, el padre de la mentira, el que siembra la cizaña y el que entenebrece el entendimiento de los incrédulos.

Una metáfora, una parábola, un ejemplo, cualquier figura del lenguaje, se presenta para ilustrar y aclarar u ocultar información. No obliga a que se interpreten los otros contextos de acción de los personajes siguiendo el modelo de la figura de lenguaje presentado. Si Jesucristo dijo de sí mismo que él era la puerta de las ovejas, esa afirmación no niega que sea el buen pastor. Tampoco niega que sea el Redentor de su pueblo. Si Cristo está intercediendo por su pueblo, si es el abogado intercesor en el cielo, no quiere decir que no pueda perdonar pecados. A fin de cuentas él es Dios Hijo y lo que hizo en la tierra, cuando aún no había muerto por la expiación de su pueblo, en cuanto a perdonar pecados, lo sigue haciendo ahora habiendo culminado su trabajo en la cruz. De hecho, es gracias a él, a su esfuerzo y sangre, que podemos conseguir el perdón de pecados. Por su sangre y con su sangre somos lavados, y lavar el pecado implica quitarlo, perdonarlo.  Así que, por eso es mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna (Hebreos 9:15).

Y viendo Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: -Hijo, tus pecados te son perdonados (Marcos 2:5). Esto suscitó una interrogante en la gente que pensaba que aquello que decía Jesús era una blasfemia, ya que solo Dios tiene tal potestad de perdonar.  Pero en el verso 10 de Marcos 2 Jesús reiteró lo que había dicho, agregando que él quería que supieran que tenía potestad de perdonar pecados en la tierra. Esa facultad se ejercía en la tierra por cuanto acá están los pecadores que son perdonables, ya que en el infierno no hay perdón de pecados y en el cielo no hay necesidad de ello. En ningún momento puede entenderse como una restricción espacial del Todopoderoso, como si Jesús pudo perdonarnos solamente mientras estuvo en la tierra y ahora no le compete el perdonarnos porque está en los cielos. Hay que comprender el énfasis de Jesús cuando hablaba con aquella gente, a quienes les instruía acerca de su ministerio en esta tierra. Pero si él les dijo en esta tierra que era el Hijo de Dios, no quiere decir que esa relación con el Padre se haya terminado por ascender a los cielos.

Ciertamente, solo Dios tiene la potestad de perdonar pecados (Marcos 2:7) pero Jesús es Dios hecho hombre. Además, el Padre le ha entregado al Hijo todo el poder para juzgar (Juan 5:22), para que honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre, y el que juzga puede inculpar o puede perdonar.  Si muchos de los judíos que lo oyeron decir que perdonaba pecados pensaron que era un blasfemo, ¿será que ahora los que dicen que Jesús no perdona pecados desde el cielo, sino solo el Padre, se están comportando como blasfemos? No se trata de que Jesús haya dicho que le fue dado por mandato divino la potestad que tuvo en la tierra de perdonar pecados. Más bien Jesús es quien se atribuye a Sí mismo tal capacidad en virtud de que es Dios.  Que nunca se nos olvide el hecho de que el que ha visto al Padre ha visto también al Hijo.  Pretender separarlos es volver a la vieja herejía del modalismo, la que dice que Dios no es tres Personas sino una sola que toma la modalidad de Padre, a veces la del Hijo y otras la del Espíritu.

El poder divino de juzgar que tiene Jesús es el mismo que le permite perdonar. Yo y el Padre somos uno (Juan 10:30). En varias ocasiones la gente se escandalizó por el hecho de que Jesús perdonara pecados, como también sucedió cuando se dirigió a la mujer a quien le dijo Tus pecados te son perdonados (Lucas 7:48), por lo que los comensales se quejaron (verso 49). Y la mujer en adulterio también recibió el perdón de Jesús (vete y no peques más), por lo que en virtud de su poder divino Jesús le dijo a aquella mujer que él tampoco la condenaba. Ese poder divino no lo ha abandonado nunca, porque no ha perdido ninguno de sus atributos naturales, y jamás Jesús se ha despojado de él sino que lo sigue ejerciendo desde el cielo y adondequiera que vaya.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 14:52
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