Mi?rcoles, 24 de abril de 2019

La salvación es del Señor, como bien lo dice el libro de Jonás, capítulo 2, verso 9. Por esa razón también escribió Pablo: No depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia (Romanos 9:16). Hay quienes pretenden negar esta premisa mayor y colocan en cambio su argumento, el cual asegura que el hombre es por naturaleza libre para poder ser responsable ante su Creador. Incluso Kant (el filósofo alemán) llegó a decir que el que debe hacer algo lo debe porque puede. Tal vez en el universo de relaciones humanas esas hipótesis tengan cierto valor, al menos en el ámbito jurídico; aunque todavía en ese escenario suele haber excepciones. Por ejemplo, la deuda pública de un país pasa de generación a generación, hasta que se pague por completo, muy a pesar de que las personas que no participaron voluntariamente en ese endeudamiento puedan alegar que no están obligadas al pago.

En el marco teológico la relación es diferente. Ante la presencia del Dios soberano de las Escrituras la criatura no posee ningún talante para reclamar, no tiene el más mínimo atributo de independencia de su Creador. Ella es comparada a una olla de barro en manos del alfarero, quien la destina para usos viles o nobles. Esa pose del Todopoderoso frente a su criatura es tenebrosa para muchos, en especial para los que se saben reprobados y hacen filas de inmediato con el objetor. El reclamo seguro es que Dios sería injusto si condena a alguien aún antes de que haga bien o mal, aún antes de que haya sido concebido. Tal parece ser la declaratoria del objetor que Pablo reseña en su Carta a los Romanos, cuando se refiere a los gemelos Jacob y Esaú (Romanos 9).

Pero en la Biblia encontramos otras referencias similares a la mencionada. El mismo Jesús enseñaba a multitudes y las espantaba cuando hablaba de la elección del Padre. Muchos se retiraban bajo murmuración, diciendo que aquella palabra era dura de oír. El Señor continuaba y repetía su mensaje, que nadie puede ir a él a no ser que el Padre lo traiga a la fuerza. Y venía diciendo que todo lo que su Padre le daba iría a él de seguro, y él -en consecuencia- no lo echaría fuera. Es decir, Jesús enseñaba que si el Padre le envía a él una persona él la recibe y jamás la expulsa de su redil, más bien la resucitará en el día postrero. Esta asunción de Cristo nos conduce a mirar en su implicación general y obvia. Los que no van a él no han sido jamás enviados por el Padre al Hijo, no han sido enseñados por Dios. Si todo el mundo, sin excepción, fuese enviado por el Padre al Hijo, todos, sin excepción, serían salvos. 

Pero la herejía se hace patente aún en las asambleas que dicen tener el nombre de Cristo como norte y guía. Para estos herejes Adán fue apenas un ejemplo y no la causa de nuestro pecado heredado. De esta manera el hombre no se encuentra del todo muerto en sus delitos y pecados, sino que está enfermo y puede querer salvarse. Para ayudarlo, Dios se despoja por un momento de su soberanía y delega en la criatura la condición de libertad necesaria para que tome su decisión final. De esta forma cumplen con el adagio aprendido de ayúdate que yo te ayudaré. Y si Adán fue apenas un mal ejemplo, el segundo Adán, que es Cristo, sería un buen modelo a imitar. Por este sendero Jesucristo es apenas un guía al cual seguir, para lo cual el hombre se encontraría capacitado con su libre albedrío y su naturaleza no del todo muerta.

Dentro de esta herejía resulta lógico suponer que la predestinación de la que habla la Biblia debe ser prevista. Esto es, Dios miró a través del túnel del tiempo y comprendió que había un grupo de personas dispuestas a seguirlo y a aceptar la gracia propuesta. De esta forma los predestinó para que fuesen sus hijos. Es decir, la predestinación estaría condicionada a las buenas obras de los hombres (al menos a la buena obra de su decisión, de su entusiasmo por Cristo, de su inteligencia en comprender la oferta de salvación). Claro está, la herejía genera más herejía y ahora el evangelio no es el anuncio de Dios sino la oferta de Dios. Una oferta es como una proposición pública para que se acepte lo ofrecido como bueno, de manera que los seres humanos muestren su capacidad de elección de acuerdo a su entera libertad, sin coacción alguna.

Con esa idea perniciosa de la teología Dios es destronado aún de su propia libertad. Su plan eterno e inmutable no es sino un cuento de teología, de profetas mal hablados, porque en realidad Él no se propuso nada que no pudiera averiguar antes en los corazones de los hombres muertos. Pero hay más todavía, ya que el haber dicho que la humanidad entera murió en sus delitos y pecados fue un error de sus profetas. Y es que de acuerdo a la herejía planteada el hombre no ha muerto sino que tiene poder de decisión y espíritu de lucha. Aún el objetor bíblico catalogado como enemigo de  Dios, cuando se quejó por la injusticia de Dios en el caso de Esaú, si bien reconoció la soberanía de Dios (nadie puede resistirse a su voluntad) es puesto de lado. En realidad Esaú se perdió a sí mismo, como también lo hizo el Faraón, lo hizo Judas Iscariote, así como lo hizo la cantidad de réprobos en cuanto a fe destinados para tropezar con la piedra que es Cristo.

Dios tendrá, en consecuencia, que recoger su Biblia y reescribirla en los términos que el teólogo del libre albedrío la considere más coherente con su planteamiento.  Esta forma privada de doctrina (interpretación privada) ya ha sido anunciada en la Biblia. La ofrenda de Caín demuestra el grado ególatra del sacrificio. Este asesino pretendía ofrendar en base a sus esfuerzos, a sus obras, antes que por fe. En cambio, su hermano Abel ofrendó como quien se anticipa a lo que habría de venir (el Cordero de Dios). Como el Creador rechazó la ofrenda de Caín -al igual que rechaza cualquier esfuerzo humano como si fuese suficiente o coadyuvante para la redención del alma-, Abel fue asesinado por los celos de su hermano.

En realidad esto siempre acontece en medio de la congregación de los justos, que los disfrazados de ovejas embisten contra aquellos de quienes sienten celos. Siempre tratan de apagar la alegría del gozo de la salvación, demandando respuesta a los textos aislados y fuera de contexto que esgrimen como la bandera de su errónea doctrina. Ellos se comportan como los edificadores de la Torre de Babel, los que pretendían alcanzar los cielos para hacerse un nombre para ellos mismos. No era para hacerse un nombre para Dios, porque la gloria del hombre los gobierna. Es su decisión la que cuenta como soberana, no la decisión del Omnipotente que para ellos ni siquiera sabe nada a menos que lo averigüe a través del telescopio del tiempo. ¿Y dónde lo averigua Dios? Nada menos que en los corazones de los hombres que se dicen que no están muertos, que sí quieren buscar a Dios y que hacen lo bueno.

Pero se equivocan los que así piensan o son llevados por ellos. Es Dios quien se provee de cordero, es Dios quien se ha provisto del sacrifico que le satisfizo. De esta manera también juzga a todos aquellos que ofrecen su propio sacrificio como si fuese obra viva o válida. Es Dios quien nos encontró a nosotros, habiéndonos elegido desde antes de la fundación del mundo. Por esta razón envió a su Hijo para que redimiera a su pueblo (Mateo 1:21), de tal manera que aún el mismo Señor lo declaró antes de su expiación: No te ruego por el mundo (Juan 17:9). En este sentido, la Biblia maldice a los que confían en el hombre, a los que no ponen a Jehová como su confianza.

Aún los viejos fariseos se entretenían con esta herejía de las obras muertas, al tratar de embellecer la apariencia, como sepulcros blanqueados. Jesús un día les dijo que lo que contaminaba al hombre no era lo que entraba por su boca sino lo que salía de ella. El árbol bueno no da fruto malo, como tampoco el árbol malo puede dar buen fruto. La razón se demuestra por los frutos: de la abundancia del corazón habla la boca. Dime qué evangelio confiesas y te diré lo que tienes en tu corazón. El que no traiga la doctrina de Cristo no tiene ni al Padre ni al Hijo, a ese no hay que recibirlo en la casa, jamás hay que decirle bienvenido a la vida nuestra.

El hombre muerto en delitos y pecados debe nacer de nuevo para poder ver el reino de Dios (Juan 3:5).  Y de inmediato queda demostrado por las palabras de Jesús que eso no puede acontecer por voluntad humana alguna, sino solamente por voluntad de Dios. Pero Dios no hace nacer a toda criatura sino a los que quiso amar desde la eternidad, como a Jacob, sin que medie obra alguna, para que la salvación prevalezca por la elección. Es su acto soberano que nadie puede disputarle, de manera que los que se van por la tangente del argumento hacen filas voluntarias con el objetor bíblico. Aquel objetor levantado en Romanos 9 era mucho más coherente que sus similares de hoy en día, ya que admitió sin problemas que nadie podía resistirse a la voluntad de Dios. Los objetores modernos insisten en que pueden resistir al Espíritu de Dios si Él quiere salvarlos a la fuerza. Pero ellos se muestran voluntarios cuando levantan la mano, repiten una oración que llaman de fe o le piden a Dios que los inscriba en el libro de la Vida.

Dios hizo el pacto de salvar a sus elegidos, para lo cual envió a Jesucristo como sustituto en la cruz, habiendo tomado todos los pecados de su pueblo y no los del mundo por el cual no rogó. Esta redención nos es hecha cierta cuando como pecadores hemos oído el evangelio y el Espíritu de Dios nos ha despertado y nos ha hecho nacer de nuevo, como cuando Lázaro estaba en su tumba y hedía, pero escuchó la voz de quien era la resurrección y la vida. Son los méritos de Cristo los que han hecho posible esta salvación tan grande, jamás ha sido la disposición de los muertos en delitos y pecados lo que Dios mira. En realidad un muerto no dispone ni de su propio cadáver, de otra manera la gracia no sería gracia, sino salario en pago de la obra.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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