S?bado, 20 de abril de 2019

Aquel principio de la Escritura que señala que el que empezó la obra en nosotros la terminará hasta el fin, es semejante a otros enunciados que refieren a los decretos de Dios. Haber  amado a Jacob es un acto que nace en la eternidad, aunque su ejecución haya sido vista por nosotros en el tiempo. De igual modo el haber odiado a Esaú ocurrió antes de que éste fuese formado, mucho antes de que hiciese bien o mal, de manera que lo que vemos de ese otro hijo de Isaac sucede en nuestra historia como objeto del plan eterno e inmutable del Creador.  Porque el amor o el odio de Dios son completos, no se interrumpen y cumplen su objetivo.

Un Dios con el poder que posee hizo la tierra en seis días, aunque eso parezca un atropello contra la falsamente llamada ciencia. Para parecer más verosímil muchos apuntan a los millones de años que señala la hipótesis de la evolución, como si el universo se hubiese hecho a sí mismo o como si hubiese surgido de un acto fortuito. La Biblia es un libro que maravilla porque en él se muestra la sapiencia del Ser Supremo, con sus actos soberanos que no necesitan del permiso del hombre. Siendo este último una de las criaturas del Hacedor de todo, continúa en dependencia de la providencia divina. La libertad humana es un espejismo creado por el mismo Lucifer cuando le señalaba al hombre que sería como un dios.  Y a propósito de la tierra, si ésta tuviese tantos años como algunos argumentan, ya hubiese estallado en partículas como producto de la inmensa radiación contenida (si se hace el cálculo de la radiación que entra y sale actualmente en el globo terráqueo y se multiplica por una cantidad de años exagerada, se encontrará que es un imposible haberse mantenido sin estallar hace siglos atrás).

Los propósitos del Dios que conoce el final desde el principio no cambian. Sus enemigos dicen lo contrario, que Dios tiene metas circunstanciales, que Él cambia de acuerdo a los futuros que le son inciertos. Tal vez Dios tuvo que averiguar el futuro de la humanidad al mirar en los corazones humanos, para ver si alguien aceptaba sus proposiciones. En ese sentido, continúan asegurando sus opositores naturales, el Creador vio quiénes eran los que podían ser predestinados para redención eterna. En consecuencia los amó, habiendo dejado de lado a aquellos que previó que no lo seguirían jamás. Es decir, Dios tuvo que mirar en los corredores del tiempo para averiguar el futuro, pero al predestinar no aseguró nada de lo que ya era por sí mismo seguro.

Semejante aberración teológica solo puede tener un origen cierto, solo pudo provenir del padre de la mentira, desde el pozo del abismo. Porque aunque la Biblia insiste una y otra vez en que el hombre es malo y perverso, en que no hay quien busque a Dios, los amantes de la mentira aseguran que ellos tienen la habilidad de hacer lo bueno. De allí que su dios anuncia la buena noticia a los hombres de buena voluntad. Dios pasa a ser un mentiroso, en el crisol de Satanás, por haber dicho que el hombre está muerto en sus delitos y pecados. De igual forma es un falsario que se roba las ideas de los corazones humanos para darlas a sus profetas, como si les fueran propias.

Es decir, cuando Dios miró lo que habría de ocurrir descubrió la verdad que no sabía. Por esta razón nunca fue omnisciente, por lo que en su ignorancia tuvo que averiguar el futuro, para dejarlo saber a sus profetas como si le fuera propio. De igual forma el hombre pareciera no estar muerto sino simplemente enfermo, de forma tal que puede escoger su medicina por cuenta propia y aplicarla cuando así lo decida. Con esto en vista, la salvación no ha pertenecido nunca a Jehová sino que es un acto potestativo de cada ser humano. Por otro lado, el hombre atribuye al esfuerzo de Dios la capacidad de decisión dejada al arbitrio humano, ya que el Supremo Ser se despojó de su soberanía para permitir que el hombre libre decida su futuro.

Pero esto no es más que teología luciferina a discreción, cuando la doctrina de la predestinación es negada en su totalidad, limitándola tan solo al hecho de una previsión hecha por el Creador cuando mira hacia el futuro. Entonces uno debe preguntarse en base al respeto por la inteligencia, ¿para qué predestinar lo que ya es seguro que habrá de suceder por voluntad humana?

Las falacias argumentadas en la teología del otro evangelio, nos dan cuenta del ídolo que se llama libre albedrío, el cual el hombre no desea que se destruya. La ficción de vivir al abrigo de un dios que no puede salvar es el placebo que conduce al hombre en esta tierra, sin tener congoja por su muerte. Con ese artificio llamado libero arbitrio la humanidad socava las bases de los inmutables decretos de Dios, al afirmar que cada criatura hace lo que quiere y que no hay nada escrito que lo destine a uno u otro lado. Como si Dios tuviese que adaptar sus propósitos eternos a la contingencia aparecida en la actividad de los hombres. 

El hombre no tiene derechos ante Dios, el primer verso de la Biblia lo asegura al decirnos que en el principio creó el Señor los cielos y la tierra. Es decir, Adán fue creado y no consultado, por el despliegue de la soberanía absoluta del Creador. Es Dios quien tiene todos los derechos sobre su creación, quien jamás pensó en dar a otro su gloria. ¿De dónde ha sacado la criatura humana tal idea de poseer potestades ante su Creador? Es indudable que toda esa errónea concepción le vino de quien lo ilusionó con ser como Dios. El libre albedrío nace en la génesis del pecado, no en la génesis divina. En Génesis 17:1 Dios declara que Él es Omnipotente, que puede hacer cualquier cosa que se le ocurra. Ese Dios fue el que sacó a Abraham de Ur de los caldeos, el mismo que hizo que Jacob fuese hasta Egipto para cumplir de esa manera con lo que le había prometido el Creador a Abraham. Pero el que Dios sea amigo de sus escogidos no lo hace dependiente de ellos; al contrario, es la criatura creada quien debe juicio de rendición de cuentas ante su Hacedor.

La voluntad del hombre no previene la voluntad de su Creador en cuanto a lo que desde la eternidad se propuso. Existe una alineación de voluntades, ya que el réprobo en cuanto a fe no deseará jamás estar con el Dios vivo. El pretenderá querer estar a su lado, pero siempre bajo la impronta y el recuerdo del ídolo que se ha forjado. Un dios hecho a su imagen y semejanza será el compañero ideal del reprobado, pero para Jacob la búsqueda del Dios vivo le viene de natural por cuando su corazón ha sido transformado. Hay que reconocer a partir de las Escrituras que la elección y la reprobación no están fundamentadas en las cualidades de fe de la criatura.

Dios jamás ha deseado algo que no pueda realizar, de manera que los que son destinados para vergüenza y destrucción tampoco han sido deseados para amarlos. Cuando Dios reprueba a una persona ésta viene a ser reprobada, pero esa disposición de Dios proviene desde la eternidad. Si el Faraón fuese la causa de su propia perdición, así como si Judas fuese el autor de su propio destino, bien pudiera decirse que tanto Judas como el Faraón pudieron ser redimidos. Si tan solo hubieran cedido a la benevolencia de Dios, como si Esaú no hubiese sido odiado desde la eternidad. En realidad Judas y Faraón, así como Esaú y todos los demás réprobos en cuanto a fe, fueron creados con el propósito de exaltar la justicia y la ira de Dios en ellos.

Si miles de seres humanos mueren cada día y entran a una eternidad de felicidad o de miseria, sería un absurdo imaginar que Dios no haya fijado nada dentro de sus planes eternos e inmutables en relación a ellos. Dios no es negligente sino diligente. Cada cosa hecha en la creación, o que ocurre por providencia divina, fue ordenada para que aconteciera en esa precisa forma en que sucede. Aún la manera y la duración de cada ser humano en esta vida, el tiempo y la forma de su muerte, han sido fijadas por el Todopoderoso. A eso se llama también decreto divino, a la firme voluntad del Creador de ordenar todo cuanto acontece. Ciertamente, tiempo limitado tiene el hombre sobre la tierra, y sus días son como los días del jornalero … sus días están determinados, y el número de sus meses está cerca de ti: Tú le pusiste términos, de los cuales no pasará (Job 7:1 y 14:5).

Ahora bien, ¿cómo sabe Dios las cosas? El conocimiento previo de todas las cosas habita en Él de manera natural, sin tener que averiguarlo fuera de Sí mismo. Dado que no hay múltiples posibilidades de destino para las criaturas del universo, ha de entenderse que su manifestación es cierta y oportuna. La criatura es dependiente de su Creador y le debe rendición. No es Dios quien le debe a la criatura ni quien le ruega en alguna medida, más bien si el hombre no se humilla ante su Hacedor será resistido hasta la muerte. Y si eso aconteciere será tenido por cierto que así lo ha querido el Omnipotente Dios. Él está en los cielos y todo lo que quiso ha hecho (Salmo 115:3).

Entonces surge la pregunta del objetor, la más clásica de todas: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? (Romanos 9:19).  La única respuesta hallada en las Escrituras es que el hombre no es nadie para discutir con su Hacedor. Es como una olla de barro en manos de su alfarero, destinada para honra o para vergüenza, para el cielo o para el infierno. Así fue escogido Jacob y también su hermano Esaú, uno para gloria eterna y el otro para maldición perpetua. El uno fue amado pero el otro fue odiado. Esto lo hizo Dios antes de que fuesen creados, de manera que no depende de la obra de alguno para que sea salvado o condenado. Todo depende de la voluntad del Elector.

Por supuesto, esta declaración encontrada en las Escrituras ha sido un punto de tropiezo para muchos que, llamándose creyentes y demostrando rasgos de piedad, sucumben ante el impacto de la imposibilidad de protesta que tiene el hombre ante su Creador. Algunos llegan a separar la elección y la reprobación de la voluntad del Elector, como diciendo que la primera depende exclusivamente de Dios pero la segunda es consecuencia del pecado humano. Nada más alejado a la declaratoria bíblica, dado que en las páginas del Libro Sagrado se insiste en el derecho del alfarero sobre la arcilla. Fue antes de hacer bien o mal que Dios escogió a Esaú para mostrarle su aborrecimiento eterno, como fue antes de hacer bien o mal que amó Dios a Jacob. Es decir, el autor de la Carta a los Romanos fue explícito en decirnos que todo depende de la voluntad absoluta, eterna e inmutable del Creador. Los que se resisten a esa voluntad, o distorsionan las palabras declaradas, de seguro hacen fila con el objetor mostrado en esas páginas. Ninguno de los que han sido llevados por el Padre hacia el Hijo se irá tras el extraño, o tras el evangelio diferente (Juan 10:1-5). Ninguno de los que habitan en la doctrina de Cristo le dice bienvenido al que no trae tal doctrina (2 Juan 1:10), ni argumentará contra lo escrito por Pablo en su carta que dice: Porque no siendo aún nacidos, ni habiendo hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección, no por las obras sino por el que llama, permaneciese)... (Romanos 9:11). Pablo hablaba en plural de los gemelos hijos de Isaac, los cuales no habían hecho ni bien ni mal (ni siquiera habían nacido) pero ya Dios los tenía con destinos diferentes sin basarse en obra alguna (ni buena, ni mala), solamente fundamentado en el propósito de la elección.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 8:54
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios