Martes, 16 de abril de 2019

Dios quiso que su Hijo se diera a conocer al mundo a través de la lengua griega, antes que por medio del hebreo o arameo. Eso es demostrable por cuanto el Nuevo Testamento fue escrito en griego y no en lengua semítica. De igual forma, existía una profecía de Isaías acerca de cómo le hablaría Dios al pueblo de Israel. Un castigo terrible sufrió la nación apóstata, ya que fue por medio de lengua extranjera que se le predicó la buena nueva de salvación (en el día de Pentecostés). A partir de allí empezaba el azote del Israel desobediente, el que todavía no ha entendido como nación que Jesucristo es el Señor.

Pero hoy aparece en escena (aunque sus orígenes se remontan al siglo XIX) un grupo muy connotado de personas que se llaman Cristianos Mesiánicos, o Judíos Mesiánicos. Tal vez hay diferencia en ambos grupos, pero lo que nos compete toca a las dos partes religiosas mencionadas. Si la lengua griega fue la usada para la transmisión del mensaje, su traducción a diversas lenguas del mundo se hace en forma natural. No hay razón alguna para aducir que hubo un error en la inscripción del nombre del Hijo de Dios, ya que pese a que el entorno de Jesús era arameo y hebreo, lo que presume que hablara esas lenguas, la Biblia no ordena a tener que pronunciar su nombre en arameo o en lengua hebrea.

Aún los judíos que son evangelizados tendrán que comprender que el Yeshua que ha sido vertido así en su lengua de hoy proviene de una versión griega originaria. Es decir, el IESUS griego, traducido a muchas lenguas como Jesús, Jesus, etc., es el Yeshua de la lengua hebrea de hoy. Sin lugar a dudas que no podemos pretender corregir a los escritores bíblicos como para presumir algún respeto especial por la cultura hebrea. Más bien deberían los mesiánicos replantear su tesis, ya que el Dios de las Escrituras pensó en castigar a Israel a través de hablar ahora por medio de otras lenguas (Isaías 28 y 1 Corintios 14). El griego pasó a hacer la lengua usada del evangelio, ya que la diáspora judía no disponía del uso de su lengua nativa para este importante anuncio para todas las naciones.

El nombre Jesús no es en nada blasfemo o incorrecto, como para que lo cambiemos por Yeshua. Dejemos que los hebreos le digan como quieran en su lengua nativa, porque ese es su derecho de traducción. Nosotros -el resto del mundo- conocemos el nombre de Jesús de acuerdo a nuestra lengua, a como se ha traducido a partir del vocablo griego Ιησούς. De todas formas importa el sentido del término, de acuerdo a lo que escribió el evangelista: Llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Ese Jesús es Ιησούς, de manera que si Dios quiso dar a conocer a su Hijo a través de la lengua griega nos atenemos a su traducción, los que no tenemos el griego como lengua nativa.

Pero el atrevimiento de estos grupos llamados mesiánicos va más allá del nombre Jesús. Ellos pronuncian frases en hebreo o arameo a discreción, con lo cual pretenden dar una atmósfera de erudición y de espiritualidad, respeto y sabiduría, frente a los que son incautos y los escuchan. Jesús es Yeshua ben Yosef, (Jesús hijo de José), Ruaj Hakodesh es el Espíritu de Dios o el aliento de Dios, el Mesías es el Mashiaj, Elías es Eliyah, y así por el estilo. Pero esto da como resultado un discurso extravagante, seguido de una pedantería propia de un pueblo que se cree superior a los demás. Como si ellos tuviesen la lengua para hablar con Dios, o para hablar de Dios, como si Dios no se hubiese interesado en las naciones (los gentiles) y no les hubiese hablado a los hebreos en lengua extranjera (el día del Pentecostés). Repetimos, está muy bien que tengan ellos su lengua, que traduzcan a su lengua materna la Escritura, pero no debemos nosotros dejarnos influenciar por su intento de colocar el hebreo como si fuese la lengua en la cual se escribió el Nuevo Testamento. De hecho eso lo afirman muchos entre ellos, al decirnos que el Nuevo Testamento griego no fue más que una copia del evangelio escrito en su propia lengua semítica.

Podemos comprender que esta manera de imponerse como los auténticos creyentes porque tienen la auténtica lengua no es más que otra forma de judaizar. Reconocemos que la Biblia no nos manda a pronunciar o a escribir el nombre de Jesús en lengua hebrea, o en griego o en cualquier otra lengua. Podemos pronunciarlo o escribirlo en nuestra lengua nativa, pero aún así no basta. Más bien hemos de creer en su nombre, si es que hemos sido llamados por su gracia a su reino, como también hicieron aquellos hebreos en el día de Pentecostés: Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan? ¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido? Partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia,  en Frigia y Panfilia, en Egipto y en las regiones de Africa más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto judíos como prosélitos,  cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios (Hechos 2:7-11).

En la ley está escrito: En otras lenguas y con otros labios hablaré a este pueblo; y ni aun así me oirán, dice el Señor (1 Corintios 14:21; Isaías 28:11).

El don de lenguas tenía el propósito de evangelizar a personas que hablaban idiomas extranjeros, pero los corintios lo estaban tergiversando. El uso que le daban en su aberración teológica era el edificarse a sí mismo (como el de alguien que gana estatus ante los demás). ¿No hay detrás de ese intento de colocar nombres en hebreo o arameo en nuestras lenguas nativas un desmán como el que hicieron los corintios?  Que hablen ellos su lengua nativa, ya que Dios entiende todas las lenguas, pero nosotros hablaremos la nuestra. Eso de asumir que es más espiritual que otra una determinada lengua, es un peligro de desvarío y hasta de presunción de estar un escalón más elevado que los que la desconocen. Recordemos que así funcionan las sociedades secretas, con nombres impronunciables, nombres escondidos, para incrementar la curiosidad y aprehensión en el prosélito. Hemos conocido a Jesús a partir de la lengua griega, de manera que aún los israelitas de hoy día tienen el conocimiento del evangelio que proviene originalmente del testimonio dejado en lengua griega (lengua gentil).

Dios les sigue hablando a ellos en lengua de tartamudos (como dijera Isaías), en lengua extranjera, más allá de que ellos pretendan traducirla a su lengua nativa y con ello argumenten que ese mensaje fue escrito por primera vez en su original arameo o hebreo. Por otro lado, la Escritura no superpone una lengua a otra, como si a través de ella fluyera mejor el mensaje divino. El mensaje sigue siendo el mismo en cada lengua, con el llamado a arrepentirse y creer en el evangelio. El arrepentimiento implica un cambio de mentalidad respecto a quién es Dios y quiénes somos nosotros, mientras creer el evangelio nos lleva a reconocer que Jesús murió en beneficio de su pueblo (tanto judío como gentil), de acuerdo a Mateo 1:21, Juan 17:9, Juan 6:44, entre tantos otros textos.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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