S?bado, 13 de abril de 2019

Por el reino de los cielos debemos entender el evangelio en la tierra (como también lo dice Gill en sus Comentarios). Ese evangelio viene del cielo, declara el reino del Mesías, habla del reino del Señor y es también el medio por el cual el pecador oye el mensaje de Dios. ¿Cómo invocarán  si no han oído a quién invocar? ¿Cómo oirán sin haber quien les predique? (Romanos 8). Las llaves son el concepto clave en estas palabras de Jesús a Pedro, consiste en la clave, la habilidad doctrinal para exponer las buenas nuevas de salvación. No en vano Pedro inaugura en Pentecostés con un discurso inspirado por el Espíritu Santo el establecimiento de la Iglesia de Cristo. Este evangelio anunciado primero a los judíos (Hechos 2:14-36) y después a los gentiles (Hechos 10:1) lo hizo Pedro, si bien también los demás discípulos participaron como les fue dicho a todos en la gran Comisión del Señor: Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo (Mateo 28:19-20).

Este mensaje de Jesús no establece la superioridad de Pedro como apóstol, ni lo hace a él ser el portero del redil de las ovejas (Juan 10:1-5). Jesús es quien tiene las llaves del Hades y la muerte, pero los apóstoles todos se encargaron de su anuncio para abrir el reino de los cielos primeramente a los judíos. Poco tiempo después se incorpora Pablo como enviado hacia los gentiles, en esta apertura del reino de los cielos a quienes habían tenido el entendimiento entenebrecido por siglos enteros, entregados a su cultura pagana e idólatra (Romanos 1). El reino de los cielos se les abriría a los que habiendo sido enseñados por el Padre aprendieron y creyeron. Las puertas de los cielos se cerrarían a los que nunca oyeron el evangelio, y a los que habiéndolo oído amaron más la mentira que la verdad.

Esta proposición de Jesucristo no niega en lo más mínimo todas sus declaraciones previas recogidas en los evangelios. Solamente los enviados del Padre son enseñados por Él y habiendo aprendido van hacia el Hijo. Son éstos quienes tienen las puertas abiertas; los demás, los que no son enviados ni enseñados por el Padre (como Esaú, de acuerdo a Romanos 9) tienen esas puertas cerradas.

ATAR Y DESATAR

El concepto de atar y desatar está presentado en Mateo 16:19 y 18:18, cuando Jesús habla directamente con Pedro e indirectamente con los demás apóstoles. El atar y desatar era propio de la comunidad judía, para ejemplificar algo que se consideraba prohibido o permitido.  Pedro tendría la autoridad general de entrar en el reino que sería anunciado, de proclamar esa gran verdad de manera que desataría o abriría la palabra inspirada para los creyentes (o los que creerían) y cerraría o ataría esa palabra para los incrédulos permanentes. Sin que usurparan el señorío de Cristo, los apóstoles ejercieron la disciplina en la Iglesia. Ellos podían excomunicar (excomulgar) a los creyentes de la sinagoga a la que pertenecían. En Mateo 18:15-20 se ve mejor esta disciplina de la que hablamos, conjuntamente con el hecho de ponerse de acuerdo en algo sobre la tierra, lo cual sería también el atar o no atar, el desatar o no desatar. Este contexto dibuja con un mayor contexto lo dicho por el Señor, lo cual no iba dirigido solo a Pedro (en tanto que haría la apertura del reino en Pentecostés) sino a sus demás discípulos que conformarían su iglesia y extenderían el reino en esta tierra.

Entonces, el atar y desatar está vinculado también en el mismo discurso de Jesús con el hecho de otorgar las llaves del reino. Todo eso fue dicho por Jesús en tanto el Padre le hubo revelado a Pedro que él era el Cristo, el Hijo de Dios. Leemos en Isaías 22:22 lo que puede darnos más luz al respecto: Y pondré la llave de la casa de David sobre su hombro; y abrirá, y nadie cerrará; cerrará, y nadie abrirá. Aunque este texto hace una referencia específica a un personaje histórico del momento, hay un sentido místico por igual. Es Cristo quien tiene esas llaves (Apocalipsis 3:7) las cuales abren y ninguno cierra, pero cierra y ninguno abre. Cristo tiene el gobierno de su iglesia sobre sus hombros, abre los tesoros de sus ministerios, de su palabra, de su gracia y conocimiento. Pero también cierra ese tesoro a quien él quiera cerrarlo, como también está escrito en Romanos 9 que de quien quiere tiene misericordia (le abre el reino) y a quien quiere endurecer endurece (le cierra los tesoros de la palabra del evangelio).

No se trata de que Pedro y los demás apóstoles pudieran cerrar a merced de ellos el reino de los cielos, sino que como instrumentos de Dios cumplirían tal voluntad. De la misma manera podría decirse respecto a los dones especiales, que no por administrar sanidad lo harían arbitrariamente en quienes quisieran administrarla. Más bien eran guiados por el Espíritu de Dios para tal ministerio, y no se ve a ninguno otorgando enfermedad alguna como si cerraran la salud de alguien por cuenta propia. Pablo una vez cegó a una persona que le era incómoda en su predicación del evangelio, pero eso lo hizo porque el Espíritu de Dios lo guió a esa actividad sobrenatural. Por cierto, el hecho probatorio de lo que acá decimos descansa en que estos dones especiales cesaron, de tal forma que vemos al apóstol para los gentiles tener menguado ese favor. El le recomienda a Timoteo tomar vino y no agua, por causa de su estómago. Asimismo, hay otros amigos y hermanos a quienes ha dejado enfermos. Vemos que no fue a capricho de los apóstoles el poder sanar o ejecutar algún otro milagro.

No olvidemos que el reino de los cielos significa la iglesia en la tierra. Las llaves del reino de los cielos dadas a Pedro significan la apertura de la Iglesia en Pentecostés. Como ya dijimos, este poder también le fue dado a los demás apóstoles (Mateo 18:18), si bien la única preeminencia de Pedro fue la inauguración de la Iglesia. De acuerdo a un comentario de Mattew Henry al respecto, leemos que recoger leña el sábado estaba atado para la escuela de Shammei, esto es, prohibido. En cambio, para la escuela de Hillel estaba desatado, esto es, permitido.  Bajo aquella figura del atar y desatar de los judíos actuaron los apóstoles con la iglesia naciente, a la que dieron directrices para su administración (dotados del don de Dios para tales fines). Recordemos que aquellos apóstoles ordenaron para los gentiles el abstenerse de fornicación y de comer lo sacrificado a los ídolos, así como exigieron la abstención de carne de animales ahogados y de ingerir sangre animal (Hechos 15:20 y 29).  De igual forma Pablo dio diversas ordenanzas para las iglesias de los santos.

Los apóstoles, habiendo hecho referencia a ritos y ceremonias, jamás ataron o desataron a personas o almas. Su función fundamental en el atar y desatar estuvo circunscrita a la administración de la naciente iglesia. No obstante, la predicación del evangelio ata o desata la liberación de la cautividad de las tinieblas, ya que si en algunos libera en otros endurece para mayor condenación. Así ha sido la voluntad de Dios desde siempre, como hemos aprendido del Antiguo Testamento cuando el Señor endurecía el corazón de algunas personas, incluyendo algunos reyes, para luego proceder a destruirlos por sus pecados.

Entonces, por lo ya dicho, no nos hagamos falsas ilusiones de desatar bendiciones para nosotros mismos. Tampoco pensemos en atar las maldiciones o a los espíritus inmundos, como si ese fuese un don otorgado a nosotros. Más bien debemos sostener que quien tiene las llaves del infierno y de la muerte (Apocalipsis 1:18, compárese con Apocalipsis 3:7) es el único que admite o rechaza personas para entrar o no entrar al reino de los cielos. En Juan 20:23 el Señor le dice a los apóstoles que a quienes perdonen los pecados les serán perdonados, pero a quienes se los retengan les serán retenidos. Esta autoridad otorgada se interpreta bien al abrigo de lo que Jesús explicó en Mateo 18:15-18. Si alguien se llama cristiano y comete pecado en la iglesia, habiendo sido instruido del mismo conforme a lo dicho en el texto de Mateo 18, si no se arrepintiere, deberá ser tenido como alguien que no es digno de pertenecer a la institución ante la cual cometió la infracción.

Eso que habló Jesús refiere a la disciplina de la Iglesia, en tanto que los creyentes que han edificado sobre el fundamento que es Cristo serán evaluados de acuerdo a los materiales con los cuales construyeron. En algunos su obra será quemada -estos pueden ser los no dignos de ser partícipes de la Iglesia en esta tierra- si bien los mismos serán salvos como de un fuego. La salvación es por gracia de Dios, no por obra buena que hagamos. Las buenas obras nos siguen, porque demuestran la transformación que ha sido hecha en nuestros corazones. No hay un solo creyente que no haya hecho alguna buena obra como consecuencia de su redención, incluso el ladrón en la cruz dio la buena obra de la confesión pública de su arrepentimiento. No hay tampoco ningún creyente que habiendo creído no cometa pecado, o pecados atroces. Ejemplo de ello tenemos al apóstol Pablo con su declaratoria hecha en Romanos 7.

Finalmente, tengamos en mente que aunque se nos señale como indignos del reino de los cielos, si fuimos llamados y la falsamente iglesia nos acusa, es el Señor el que ha venido para juicio a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, sean cegados (Juan 9: 39).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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