Jueves, 11 de abril de 2019

El nombre del libro de la Biblia llamado Éxodo deriva de la Septuaginta, de acuerdo al Códice Alejandrino. Por fuera del camino, hacia afuera, la salida, podría ser el significado literal de ἔξοδος, si bien en el hebreo su significado es diferente: Nombres, en referencia a como comienza la narración. Su autor es Moisés, quien en el relato presenta una secuencia de lo que había dicho antes sobre el génesis de la creación. La historia allí narrada encierra un tiempo de 145 años, para revelar la naturaleza de la asamblea judía en tanto nación, así como en su política y cimiento religioso. Refiere los comienzos de la sociedad organizada de los hebreos en una Teocracia, un gobierno de Dios hacia su pueblo.  Ese pueblo, por cierto, ha sido llamado también el pueblo del libro.

Jehová es el nombre con el que Dios se revela a Moisés, cuyo significado hace referencia al Dios que es y el que hace posible todas las cosas. Hay eventos narrados que muestran la conducta moral de ese pueblo, junto a ritos y ceremonias que se interconectan unos a otros. Escritos paganos cuentan ciertos actos presentados en ese libro, dándole veracidad externa a lo allí contado. Los milagros de Moisés que fueron imitados por los nigromantes Janes y Jambres son unos de los hechos documentados en la literatura pagana. Aunque ese libro no hace referencia a ellos con esos nombres, la literatura judía tradicional y la pagana en general los mencionan. Esta podría ser la razón por la que Pablo se refiere a ellos (2 Timoteo 3:8), tal vez apelando a la documentación colateral judía. Muchas fábulas del paganismo también dan cuenta de lo que la tradición guardó de estos eventos relatados por Moisés.

La estructura del libro presenta a Israel en Egipto, dando cuenta de su opresión y de su liberación. Asimismo, se menciona el método usado por Dios para sacar a su pueblo de la esclavitud egipcia, que fue el empleo de las plagas enviadas. Como parte del andamiaje que conforma el libro se hace referencia al pasaje de Egipto hacia el Sinaí. En ese monte Moisés informa entre otras leyes las referentes a la Pascua, un concepto clave en la expiación de los elegidos de Dios. Se expone el cántico de Moisés, un canto de liberación por haber cruzado el Mar Rojo (Exodo 15:1-19). Finalmente, el libro habla del Pacto propuesto en el Sinaí, Los Diez Mandamientos y de las instrucciones de Dios sobre el Tabernáculo para el servicio santo. 

Como es costumbre en la Biblia, los pecados del pueblo no se esconden. El Becerro de Oro representa la gran caída espiritual de una nación impaciente e ignorante que tuvo que sufrir un gran castigo por su pecado. Los milagros de Moisés son un testimonio de él como profeta, como mensajero del Señor, lo cual también sucedería después con Josué su heredero. Estas señales maravillosas son un signo inequívoco de que el mensaje y el mensajero provenían de Dios. Algo parecido ocurrió muchos años más tarde con Elías y Eliseo, enviados para la restauración espiritual de Israel. Siglos después, Jesucristo fue autenticado como el Mesías, con grandes prodigios y señales que también acompañaron a sus apóstoles. Estos milagros especiales solo ocurrieron en tres oportunidades muy pertinentes en todo el relato bíblico, como una señal de la intervención particular de Dios en favor de su pueblo.

El libro presenta un paralelismo con lo acontecido en la peregrinación de Israel y lo que ocurre en el alma del creyente. Tenemos ríos y mares que cruzar, enemigos que confrontar, castigos del cielo que recibir. Pero en cualquier circunstancia de vida vemos la mano del Señor que actúa oportunamente en el proceso de redención. La esclavitud de Egipto representa la atadura en el pecado, Moisés es un prototipo de Cristo, el Libertador. Por medio de la palabra revelada somos transformados para huir de las penumbras satánicas, para escapar de las prisiones de ignorancia espiritual. Vale mucho el leer ese libro prestando atención a los eventos ocurridos, con el pensamiento de que no son solo relatos históricos sino una vívida representación de lo que nos ocurre en el día a día en nuestro espíritu. El desierto del Éxodo viene a ser como la soledad del alma que no haya solaz en medio de las vicisitudes del mundo.

La cronología de esta escapada de Egipto se sitúa en el año 1491 antes de Cristo, una vez que se cumplieron los 430 años de esclavitud de los israelitas (Génesis 15:13-14; Éxodo 12:40-41; Gálatas 3:17). Los hijos de Israel fueron extranjeros en la tierra desde que Abraham dejó su hogar en busca de la Tierra Prometida. Durante ese tiempo no gobernaron la tierra, al ser Egipto el emblema de su esclavitud (más allá de que allí solo pasaron 400 años, mientras los otros 30 que refiere la Biblia también fueron de peregrinación en el mundo). Las diez plagas enviadas marcan el inicio de la liberación de Israel, mientras la muerte de los primogénitos egipcios como última plaga hizo que el Faraón urgiera a los israelitas a salir de su tierra. Tres días más tarde los hebreos acamparon en el Mar Rojo, pero cuando el Faraón se lanzó con sus guerreros contra ese pueblo Dios dividió las aguas y destruyó al perseguidor con su ejército.

La posteridad de Jacob en Egipto, en la tierra de Gosén, se había visto sometida después que hubo un cambio de gobernante bajo una nueva dinastía faraónica. Sin embargo, Dios tenía preparado a Moisés (el rescatado de las aguas) para darle una educación privilegiada en la casa del Faraón. Ese carácter forjado en la casa del gobernante lo preparó de tal forma que cuando tuvo que huir de su hogar sumó lo en casa de Madián. El mandato de Jehová a Moisés era que sacara a su pueblo de allí, advirtiéndole que Él endurecería el corazón del Faraón para que no lo dejara ir. Esta referencia histórica es presentada teológicamente por Pablo en su Carta a los Romanos, en el capítulo 9, donde nos habla de la voluntad de Dios en levantar al Faraón para que Su nombre fuese recordado en toda la tierra.

El Faraón es el prototipo del Opresor, de los réprobos en cuanto a fe, quien junto con Esaú, en la Carta a los Romanos, son considerados vasos de ira preparados para destrucción, para mostrar en ellos el juicio de Dios por el pecado. La institución de la Pascua, narrada en el libro, es también el símbolo de lo que haría Jesucristo, quien es también tenido como nuestra pascua. La sangre de los animales sin mancha en los dinteles de las puertas hizo que el ángel que venía a matar pasara por alto su castigo, en las casas que tenían tal señal. De igual forma, la sangre de Cristo representa la paga por su trabajo sustituto en favor de su pueblo escogido, que no sufrirá el castigo por el pecado que ya Jesucristo expió.

Si la Pascua fue un acto hecho en pro de una nación particular, que dejaba por fuera   a Egipto como representante del mundo sin Dios, de la misma manera la ofrenda hecha por el pecado por parte de Jesús el Cristo fue hecha en exclusiva por su pueblo (Juan 17:9; Mateo 1:21; Juan 6:44). De una nación esclava se pasa a una nación redimida (liberada de la esclavitud), para que más tarde sea colocada aparte para consagrarla en los mandatos morales y políticos de acuerdo al servicio a Dios. Se evidencia en el relato un claro paralelismo entre el éxodo de los hebreos y la liberación del alma del creyente.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 17:30
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