Martes, 09 de abril de 2019

Después del pecado de Adán el hombre quedó en la expectativa del castigo por el pecado. Entendemos que cuando Abel murió empezaba a cumplirse aquello de la muerte anunciada en el Edén, habiendo sido asesinado por su hermano y pese a que había agradado a Dios con su ofrenda. Por regla general los seres humanos mueren, como una consecuencia de la maldición traída por el primer hombre. Muchas rebeliones se suscitaron contra Dios y fue mucho el castigo sufrido por los habitantes de la tierra. Cuando Dios hubo señalado un pueblo como portador de su mensaje, comenzó a patentarse la revelación escrita que para el hombre tenía el Creador. En esos escritos se hablaba en gran medida de la venida del Redentor del hombre, de la esperanza concreta para evitar la muerte segunda.

La muerte segunda es la muerte eterna, la que sufren todos aquellos que son llamados réprobos en cuanto a fe. Venido Cristo, la exclusividad de portar el mensaje fue quitada al mundo judío y dejada en manos de los gentiles. Los que no eran el pueblo de Dios fueron llamados su pueblo, siempre que anduvieran por medio de la fe en Jesucristo. Dios amó de tal manera al mundo que le dio a su Hijo para que todo el que es creyente no se pierda sino que tenga vida eterna, pero los que no reciben a ese Hijo ya han sido condenados. Ese recibir a Cristo no puede hacerse por la vía de la libertad humana, ya que el hombre es llamado esclavo del pecado. De igual forma ha sido declarado muerto en sus delitos y pecados, de manera que le hace falta nacer de nuevo o un nuevo comienzo.

Esa muerte segunda es la del espíritu, la que tuvo Adán por su pecado y la que heredamos todos como germen transmitido. En realidad toda la humanidad ha muerto en el espíritu y solo los que Dios ha resucitado estamos vivos. Jesús hablaba con Nicodemo, un maestro de la ley, a quien instruía sobre los planes del Creador en relación al amor hacia el mundo gentil, el cual sería incorporado en el plan de salvación. Claro está, en ese término mundo ahora se hacía por igual una referencia a la sumatoria de los escogidos judíos o israelitas y a la sumatoria de los escogidos del mundo gentil (los no judíos o no israelitas). Un conglomerado de personas vendría a escuchar el evangelio del reino de los cielos, el que fue anunciado por Jesús y por sus apóstoles, el mismo que fue pregonado en el Antiguo Testamento. Solo que ahora ya había venido aquella promesa anunciada en Génesis 3:15, el Hijo del Hombre que quitaría el pecado del mundo.

¿Cuál mundo es ese del que nos hablaba Juan el Bautista? Ese mundo es el grupo de los escogidos y no cada miembro de la humanidad. Si recordamos lo que dijo Jesús la noche antes de su crucifixión, comprenderemos mejor el sentido de esa expresión mundo.  El Señor dijo que agradecía al Padre por los que habían creído en él y por los que creerían por medio de  la palabra de aquéllos. De inmediato agregó en forma muy específica, como la de alguien que quería enfatizar en el objeto de su misión en esta tierra, que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). Es decir, Jesús no podía salir al día siguiente a tomar el madero para morir por ese mundo por el cual no rogó la noche anterior. El Señor moría solamente por los elegidos del Padre, por las ovejas que le había dado y que eran suyas.

Suena lógica esa proposición, ya que la humanidad entera está muerta en delitos y pecados, de manera que no puede ni ver, ni oír, ni gustar las cosas del Espíritu de Dios. Le hace falta un nuevo inicio, un nacer de lo alto por medio del Espíritu, pero eso no puede ser jamás por voluntad de hombre alguno. En otros términos, a la caída de Adán todos murieron, pero con la muerte de Cristo todos viven, en el entendido de que estos últimos pertenezcan al conglomerado de los que el Señor representó en la cruz (Juan 17:9; Mateo 1:21).

El hecho de que el apóstol Juan haya escrito que Jesucristo es la propiciación por los pecados de todo el mundo no implica que él creyera que Jesús hubiese muerto por cada individuo de la raza humana. Juan fue testigo de lo que escribió en su evangelio por lo cual estaba muy claro en cuanto al objeto de la muerte del Mesías. Más bien el apóstol se refiere al conjunto de iglesias judías y gentiles. Recordemos que él era pastor para los creyentes judíos (principalmente) y cuando escribe la carta les dice que no solamente nosotros (ellos como judíos) estamos allí incluidos sino también los gentiles.

Ya hemos aprendido en otras oportunidades que el vocablo todo y mundo son muy particulares en la Biblia. De igual forma lo es el vocablo conocer. Se depende del contexto para comprender a cabalidad los tres términos señalados, si bien todo lo que se escribió en la Biblia también tiene dependencia contextual y gramatical. Pablo dijo: Todo lo puedo en Cristo que me fortalece, pero no podía huir de la prisión a la que Cristo lo había enviado, no podía dar un salto y extender sus brazos para echarse a volar, no podía enviar unos ángeles para predicar el evangelio a gran voz desde los aires, tampoco podía adelantar la llegada del internet para anunciar su evangelio. Vemos que son muchas las cosas que el apóstol no podía hacer en su momento, a pesar de su frase tan conocida. Y es que el todo -como cualquier otro término de la lengua- depende del contexto en que se diga o se escriba. La impotencia de Pablo (incluyendo sus cadenas) no invalidaba el uso del término, más bien lo acentuaba. Porque cualquier creyente conoce que en Cristo todo es posible, sin que eso que sea posible tenga que suceder por fuerza. El hombre convertido a Dios sabe que debe sumisión a Su voluntad, por lo que el Creador no hará nada que vaya contra sus designios eternos.

Si la Biblia nos ordena probar los espíritus para ver si son de Dios, tenemos esa responsabilidad de probarlos. No podemos intimidarnos por las maledicencias que se lanzan contra la voluntad de verificar si quienes hablan con nosotros son o no son de Dios. Una cosa es ser contencioso de espíritu, como para andar en la pelea con todo el mundo, pero otra muy distinta es estar seguro de quiénes son los que vienen en el nombre de Cristo, para saber qué es lo que confiesan. El árbol bueno no dará un mal fruto, pero el árbol malo tampoco podrá dar un fruto diferente a su naturaleza. Es decir, los espíritus que no son de Dios confesarán un falso evangelio, ya que no pueden dar un buen fruto.

El nuevo inicio es posible para aquellos que Dios llama oportunamente, para los que fueron apuntados para vida eterna desde antes de la fundación del mundo. Sabemos que Roma es contraria a esta teología bíblica, aunque también lamentamos que muchos que se suponen tenían mejor luz que la que hay en esa sinagoga ahora hacen eco de las enseñanzas del papado. Roma maldice a todo aquel que no confiese el libre albedrío humano, como un aliado para optar a la salvación eterna. Roma maldice a los que siguen las Escrituras en aquello de la predestinación absoluta de Dios. En Roma se enseña que si hubo predestinación fue porque Dios vio desde antes en los corazones de las personas lo que ellos decidirían libremente. Para ello los jesuitas han elaborado la teoría de la gracia habilitante, la que se supone Dios otorga despojándose por un momento de su soberanía, de manera que el hombre decida libremente su destino (a manera del justo medio aristotélico).

Pero eso no es lo que enseña la Biblia, como también lo saben todos aquellos que han tenido un nuevo comienzo espiritual en esta vida. El Espíritu es el que da vida (no es por voluntad de varón sino de Dios) a los que antes estuvieron muertos en delitos y pecados. Si muertos, no fueron capaces ni siquiera de ver la medicina para tomarla, ya que es Dios el que produce el querer como el hacer, es Él quien llama de entre los muertos a quienes Él quiere dar vida. Nadie puede ir a Cristo si el Padre no lo lleva (Juan 6:44), de manera que los que no van al Hijo es porque el Padre no los ha enviado. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? ¿Quién puede resistir a su voluntad? La respuesta que la Escritura da es muy sencilla, que el hombre no es nadie para discutir con su Hacedor, el cual hace con la misma arcilla unos vasos para honra y otros para deshonra.

Los que se sublevan a este planteamiento de la Biblia lo hacen como prueba de que no están dando buen fruto. Será entonces que no les ha amanecido Cristo todavía. La regeneración es la gracia por medio de la cual el Espíritu de Dios saca a un pecador de la muerte espiritual y lo lleva hacia la vida espiritual.  Asimismo, el Espíritu le quita el viejo corazón de piedra y le implanta uno de carne, para que ame los estatutos del Señor. De esta manera el pecador llega a ser una nueva creación, muerto al pecado pero vivo para Dios por medio de Jesucristo. Esa gracia regeneradora es irresistible (nadie puede resistirse a la voluntad de Dios -Romanos 9: 19), si bien el evangelio es anunciado a muchos y no son pocas las personas que rechazan el anuncio. Pero cuando Dios despierta a un pecador no hay fuerza humana o espiritual que pueda contender con esa voluntad eterna e inmutable del Padre celestial (Jeremías 24:7; Ezequiel 11:19-20; Ezequiel 36: 25-27). Porque el Señor no trabaja por medio de ejércitos, por fuerza de corazones, sino por medio de su Espíritu (Zacarías 4:6).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 8:41
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