Viernes, 05 de abril de 2019

La mayor parte de los textos de la Biblia donde aparece Dios deseando el bienestar de los humanos, prometiéndoles felicidad bajo la condición de obediencia, hace referencia a los judíos en Canaán sin que medie la asistencia de la gracia salvadora (Deuteronomio 5:29; 32:29; Salmo 81:13; Jeremías 6:8, entre otros). Si quisiereis y oyereis, comeréis el bien de la tierra; si no quisiereis y fuereis rebeldes, seréis consumidos a espada: porque la boca de Jehová lo ha dicho (Isaías 1:19-20). El perdón y la salvación nunca se aseguran bajo promesa de obediencia de alguno, más bien bajo el efecto de la fe -siendo ésta un fruto de la regeneración y no una condición de ella. Efesios 2:8 habla de la fe como mecanismo de acción, un regalo junto con la salvación que es por gracia.

El evangelio jamás ha dicho que Dios se propuso salvar a toda la humanidad, sin excepción, más bien señala que salvará a una manada pequeña (Mateo 7:13-15, 23; 20:16; 22:14; Lucas 12:32-40). Pero Jesucristo es capaz de salvar al más vil pecador, por lo que cualquiera puede seguirlo si es llamado por él. La elección precede a la aceptación de Jesucristo, puesto que la condición de oveja viene antes del deseo de ir hacia él. La influencia del Espíritu y el escuchar el evangelio hacen que la invitación se extienda hacia aquellos que tienen oídos para oír y ojos para ver. Esa es la seguridad que se otorga a la persona a través del nuevo nacimiento para que acuda a beber del agua para vida eterna.  

Hay una declaración que Jesucristo hizo ante una multitud que lo seguía, la cual constituye el elemento principal de su argumento. Es en realidad una premisa mayor ante la cual las demás premisas que le siguen deben estar atadas para que la conclusión general sea válida. Ninguno puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trajere (Juan 6:44). La gracia eficaz debe ser ejercida para que el pecador venga a Cristo, por eso la segunda cláusula del verso citado es la restricción fundamental: si el Padre no lo  trajere (a no ser que el Padre lo traiga). La persuasión del Espíritu no se basa en las señales y prodigios que hizo Jesús, ni en sus discursos éticos, sino que hace referencia al poder especial del Padre que instruye sobre el Hijo para que el pecador confíe en su oficio de redentor. Esta operación no la hace el Padre en toda criatura sino en sus elegidos.

Los elegidos son las mismas personas por las que Cristo murió en la cruz, los mismos individuos que hace nacer de nuevo el Espíritu. La economía divina no permite desperdicio alguno sino que proporciona certeza absoluta en el redimido. El que Dios Padre arrastre hacia Cristo (el Hijo) hace que la criatura se manifieste voluntariamente en el día del poder divino (Salmo 110:3; Isaías 54:13; Jeremías 31:34; Miqueas 4:2). Uno de los mecanismos de este arrastre divino es el alumbrar el entendimiento, el darle un corazón nuevo a la criatura, el atarlo con cuerdas de amor. En realidad es un trabajo fácil para el Padre, imposible para el hombre. De allí que se haya escrito que nadie puede resistirse a la voluntad de Dios (Romanos 9:19).

Numerosas objeciones se levantan contra la palabra revelada. Ya conocemos al objetor mostrado por Pablo en Romanos 9:19, pero hay más como el descrito en esa carta. El argumento general de los objetores gira en torno a la naturaleza de la santidad de Dios que no debería permitir (de acuerdo a algunos teólogos) u ordenar el pecado (en realidad Dios dice de Sí mismo que Él hizo el mal y así lo afirman muchos de sus profetas y escritores bíblicos, por ejemplo: Amós 3:6 y Proverbios 16:4). El argumento oscila en que Dios no puede exigir santidad a los hombres sumergidos en el pecado, ya que Él tiene el propósito eterno e inalterable de hacer que muchos de ellos no puedan ser santos (los réprobos en cuanto a fe destinados para ese propósito). Es la misma objeción que se hace a su justicia, ya que si Él es Todopoderoso, ¿por qué no confina a los demonios a la cárcel? ¿Por qué no ha eliminado de un todo el pecado en la humanidad?  Siempre habrá alguna objeción que la naturaleza caída del hombre pueda hacer, como para justificar su conducta que considera inevitable.

Dios se glorifica en el pecado -para eso levantó a Faraón, para mostrar la gloria de su ira y justicia. También Dios se glorifica en los que envía hacia el Hijo, los cuales ha elegido desde la eternidad sin miramiento a sus obras (buenas o malas), para mostrar la gloria de su misericordia. La gloria del Hijo estuvo preparada junto a su función y destino de Redentor, aún desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20). El plan de Dios fue tener dos grupos siempre, el de los réprobos en cuanto a fe (los que con su oficio también sirven al propósito de los creyentes) y los elegidos por amor. Jacob y Esaú son sus representantes, de acuerdo a Romanos 9 y otros textos de las Escrituras. Ciertamente era inevitable que Adán pecara, y si inevitable no fue porque Dios lo previó sino porque lo ordenó. Con todo no hay ni un inocente bajo condenación, por cuanto todos hemos pecado. Dios no tienta a nadie, pero el hombre es atraído y seducido de su propia naturaleza - concupiscencia. El Creador hizo al hombre inocente pero pecable, para que de esta forma cumpliera con su plan que daría la gloria al Hijo en tanto Redentor.

Los que objetan su plan o se escandalizan de las Escrituras no tienen la luz de Cristo. Es posible que algún día vengan a la luz, pero eso siempre dependerá del plan divino. No podemos hablar de libertad humana porque el hombre no es independiente de su Creador. Indaguemos en la vida de Judas Iscariote, del Faraón de Egipto, del rey Acab, de Jezabel, o del resto de los réprobos en cuanto a fe. Esaú como prototipo de ellos vendió su primogenitura a causa de ser odiado por Dios. Por esa declaratoria bíblica se levantó la voz más lógica para los réprobos diciendo: ¿por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién ha resistido a Su voluntad? La única respuesta dada también es lógica, mucho más lógica si cupiera la expresión, ya que el Espíritu responde que el hombre es nada y menos que nada para altercar con el Creador (una olla de barro frente a su alfarero). Según la Biblia el hombre no fue hecho ni para condenación, ni para salvación, como si esos fuesen su principal propósito. Antes declara que fue hecho para la gloria de Dios, sea para manifestación de su justicia e ira por el pecado de los réprobos, o para la exposición y exhibición de su gracia, misericordia y amor en los redimidos (Romanos 11:36; Proverbios 16:4).  

Dios no previó nada, como si fuese ignorante de lo que acontecería. Dios no tuvo que averiguar nada en el futuro humano, como si mirase en los corazones de los hombres a través del tiempo. En cambio, Dios ideó el plan completo que Él asume a través de sus profetas. Este plan no fue hecho después que Adán pecara, porque eso no sería un plan eterno sino un aprovechamiento de las circunstancias. Dios se abroga para sí el hacer el bien y el crear el mal. No puede crear o hacer el mal a partir del mal hecho en forma independiente, sino cuando aún éste no existía. Imaginemos por un momento que Lucifer se hizo malo por sí mismo y de allí se sublevó en los cielos. Si eso fuese así no habría ninguna seguridad en nuestra eternidad con el Señor, ya que cualquiera de sus otros ángeles o de los humanos allí habitando podría de sí mismo, en forma independiente del plan de Dios, volverse malo y comenzar una nueva sublevación.

La acusación del objetor estará presente de todas maneras, sea porque Dios ideó la caída del hombre, o sea porque la previó. Sabemos que si la previó y no la evitó sigue siendo un Dios injusto para quienes lo objetan. Entonces, ¿por qué no creer como la Escritura enseña, que Él es quien amó a Jacob pero odió a Esaú aún antes de que hiciesen bien o mal, o de que existieran? Dios no peca por haber creado el pecado, pero quienes pretenden defenderlo en base a Su santidad se equivocan al suponer que el diablo se formó solo, lo cual no garantizaría -como ya dijimos- que no vuelva a formarse otro ser diabólico.

Somos llamados por Dios para creer el evangelio y para hacer segura nuestra elección (2 Pedro 1:10; 2 Corintios 13:5). La elección no está supeditada a la perseverancia final en la fe y en la santidad, sino que perseveramos por causa de la elección. Si la elección dependiera de la previsión divina en relación a los méritos de sus criaturas, los ángeles que no cayeron tuvieron mérito en no caer. De igual manera acontecería entre los humanos, y todos ellos en virtud de sus propios méritos robarían la gloria a Dios. Reconocemos que la fe, el arrepentimiento y la obediencia proceden del haber sido unidos a Cristo. David pecó en forma horrible, aún siendo creyente, pero Jehová sostuvo su mano. Su castigo vino en tanto hombre público para amonestar al resto de la nación (y también vino como consecuencia del amor de Dios, ya que Él azota al que tiene por hijo y lo disciplina). La historia del hijo pródigo es similar, pero se nos dice que el Padre aguardaba para darle la bienvenida. Así le aconteció a la oveja perdida encontrada por el buen pastor. De no ser de esa manera el Señor no habría dicho que nadie arrebataría a sus ovejas de sus manos ni de las manos de su Padre.

Nadie podrá decir que las fechorías cometidas por el ladrón en la cruz fueron la causa de su redención, pero el encontrarse colgado junto a Jesús fue el medio de su redención, de acuerdo a la elección hecha desde los siglos. El odio de los judíos hizo que crucificaran a Jesús, pero eso fue uno de los medios y no la causa de la crucifixión. La causa fue el decreto de la voluntad de Dios desde los siglos. Desde antes que nacieran los montes y que crearas la tierra y el mundo, desde los tiempos antiguos  y hasta los tiempos postreros, tú eres Dios (Salmo 90:2). Respecto a la sabiduría se ha escrito los siguiente: Fui establecida desde la eternidad, desde antes que existiera el mundo (Proverbios 8:23). Dios nos escogió en él antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha delante de él (Efesios 1:4). Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: Vengan ustedes, a quienes mi Padre ha bendecido; reciban su herencia, el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo (Mateo 25:34).

No dudemos acerca de que nuestra elección ha sido por gracia y desde la eternidad, desde el mismo instante en que el Padre ideó el plan donde colocaba a Su Hijo como el Cordero de sus elegidos: sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros (1 Pedro 1:20).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:02
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