Viernes, 29 de marzo de 2019

Quiero llamar cristiandad a un genérico de personas que confiesan creer en Jesucristo como el Hijo de Dios. Más allá de que en ese conglomerado haya gente que cree de verdad, hay una multitud que dice creer cuando en realidad no ha conocido al Dios de las Escrituras. El hecho de que haya un fraude general para toda la masa de la cristiandad no implica que cada uno de sus componentes esté engañado. Hay una gran multitud de personas que reacciona contra la herejía colectiva, seductora y que leuda toda la masa, por lo cual la lucha continúa en medio de esa humana cristiandad. Resuelto de momento el problema técnico en cuanto al concepto esgrimido, pasemos a dar cuenta de cuál es el fraude aludido.

La humanidad caída en delitos y pecados no es presentada como enferma sino como muerta. Así lo definen las Escrituras, el hombre ha muerto y Dios sigue viviendo. Contrario a lo que los filósofos desde Nietzsche han pregonado en relación a la muerte de Dios, el Dios que hizo la vida siempre habrá de vivir. Es la humanidad entera la que pereció por su desobediencia en Adán, su representante federal, la que además continúa con el germen del pecado para cometer cualquier acto contra la norma ordenada en la palabra revelada por Dios a los hombres. Nietzsche ha declarado la muerte de Dios y sus seguidores se ufanan de repetir tal sentencia, pero éstos junto a su maestro se olvidaron de matar al diablo. Ahora el diablo vive en ellos en el infierno, a todos los que engañados celebraron el funeral del Dios de la Biblia.

El hombre caído jamás podrá cambiar su corazón, ya que acostumbrado como está a hacer el mal no puede hacer el bien. No hay quien busque a Dios (al verdadero Dios), no hay justo ni aún uno (de acuerdo a la declaración bíblica). El leopardo no puede mudar sus manchas, ni el etíope puede cambiar su piel; de la misma manera el hombre no podrá dar ningún precio por el rescate de su alma. Pese a la insistencia de las Escrituras en declarar la muerte del hombre (y no la de Dios), hay una corriente dentro de la humana-cristiandad que asevera lo contrario. Me refiero al Pelagianismo y al Arminianismo. Pelagio fue un monje británico que vivió entre 360 y 420 de la era cristiana, mientras Arminio fue un catedrático holandés que tuvo su existir en esta tierra entre el 1560 y el 1609. En un resumen de sus teologías podríamos sugerir una interrogante clásica: ¿Puede el hombre ser salvo a través de su libertad humana? Tal vez podríamos colocar otra interrogante: ¿Necesita el hombre a Dios para su salvación eterna?

El grado de necesidad de Dios es el término de la frontera teológica de la gracia y la salvación por obras. Claro está, al planteamiento originario de Pelagio acerca de que el hombre no necesitaba a Cristo, ni la ley, sino como simples ejemplos de moral, se suma la variante corregida del mismo monje cuando dijo que Jesucristo sí era necesario pero que la libertad humana era un requisito para tal salvación. Pelagio fue calificado como hereje y para volver del destierro al que fu sometido se retractó de su primera gran herejía, por lo que dijo que Jesucristo no sólo era un modelo sino necesario. Pero la otra herejía al ser en apariencia más pequeña pasó por debajo de la mesa, de tal forma que la Iglesia de entonces aceptó oficialmente que el libre albedrío era un requisito sine qua non en materia de salvación y condenación. El libero arbitrio, como se le ha llamado en latín, se asentó como base fundamental para el edificio de la fe de la cristiandad.

Con la Reforma Protestante se volvió al tema de la gracia divina para golpear el desparpajo de la salvación por obras. La venta de las indulgencias que hacía Roma fue el evento que molestó en suma medida a los reformadores, de manera que se lanzaron con el estandarte de la gracia y solo la gracia. Por causa de esta arremetida contra el poder de Roma aparece Arminio. Este hombre fue colocado como parte de una trama jesuita para hundir a lo que entonces se conocía como doctrina calvinista. Aunque Calvino haya tenido sus errores teológicos, su enseñanza básica giraba en torno a la doctrina de la gracia soberana. Pero Arminio confesaba la teología de Calvino aunque a sus espaldas enseñaba extra cátedra su contraparte: que Dios previó desde los siglos quiénes se salvarían y se condenarían, que el hombre tenía el poder de decisión de su destino eterno en base al libre albedrío (doctrina heredada de Pelagio), que la expiación de Jesucristo en la cruz fue universal sin excepción alguna, que la gracia de Dios puede ser resistida por el hombre, que es necesario una perseverancia de los santos (sin que Dios los preserve) a fuerza de moral y buenas obras.

Decimos que el gran fraude teológico en esta humana-cristiandad radica en el renacer de Pelagio y en la suspicacia de Arminio. En realidad un alto porcentaje (y muy alto) de las denominadas iglesias protestantes en el mundo son de corte arminiano. La teología de Arminio ha permeado ese mundo de la religión que se ve sofocado por las torceduras de la raíz jesuita en el cuello de sus almas. La declaratoria de Efesios 2:1-6 se ve anulada al decirse que el hombre tiene su última decisión en materia de fe. Asimismo lo que Pablo declaró por el Espíritu se ve burlado, porque la enemistad contra Dios (Romanos 8:7) pasa inadvertida. Lo que no proviene de fe es pecado (Romanos 14:23), de manera que ¿de dónde sacará fe el pecador corrompido hasta la muerte en sus delitos? Por otro lado, el hombre por sí solo no puede nacer de nuevo, ya que el Espíritu es el que da vida, mientras la carne para nada aprovecha (Juan 6:63). Recordemos las palabras de Jesucristo al respecto: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere (Juan 6:44).

Puesto que la salvación pertenece a Jehová (Jonás 2:9), el hombre no tiene posibilidad alguna para que sea visto como atractivo de parte de Dios. Más bien Él dijo que había amado a Jacob con amor eterno, antes de ser formado o concebido, aún antes de que hiciese obra alguna (ni buena, ni mala). Mientras Arminio enseñó que Dios elige a los que primero vio que irían a creer en Él, la Biblia enseña que Dios no vio nada bueno en el corazón de los hombres. Por si fuera poco, el Señor enfatizó al respecto: No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros (Juan 15:16). Por esta razón también fue escrito que los que estaban ordenados para vida eterna creyeron (Hechos 13:48). Para poder creer en Cristo es necesario primero que nada ser una de sus ovejas (Juan 10:26), por tal sentido se nace con esa condición que es dada por Dios en su plan eterno y soberano. Arminio mintió al hablar de la elección condicional de las almas, como si Dios previera al mirar a través del tiempo que la humanidad no estaba muerta (como Él mismo lo ha asegurado) y que tenía deseos de buscarlo a Él (cuando Él mismo dijo No hay quien busque a Dios).

En la economía del Creador uno puede ver que Jesucristo murió solamente por su pueblo (Mateo 1:21; Juan 17:9). No hay tal cosa como una expiación universal que involucre a cada miembro de la raza humana; antes bien, el Señor puso su vida solamente por las ovejas, no por los cabritos. En este punto se equivocó Calvino (por lo cual no lo seguimos en sus errores y no pretendemos llamarnos calvinistas), cuando aseguraba juntamente con Arminio, aunque este último lo hacía en secreto, que Jesucristo había muerto por todos los hombres, sin excepción, pero que su sangre era eficaz solamente en los elegidos. Tal aseveración choca contra el plan económico del Creador y contra la revelación en general. No hay un solo texto de las Escrituras que promueva tal idea, pues cuando Juan escribió que Cristo era la propiciación por los pecados de ellos y de todo el mundo no se refería a cada persona en particular. Más bien el apóstol hacía referencia al mundo judío y al mundo gentil, es decir, que no había muerto Jesús solamente por los judíos (su remanente o grupo escogido) sino por todo el mundo (que incluía tanto a los judíos como a los gentiles remanentes o escogidos). Juan sabía muy bien que había una multitud de judíos que no creyeron nunca, así como había una multitud de gentiles que tampoco se incorporaron a la fe de Cristo. Por lo tanto, mal podría Juan haber hablado de una universalidad absoluta en la expiación de Jesús, como si cada miembro del planeta hubiese sido incluido en la expiación del Hijo de Dios.

Sabemos de otros contextos en las Escrituras donde se ha dicho que todo el mundo se iba tras Jesús. Pero eso es una frase hiperbólica, que intentaba enfatizar sobre la cantidad de personas que se interesaban por las palabras de Jesús. Por cierto, quienes dijeron esa frase no lo siguieron nunca (muchos de los fariseos que estaban por ahí). Otro texto nos revela algo interesante al respecto: Acudía entonces a él Jerusalén, toda Judea y toda la región alrededor del Jordán; y confesando sus pecados, eran bautizados por él en el río JordánPero cuando vio que muchos de los fariseos y saduceos venían para el bautismo, les dijo: ¡Camada de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira que vendrá? (Mateo 3:5-7). El mismo texto presenta por un lado la hipérbole (toda la región del Jordán, Jerusalén, toda Judea) y de inmediato presenta la restricción: los fariseos y saduceos a quienes Juan no quiso bautizar. Es decir, no siempre que la Biblia dice todos, o todo el mundo, se refiere a cada uno en particular. Más bien hace referencia a un grupo de personas dentro de una universalidad particular.

El otro punto de traspiés del arminianismo es el mismo que mostraba Pelagio en sus días. Ellos han dicho que la gracia de Dios se puede resistir, amparados en un texto bíblico fuera de contexto. Ellos no quieren entender que una cosa es resistir el Espíritu de Dios en forma general -como cuando alguien se opone a los mandatos bíblicos- y otra muy distinta es oponer resistencia a Dios cuando dispone en forma absoluta de sus criaturas. El mismo objetor levantado en Romanos 9 nos declara la imposibilidad que tiene el hombre caído ante su Creador para oponerse a Su voluntad. ¿Por qué, pues, inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? Pero los arminianos son más soberbios y obstinados que el gran objetor bíblico, ya que aseguran que podemos resistir no solo la voluntad de Dios sino su gracia. Si Dios enseña a alguien respecto a Su Hijo, esa persona irá de inmediato hacia Cristo y nunca será echada fuera. Más bien hay una promesa del Trino Dios acerca de que Jesucristo lo resucitará en el día postrero. Pero Arminio pretendió ir contra la Escritura sin importarle su propia perdición, cosa que hacen por imitación de conducta todos sus seguidores doctrinales.

Si la gracia es el inmerecido favor que otorga Dios al pecador escogido para salvación, ¿cómo puede alguien oponerse a esa voluntad salvífica? De ninguna manera, ya que el hombre no tiene potestad sobre la voluntad de destino que ejerce Dios sobre sus criaturas. A Jacob amó pero odió a Esaú, aún antes de que hiciesen bien o mal, antes de que fuesen concebidos (Romanos 9: 13). Y lo que para unos es la gracia de Dios para otros es la desgracia de Dios, porque Esaú fue desgraciado desde siempre. El hecho de que él haya vendido su primogenitura, estimada en el valor de un plato de lentejas, es una clara consecuencia del destino que le fue trazado. Esa es precisamente la razón por la cual el objetor se levanta en defensa de Esaú, al acusar al Creador de injusticia (Romanos 9:14). Si la paga del pecado es muerte, la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor. De manera que de quien Dios quiere tiene misericordia, pero endurece a quien quiere endurecer (Romanos 9: 15). Esa gracia no depende del que quiera, o del que corra, sino de Dios que tiene misericordia (Romanos 9:16). El Señor levantó a Faraón, a Judas Iscariote, a Jezabel, al rey Acab (y a muchos más) como modelos de  los otros réprobos en cuanto a fe, para exhibir en ellos su poder y para que su nombre fuese anunciado en toda la tierra (Romanos 9: 17). Porque al que Dios quiere endurecer lo endurece (Romanos 9:18), pero la mente obstinada de Arminio obedecía a la mente obstinada de los jesuitas, que a su vez seguían las órdenes de la teología católico-romana de las obras.

Los que objetan la gracia soberana de Dios como si fuese algo resistible están anotándose en la lista de los que practican las buenas obras como mecanismo de salvación. Ellos tienen en consecuencia que cumplir con toda la ley para que ésta no les sea por maldición. Pero la divina Escritura enseña que todos los que predican un evangelio diferente al que ella enseña son llamados anatemas (malditos). Eso es una acusación grave en contra de los arminianos, los autores del gran fraude contemporáneo contra la cristiandad. Claro está, escribimos esto en cursivas porque pensamos en lo que aseguró Jesucristo, que sus ovejas no seguirán jamás al extraño de quien desconocen su voz.  Es decir, aquellos que persisten en la doctrina de Arminio o de Pelagio son los obstinados que se van tras la enseñanza del extraño. Ellos andan en un evangelio diferente, no habitan en la doctrina de Cristo, por lo tanto están fuera de la gracia de Dios.

Dios preserva a su pueblo, de lo contrario el pueblo se perdería. Ni una sola de las ovejas que el Padre entrega al Hijo se pierde, por lo tanto todas ellas perseveran hasta el fin. Claro está, la oveja puede caer y pecar una y otra vez, setenta veces siete si fuere necesario. Pero en todas sus caídas el Señor sostiene sus manos porque les ha dado vida eterna para que no perezcan jamás (Juan 10:28). Esta preservación y perseverancia de los santos los hace vivir una vida de cercanía a la piedad, con la afirmación de su eficacia. No se trata de argumentar que por ser salvos podemos vivir como viven los impíos en su suciedad, más bien se nos ha exhortado a la santificación. El que es santo, santifíquese más, dice un texto de la Biblia. Si Dios empezó la buena obra en nosotros, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo (Filipenses 1:6).

Dios no ha hecho nada por accidente, aún al malo lo hizo para el día malo (Proverbios 16:4). Nada acontece de malo en la ciudad que Jehová no haya hecho (Amós 3:6), de manera que aún a los arminianos los hizo Dios. Por supuesto, muchos de ellos (si no la mayoría) seguirán el derrotero del engaño, del espíritu de estupor que parece haberles sido enviado por el mismo Dios. Otros, en cambio, son llamados de las tinieblas a la luz  para que disfruten de la gracia eterna (y no para que sean calvinistas, lo cual sería un craso error).  Pero en ese llamado queda incluida la exhortación a salir de Babilonia, porque nadie ha sido llamado a permanecer en el error si ha nacido de nuevo por el Espíritu de Dios.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 18:32
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