Lunes, 25 de marzo de 2019

¿Qué hubiera pasado si Judas en lugar de vender a Jesús por 30 piezas de plata, como se había escrito en la profecía, lo hubiera apuñalado? ¿Cómo quedaría el plan de redención si Jesús en lugar de morir bajo la maldición de la cruz -asunto profetizado igualmente- hubiese sido lapidado a muerte, o lanzado por un despeñadero para que muriese en un accidente? No se trata de que el hombre tenga libre albedrío para hacer lo malo, porque de su naturaleza caída no salga lo bueno, sino de que si tuviere en realidad esa libertad de elección entre varios males no cumpliría la voluntad de Dios en aquello para lo que ha sido creado. Faraón no pudo asesinar a Moisés en el intermedio de cualquiera de sus plagas, mas no lo hizo porque Jehová no lo dispuso de esa manera.

El que el hombre no tenga libre albedrío ni siquiera para el mal no lo hace menos responsable ante su Creador. La responsabilidad humana pasa por el hecho de que somos criaturas no independientes de quien nos creó; si el hombre fuese independiente de su Creador no tendría que rendirle cuentas de nada. Precisamente porque lo contrario a la libertad es lo que le acontece le debe rendición de cuentas de todo cuanto hace. Y he allí el dilema planteado por el objetor levantado en Romanos 9, una de las preguntas más lógicas hecha por impío alguno: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién ha resistido a su voluntad? Esa interrogante surge inmediatamente después de que Pablo hubo mostrado su revelación, que Esaú había sido odiado por Dios antes de que fuese concebido, antes de que hubiese hecho bien o mal.

Esaú -de acuerdo al relato bíblico y de acuerdo a la reflexión lógica del objetor- no tenía otra opción sino vender su primogenitura. Poco importa que los filósofos de la teología dediquen palabras y tiempo para preparar argumentos acerca de la razón por la que vendió ese derecho de primogénito. El hambre que tenía en el momento de la venta, la falta de valoración de su bienestar espiritual, la poca estima en que tenía los asuntos de la bendición divina, solo muestran una sintaxis de vida seguida por el cazador experto, de acuerdo al principio eterno e inmutable que el Dios que no cambia había decretado. Un hombre hecho como vaso de ira tenía que seguir los parámetros lógicos del camino de la ira, para que la justicia de Dios contra el pecado se mostrase en el tiempo oportuno. De la misma manera, lo acontecido a Esaú exhibe por contraste el amor hacia Jacob, alguien que no merecía ser amado, que no había hecho nada digno para ser honrado por el Creador, fue creado como vaso de honra y de misericordia.

La teología bíblica nos muestra con este texto de Pablo un argumento brillante que pasa a ser una premisa mayor o universal de muchos otros argumentos de la Biblia. Es la voluntad de Dios la que condena y la que salva. Todos los demás argumentos son premisas menores o particulares que conducirán a la conclusión derivada. Veamos otro ejemplo tomado de la Biblia: Mas Sehón rey de Hesbón no quiso que pasásemos por el territorio suyo; porque Jehová tu Dios había endurecido su espíritu, y obstinado su corazón para entregarlo en tu mano, como hasta hoy (Deuteronomio 2:30). Ese rey era pagano, no tenía voluntad libre para hacer el bien, pero aún el mal que podía hacer fue dirigido por Jehová de acuerdo a sus propósitos eternos. Y es que en realidad nadie tiene libre albedrío frente a su Creador, nadie puede de sí mismo procurar lo más mínimo en cuanto a sus más sencillos actos. Sin embargo, el hombre actúa como si de su propia naturaleza lo hiciera, ya que la ficción del libero arbitrio está introyectada en su alma y así le parece que hace.

Respiramos por un acto reflejo, pero esa mecánica biológica también es voluntad de Dios para sus seres vivos. Por supuesto, Él puede hacer que cualquiera deje de respirar o cambie su ritmo respiratorio, o que se le trastorne su mecanismo natural. Estamos sometidos a su control absoluto, aunque el impío suponga que Dios no existe, o que si existe ellos hacen como quieren. Lo peor de todo es que los que se llaman creyentes y conocen un poco o mucho de la Escritura también se llaman a sí mismos hombres libres, en la jactancia de que ellos sí tienen libertad para el bien. Recuerden lo que Pablo dijo de sí mismo: Miserable de mí, que el bien que quiero hacer no hago, empero el mal que no quiero eso hago (Romanos 7: 19-25). Sabemos que Dios no puede ser tentado (no tiene concupiscencia para ser atraído y seducido) y tampoco tienta a nadie (Él no es el tentador sino que lo es Satanás) -Santiago 1:13-14-, pero Él ha dicho que ha hecho al malo para el día malo (Proverbios 16:4), que hace el bien y crea el mal (Isaías 45:7): Que formo la luz y crío las tinieblas, que hago la paz y crío el mal. Yo Jehová que hago todo esto (RVA). ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? (Lamentaciones 3:37-38).  ¿Se tocará la trompeta en la ciudad, y no se alborotará el pueblo? ¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho? (Amós 3:6).

Hemos de reconocer por los ejemplos bíblicos que ninguno de los hombres impíos descritos en las Escrituras hicieron mal de su propia libre voluntad. Todos ellos, incluyendo los dos más emblemáticos: el Faraón de Egipto y Judas Iscariote, todo cuanto hicieron lo realizaron de acuerdo al plan del Todopoderoso que anunció antes lo que habrían de hacer. Esto nos da pie para comprender que la fábula del libre albedrío no es sino una ilusión en la mente de los hombres que no conocen a Dios, aún en la mente de aquellos que se llaman religiosos y seguidores de la piedad. El libre albedrío no es sino el recurso del alma impía para altercar contra su Creador, para ostentar contra la Soberanía Absoluta de Dios. Pero aún ellos si examinaran un poco la Escritura se darían cuenta de que esa falsa creencia que asumen les fue enviada también como espíritu de estupor, ya que han amado la maldad y han despreciado la verdad.

Ni siquiera Adán antes del pecado tuvo tal libertad de decisión, ya que si Adán no hubiese pecado el Hijo del Hombre habría quedado vacío de la gloria que el Padre le tenía preparada como Redentor, aún antes de la fundación del mundo. Si esa gloria fue preparada desde antes de la fundación del mundo, aún desde antes de que Adán apareciera en escena en el huerto, sostenemos que Adán no fue libre para no pecar sino que tenía que caer en la tentación, de lo contrario ¿cómo se habría manifestado el Hijo hacia su pueblo elegido? (1 Pedro 1:20).

Exodo 4:21 demuestra el anticipado consejo de Dios colocado en las manos de Moisés para exhibirlo delante del Faraón. De igual forma se muestra en ese texto que el Faraón sería endurecido para no dejar ir al pueblo de Israel. Jehová es un Dios que da una orden de liberación pero que al mismo tiempo endurece el corazón de quien recibe la orden, con el propósito de glorificarse en todos los milagros que operaría por intermedio de su siervo Moisés. De esa forma tenemos el legado de una teología acerca de la soberanía de Dios, que hace como quiere y no tiene consejero. La redención depende en forma absoluta de su voluntad eterna e inmutable, pero la condenación por igual está en sus manos desde siempre. Jacob y Esaú son el modelo representado por Pablo en su resumen de la lectura del Antiguo Testamento, cuando el apóstol fue confrontado con lo que el Espíritu de Dios le revelaba. Dios endureció el corazón del Faraón y el de Esaú, modelos de su condenación y reprobación eternas (desde antes de que nacieran, de que hicieran bien o mal), pero le dio un corazón de carne a Jacob a quien se propuso salvarlo desde antes de que fuese concebido, sin mirar en sus obras buenas o malas. Ese es el resumen del apóstol inspirado por el Espíritu Santo (Verdad digo y no miento, y mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo: Romanos 9:1). Esa debe ser también nuestra conclusión, si seguimos la lógica de Dios. Fijémonos que aún el objetor levantado en ese capítulo de Romanos actuó con el conocimiento necesario del contexto en el que hablaba Pablo: dijo que no había ninguna oportunidad para el reprobado, ya que nadie puede resistirse a la voluntad de Dios. Pero los objetores modernos se separan de la lógica contextual y suspiran por la herida. Ellos dicen que el hombre es libre para tomar la decisión por Cristo y que Dios es pasivo y espera por todos aquellos a quienes el Hijo les hizo una redención potencial. Es decir, la lógica de los creyentes universalistas está por debajo del rango intelectual mínimo que sí tuvo el objetor natural de Romanos 9. Al menos aquel objetor reconoció que no tenía escapatoria alguna de la decisión del Dios soberano ante el que nadie puede resistir. Pero el objetor de hoy día (y aún antes de que Pelagio se levantara como teólogo de la falsamente llamada iglesia) ha perdido todo horizonte intelectual y padece de argumentación falaz.

La lógica torcida (antilógica) dice que el hombre es libre y Dios deja de ser soberano por momentos, a la espera de que la decisión soberana de la humanidad le haga tomar su mejor destino. Esa torcedura se produce por torcer igualmente las Escrituras, ya que no se sabe de dónde han sacado los textos que apoyen el exabrupto de que Dios hizo una expiación universal potencial, nada específica ni particular, para estar a la espera de que los muertos en delitos y pecados entiendan el camino del evangelio y con un corazón no renovado, aún lleno de odio por el Dios de las Escrituras, se dispongan a querer asumir sus mandamientos de buena voluntad. En realidad estos religiosos siguen siendo como los viejos fariseos, llenos de podredumbre por dentro a pesar de que muestran apariencia de piedad.  Nadie puede tener al Padre ni al Hijo si no vive en la doctrina de Cristo. 2 Juan 1:9 así lo dice: Cualquiera que se rebela, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, el tal tiene al Padre y al Hijo.

Jesús le dijo a Pilatos que él no tendría ninguna autoridad sobre él a no ser que el Padre se la hubiese dado. Y esa afirmación no excusaba a los que lo habían entregado ante el mandatario, sino que más bien les aumentaba su pecado: por tanto, el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene (Juan 19:11). Jesús era entregado por el mismo Padre en manos de malhechores, los que a su vez lo entregaron ante Pilatos. Pero esa gente tenía un mayor pecado que el mismo Pilatos (de nuevo se demuestra que dado que  aquella gente no era libre en ninguna forma respecto a Dios su pecado era mayor y su responsabilidad seguía en pie). Jesús fue entregado por determinado consejo y providencia de Dios, para ser muerto por manos de inicuos bajo crucifixión. Así lo expresó Pedro en su sermón en el día del Pentecostés (Hechos 2:23). Fue el consejo de Dios, pero los inicuos siguen siendo culpables porque no son libres de ese Dios sino que siguen atados a lo que Él ha querido que hicieran. No que Dios haya visto en sus corazones el deseo de entregar al Hijo, y después de verlo se le ocurrió la idea de la crucifixión y la expiación de los pecados, porque ese plan divino fue diseñado desde antes de la fundación del mundo. Entonces, fue desde antes de que la humanidad misma fuera hecha y Dios no tenía dónde mirar el futuro que pensaba hacer. Más bien fue Dios quien ideó ese plan y dispuso que el Hijo fuera entregado y muerto por manos de inicuos (muy específicos, porque Judas Iscariote fue el emblema de los escogidos para tal propósito). Sin embargo, tanto Judas como el resto de los impíos siguen siendo responsables ante el Dios del cielo y no podrán alegar la lógica del objetor: Pero ¿por qué, pues, Dios inculpa? Ya que ¿quién ha podido resistirse a su voluntad? Fue aquella voluntad del Padre la que hizo que Herodes y Poncio Pilatos, junto a los gentiles y el pueblo de Israel, se reunieran contra el Siervo Santo, Jesús el Ungido de Dios, para hacer todas las cosas que la mano y propósito de Dios determinaran de antemano que ocurriera (Hechos 4:27-28). Y no por ese consejo anticipado de Dios se hacen inexcusables los malhechores que participaron en esta crueldad contra el Siervo del Dios vivo. Más bien Dios ha puesto en los corazones de los hombres (de muchos hombres) el que tropiecen en la roca de tropiezo y ofensa, para que sean desobedientes a la palabra de Dios, para lo cual fueron apuntados o dispuestos (1 Pedro 2:8 e Isaías 8:14).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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