S?bado, 23 de marzo de 2019

No son pocas las congregaciones llamadas cristianas que han experimentado alguna forma de manifestación especial en sus reuniones. La teología de esas personas que se gozan en lo extraordinario suele estar descuidada, como si lo importante fuese la emoción y la alegría de recibir mensajes especiales. Dios es poderoso, argumentan, no cambia y hace milagros. Ciertamente reconocemos que tiene todo el poder, es inmutable y opera milagrosamente cuando quiere. Pero hay que tener en cuenta el concepto de milagro, de lo sobrenatural, de aquello que maravilla. Hay que mirar de cerca la Escritura para observar cuál ha sido la manera particular en que el Dios de toda la creación ha actuado por esa vía especial. Por esta razón podemos arrancar con una pregunta que cada quien deberá respondérsela: ¿Son los dones espirituales milagrosos para hoy día?

El milagro suele definirse como la forma en que Dios opera en manera sobrenatural a través de seres humanos, con la finalidad de autenticar al mensajero. Suele decirse que todo cuanto Dios hace es sobrenatural y no vamos a discutir esas particularidades en la definición de lo que decimos. Lo que hace un ser sobrenatural siempre será sobrenatural, a no ser que al trasladarse a la esfera de lo que definimos como natural opere naturalmente. Claro está, el nuevo nacimiento que realiza el Espíritu de Dios es un acto sobrenatural o milagroso. Sin embargo, en esa actividad el milagro no se hace a través del regenerado sino del Espíritu mismo como el Enviado de Dios a su iglesia. Otro concepto que debe quedar claro para no confundirlo en la definición intentada es el de la providencia. Dios provee para los asuntos de la vida de los seres humanos y de toda su creación. Provee oxígeno para las plantas y para el resto de lo creado. La ley de la gravedad afecta a todo cuanto hizo y dispuso bajo esa fuerza física. El Dios personal de la Escritura se involucra en todo cuanto acontece en esta tierra, por lo tanto provee la luz del sol, la lluvia, el día y la noche para todas las personas (justos e injustos). Todas las cosas ayudan a bien para los que aman a Dios, los que son llamados de acuerdo a su propósito (eso también es providencia divina). Al diferenciar providencia de milagro podemos ver mejor que los signos y maravillas son actividades sobrenaturales especiales. Como signos acompañan a determinadas personas para identificarlas como las mensajeras de Dios, como una prueba sin equívoco de la autoridad concedida al enviado ante su auditorio. 

Los primeros milagros relatados en la Biblia (entendidos como signos que acompañaban a los mensajeros de Dios) los hicieron Moisés y Josué. Tiempo después les tocó a Elías y a Eliseo. Posteriormente vinieron Jesús y sus apóstoles, junto a los que el Señor comisionó en forma particular. Es cierto que Gedeón pidió señales especiales con su vellón de lana, pero aquello fue una señal que Dios le dio al hombre escogido para una tarea difícil, no un signo público para autenticarlo como líder o como enviado. Ha transcurrido una gran cantidad de tiempo entre unos y otros profetas especiales levantados por Dios en momentos específicos, con misiones muy particulares. De Juan el Bautista Jesús dijo: Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él (Mateo 11:11). Ese Juan ni habló en lenguas ni operó ningún milagro extraordinario. Por cierto, Jesús jamás habló en lenguas, simplemente oraba a su Padre y Él le oía, y todos los milagros grandiosos que hacía autenticaban que era el Enviado, el Mesías de Dios para su pueblo. Pero Jesús nunca exhibía esas obras extraordinarias como para llamar la atención ni para jactarse de su poder, simplemente eran señales de autenticación de su ministerio en la tierra. El autor del libro de Hebreos dijo que la salvación no debía ser descuidada, pues fue anunciada por el Señor, confirmada después por los que oyeron, testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad (Hebreos 2:4). Con los milagros Dios es el que testifica.

Los que se dedican hoy día a enseñar y propagar la idea de los milagros especiales en medio de la iglesia, como si eso fuese parte de la autenticación del nuevo nacimiento del creyente, deberían repensar el concepto de blasfemia bíblica para que se asombren de lo que están haciendo. Es blasfemo invocar al Espíritu Santo para seguir doctrinas extrañas, carnales, conductas erróneas en cuanto a la profecía. Los carismáticos deben arrepentirse de ese pecado de alegar que el Espíritu de Dios es el que los hace hablar en lenguas extrañas, operar sanidades subjetivas, resucitar muertos y decretar que las cosas pasen de una u otra manera. Ellos están actuando pecaminosamente en el nombre del Espíritu de Dios, al afirmar que por el Espíritu dicen palabras ininteligibles que después alguien interpreta a su antojo.

¿Cómo podemos catalogar el atribuir a Dios lo que la carne hace, lo que Satanás inspira? Numerosas son las comunidades llamadas cristianas que reciben a los que traen mensajes de Dios que el Dios de la Biblia no ha autorizado. Ellos en realidad están proclamando profecías falsas, bajo una autoridad divina extraña a través de sueños y visiones que Jehová jamás les dio. Las más de las veces enseñan doctrinas sin base en las Escrituras, pero en ciertas oportunidades disfrazan sus habladurías con textos de la Biblia. Como si Dios tuviera que revelar de nuevo su palabra, como si al recitar Juan 3:16 de memoria Dios estuviese dando a través de esa gente una revelación especial. Hablan en lenguas raras y después dicen la traducción: El Señor viene pronto, y trae su galardón. Esa es una frase tomada de la Biblia, que por más que sea verdadera no ha sido dada de nuevo en una revelación especial. Mucho cuidado con esas trampas malignas que pueden ser evitadas si la teología está en consonancia con lo que la Escritura enseña.

Al leer Hebreos 11 uno encuentra la categoría de los héroes de la fe. Se comienza con Abel, que no hizo ningún milagro. Seguimos con Enoc que tampoco hizo señales o maravillas, como jamás intentó hacer Abraham, el padre de la fe y amigo de Dios. Se menciona a Isaac y Jacob, promesas de Dios pero sin milagros que mostrar como señales de maravillas ante las personas. Moisés sí que fue un connotado líder al que Dios envió ante el Faraón y lo colocó después frente a su pueblo en el desierto, lo dotó de autoridad con milagros auténticos, con un propósito específico. ¿Y cuáles fueron los milagros operados a través de Noé o de Sara? Ellos estuvieron sujetos al milagro de Dios pero el Señor no realizó ningún milagro a través de ellos. Porque si la estéril fue preñada eso es un milagro de Dios, pero no a través de ella se realizó tal señal sino en ella misma. Ni siquiera David, conforme al corazón de Dios, realizó milagro alguno, si bien Dios estuvo con él y lo protegió de Saúl y de todos sus enemigos. A Sansón le fue dada una gran fuerza pero eso no significaba que Dios hacía milagro alguno a través de ese hombre en particular. Lo mismo podrá decirse del profeta Samuel, grande entre los grandes, pero que no operó ninguna señal o maravilla sino que oraba a Dios y Él le declaraba su voluntad.

¿Y cuáles fueron los milagros de Isaías, de Jeremías o de Ezequiel?  Ni siquiera Daniel operó milagros, ya que Dios lo protegió junto a sus amigos pero no realizó ninguna señal a través de ellos. Ellos se encomendaron al Dios que servían diciendo que se hiciera su voluntad, que si debían ser consumidos por el fuego así sería, pero que si quería salvarlos de esa tragedia tenía el poder para hacerlo. Aún Jonás que fue tragado por un gran pez no realizó ningún milagro, fue el Señor quien lo instruyó para que no lo desobedeciera más. Podríamos examinar la cantidad de profetas o de autores bíblicos para encontrar que no todos, sino unos cuantos y muy pocos, hicieron milagros. De manera que el milagro o los signos maravillosos no son por fuerza una señal de pertenecer al Dios de la Biblia, sino un distintivo que le fue dado a ciertos mensajeros de Jehová para autenticarlos como enviados. Más bien podemos distinguir al menos tres períodos en los que se hicieron milagros extraordinarios: 1) Moisés y su sucesor Josué; 2) Elías y Eliseo su siervo; 3) Jesús y sus apóstoles y otros comisionados específicos.

El factor común en estos tres períodos señalados como de significativos milagros se resume en el Monte de la Transfiguración, cuando Moisés (representante del primer grupo) y Elías (representante del segundo grupo) se reúnen con Jesús (representante del tercer grupo). De ello son testigos unos discípulos que el Señor llevó hasta allí para que escucharan la voz del Padre: Este es mi hijo amado, A ÉL OÍD. El propósito de ese otro milagro, la transfiguración del Señor, era que fuese un signo inequívoco de quién había enviado al Mesías, el mismo que había enviado a Moisés y a Elías en momentos críticos frente a su pueblo. Moisés había anunciado que Dios levantaría un profeta como él: Un profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará el Señor tu Dios; a él oiréis (Deuteronomio 18:15). Y Pedro, en el pórtico de Salomón dijo a una multitud: Porque Moisés dijo a los padres: El Señor vuestro Dios os levantará profeta de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis en todas las cosas que os hable (Hechos 3:22). Elías había encarado al pueblo de Israel para que se decidiera por Jehová, si en realidad era Dios, o por Baal, a quien pretendían por divinidad. La fuerza de los milagros que Dios operó a través de ese profeta hizo volver el corazón de Israel que andaba seducido por los baales y, en especial, por Jezabel, la mujer que les enseñaba a fornicar tras falsos dioses. Elías le dijo a Acab, Yo no he perturbado a Israel, sino tú y la casa de tu padre, dejando los Mandamientos del Señor y siguiendo a los baales (1Reyes 18:18).

El Dios de la Biblia rechaza el fuego extraño en sus ofrendas y alabanzas, dado que es un Ser Lógico (En el principio era el Logos y el Logos era Dios) no acepta aquello que sea irracional. Cuánta irracionalidad no hay en el movimiento carismático al atribuirle a Dios las obras de la carne y de Satanás. La gran aceptación de ese movimiento aparece porque el pueblo que se dice de Dios carece de conocimiento acerca de lo que dice haber creído y oído. Pablo se preguntaba cómo podría la gente invocar al Señor si no han oído de él, pero menos se conocerá de él si los falsos maestros (predicadores) anuncian un evangelio extraño. Para evitar el conflicto entre las doctrinas diversas, en las congregaciones religiosas llamadas cristianas se enfocan en el amor entre los congregados, diciendo que es preferible callar aquello que los divide y anunciar aquello que los une. Poco les importa que sea la mentira lo que los una, lo cierto es que si se fijaran en lo que enseñan las Escrituras (a la ley y al testimonio) no les hubiese sido enviado ese espíritu de estupor de parte de Dios mismo,  para los que no se gozaron en la verdad sino en la mentira.

El hecho de que los carismáticos ataquen por el flanco débil de las emociones de las personas no significa que su mensaje va a sanar las carencias afectivas de sus acólitos.  Más bien acentuará a la larga la dependencia emocional con sus trucos de magia de baales, con sus costumbres al estilo de la nueva era, con su énfasis en la psicología religiosa que atrapa incautos sin el conocimiento de la verdad. Los carismáticos carecen del canon bíblico, irrespetan todo aquello que los exhorta al estudio de la verdad y se escudan tras los efectos especiales de los dones artificiosos de sus fábulas aprendidas. Herederos de las falsas doctrinas de John Wesley, con su arminianismo a cuesta y con el énfasis en la doctrina de la santidad, aparentan piedad mientras niegan su eficacia. Nuestra reflexión debe afianzarse en los siguientes planteamientos: Si los dones especiales cesaron, ¿en nombre de quién simulan las señales y maravillas que anuncian? ¿Si esas señales no provienen del Espíritu de Dios, de dónde provienen y a quiénes autentican? No hay razón alguna para llamar hermanos a quienes no habitan en la doctrina de Cristo, de acuerdo a lo que escribió Juan en una de sus cartas. Poco importa que se tenga una parte de la doctrina del Señor si se pretende por esa razón mostrar enseñanzas de estupor, como lo hacen los que no aman la verdad sino que se gozan de la mentira.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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