Viernes, 22 de marzo de 2019

Juan escribió diciendo que daba testimonio de lo que había visto, oído y tocado con sus manos, respecto al Verbo de Vida. Era una maravilla lo que nos contaba, que la vida había sido manifestada y ellos la habían visto, por lo cual nos mostraría a nosotros (lectores en el mundo creado) la vida eterna. Esa vida estaba primero que nada en el Padre pero fue manifestada después a aquellos humildes pescadores (en su mayoría) escogidos para tal misión. La razón de esta comunicación especial no era otra que el llegar a tener comunión con cada uno de los que somos llamados hermanos, pero fundamentalmente para mantener el contacto con el Padre y con el Hijo Jesucristo. Ya el Señor había declarado antes que el que lo había visto a él había también visto al Padre, pero que yéndose a los cielos enviaría a su pueblo otro Consolador, el Espíritu de Verdad que estaría con nosotros hasta el fin. Posteriormente fue escrito que ese Espíritu nos conduciría a toda verdad, intercedería con nosotros con gemidos indecibles, se contristaría en nuestra vida por causa de nuestras faltas, nos enseñaría todo lo concerniente a ese reino al que pertenecemos por adopción y nueva ciudadanía.

Hay una razón para esta declaratoria de Juan, el hecho de que nuestro gozo sea cumplido, perfecto y abundante. El resumen de su mensaje es que Dios es luz y en Él no hay tiniebla alguna. Con esa premisa planteada, todo aquel que diga que anda en comunión con Él pero camina en tinieblas viene a ser un mentiroso. Así de simple, la luz disipa las tinieblas de cualquier tipo para que el alma del creyente no tropiece en el engaño, en la mala comunión con sus hermanos, dado que a cada uno de los que fuimos llamados de las tinieblas a la luz la sangre de Cristo nos ha limpiado de todo pecado (1 Juan 1:1-7).

Y si el Verbo de Vida es luz, hay una contraparte llamada padre de la mentira, el cual es príncipe de las tinieblas. No que sea de igual poder ni de igual coexistencia, porque como criatura tuvo un comienzo dentro de los planes del Dios de la creación. Dice la Escritura que ese ser fue perfecto y alto en sabiduría, pero fue hallado en él maldad. Es decir, Dios lo creó sabio y puro; sin embargo, el hecho de que el Creador haya dicho que Él hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4) abre la puerta para pensar que ya el Dios que todo lo preordena, que todo lo sabe, que hace aquello cuanto quiso, tenía el propósito de que Lucifer se convirtiera en Satanás.  Junto a él una gran cantidad de ángeles fueron reservados para el día de la ira de Dios, al igual que dentro de la creación humana también existen vasos de deshonra -odiados desde siempre-, sobre los cuales el justo juicio de Dios se manifestará oportunamente.

Lucifer, Satanás, el diablo, la serpiente antigua, el dragón, el Acusador de los hermanos, el enemigo de las almas, engaña a las multitudes y genera tropiezo entre los hombres. Su afecto por el caos es su símbolo y pervierte con su falsamente llamada ciencia los caminos del hombre que intenta ser recto. Sin lugar a dudas que bajo su potestad hay un enjambre de teólogos que hilvanan con fábulas artificiosas sus argumentos exegéticos. Su argucia favorita es la interpretación privada de las Escrituras, la eiségesis antes que la exégesis, la disposición subjetiva del argumento para dar satisfacción a las almas que se levantan contra el Altísimo y que desean romper sus coyundas. Ese personaje siniestro ha conformado un conjunto de objetores de las Escrituras para lo cual utiliza el argumento anciano de la supuesta injusticia de Dios. Si Dios es justo, dicen sus acólitos, no podrá crear a un hombre esclavo de su destino sino libre desde cualquier óptica. Eso es lo que Lucifer ofrece a sus seguidores, la libertad de expresión siempre que ésta sea dirigida contra el Omnipotente Dios. Si Dios es justo, ¿por qué razón inculpa a Esaú? Dado que Dios declaró que ha odiado a Esaú aún antes de que hiciese bien o mal, antes de que fuese formado o concebido, ¿cómo habría justicia en el Altísimo si nadie puede resistirse a su voluntad? Con esa incógnita planteada la humanidad se entrega por entero a su becerro dorado. Ahora es el turno del libero arbitrio -libre albedrío-, una ficción teológica de siglos, un ardid que tiene muchas variantes argumentativas. Esencialmente falaz por su origen, la frase cobra fuerza entre los que levantan el puño contra su Creador, ya que al concebirlo injusto intentan defenderlo de los ataques que ellos mismos le hacen.

Bajo esa argumentación sostienen que Dios tendría que haber hecho libres a los hombres para que pudieran amarlo libremente. Un amor esclavo no es amor, es rendición y quien lo recibe lo haría sin honor. Por esa razón Dios tuvo que crear al hombre libre para que tomara cualquier decisión, y dado que Dios es Omnisciente Él supo desde siempre quiénes le habían de seguir y quiénes le habían de rechazar. En ese sentido se conjuga la predestinación bíblica con la mitología satánica del libre albedrío. Una dualidad simple, para que el hombre sea capazmente responsable debe tener al mismo tiempo la capacidad de libertad para tomar su decisión. Por esta vía Dios ha llegado a ser destronado, dejó de ser soberano, tal vez está relegado a un puesto de observación donde contempla desde lejos cómo algunos hombres se acercan voluntariamente a Él y cómo otros rechazan su oferta de salvación.

Pero esa descripción es más bien hecha e hilvanada desde el pozo del abismo. La Escritura no da pie para esas líneas que solo aparecen en los anales de la teología mayoritaria de los hombres. Dios ama y odia, lo hace no en base a las buenas o malas obras sino en función de un propósito eterno que su sabiduría contempla. Nos ha revelado que de esa manera Él demuestra la fuerza y gloria de su amor en los elegidos, mientras manifiesta su justicia e ira en los reprobados. El objetor descrito en Romanos 9 comprendió bien este argumento divino por lo cual hizo la pregunta de todos los siglos: ¿Por qué, pues, inculpa? Y Pablo hace la pregunta retórica que a pesar de ser retórica responde de inmediato: ¿Hay injusticia en Dios? En ninguna manera. Ni hay injusticia, ni Lucifer sorprendió a Jehová en algún momento de su historia de vida.  Más bien Pedro ha declarado que el Cordero de Dios estuvo preparado por causa de nosotros desde antes de la fundación del mundo. No hay errores en Jehová, no hay cartas bajo la manga, no hay planes B, simplemente hay un propósito eterno que no cambia, bien inmutable, para darle toda la gloria al Hijo por el plan de redención consumado en la cruz.

Nuestro Dios se mueve en una forma misteriosa para manifestar sus maravillas. La predestinación divina implica por fuerza su providencia. Dios provee para todo aquello que ordenó que sucediera, de manera que por medio de la predicación del evangelio son alcanzadas las almas que se propuso redimir desde la antigüedad. Fuimos predestinados de acuerdo al propósito del que obra todas las cosas según el consejo de su voluntad (Efesios 1:11). Y es que todas las cosas trabajan para bien de aquellos que son llamados en función del propósito eterno e inmutable del Todopoderoso; cada detalle de lo que sucede en Su universo ha sido planificado y no acontece por azar. Si Dios tiene una voluntad y propósito entonces su providencia ocurre para satisfacer ese objetivo. Lo que Dios se propuso en la eternidad lo alcanza por medio de su providencia en el tiempo (providencia es todo lo que Él provee para alcanzar sus fines inmutables). La ejecución de su plan nos maravilla, ya que eso es lo que vemos en el día a día, pero por medio de esa ejecución uno puede comprender mejor cuál ha sido su orden eterna. Cierto es que en la Escritura tenemos múltiples declaratorias de sus fines inmutables, pero en la historia humana uno puede constatar el curso de aquellas proposiciones y la manera en que se materializan. La providencia es la sintaxis de la semántica divina.

Pero de algo hemos de estar seguros, que aquello que se propuso en la eternidad y acontece en el tiempo es para el bien de los escogidos de Dios. De acuerdo a Romanos 8:28 sabemos que a los que a Dios aman todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. Cuando hay aflicción en este mundo terrenal el creyente tiene la seguridad de que esa tribulación obra para bien (aún en esta vida como en la venidera). En el ejercicio de la gracia yace el bien espiritual, cosa que el hombre que mora en el mundo no puede contemplar (le parece más bien una locura). Por la providencia de Dios nos encontramos diariamente con gente de malos pensamientos pero también con personas menos malas. Hay buenos magistrados y los hay también perversos, hay malévolos políticos pero Dios provee cuando quiere buenas intenciones en sus corazones. Y aunque a veces parece ser que todos son malos en forma absoluta, recordamos los ejemplos bíblicos en que Dios volvió las acciones de los malos en bendiciones para las víctimas. Repasemos los textos en relación a José, cuando fue vendido como esclavo a Egipto por causa de sus envidiosos hermanos. Él sufrió amargamente pero después reconoció que Dios había cambiado toda aquella truhanería de sus seres queridos, todos aquellos infortunios de su exilio y prisión, en la riqueza de la provisión divina para su familia, para el pueblo donde vivía (Egipto) y para la familia de su familia (lo que sería el pueblo de Israel). José no estaba al tanto de todos los detalles del plan de Dios, solo podía mirar el día a día, pero llegado el momento tuvo que reconocer que hasta donde su mente le permitía ver el panorama con mayor amplitud Dios obraba todo para bien.

Todas las cosas obran para bien, no algunas cosas. Eso es providencia divina para un pueblo particularmente designado: para el que ama a Dios. ¿Quién puede amar a Dios? Solamente los que son amados primeramente por Él (Lo amamos a Él porque Él nos amó primero, dice Juan). Pablo define bien el conjunto de personas a quienes todas las cosas obran para bien: el verso 29 de Romanos 8 dice así: Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo... Ese conocer bíblico es amor absoluto (de hecho, aquellos a quienes Dios no conoce (no ama) oirán decir al Cristo: Nunca os conocí. De José se escribió que no conoció a su mujer hasta que dio a luz el niño, pero ya María era su esposa y la llevaba sobre un asno cuando huían hacia Egipto (es decir, ya la conocía cognoscitivamente pero no en la intimidad). Esos conocidos y predestinados son llamados por el evangelio en el tiempo oportuno, para que crean, para que sean justificados, para que sean glorificados (Romanos 8:30).

Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? Esta es la exaltación de la providencia de Dios que se produce en cada creyente,  junto a un argumento de mayor a menor: Si Dios no escatimó a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todo su pueblo (Mateo 1:21), ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? Es un grito de seguridad bajo el conocimiento de que cada cosa, cada detalle de las cosas que suceden, obra para el beneficio de los que somos llamados de las tinieblas a la luz. El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente (Salmo 91:1). La presencia de gracia del Creador cubrirá con su sombra de amor a todos sus refugiados elegidos para ser objetos de su inmutable amor. Es el amor eterno ofrecido a Jeremías, el mismo que es dado a cada uno de los que conforman su iglesia, el mismo que es manifestado en la providencia de su misericordia en todos nosotros. Cristo no es una palabra vacía que denota un simple título, sino el Ungido de Dios para llevar a cabo la redención de todo su pueblo, para la liberación de cada uno de los que integran la multitud de escogidos del Padre, los cuales son enseñados por Él para ser enviados al Hijo que jamás los echará fuera.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 13:06
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