Domingo, 17 de marzo de 2019

El principio de la congregación de los creyentes pasa por el amor que unos a otros se profesan.  Además, existe la esperanza de compartir la doctrina bíblica y de cuidarse los unos a los otros en materia teológica. Por supuesto que la reunión también supone el tener en cuenta a los que padecen de necesidad económica y de salud, a los que necesitan de soporte emocional y afectivo. Pero la Biblia afirma que donde hay dos o tres en el nombre de Cristo allí está el Señor en medio de ellos. Es decir, el número no tiene que ser muy grande para valorar la importancia de la reunión. Dos o tres junto al Señor, ya con eso hay iglesia, congregación o asamblea. Sin embargo, en ocasiones no es fácil encontrar a otro creyente dado que hoy en día hay abundantes herejías en los sitios que se llaman iglesias. Por medio de las falsas doctrinas muchos tropiezan, por lo cual hace falta que tengamos ojo avizor y salgamos de Babilonia.

El sistema de comunicación por internet es algo novedoso, al menos desde finales del siglo pasado. En la época apostólica no se conocía esta manera de conectarnos unos a otros pero en el día de hoy bien valdría una reunión online como asamblea. De hecho, el género epistolar apostólico vino en auxilio de la comunicación entre los creyentes, así que el sistema cibernético también podría ser de gran utilidad al respecto. Pero sabemos que hay muchos que se dicen judíos y no lo son (Apocalipsis 3), muchos que aunque se dicen creyentes niegan la eficacia de la piedad. Hay demasiadas sectas que envían a su gente a permear las reuniones de los que intentan estudiar la Biblia, con la intención de captar prosélitos para su vana forma de pensar. Hoy día podemos decir sin temor a equivocarnos que es difícil conseguir un sitio seguro en materia teológica. La mayoría de esos encuentros religiosos se dan por el afecto que se tienen unos a otros, si bien se deja a un lado la doctrina que pueda demostrar la diferencia entre los que concurren a la asamblea religiosa. En los términos de Jeremías, se dice paz cuando no la hay.

Hoy día se alega que es preferible amar a todos por igual y dejar a un lado la doctrina que genera dificultades entre las personas. A Cristo se quiere con el corazón más que con la razón, ese es el eslogan de multitudes que andan en el error del otro evangelio.

La música se presenta como un gran atractivo para atraer a las masas sedientas de algún mensaje que les dé esperanza y trascendencia. Un nuevo Jesús se presenta ante el mundo como alguien pacifista, integrador, que espera por la decisión de la persona. Un Jesús con barba y pelo largo, como si fuera Nazareno y no de Nazaret, como si hubiese hecho algún voto religioso, viene a ser presentado como el Jesús de paz y amor para el mundo, sin importar lo que se crea de él.  A fin de cuentas, el propósito de ese nuevo Jesús es el de salvar la mayor parte de la humanidad, siempre que ella se deje salvar. A ese evangelio se le añade el pensamiento oriental, el kundalini o la serpiente que se lleva por dentro, el yoga como manifiesto de encuentro con el Ser Superior (El kundalini es una energía intangible, representada simbólica y alegóricamente por la serpiente o por un dragón, que duerme enroscado en alguno de los círculos energéticos del ser humano. Esto no es más que una definición de las tantas que nos da la falsamente llamada ciencia). Con brincos y saltos los prosélitos religiosos se dan a hablar en lengua extraña, en balbuceos ininteligibles que ellos mismos interpretan. De esa forma pretenden ser atractivos ante sus congregaciones por la demostración de poder espiritual especial.

El hombre ha sido movido en sus cimientos por la ideología de la falsamente llamada ciencia.  Se le ha dicho que desciende de los animales, que su pariente más cercano es el mono o el gorila, que no hubo creación alguna sino evolución. Por otro lado se le brinda la ilusión de la ebriedad, sea ésta inspirada en el viejo dios griego Dionisio (el Baco latino) o en la ebriedad pentecostal de un espíritu fuera de sí e integrado con un Ser Sobrenatural. El ser humano se vuelve por esta vía un ente integrado con el concepto de la divinidad, como hacían los viejos semihéroes grecorromanos. Mitad hombre y mitad dios, ahora habla en lengua extraña, supuestamente celestial, tal vez llamada angélica. Por medio del éxtasis que produce la música, una luz sugestiva o por unos gritos especiales de la asamblea donde se reúnen, los creyentes en ese Jesús extraño decretan y ordenan que las cosas se les sujeten. También practican sanidades, en especial las de enfermedades emocionales.

Por supuesto que a ese nuevo evangelio no le interesa para mucho lo de la doctrina del Jesús de la Biblia. Ellos prefieren amar de corazón antes que con la razón. Es decir, la emoción va primero y mucho después la lógica, esta última quedaría supeditada a lo que el sentimiento general de la asamblea dicte. Hacen dinero con esta tarea que glorifica al hombre antes que a Dios, que enarbola el libre albedrío humano como ficción religiosa. Y no olvidemos que este Jesús universalista tiene una madre que también se venera desde las múltiples ópticas de las religiones del mundo. Ella es integradora y ecuménica, conciliadora y corredentora, alguien que puede interceder ante el hijo. El mito babilónico de la madre y el niño, de Semíramis con Tamuz, es el factor más integrador del neocristianismo.

Nuevos profetas con nuevas revelaciones, con dictámenes particulares de un dios que se esmera en declarar los destinos inmediatos de sus seguidores. De esta forma se concilian matrimonios, se piden colaboraciones especiales, se demarcan nuevos ministerios para propagar el otro evangelio. Estamos como si el gobierno popular dominara la iglesia, como si la voluntad de la mayoría impusiera su razón sobre la razón de la doctrina de Jesucristo. Por supuesto, a esto llama Juan en el Apocalipsis sinagoga de Satanás y profundidades de Satanás. Todos estos sinsabores que rodean a la verdadera iglesia (dado que aún la cizaña ha de aparecer en medio del trigo) son ocasionados por la rebelión natural del hombre frente a su Creador. Hay una cadena jerárquica mostrada en la Biblia (1 Corintios 11:2-3) que nos enseña que la cabeza de Cristo es Dios y la del hombre es Cristo, pero también que la cabeza de la mujer es el hombre. Cuando la iglesia rechaza el señorío de Cristo se pone de manifiesto que nunca ha sido iglesia (porque no puede la oveja del Señor irse tras el extraño: Juan 10:1-5).  Si en la cabeza del hombre no habita la doctrina del Señor, ¿cómo podrá ese hombre ser la cabeza de su mujer?  Es indudable que habría una cadena de rebelión si se interrumpe alguno de los órdenes preestablecidos en las Escrituras.

Mal podría el Hijo haber triunfado en justicia y en verdad si hubiese adorado a Satanás en el desierto, si hubiese tentado a su Padre para no tropezar en piedra, o si hubiese convertido las piedras en pan para terminar su ayuno. Pero mal podría el hombre tener su señorío sobre su mujer si Jesucristo con su cuerpo de enseñanzas no fuese su norte, su baluarte, el recurso inmediato de su fe. Y mal podría la mujer oponerse a la rebelión de su marido si ella no tiene la doctrina del Jesús de la Biblia como soporte existencial. El fundamento de todos los miembros de la iglesia es Cristo, lo que se edifica sobre ese cimiento puede hacerse con materiales nobles o innobles. Pero si el fundamento es la roca la casa no caerá llevada por las aguas como le acontece a la que está cimentada sobre la arena.

La rebelión es el rechazo del sometimiento a la autoridad. Todas las criaturas debemos sometimiento al Creador, pero bien sabemos que Lucifer fue el primero en sublevarse junto a multitud de ángeles, cuando pretendía ser semejante al Altísimo. Y es que la rebelión encierra la pretensión consciente o inconsciente de querer ser como Dios. El principio del libre albedrío encierra esa meta escondida, ser como dioses. En la caída de Adán caímos todos y quedamos sujetos al mandato del pecado. Destituidos de la gloria de Dios pasamos a ser hijos de la ira divina, siendo desobedientes por naturaleza con un corazón más que perverso que nadie lo puede entender. Sin embargo, una nueva creación en Cristo, junto a un nuevo nacimiento por el Espíritu, es la garantía de la eliminación del corazón de piedra y su reemplazo por uno de carne. Un nuevo espíritu dentro de nosotros nos produce en consecuencia el deseo de seguir el orden jerárquico de Dios.

La Biblia lo advierte desde antaño: ¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas? Se levantarán los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos contra Jehová y contra su ungido, diciendo: Rompamos sus ligaduras,
y echemos de nosotros sus cuerdas
(Salmo 2:1-3). Seguir a Cristo implica tomar la propia cruz y morir al pecado, lo que nos conducirá a una actividad diaria de estar sometidos al Señor en lo que concierne a la fe y a la práctica de vida. Las tradiciones que Pablo pide conservar son las enseñanzas apostólicas de Jesucristo, dadas en forma oral o por epístolas. El canon de la Escritura las comprende, lo que incluye cada cosa necesaria para que el hombre de Dios sea perfecto (completo).

El orden jerárquico en la creación y en la iglesia comienza por la cabeza principal que es Dios. Esta concepción implica una subordinación necesaria de todas sus criaturas al Trino Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Las Tres Personas son una sola en sustancia, en igualdad y en gloria. Aunque Cristo se subordinó al Padre no por eso es menos Dios. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres (Filipenses 2:5-7). Ese es el ejemplo en la jerarquía designada por el Creador, lo que nos indica que si el hombre es cabeza de la mujer no debe aferrarse a ello sino despojarse de cualquier arrogancia. De igual forma ha de tener en cuenta que le debe sujeción absoluta a Cristo, como Cristo mismo se sujetó al Padre.

Con este modelo jerárquico dos o tres personas en el nombre de Jesús hacen iglesia, mantienen comunión unos con otros, se sujetan al mandato divino. La mujer no es menos que el varón, ni el varón debe sentirse más que la mujer. Lo vemos en la relación entre el Padre y el Hijo, que siendo de igual sustancia el Hijo se sujetó en todo al Padre. Si de esa forma ha sido establecido el orden jerárquico en la creación divina, nada ganamos con sublevarnos. Si la mujer debe la sujeción a su marido, el marido debe el amor a su mujer. Ese amor presupone protección, guía, cariño. La aspereza del varón debe desaparecer en el trato con la mujer, inspirado en el recuerdo de lo que hicieron mutuamente el Padre y el Hijo.  Asimismo el Espíritu, el cual solamente da vida a los que el Padre ordene para vida eterna. El Espíritu fue enviado por el Hijo pero no se sublevó a ese mandato, más bien opera en nosotros y habita en cada creyente, de acuerdo a lo que el Hijo nos enseñó: que sería el nuevo Consolador.

Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros. No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros (Juan 14:16-18). Antes había dicho el Señor que el que lo había visto a él había visto al Padre. Ahora nos dice que no nos dejaría huérfanos, sino que vendría a nosotros por medio del Espíritu que enviaría. Es decir, a pesar de la jerarquía divina una sola es su sustancia. Pero a pesar de ser una sola sustancia hay un atributo jerárquico en ellos. En resumen, por argumento de mayor a menor podemos concluir que si en la más alta jerarquía del universo hay coordinación y sometimiento voluntario, ¿cuánto más no deberá haberla en los seres de menor poder? Y el hombre ha sido hecho menor que los ángeles como para que intente sublevarse ante el Creador. Esa tarea le tocó a Lucifer que quiso ser semejante al Altísimo; no nos hagamos rebeldes violentando el orden establecido por Dios.

Dos o tres congregados en el nombre de Cristo es suficiente número para ser iglesia. Pero dos o tres sometidos igualmente a su cabeza que es Cristo. La mujer recuerde que pese a su sometimiento al hombre debe también una mejor sujeción: a Jesucristo como su Redentor eterno. En tal sentido, si el hombre pierde los estribos de su vida la mujer sigue sujeta a Jesucristo y puede caminar con la libertad a la cual ha sido llamada. Porque ambos, varón y mujer, fueron hechos para mutuo consuelo, para mostrar parte de la gloria de Dios y para estar sujetos a Cristo como cabeza de la Iglesia.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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