Jueves, 14 de marzo de 2019

Le hubiera sido fácil a Pablo eliminar la nación de Israel con su pluma. En el capítulo 11 de su Carta a los Romanos dice que no nos jactemos contra esa nación. Imposible que el apóstol haya confundido a Israel con la Iglesia, más bien habla de sí mismo como de alguien que pertenece a los dos grupos. De la tribu de Benjamín, el apóstol formaba parte de la iglesia de Cristo, pero no dijo que los judíos deberían ser odiados por lo de la crucifixión del Mesías. Más bien se refería al pueblo muy amado por causa de los padres, aunque hasta el momento sus integrantes eran enemigos del evangelio.

El que Israel tuviera que seguir su curso en cuanto a la diáspora se debía al castigo de Dios anunciado a través de sus siervos los profetas. Hoy día ha llegado a ser una nación con un territorio y una lengua, con un pueblo prosperado a pesar de estar rodeada de múltiples enemigos. Todavía Israel sigue sin Cristo, excepto en algunos de sus ciudadanos que han creído el evangelio del Señor, pero los obstinados y sin fe anhelan reconstruir el templo para servir a Jehová. Esa tarea es dura para los duros de cerviz, ya que de acuerdo a las Escrituras (y en especial al libro de Hebreos) es inútil servir a Dios con la ley de Moisés. Al continuar con los parámetros del Antiguo Testamento Israel deambula por el desierto espiritual. Los creyentes en Cristo no estamos llamados a participar en esa reconstrucción del templo sino a denunciar aquello como parte de la rebelión del corazón de los hebreos.

El Anticristo ha sido anunciado en la Biblia como alguien que habrá de venir (y como muchos anticristos ya levantados en el mundo). La abominación desoladora de la que habló el profeta Daniel fue un anuncio profético ratificado por las palabras de Jesús, pero los que seguimos al Señor tampoco nos debemos a la tarea de ayudar a instalar ese reino del abismo. El que algo sea profético no implica por fuerza que el creyente deba participar para alcanzar su cumplimiento, por lo tanto no nos damos a la tarea de proclamar la instalación del reinado anticristo en el mundo. Y si el templo de los judíos ha de ser construido en virtud de la profecía de Daniel -gracias a la interpretación que se deriva de ese libro-, tampoco es nuestra tarea el promover su construcción. El desvarío de Israel es parte del castigo divino, hasta que se cumpla el tiempo en que Dios haga volver su corazón como conjunto nacional y reconozca que el Señor es Jesucristo. Eso asegura Pablo, que Israel está endurecida hasta que se cumpla el tiempo en que Dios los haga volver.

Fácil había de ser que Israel dejara de ser de importancia para Dios por cuanto de los dos pueblos hizo uno en Cristo (del gentil y del judío), pero sin Cristo cada pueblo sigue con su identidad. Mal pudiéramos sugerir que los gentiles ya no son más por causa de la iglesia -de los dos pueblos hizo uno-, pero es igualmente erróneo por argumento a pari (por analogía) pretender la eliminación de Israel como nación por pensar que está subsumida en la iglesia. Sin Cristo existen separadamente los gentiles y los judíos, en Cristo los dos pueblos son uno solo. Pero Dios ama en forma especial a Israel por causa de los padres, de manera que no nos jactemos contra ellos ya que fueron endurecidos en parte para que nosotros -los gentiles- fuésemos injertados al reino de Dios.

Dios en su providencia tiene los destinos prefijados de los seres humanos, pero por igual hace con las naciones y sus príncipes (sus gobiernos). Su plan es eterno e inmutable, de manera que levantó a Ciro como su siervo aunque no le permitió conocerlo. De la misma forma ha levantado a Israel para traer su nombre al mundo, pero ese Israel se encuentra ahora endurecido como entidad nacional sin conocer al Señor. Están por el momento en la misma condición que Ciro el grande, ignorando la justicia de Dios que es Jesucristo.  Precisamente, por esa providencia divina Israel anda extraviado y se dedica a estudiar la manera de reconstruir el templo judío. Si creemos que Dios controla el corazón de los reyes de la tierra, si asumimos que Él es Soberano Absoluto, debemos entender que el desvarío teológico de Israel en cuanto a su pretensión del templo ha sido colocada por Dios para su propósito. Por una o por otra vía llegamos al mismo destino, que Dios es soberano y ha colocado a Israel donde está en este momento. La hizo nacer como nación en un solo día -de acuerdo a lo dicho por Isaías-, convirtiendo a Jerusalén en piedra pesada para las naciones.

Ese misterio, que en otras generaciones no se dio a conocer a los seres humanos, ahora se ha revelado por el Espíritu a los santos apóstoles y profetas de Dios;  es decir, que los gentiles son, junto con Israel, beneficiarios de la misma herencia, miembros de un mismo cuerpo y participantes igualmente de la promesa en Cristo Jesús mediante el evangelio (Efesios 3:5-6). Los gentiles eran las otras ovejas que no eran del redil judío, las cuales Jesús debía traer para que oyeran su voz, a fin de que hubiera un rebaño y un pastor (Juan 10:16). Pablo comprendía el misterio de Cristo (Efesios 3:4), un misterio que estuvo escondido desde los tiempos. La finalidad de todo aquello que estuvo oculto en Dios era dar a conocer ahora, por medio de la iglesia, la sabiduría de Dios. Pablo oraba para que tuviésemos espíritu de sabiduría y de revelación, de manera que comprendiéramos el propósito de Dios en Cristo: que sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia (Efesios 1:22).

Para los que sostienen que la Iglesia existía en el Antiguo Testamento le recomendamos que mediten en lo que Jesús le dijo a Pedro: Y tú eres Pedro y sobre esta piedra (la revelación que le fue dada acerca de que el Cristo era el Hijo de Dios) edificaré mi iglesia (Mateo 16:18). El tiempo del verbo está en futuro por lo cual entendemos que la iglesia no existía en ese momento, ya que Jesús la iba a edificar. Sabemos lo que sucedió en Pentecostés y cómo el Espíritu de Dios fue derramado a esa congregación. Es decir, no se debe confundir Israel como nación histórica con la Iglesia como la promesa que le dio Cristo a Pedro y demás discípulos. Son dos entidades independientes, aunque conceptualmente a los creyentes se les llame judíos verdaderos y aunque ya sepamos que de los dos pueblos Dios hizo uno en Cristo. De esa nación histórica se escribió hace siglos lo siguiente: ¿Quién oyó cosa semejante? ¿Quién vio tal cosa? ¿Concebirá la tierra en un día? ¿Nacerá una nación de una vez? Pues en cuanto Sion estuvo de parto, dio a luz sus hijos. Yo que hago dar a luz, ¿No haré nacer? dijo Jehová. Yo que hago engendrar, ¿impediré el nacimiento? dice tu Dios. Alegraos con Jerusalén, y gozaos con ella, todos los que la amáis; llenaos con ella de gozo, todos los que os enlutáis por ella; para que maméis y os saciéis de los pechos de sus consolaciones; para que bebáis, y os deleitéis con el resplandor de su gloria (Isaías 66:8-10).

Sabemos que Israel desechó a Jesucristo pero el Señor no ha desechado a Israel en cuanto a sus propósitos eternos. Por supuesto, no hay para ellos redención posible sin el evangelio del Señor, pero como pueblo histórico cumplen un plan profético en el panorama general de lo que ha sido anunciado por el Todopoderoso. Ese pueblo fue constituido por Dios como parte de su plan eterno e inmutable, con el propósito de traer su evangelio y redimir por medio de Su Hijo a los que habría de redimir. La salvación viene de los judíos, como le aseguró Jesús a la mujer de Samaria. Por esta razón también le fue dicho a Abraham que en su simiente serían benditas todas las familias de la tierra (Génesis 22:18). Pero antes también se le dijo lo siguiente: Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra (Génesis 12:3). Y Pablo nos asegura en Romanos 11 que Israel ha tropezado no para caer sino para traer bendición a los gentiles, pero su restauración será para múltiple bendición. Es decir, el apóstol estaba cierto de que habría finalmente una restauración de esa nación (no de la iglesia, como si ella hubiese absorbido a la nación). La iglesia no será finalmente salvada, ya que ella lo es por la justicia de Cristo. Pablo habla de la futura restauración y redención de Israel como nación, cuando les sea quitado el estupor y puedan reconocer al Salvador que un día rechazaron históricamente. En otros términos, cuando en uno de los salmos leemos que hemos de pedir por la paz de Jerusalén, nuestra oración no puede ser otra que desearle a ese pueblo que tengan la única paz posible, Jesucristo.

Pablo habló de muchos misterios que le fueron revelados, uno de los cuales dice: Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles (Romanos 11:25). Y agrega la explicación: Así que en cuanto al evangelio, son enemigos por causa de vosotros; pero en cuanto a la elección, son amados por causa de los padres. Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios (Romanos 11:28-29).

En el libro de los Hechos se narra el nacimiento y el desarrollo de la iglesia de Cristo. En los evangelios se proclama la profecía del Señor respecto a la destrucción del Templo y de la ciudad de Jerusalén, lo cual acaeció en el año 70 d.C. por ejecución de los romanos del Imperio. De esta forma el pueblo de Israel casi desaparece de la faz de la tierra mientras la iglesia se fortalece, si bien las primeras asambleas eclesiásticas estuvieron compuestas principalmente por judíos creyentes o convertidos al cristianismo.  Ya a mediados del siglo II las últimas revueltas judías fueron aplastadas en forma definitiva por el emperador Adriano. Consecuencia de esta última derrota fue la diáspora definitiva que sufrieron como castigo por su rebelión ante el Imperio Romano. Hubo la intención de los romanos de darle el nombre de Aelia Capitolina a la Jerusalén reconstruida, en tanto colonia de Roma. De igual forma se le cambió el nombre de la nación por Siria Palestina, lo cual derivó más tarde solamente en Palestina (quizás en referencia a los antiguos enemigos judíos, los filisteos cuya tierra era denominada por los árabes como: FilasṭīnFalasṭīn o Filisṭīn).

La historia reciente nos habla del mandato británico de Palestina, territorio perdido por el imperio Otomano durante la Primera Guerra Mundial. Las unidades británicas mejor armadas que las otomanas (más obsoletas frente a los nuevos armamentos ingleses) vencieron en 1918. Obtenido ese mandato sobre la región palestina, el mismo expiraría en mayo de 1948. Los continuos estallidos de violencia entre judíos y árabes forzaron al gobierno británico al retiro de Palestina, dejando en las manos de la recién fundada Naciones Unidas el resolver el conflicto. A escasas horas para que expirara definitivamente el mandato británico, se anunciaba oficialmente el nacimiento del Estado de Israel. Aunque meditada por años la proclama se hizo en un día, sin debates derogados y sin oposiciones a los mismos, todo ello fundamentado en la resolución de la Asamblea General de la Naciones Unidas. Es decir, dos guerras mundiales gestaron el nacimiento de la nueva nación de Israel, si bien este Israel no ha renovado su pacto con el Dios que un día conocieron siglos atrás. La salvación de los judíos, de todos aquellos que Dios tenga escogidos para tal fin, no puede ser de una manera diferente a la de sus antecesores (Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, Daniel, Elías, David, o cualquiera que pertenezca a la iglesia que edificó Jesucristo). La salvación ha de ser por medio del evangelio de Cristo, por el hecho de que Dios les otorgue fe y arrepentimiento para que puedan creer en el Hijo.

Concluimos que Pablo no borró con su pluma a Israel, sino que nos habló del misterio que le fue revelado para que ninguno de nosotros nos mostrásemos arrogantes para con esa nación. Ese endurecimiento en parte ha acontecido hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles. Pablo reconoce que ellos siguen siendo enemigos nuestros por causa del evangelio, pero que siguen siendo amados por causa de los padres. Y nosotros debemos preguntarnos en que si cuando éramos aún viles pecadores, ignorantes de la justicia de Dios, hijos de la ira lo mismo que los demás, fuimos amados por causa del que nos amó con amor eterno, ¿por qué razón Israel no continúa siendo amada por causa de los padres? Eso forma parte de la profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios, de lo insondable de sus juicios y de lo inescrutable de sus caminos. ¿Quién entendió la mente del Señor?

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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