Mi?rcoles, 06 de marzo de 2019

El testimonio del evangelio es mucho más que la buena conducta del que lo anuncia. Jesús un día dijo a algunos que hicieran lo que los fariseos decían y no lo que hacían, dando a entender que la persona tiene suficiente criterio para examinar las palabras del que habla. En ocasiones coinciden la conducta con lo dicho y eso es una maravilla, como le sucedió a Pablo y a tantos otros a través del a historia de la iglesia. Pero es triste ver a los de buen testimonio hablar una doctrina errónea, o ignorar lo que la Biblia dice desde antaño. Así le aconteció a Nicodemo, maestro de la ley, que no entendía lo que era el nuevo nacimiento (la circuncisión del corazón, el cambio del corazón de piedra por uno de carne, el espíritu nuevo que ame la ley de Dios). Pese a que en los rollos del Antiguo Testamento se había plasmado ese concepto, el hombre docto de la ley de Moisés lo ignoraba. Estaba más apegado al hacer y dejar de hacer (la conducta que se ve) que a la comprensión de la enseñanza de la Escritura.

Pablo continuaba enseñando a grandes y a chicos lo que los profetas y Moisés dijeron que acontecería (Hechos 26:22). Pero Pablo había estudiado a los pies de Gamaliel, en la época en que no entendía nada del Mesías que había de venir, dando lugar con su ignorancia a la persecución de los creyentes hasta la muerte. No fue sino después de su conversión que pudo comprender la verdad que él castigaba. Habiendo sido enviado como apóstol para los gentiles (el resto del mundo no judío) dedicó lo que le quedaba de su vida al anuncio de la buena nueva de salvación. No por ese discipulado particular hacia los gentiles descuidó el lado judío de la predicación, ya que en muchas oportunidades tuvo que referirse a la ignorancia que los israelitas tenían respecto a la justicia de Dios (Romanos 10:1-4). Ese apóstol aseguró que para una multitud de personas el evangelio sigue permaneciendo encubierto, a no ser que Dios mande que de las tinieblas resplandezca la luz. Pero de todo el conjunto en el que permanece encubierto el evangelio hay un grupo muy numeroso en el que de seguro no resplandecerá jamás: entre los que se pierden, en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios (2 Corintios 4: 3-4).

El que algunos no vean el brillo del evangelio a lo largo de la Escritura (desde Génesis hasta Apocalipsis) no significa que no exista en sus páginas. Sabemos que grandes eruditos como Gamaliel y Nicodemo, así como muchos otros fariseos, no reconocieron al Mesías Redentor. Nicodemo pudo hablar con Jesús pero no se menciona acerca de su conversión, así como Gamaliel ilustró a Pablo pero no se habla en la Biblia de que se haya arrepentido en cuanto a su visión de Dios y de sí mismo. No dudamos de la buena conducta de Gamaliel y de Nicodemo, pero sabemos que ese hacer y dejar de hacer no les sirvió de nada en cuanto a su redención eterna. La justicia del hombre no satisface la justica de Dios, de manera que acostumbrados como estaban a los ritos religiosos, a la memorización de la ley, a las enseñanzas en sus sinagogas, al respeto adquirido en medio de un pueblo más ignorante que ellos, ellos seguían alejados de la ciudadanía de los cielos.

Se prueba una vez más lo que la Biblia enseña, que no los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes (Romanos 9:8). Hay cosas que suenan duras a los oídos de los incrédulos, pero que son melodía agradable para las almas trabajadas y cansadas: Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar (Mateo 11:27). Sin la predicación del evangelio no hay posibilidad de salvación, ya que la fe viene por el oír la palabra de Dios; pero no todos los que lo oyen, ni los que le dicen a Cristo Señor, Señor, entrarán en el reino de los cielos. Hay una revelación específica que el Señor hace a quienes son previamente enseñados por Dios. Una vez que el Padre los envía hacia el Hijo éste no los echa fuera, sino que los resucitará en el día postrero. Hay una declaración del Buen Pastor que es el testimonio de la verdad, que ninguna de sus ovejas se irá jamás tras el extraño (Juan 10:1-5).

Ese es el testimonio del creyente, que no se vaya tras una falsa doctrina, que no enseñe jamás una herejía, que no siga nunca al falso maestro. Si no testifica su vida en cuanto a eso que dijo Jesucristo, lo que estará atestiguando será que es un extraño, no una oveja. Muchos han trocado ese testimonio por la buena conducta, como si el buen comportamiento social fuese el fruto del que Jesús hablara. Más bien el Señor perdonó a la mujer adúltera (aunque le dijo que no pecara más), también perdonó a Pedro en su negación y oró para que su fe no cayera. De igual forma perdona a cada una de sus ovejas cuando pecan (ya que es nuestro abogado para con el Padre), pero ese mismo Señor aseveró que el fruto que damos desde nuestro corazón a través de nuestra boca habla de nosotros, de lo que hemos creído. De esta forma aseguró que ninguna de sus ovejas se iría nunca más tras el extraño, porque ellas desconocen esa voz maligna. No hay tal cosa como un creyente que profesa una falsa doctrina, que crea en una enseñanza opuesta a la Escritura; pero sí puede haber un creyente que sea conforme al corazón de Dios y que caiga en pecado, como le aconteció al rey David. Pero el Señor a todo el que ama castiga y azota a todo el que tiene por hijo.

Entonces, el testimonio no puede camuflar la ignorancia, como si el testimonio fuese la buena conducta del creyente. El ser testigo del Señor implica el habitar en su doctrina, en comunicarla siempre, así como supone huir de los extraños. Por supuesto, la conducta proba es un adorno honroso en la vida del creyente, pero nunca el testimonio mismo. Si lo fuera, muchos no creyentes en Cristo también darían el testimonio de la buena conducta sin estar atados a la doctrina del Señor. Hay mucha gente en el mundo que muestra buen comportamiento social, que se inhibe de ciertos daños al prójimo y que se cuida a sí misma al llevar una vida proba conforme a la moral de su tiempo. Eso no lo hace creyente ni participante del evangelio de Cristo. Es por ello que cuando el Señor nos encomendó ser sus testigos no estaba pensando en que lo seríamos si seguimos una determinada moral. Más bien el ser testigos de él supone estar afiliado de corazón a sus enseñanzas. Claro está, por sus enseñanzas también puede implicarse la buena conducta como un sucedáneo de lo que existe en nuestro corazón.

La dureza de corazón implica la incapacidad para el entendimiento de las cosas espirituales. Esa dureza testifica la pertenencia al mundo, aunque se tenga buena conducta.

Hay gente que testifica de su propia confusión, como los formadores de imágenes de talla que no ven ni entienden. Con un corazón engañado no pueden liberar su alma, ni llegar a reconocer que es mentira lo que adoran. Y un ídolo es una representación que sustituye al verdadero Dios, sin importar si es de madera o de piedra, si es una figura concreta o abstracta. Hay los que se dan a la tarea de confeccionar un Cristo a su medida, que encaje con sus ilusiones de lo que debe ser un Dios. Bien, ellos también se forjan la imagen mental de lo que no es Dios, aunque se aprendan capítulos enteros de la Biblia, aunque adoren lo que no conocen, aunque pregonen por doquier sobre ciertas verdades con las que pretenden ocultar las múltiples mentiras que han asumido. La Biblia asegura que el Mesías vería el fruto de la aflicción de su alma y quedaría satisfecho. Pero agrega algo que es trascendente en grado sumo para los interesados en la materia de salvación: Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos (Isaías 53:11).

Por esta razón hablábamos del testimonio y la ignorancia. Repetimos, no se trata de testificar con una conducta apropiada ante la sociedad, mientras guardamos al mismo tiempo un cúmulo de falsas enseñanzas teológicas. Más bien el verdadero testimonio implica la confesión de la doctrina del Señor, que no es otra que la doctrina de su Padre, enseñada por él y por sus discípulos, anunciada igualmente por los profetas y demás escritores bíblicos. De la abundancia del corazón habla la boca, no puede el árbol malo dar un buen fruto (ni el árbol bueno dar un fruto malo). Es decir, el árbol bueno (el creyente redimido por el Buen Pastor) no dará jamás un fruto extraño (no asumirá una falsa doctrina, no llamará bueno a lo malo). Sabemos igualmente que el impío -aunque se diga creyente- no podrá jamás asumir del todo la doctrina del Señor. Por sus palabras llegará a ser descubierto, ya que de lo que abunda en su corazón dará fe su boca. Ese será su testimonio para vergüenza, pero el testimonio del que ha creído en el Señor de la Escritura confesará la doctrina de Cristo en toda su dimensión.

La conducta humana es variada, puede ser una guirnalda en la vida del creyente (o puede ser que edifique con materiales poco nobles y perecederos). Lo cierto es que el verdadero creyente tendrá el fundamento cierto que es la roca, que es la doctrina del Señor. El falso maestro, el falso pastor, la cabra disfrazada de oveja, podrá mostrar materiales nobles en su edificio (una conducta proba e intachable, las más de las veces) pero su fundamento será la arena y no la doctrina de Cristo. Así que no nos confundamos con el erróneo criterio que enseñan las sinagogas de Satanás respecto al testimonio del creyente.

Un buen testimonio no puede ir acompañado de la ignorancia de la doctrina de Cristo. Una vez más: Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos (Isaías 53:11).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 14:07
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