Viernes, 01 de marzo de 2019

Es muy común escuchar decir que el libre albedrío es una cualidad propia de los seres humanos sin la cual nadie puede ser juzgado. Para esta asunción se pide prestado al Derecho el concepto de la voluntad (voluntas) como parte fundamental en la acusación hecha a un reo de juicio. Resulta que aún la Psicología ha prestado su auxilio para ensalzar este concepto, ya que si la persona está fuera de sí, o si se encuentra alienada por una fuerza externa, todo ello concursará como atenuante en un juicio. Metida en el hecho histórico del libero arbitrio latino -como herencia de otras lenguas y culturas- la teología ha visto minada el área de la responsabilidad humana frente al Creador.

De esta forma Pelagio, siglo V de la era cristiana, afianzaba este concepto dentro de la iglesia oficial. Al principio fue duramente criticado pero pasados algunos años su premisa de la libertad para ser juzgado se afianzó hasta nuestros días. El libre albedrío se ha erigido como un ídolo del que no se renuncia tan fácilmente. Aún los cánones de Roma/Concilio de Trento sostienen que ha de ser considerado maldito (anatema) todo aquel que niegue la libertad humana en materia de su salvación. Es decir, que los reformadores y evangélicos que adoran este ídolo ven en el Vaticano y su religión a su hermana mayor. Nos interesa lo que la Biblia propone, ya que muchos extraen de sus páginas aquellas líneas que hacen juego con su herejía. Y es que fuera de contexto cualquier texto dice lo que el impío desea que se diga.

Muchas de las admoniciones contra el pueblo de Israel, tales como haz esto y vivirás, son tomadas como respaldo para servir al ídolo del libero arbitrio. Si aquello que se alega fuera cierto habría que clausurar la Biblia, cerrar sus páginas y plañir por la falta de revelación veraz. Pero no hay contradicción en la Escritura, excepto la que sus detractores denuncian. El hecho de que en sus páginas se lea que Dios manda a todos a que se arrepientan y crean en el evangelio no asegura que aquello sucederá. Entonces los que son escépticos reclaman que lo que Dios ordena no se cumple, por lo tanto no es tan Todopoderoso como se enuncia. Y así sumaremos falacia tras falacia, a no ser que entendamos de una vez por todas cuál es la premisa mayor de toda la Escritura en materia de mandato, de decreto, de salvación y condenación.

Lo que Dios manda y ordena no implica la presunción de capacidad en el sujeto para cumplirlo. Eso no hace al mandato nulo ni al mandante (Dios) impotente. Más bien debemos mirar un poco más lejos de esas ordenanzas para saber cuál es y ha sido la voluntad de Dios respecto a salvación y condenación, y por ende a todo mandato que toca esas áreas. Pienso que Romanos 9 es un buen punto de partida (y pudieran ser muchos otros textos similares). Si partimos de su enunciado nos daremos cuenta de que hay un plano metafísico referido por el apóstol. Ese plano va más allá de lo histórico, lo físico -el espacio tiempo en que nos movemos. Ese plano habla de la voluntad sempiterna de Dios como Creador de acuerdo a un propósito que no cambia jamás. Él se propuso crear dos grandes pueblos en la humanidad, uno para alabanza de su amor y gloria y otro para la exhibición de su justicia y poder. A unos los representó en Jacob mientras a otros los dispuso en Esaú. Ambos hermanos eran gemelos nacidos y criados en un mismo hogar, hijos de Isaac -el heredero de la promesa.

Sin embargo, Esaú fue escogido como vaso de ira para destrucción y vergüenza eterna, muy a pesar de ser hijo de Isaac. Es decir, la transmisión de la elección de gracia no es genética sino que compete al ámbito de la voluntad de Dios en forma exclusiva. Todos los que él representa son llamados en otros contextos réprobos en cuanto a fe. Y a ellos también Dios les manda a arrepentirse y a creer el evangelio. Ellos no pueden hacerlo en forma eficaz, aunque hay algunos que simulan la conversión; los otros, los representados en Jacob son redimidos pero no sin antes arrepentirse y creer el evangelio anunciado. Ellos tampoco pueden por naturaleza llegar a creer, como no han podido hacerlo ninguno de los de Esaú. Recordemos que en Romanos 9 se nos dice que todos fuimos hechos de la misma masa. Pero hay algo que opera en los hijos escogidos para salvación que no opera en los otros, es la gracia irresistible del Espíritu de Dios, de tal forma que cuando somos llamados en el tiempo oportuno se opera en forma eficaz el nuevo nacimiento que proviene de Dios.

Entonces surge la pregunta clásica, si ya Dios sabía que unos se iban a perder ¿para qué los creó? O esta otra interrogante, ¿por qué, pues, Dios inculpa? Si nadie puede resistirse a su voluntad, ¿será ese Dios de las Escrituras un Dios injusto? Las objeciones se suman, de acuerdo a los vasos de ira que reclamen. A todos se les da la misma respuesta: no eres más que un vaso de barro formado por el Alfarero que tiene la potestad de hacer lo que desee con su masa. De hecho todo cuanto Jehová hace lo hace para su propia gloria y para la del Hijo en tanto Redentor. Fijémonos bien que no ha habido error alguno en la creación de Dios en cuanto a la formación del mal. Aún al malo ha hecho Dios para el día malo, y no hay nada malo acontecido en la ciudad que Jehová no haya hecho. Es decir, si el Cordero de Dios estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo (en palabras de Pedro el apóstol) quiere decir que Adán nunca tuvo la posibilidad de no pecar. El debía pecar sí porque sí, ya que de otra manera la gloria del Hijo nunca la habría tenido si el padre de la raza humana se hubiese mantenido sin pecado.

En eso tenemos que pensar para contemplar aunque sea por un momento algunos aspectos de la grandeza e inconmensurabilidad de Dios. No tiene quien se le resista ni quien le diga qué haces. Judas Iscariote fue escogido como hijo de perdición y tuvo que cumplir a cabalidad todo aquello para lo que fue designado. No pensemos ni por un momento que nosotros somos hechos de diferente masa, como si tuviésemos libre albedrío para tomar decisiones independientes de lo que se nos ha ordenado. Si Judas hubiese sido libre pudo no haber entregado al Hijo de Dios en algún momento, pero la providencia divina se desplegó de tal forma para que hiciera todo aquello que tenía escrito en su guión. En ese sentido cada ser humano es un perfecto actor, hace exactamente aquello para lo que fue creado.

Claro está, algunos de los idólatras del libre albedrío pretenden echarle la culpa a Dios, mientras otros de la misma estirpe intentan defenderlo. Estos últimos son más infelices que los primeros por cuanto alegan que Judas actuó de su libre albedrío, al igual que el Faraón de Egipto. Incluso algunos teólogos de renombre han llegado tan lejos en su desvarío que aún Calvino, célebre reformador que decía creer en la absoluta soberanía de Dios, aseguraba en sus Comentarios de las Escrituras, que cuando Jesús le lavaba los pies a Judas (antes de su crucifixión) le estaba dando la oportunidad para que se arrepintiera. Eso no merece comentario alguno por lo dislocado del planteamiento, al venir de un teólogo de la envergadura de Calvino. A veces pienso que ese Reformador no tenía claro lo que era el evangelio.

Calvino creía en la universalidad de la expiación y había afirmado que Jesús había muerto por toda la humanidad, sin excepción, en una forma general, pero que su sangre había sido eficaz solamente en los elegidos del Padre. Un absurdo teológico que demuestra el axioma del libre albedrío movido de alguna manera. Y si hubiere duda en esto que decimos, usted puede ir a los Comentarios de Calvino en relación a la Biblia. En el libro de Juan, cuando interpreta el capítulo 13 y verso 11, dice lo siguiente: Y ustedes están limpios...Pero no todos. Con esta excepción se añade que cada quien debe examinarse a sí mismo, de manera que Judas pudiera tal vez ser movido a tener un sentimiento de arrepentimiento...El propósito de que Jesús se abstuviera de mencionar su nombre (el de Judas) descansaba en el hecho de que no quería cerrarle la puerta del arrepentimiento. Imaginemos por un momento que si Jesús que sabía todas las cosas, que había escogido al hijo de perdición para que la Escritura se cumpliese, hubiese estado en semejante vacilación al darle la oportunidad a Judas para que se arrepintiera, implicaría que su expiación no era del todo necesaria. Al mismo tiempo señalaría la libertad o libre albedrío de Judas para arrepentirse -muy a pesar de haber sido escogido por Dios como hijo de perdición para que la Escritura se cumpliese.  De igual momo habría que reconocer que la Escritura no se hubiera cumplido y el discípulo traidor en potencia hubiese echado mano de su libertad suprema y soberana para negar toda la profecía que el Señor mismo había dictado a sus profetas. Esto no es más que otra incoherencia de Calvino, con un poco de blasfemia al considerar también que la expiación universal de Jesús se hizo por todos los que yacen en el infierno, aunque sirvió solamente para los elegidos del Padre. Pero lo que no se explica es cómo esos elegidos del Padre pudieron alcanzar tal redención, ya que al parecer si Judas tenía libre albedrío reconocido por los deseos de Jesús de que se arrepintiera, se supone que aquellos elegidos del Padre también lo tenían para alcanzar la gracia eterna. Ese Reformador necesitaba ser reformado, más aún, necesitaba creer en el evangelio de Cristo.

El ídolo del libre albedrío no debe ser tolerado en las iglesias que se dicen cristianas. Por medio de ese ídolo se demuestra que la gente que lo profesa posee una errónea visión de la Escritura, que asume un punto de vista blasfemo en relación al Dios de la Biblia. Ese ídolo hace que los que lo profesen manifiesten un desconocimiento de la eficacia de la expiación hecha por Jesucristo, al mismo tiempo que suponen que el pecado desde Adán no ha matado a nadie en forma absoluta en su espíritu sino solamente lo ha enfermado. El ídolo del libre albedrío exalta al hombre frente a Dios, da gloria a la criatura que decide su destino mientras coloca al Creador a la espera de los que manifiesten buena voluntad. Estos últimos siempre tendrán algo de qué gloriarse, de su buena disposición, de su capacidad de entendimiento, de su esfuerzo personal para ser aceptado por Jesús. Estos idólatras asumen que cuando Jesús dijo que nadie podía ir a él a menos que el Padre lo trajese (a la fuerza, de acuerdo al verbo griego  ELKO) lo que en realidad quiso decir fue que el Padre les da la oportunidad de ir y ellos tienen que caminar, de lo contrario no son salvos. Siempre dispuestos a torcer las Escrituras son semejantes a los que siempre están aprendiendo pero no llegan a conocer a Dios, son como los que tienen apariencia de piedad por su estricta conducta religiosa pero niegan la eficacia de ella por lo distorsionado de su doctrina.

El Dios de la Biblia reprueba desde la eternidad a quienes Él dispuso para tal fin, pero salva desde la eternidad a los que eligió para tal propósito. Tanto a los unos como a los otros se les ordena (mandato general) que se arrepientan y crean el evangelio. Unos tratarán de negar por siempre tal mandato y otros lo harán a medias, a partir de sus propios esfuerzos mostrando sus obras muertas como la ofrenda que ofreció Caín. Pero los que son llamados eficazmente acudirán presurosos y arrepentidos (con un cambio de mentalidad respecto a Dios y respecto a lo ruin de sí mismos), para creer en el día del poder de Dios. Estos últimos han comprendido que el ídolo del libre albedrío era un dios que no podía salvar, han quebrado su imagen y han destruido por siempre su falsa doctrina. Ellos jamás seguirán al extraño porque desconocen su voz y seguirán por siempre al Buen Pastor (Juan 10:1-5).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 13:07
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