Domingo, 24 de febrero de 2019

La alabanza dada a Dios por el hombre no regenerado es idolatría. Esto vale para los que se creen regenerados, a pesar de que practican la doctrina de las obras combinada con la de la gracia. Los pensamientos de Dios no son los mismos del hombre, de manera que conviene averiguar primero cómo quiere Dios la alabanza para después dársela. Esa tarea corresponde a cada creyente y debe dirigirse a las Escrituras para averiguar lo que significa el que Dios busque verdaderos adoradores. Si uno mira en la naturaleza de los animales puede descubrir que el gato actúa como gato y el caballo como caballo. No hay cruces posibles, ningún ave actuará como el cocodrilo. Miremos también en la naturaleza del hombre caído, alejado de Dios, lejos de la ciudadanía del reino de los cielos.

El hombre caído en Adán (pues en Adán todos mueren) tiene una imagen turbia de su Creador. Apenas infiere que existe el Todopoderoso pero no lo soporta. Tampoco Adán y Eva resistieron la presencia de Dios después de su pecado. Ellos se escondieron y tuvieron vergüenza de su desnudez. El pudor por estar desnudos es un símbolo del temor por ser descubiertos internamente. De esta forma el ser humano se aleja día a día de la imagen y semejanza con su Creador y se da a la invención de formas distintas de reverencia y de adoración, prefiriendo los ídolos que sustituyen el encuentro con el verdadero Dios. La gloria del Dios incorruptible fue transformada en semejanza de seres creados, de animales y reptiles, de cosas sin espíritu como árboles, ríos, rocas y cosas semejantes. El hombre natural enajenado por su pecado y vergüenza honró antes a la criatura que a su Creador.

Sin poder amar a Dios y sin poder buscarlo, no escuchará tampoco la palabra divina. Hay una animosidad contra su Creador porque la naturaleza pecaminosa actúa en respuesta al sentimiento de rencilla, de enemistad con quien descubrió su desobediencia. El etíope no puede cambiar su color como tampoco el leopardo sus manchas (Jeremías 13:23). ¿Podrá el hombre hacer bien acostumbrado a hacer el mal? La inclinación natural del hombre después de ser expulsado del Edén no fue otra sino hacia el mal. Y así lo ha declarado la palabra de Dios, la cual creemos que es verdad por la sola gracia que nos ha sido dada. De lo contrario diríamos lo mismo que los demás, que eso es mito o leyenda religiosa. El pecado ha sido desplegado a través de los siglos y puede ser palpado en la historia de la humanidad. El salmista parece haber sido iluminado al respecto y por lo tanto declara que él mismo había sido formado en iniquidad y concebido en maldad (Salmo 51:5). En otros términos, el hombre posee una semilla corruptible.

Por la razón del pecado le fue dada la promesa a la humanidad elegida para tal fin de una simiente incorruptible. El Génesis 3:15 es uno de los primeros anuncios del evangelio, la promesa de salvación que traería la simiente divina que nacería de una mujer y que es Cristo. Todo cuanto forja el hombre en la tierra es como si lo hiciera con una herramienta estropeada, dejando la huella de la malformación natural en la obra que con ella labra. Un pincel deformado dejará un trazo maltrecho, más allá de la intención del artista. Así la humanidad que trata de agradar a Dios no recibirá respuesta grata porque sus frutos son indignos. Eso se demuestra en la ofrenda de Caín, que por más esfuerzo presentado no valió de nada. Y es que Dios rechaza por naturaleza el esfuerzo humano pero acepta por naturaleza la ofrenda del Hijo.

El Hijo de Dios es la Semilla Incorruptible, es el Cordero preparado desde antes de la fundación del mundo para manifestarse en los tiempos de la matrecha humanidad, dando la paz y la redención a todos aquellos que fueron y son llamados de las tinieblas a la luz. Estos son los que pertenecen al grupo de Jacob, el cual fue amado desde antes de ser concebido sin miramiento a sus obras, buenas o malas. Hay otro gran grupo de personas para quienes el evangelio no es una promesa de salvación sino más bien una noticia terrible. Estos son los que han sido dispuestos para que tropiecen en la roca que es Cristo, los que desde siempre fueron colocados para ira y destrucción. Son los representados por Esaú, a quien Jehová odió aún antes de ser formado, antes de que hiciera bien o mal (Romanos 9). Sin embargo, en la naturaleza humana algo no cambia y es el sentimiento de culpa del hombre frente a su Creador. Unos lo tienen más mitigado que otros, pero en su estado natural y no redimido el corazón humano se siente engañoso y perverso, más que todas las cosas. Frente a esta realidad el hombre sabe que su deber es arrepentirse y creer el anuncio de Dios.

Pero así como Adán y Eva se escondieron de Dios en el huerto, mientras cubrían su desnudez con hojas de higuera, el temor solo pasó cuando quedaron bien cubiertos con pieles de animales. Estas pieles son el fruto del primer sacrificio animal de la creación, un emblema del sacrificio de Cristo que cubriría la multitud de pecados frente a Dios. Por esa razón fue aceptada la ofrenda de Abel, porque representaba el sacrifico del Cordero agradable ante Jehová. Este sacrificio ha sido desplegado como símbolo en las Escrituras, mostrado a través de los ritos bíblicos del pueblo de Israel con sus sacerdotes, hasta que vino el Mesías a la tierra a morir por todos los pecados de su pueblo.  De allí que todo aquel que nace de nuevo de la semilla incorruptible  es guardado para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos (1 Pedro 1:3-4). Pero hay quienes a partir del Dios de las Escrituras se fabrican otro dios más humanizado, acorde con sus mentes que se resisten a la absoluta soberanía de Dios. Para estos trasnochados teólogos del dios que no puede salvar, la divinidad no está airada contra el impío todos los días, ni ama a Jacob con amor eterno. Más bien suponen que su dios ama hoy a los que mañana puede odiar.

Empero el Dios de la Biblia se manifestó ante Jeremías diciéndole que lo había amado con amor eterno (Jeremías 31:3).  Si en realidad nosotros hemos sido amados por el Hijo de la misma forma en que el Padre amó a Jesucristo (de acuerdo a Juan 15:9), tenemos que deducir que Dios nos ha amado con el mismo amor que tuvo por su profeta Jeremías, por Job, por Zacarías, por Pablo, por cada uno de sus elegidos. Asimismo, Esaú fue odiado como lo fue el Faraón de Egipto, con el propósito de mostrar en él la ira y la justicia de Dios. Este odio divino se dio desde la eternidad, antes de que ellos fuesen formados, antes de que hiciesen bien o mal (Romanos 9:11-18). Dios mostró su misericordia en su pueblo escogido, aún cuando andábamos muertos en nuestros delitos y pecados (aunque fuésemos sujetos a la ira lo mismo que los demás), por cuanto nos hubo amado con amor eterno. Jesucristo es sujeto y objeto de ese gran amor del Padre así como de Su ira, cuando cargó con nuestros pecados, por lo cual fue azotado y martirizado, habiendo sido incluso abandonado por Dios en la cruz al haber sido hecho pecado por causa de su pueblo (Mateo 1:21).

El creyente no deja de recordar nunca que fue Dios quien lo amó primero para que después pudiera amarlo a Él. El amor de Dios por sus elegidos se originó en la eternidad, de allí que cada uno de los que ha amado con amor eterno es entregado al Hijo para la redención total a través de la fe en Cristo y por medio del evangelio anunciado. El evangelio es el anuncio de la promesa de salvación a todo los que son creyentes. Nadie puede creer si no le es dada la fe, la gracia y la salvación que vienen como regalo de Dios (Efesios 2:8). Sabemos que no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), por esa razón los que son colocados para que tropiecen en la piedra que es Cristo no podrán conocer jamás el amor de Dios. Ellos saben que el sol y la lluvia favorecen a todas las personas, pero eso es providencia divina; Judas Iscariote es un claro ejemplo de ello, ya que fue resguardado y cuidado bajo la providencia de Dios para que se mantuviera firme hasta la traición al Señor.  Solo después de cumplida esa parte de su rol pudo pasar al acto siguiente y suicidarse, no antes.

Lo que decimos acá tiene su importancia vital, frente a lo que señalan los teólogos del sistema más falso que tiene apariencia de piedad. Ese otro esquema teológico al que nos enfrentamos sirve a un dios que no puede salvar, que pretende una expiación universal inútil que depende de la supuesta libertad humana. Un hombre que ha sido declarado muerto en delitos y pecados no posee capacidad alguna para tomar decisiones a nivel espiritual, porque le parece locura (1 Corintios 2:14). Este dios ha decretado una salvación hipotética y potencial, para dejar que cada quien reciba esa redención supuesta. Claro está, los que la reciben son testigos de la mentira en que viven, son fantasmas de un oasis espejismo de su imaginación. Todo servicio religioso que se dé bajo este esquema es inútil, es obra muerta. Nadie puede aprender a cómo nacer de nuevo, o a cómo practicar un don especial, ya que tanto lo uno como lo otro son un regalo de Dios. Los dones especiales de la iglesia naciente quedaron en su historia, al cumplir su propósito, pero el nuevo nacimiento es un don vigente que no se aprende sino que se recibe por el poder de la gracia irresistible.

No debemos olvidar al hacer teología que la Biblia es el instrumento a utilizar para el análisis de lo que decimos. En sus páginas encontramos la voluntad de Cristo como Redentor, quien no vino a traer otra doctrina sino la del Padre. Él nos dijo que nadie podía ir a él a no ser que su Padre lo trajere (a la fuerza), de manera que los que no van a él jamás es porque nunca han sido enviados por el Padre. Los falsos maestros enseñan que es posible acudir a Cristo si se repite una oración de fe, si manifestamos nuestra voluntad, si nos decidimos por nuestra propia cuenta. Entonces, esos supuestos creyentes se encuentran con una gran contradicción entre sus actos y lo que la Escritura dice. Por esa razón comienzan a desvirtuar los textos bíblicos y se dan por entero a la interpretación privada. La herejía es el plato fuerte con el cual se alimentan día a día, para poder soportar la mentira teológica recibida. Esa opinión propia (herejía) es como una droga que los calma, que les permite asentarse a fuerza de rituales, con la reiteración de lo aprendido, con el acudir domingo a domingo a unos encuentros que los ayudan a seguir unidos en sus falacias. Ellos están descritos en el libro del Apocalipsis como los que viven en las profundidades de Satanás (el padre de la mentira).

Fue Jeremías quien escribió un verso que debemos meditar y recordar para comprender mejor lo que acá decimos: Vuélvenos, oh Jehová, a ti, y nos volveremos; renueva nuestros días como al principio (Lamentaciones 5:21). El profeta reconoce que es Dios el que nos puede volver hacia Él, como también lo reconoció Jesucristo cuando afirmó que si nosotros lo amamos a él es porque él nos amó primero. Siempre Dios tiene la primera palabra en todo, lo demás es consecuencia de su voluntad manifiesta en esa palabra dicha. Sabemos que el objetor se levanta para preguntar la razón por la cual el Señor inculpa de pecado, si nadie puede resistir a su voluntad. Ya que Él ha dispuesto los vasos de deshonra, ¿cómo es que se atreve a condenar? Si Dios odió a Esaú aún antes de ser concebido, o de que hiciera bien o mal, ¿cómo podría ser un Dios justo al condenarlo? La única respuesta que se desprende de la Escritura es que el hombre no es más que una criatura que no puede altercar con su Creador. Esa es la respuesta para nuestra humillación,  aunque en una gran multitud lo que causa es más soberbia. En realidad nadie puede amar a Dios a no ser que Dios lo haya amado a él.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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