Martes, 19 de febrero de 2019

Dios le dijo a Moisés que le anunciara al pueblo sobre la venida de un profeta semejante a su líder (Moisés) para que lo oyeran pero para que no murieran. Ya no sería la presencia de Jehová como fuego incandescente o en medio de él como en Horeb, sino como alguien humano que pueda ser asequible en mejor forma por parte de las personas que se le acerquen.  Parte del pueblo judío pudo haber entendido que el profeta que vendría en lugar de Moisés sería un simple ser humano, otro israelita vocero entre el gran Jehová y la nación entera. Sin embargo, hubo siempre un remanente dentro de la nación que entendía el mensaje en su amplio espectro.

Así como a la mujer se le dio la promesa en el libro del Génesis, acerca de la simiente que nacería, de la misma forma como se dijo que en Isaac sería llamada descendencia; referente al Mesías por venir, Moisés hablaba del profeta mesiánico, del Hijo de Dios que nacería como Dios-Hombre. Abraham vio ese día y se gozó, de acuerdo a las palabras de Jesucristo (Juan 8:56-58), Job habló de su Redentor (Job 19:25-26) y muchos otros hablaron del que habría de venir. ¿Se acuerdan de las palabras de Isaías cuando le preguntaba al Señor quiénes eran los que habían creído en el anuncio? Bien, esas palabras las recoge Juan en su evangelio para interpretar su cumplimiento, dada la ceguera de la nación que no podía discernir a quien tenían delante de ella (Juan 12:37-41).

­­­­Siempre hubo gente del pueblo que entendía aquella profecía de Moisés y no solamente los grandes escritores o personajes del Antiguo Testamento. Dice la Escritura que al ver la señal que Jesús había hecho (la multiplicación de los panes y los peces) reconocieron que aquel hombre era verdaderamente el profeta que había de venir al mundo (Juan 6:14). Pedro en su discurso frente al Pórtico de Salomón enfatizó en la profecía de Moisés respecto al Mesías que vendría, el Dios-hombre: Porque Moisés dijo a los padres: El Señor vuestro Dios os levantará profeta de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis en todas las cosas que os hable (Hechos 3:22). Esteban dijo algo similar antes de ser apedreado: Este Moisés es el que dijo a los hijos de Israel: Profeta os levantará el Señor vuestro Dios de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis (Hechos 7:37). Ese profeta era grandioso en sus palabras y en sus obras, en sus señales o milagros que lo acompañaron como testimonio de que era el Hijo de Dios entre nosotros, el gran Emanuel (Dios con nosotros).

Ese profeta anunciado por Moisés era la misma promesa ofrecida en el Génesis 3:15, la simiente de la mujer que heriría en la cabeza a la serpiente. Aunque la crucifixión de Cristo se vio como una derrota para los judíos que esperaban un profeta como Moisés, solamente humano, uno capaz de liberarlos del yugo político de Roma, ese Jesús que aparentaba debilidad hasta la muerte, el Cordero manso que no alzó su voz para protestar por tanto dolor sufrido, estaba en realidad exhibiendo su victoria sobre la serpiente antigua que se llama diablo o Satanás. Ese Jesús (Jehová salva) habló como ningún hombre pudo hacerlo, pero promulgó la doctrina de la gracia soberana del Padre frente a la ley que Moisés había enseñado de parte de Dios. Él vino a cumplir esa ley imposible para los hombres, ley que no salvó a nadie por sí misma pero que fue como un Mayordomo, como un Ayo que nos llevó hacia el Hijo. La muerte de aquel profeta anunciado fue solo el pago por nuestras culpas, todas las manchas de su pueblo que llevó en su cuerpo y en el madero. Pero el Mesías hombre era también Dios y resucitó de entre los muertos, sorbiendo la muerte en victoria. Él prometió resucitar también en el día postrero a todos cuantos el Padre le envíe. De esas ovejas aseguró que no perdería a ninguna, dado que están guardadas en sus manos y en las manos del Padre Eterno.

Claro está, ese profeta era superior a Moisés o a cualquiera de los otros profetas enviados. Superior incluso a Elías, ampliamente estimado en el pueblo de Israel como un hombre que vivía en la presencia de Jehová. Ese Jesús vino en el rol de Mediador entre Dios y los hombres, como también lo había sido Moisés entre Jehová y su pueblo en el desierto. Pero esta mediación de ahora es superior a la sombra anunciada, por cuanto hizo Jesús una sola ofrenda por el pecado y expió por siempre todos los pecados de todos los que componen su pueblo. Si Moisés fue el que rescató a su pueblo de la esclavitud de Egipto, Jesús nos rescató de la esclavitud de Satanás, nos condujo de las tinieblas a la luz, nos redimió de una vez y para siempre y nos hizo sentar en los lugares celestiales. Y para todo despeje de dudas, del cielo salió una voz cuando Jesús estaba con Pedro, Jacobo y Juan en el monte cuando se transfiguró ante ellos:  Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd (Juan 17:5).

Ese Jesús era del linaje de David, pero fue el salmista quien también escribió lo siguiente: Dice el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies (Salmo 110:1). Esa cita fue referida por Jesús para explicarles a unos fariseos sobre quién era el Cristo. Mientras ellos decían que el Cristo era hijo de David, Jesús les preguntaba cómo era posible que David lo llamara por el Espíritu Señor. En otros términos, ¿cómo es que David llama Señor a su propio hijo? Pero los fariseos no pudieron responder esa interrogante hecha por Jesús, ya que no entendían lo que las mismas Escrituras hablaban de él. Así que no nos extrañe que si Nicodemo no comprendía lo del nuevo nacimiento (la circuncisión del corazón, el cambio del corazón de piedra por uno de carne, el dar un espíritu nuevo, todo ello descrito en el Antiguo Testamento), y si tampoco los fariseos doctos de su tiempo no comprendían el Salmo de David, cuánto menos hoy día muchas personas apáticas ante las Escrituras comprenderán en lo más mínimo la soberanía del Dios-Hombre. Si en aquel entonces, a pesar de todos sus milagros públicos, muchos no creían que era el Hijo de Dios, hoy día habrá sin duda otra gran cantidad de gente que niega su deidad. En realidad, el evangelio sigue siendo claro y explícito pero parece estar vedado para todos aquellos que se complacen en la mentira. La Biblia dice que el dios de este mundo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no vean el resplandor del evangelio de la gloria de Cristo, que es la imagen de Dios (2 Corintios 4:4).

Desde Adán en el huerto nos convenía el Mediador entre Dios y los hombres. Ya el libro de Job plantea la dificultad del hombre para responder a Dios. ¿Cómo puede el hombre justificarse con Dios? ¿Quién puede altercar con el Creador? ¿Quién se endureció contra Él y le fue bien? ¿Quién le dirá qué haces? Dios es quien consume al perfecto y al impío (en palabras del justo Job) y se ríe del sufrimiento de los inocentes (Job 9:22-23). Por supuesto, Job habla de la justicia y de la inocencia humana, todo lo cual es inmundicia ante la santidad divina. Después de esa queja Job se reconoce como impío aunque se lavare con agua de nieve y se limpiare con la limpieza misma (Job 9:29-30). Por esa razón Job establece que necesita un árbitro que pueda mediar entre él y ese Creador tan supremo y poderoso: No hay entre nosotros árbitro que ponga su mano sobre nosotros dos (Job 9:33). El ser humano necesita alguien que quite la vara de Dios sobre su espalda y que haga que no lo espante su terror. Ese Mediador esperado y anunciado no es otro que el Dios-Hombre Jesucristo, el Verbo encarnado, el Dios con nosotros. Alguien infinitamente santo como para no tener pecado y ser una ofrenda aceptada, alguien con nuestras debilidades y sufrimientos para que comprendiera nuestras limitaciones en carne propia.

Jesucristo aplacó la ira de Dios, restringió su violencia contra nuestra impiedad. El arregló nuestras enemistades, haciéndonos amigos y llamándonos hermanos sin vergüenza alguna. Sin duda que Job alude, por el Espíritu, al Cristo que vendría a cumplir tal rol como mediador entre Dios Padre y los hombres. Jesús arregló los asuntos relativos a ambas partes, a la santidad de Dios y su odio por el pecado, y al castigo merecido del hombre. Él tomó nuestra culpa y sufrió por cada una de nuestras faltas, soportó con paciencia aún hasta el abandono del Padre en la cruz. En realidad Jesús fue hecho pecado por nosotros su pueblo, sin haber cometido pecado alguno en tanto era el Cordero perfecto sin mancha. Una ofrenda por el pecado hecha de una vez y para siempre nos convenía en gran manera, habiendo honrado la ley divina sin quebrantarla en ninguno de sus puntos. El hecho de compartir las dos naturalezas lo hacía calificar como justo Mediador entre el Padre que lo envió y los hombres que redimió del pecado, de Satanás y de la ley.

Job también había entendido que su Redentor vivía, que lo resucitaría del polvo de la tierra. Pero no solo eso, sabía que el mismo Redentor habría de morir y resucitar, por lo cual escribió algo que en su época debió haber sido toda una noticia relevante: Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará del polvo. Y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mi corazón desfallece dentro de mí (Job 19:25-27). Los que hablan del libro de Job como uno que es solamente poético y no inspirado, deberían mirar esas palabras resaltadas y preguntarse cómo supo Job en su tiempo que su Redentor moriría para redimirlo de sus pecados y después resucitaría para ser exaltado. Además, ¿cómo se enteró Job de que él mismo habría de resucitar en el día postrero?

Solamente el Dios-Hombre o el Dios hecho hombre pudo ser el Mediador que necesitaba la humanidad que el Padre escogió como herencia para el Hijo. Por esa razón también fue escrito los hijos que Dios me dio. Nos hemos acercado a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel (Hebreos 12:24).  Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham. Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado (probado), es poderoso para socorrer a los que son tentados (Hebreos 2:16-18).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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