Martes, 19 de febrero de 2019

Los condenados a una pena de tormento suelen imaginarse que la tarea que les corresponde no será tan dura. Esa es una manera de eludir el grave problema a enfrentar, un ardid sicológico que da alivio momentáneo. Sin embargo, la realidad del tiempo efímero ante la eternidad queda absorbida, ya que el instante de vida del humano nada es comparable con lo permanente del tiempo. En la Biblia se encuentran muchos textos que hablan del tormento de fuego reservado para los que hacen impiedad, para todos aquellos que se gozan en la mentira y no creen en la verdad. En ningún momento la Escritura ha reseñado en ninguna de sus páginas la posibilidad de la redención como un salvoconducto que las personas pueden adquirir. No hay tal cosa como un lo tomo o lo dejo, más bien en ella se anuncia el fardo que tienen los hombres en relación con el destino que les ha tocado.

Jacob y Esaú son el paradigma de lo que venimos diciendo. Dos hermanos gemelos que se levantaron juntos en la misma casa, hijos de Isaac el hombre de la promesa e hijo de Abraham. De uno de ellos fue dicho que había sido levantado para Dios mostrar en él su poder, su ira y justicia contra el pecado. Pero se añadió que esa elección para muerte eterna fue realizada mucho antes de ser concebido, mucho antes de que hiciese bien o mal. En otros términos, aunque los seres humanos condenados cometen muchas impiedades, la decisión de la condena como destino fue tomada antes de su aparición en el mundo. Por Esaú no murió Cristo, como tampoco lo hizo por el resto del mundo, como se desprende de su oración hecha en el huerto de Getsemaní. La noche antes de su crucifixión como Cordero pascual le dijo al Padre que no rogaba por el mundo. El rogaba solamente por los que el Padre le había dado hasta el momento y por los que le daría después por medio de la predicación del evangelio.

En aquella oración relatada en Juan 17:9 Jesús pedía por Jacob y por todos los que él representaba. Si bien dejó por fuera a Esaú y a sus representados, los de Jacob fueron incluidos por su súplica. Dado que su doctrina enseña que los que van a él no son echados jamás fuera, se entiende que el Señor vino a morir por ese grupo de personas solamente (de gran número como lo resalta el libro de Apocalipsis). Los demás son dejados de lado, son considerados como réprobos en cuanto a fe de los cuales la condenación no se tarda. Son llamados por Pedro como aquellos que tropiezan en la roca eterna que es Cristo, para lo cual también fueron destinados. Es decir, el gran concierto universal de Dios muestra su punto álgido en la cresta de la crucifixión. Jesús no vino a morir por todo el mundo, sin excepción, sino solamente por los que consideraba su pueblo (Mateo 1:21).

La Escritura niega la fábula de las almas que se extinguen en el infierno de fuego, o el mito del purgatorio donde la gente paga una condena larga y sale después liberado. Más bien resalta el hecho de que después de esta vida lo que queda es el juicio (Está determinado para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio: Hebreos 9:27). El aniquilamiento es una doctrina herética como su hermana el purgatorio. No hay tal cosa como una expiación universal donde todas las almas son redimidas en virtud del excelso amor divino. Al contrario, la Biblia expone que el infinito Dios Justo castiga con infinita justicia, de manera que las ofensas contra el Santo Dios Eterno merecen castigo eterno e infinito. La ira de Dios ha sido descrita en las páginas de la Escritura como fuego inextinguible, como el castigo infligido por una espada afilada que pasa factura a los adversarios del Omnipotente Dios. Incluso se llega a mencionar a individuos y naciones enteras, como lo refiere el Salmo 9:17, al hablarnos del regreso del inicuo a la tumba (como símbolo de la muerte eterna). Sabemos que cuando el justo muere también va a la tumba, pero cuando el salmista hace referencia al impío como volviendo al sepulcro alude a su tormento. Si recordamos la parábola del rico y Lázaro podemos darnos cuenta de lo dicho por el salmista. Fue Jesús quien habló que había que temer a Aquél que puede echar el cuerpo y el alma en el fuego del infierno, como queriéndonos decir también que no hay tal cosa como la extinción eterna de la vida (Lucas 16:23). Y cuando el Salmo refiere a las naciones que se olvidan de Dios ha de entenderse que comprende a todos aquellos pueblos que rechazan la ley de Dios puesta en sus corazones, dándose a la idolatría como obra de sus manos. De igual forma las naciones que adoran ángeles, santos muertos o vivos, imágenes de cualquier tipo, los que veneran al Papa como si fuese Dios o como si fuese el Vicario de Cristo en la tierra, son las que se han olvidado por completo de Dios. Entended ahora esto, los que os olvidáis de Dios, no sea que os despedace y no haya quien os libre (Salmo 50:22).

En forma muy poética lo dice Salomón, pero no por eso menos tétrica su declaración: El Seol y el Abadón nunca se sacian; así los ojos del hombre nunca están satisfechos (Proverbios 27:20). Daniel lo decía ya desde antaño, que todos los que duermen en el polvo de la tierra resucitarán, unos para vida eterna y otros para vergüenza y confusión perpetua (Daniel 12:2). Juan el Bautista trajo un mensaje de arrepentimiento y se refirió a Jesús como el que trae su aventador en la mano, y el que limpiará su era; y recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará (Mateo 3:12). Ese Cordero de Dios fue el que más habló en la Biblia del infierno de fuego, conocidas son sus palabras al respecto: Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos grandes obras?  Entonces les diré a ellos: Nunca os conocí. Apartaos de mí, hacedores de iniquidad (Mateo 7:22-23). Ese mismo Jesús aseguró que enviaría a sus ángeles y reuniría de entre las naciones a los que hacen iniquidad y causan tropiezo, y después los lanzarán hacia el horno de fuego. Allí será el llanto y el crujir de dientes (Mateo 13:41-42).

Por toda esa información que Jesucristo dejó respecto al infierno uno tiene que tener en cuenta que hablaba en serio. No hizo una simple amenaza para ganar adeptos sino una advertencia para los que practican el mal. Él mismo recomendó que si nuestra mano nos causa tropiezo sería mejor entrar al reino de los cielos manco que con las dos manos ser lanzado al lago de fuego que no se apaga (Mateo 9:43-48). Así también fue escrito que el que es creyente en el Hijo tiene vida eterna, pero el que desobedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él (Juan 3:36). El Buen Pastor puso su vida por las ovejas pero no por los cabritos, de manera que a las cabras les irá muy mal por siempre. Por más que uno vea a los perversos que prosperan, que no tienen congoja por su muerte, debemos tener por cierto que han sido puestos por Dios en resbaladeros y que se darán cuenta de su maldad de repente, cuando les venga el castigo.

El Señor fue explícito en cuanto al tema del infierno, pero también dejó en evidencia la razón por la cual muchos no creían ni creerán en sus palabras. Él dijo: Pero ustedes no creen porque no son de mis ovejas, como ya os lo he dicho (Juan 10:26). La condición de oveja precede al creer, de manera que uno nace oveja mientras otros nacen cabras. Por supuesto, esto molesta al objetor de la Biblia y de inmediato toma armas contra el Creador. La pregunta inmediata es por qué Dios inculpa, ya que nadie puede resistirse a su voluntad. Nadie puede salirse de lo que ha sido escrito para él, del guión establecido por el Dios Omnipotente. Esaú fue hecho como vaso de ira por lo cual vendió su primogenitura. No sucede al revés, como el mundo teológico de los falsos maestros enseñan. Ellos dicen que Esaú vendió su primogenitura y por esa razón se condenó. La Escritura nos muestra con estas palabras de Jesucristo que los seres humanos nacen con una o con otra condición, pero jamás podrá una cabra convertirse en oveja ni una oveja llegar a ser una cabra.

Los que discurren sobre este tema desde las filas de los que objetan la palabra de Dios, aducen que eso no es justo. Asumen que si eso es cierto entonces se acaba el incentivo para vivir una vida con la ética enseñada por Cristo. Pero hablan en falacias completas, ya que por el Espíritu de Cristo podemos vivir una vida de agrado ante el Padre, intentamos guardar sus mandatos y nos arrepentimos de los errores que a diario cometemos. Es por esa gracia dada que tenemos fe y es a través de esa fe que llegamos al Señor que nos redimió. Pero los que no son llamados de las tinieblas a la luz se encargan de los argumentos de mentiras, los falaces, para que uno se pase la vida contra-argumentando y enseñándoles lo que nunca aprenderán. Recordemos que el deber de los creyentes es estar preparados para cuando nos pregunten acerca de la esperanza que tenemos, nunca para convencer a los otros.

Se anuncia este evangelio con un múltiple fin: 1) Cumplir con el mandato recibido; 2) Informar al mundo acerca de la esperanza recibida, para que los que son movidos por Dios oigan con el entendimiento y procedan al arrepentimiento y crean el evangelio; 3) Hacer que los que rechazan el mensaje sean endurecidos y permanezcan sin arrepentimiento, de tal forma que almacenen ira para el día del juicio de Dios (Romanos 2:5; Juan 12:48; Hebreos 10:29); 4) Llevar gloria a Dios y al Hijo, de acuerdo a su propósito eterno; 5) Hacer que aumente el rechazo al Creador por lo que ha decretado (Exodo 14:4; 7:3-7) etc. Es un evangelio duro el de la condenación eterna, como dura es la ley de Dios: La paga del pecado es muerte (Romanos 6:23). Pero ese mismo texto agrega que la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro. Hay una dualidad en el destino de la humanidad, pero no por causa de una escogencia voluntaria, simplemente son dos marcas para dos grupos diferenciados aunque hechos de la misma masa. No hay cualidades que califiquen a los hombres ante Dios, tan solo la justicia de Cristo hace la distinción. El Mesías perfecto que se ofreció a sí mismo por todos los pecados de su pueblo escogido (los que son representados en Jacob), hizo posible la salvación. El mundo quedó por fuera, como los representados por Esaú, de acuerdo al decreto divino desde los siglos.

Ese es el evangelio de la Biblia, no es una oferta para el que quiera adquirir un producto; es más bien la promesa de salvación a todos los que conforman el pueblo de Dios. No se nos pide averiguar primero si somos o no somos parte de sus ovejas sino que se nos ordena arrepentirnos y creer en el evangelio. El que cree ha sido redimido pero el que no cree ya ha sido condenado. Así de simple, todo lo demás es religión y manipulación a las masas, a los incautos, a los que buscan su propia justicia como algo que ofrecer en garantía de su redención. A ellos se les dice una vez más que cambien de mentalidad respecto a quien es Dios y a quienes son ellos.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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