Domingo, 17 de febrero de 2019

La Biblia abunda en textos que refieren a la voluntad de Dios desde la eternidad. La predestinación es uno de los temas esenciales de la gracia divina, manifestada como uno de los puntos básicos de la voluntad eterna e inmutable del Hacedor de todo. No nos toca a nosotros el averiguar si somos o no somos predestinados, pero cada creyente verdadero reconoce que lo ha sido, ya que de otra manera no hubiese creído en el Dios verdadero. Y esa es una de las razones por las que Jesucristo dijo que en el día final les dirá a muchos que nunca los conoció, muy a pesar de ser cristianos profesantes. El testimonio del Espíritu Santo en el creyente da firmeza a nuestro espíritu en cuanto a que somos hijos de Dios. La duda no es un signo de fe sino de vacilación, algo que sirve para dar un traspiés inoportuno. Si alguna persona que dice creer percibe que duda de su salvación, debe estar seguro de que el Espíritu de Dios no mora en él. Es decir, la duda en cuanto a la salvación es un síntoma de incredulidad.

La razón de lo hasta acá dicho estriba en el hecho de que cuando fuimos salvos lo fuimos por siempre. Pero hay algo más, lo fuimos desde la eternidad. Claro está que mientras no escuchamos el evangelio, mientras no recibimos el llamamiento eficaz, la duda pudo ser parte de nuestra idiosincrasia, lo mismo que en los demás. Si entendemos que la salvación es un regalo de Dios, hemos de saber que nosotros ni merecíamos tal regalo ni pudimos bajo ningún respecto garantizar tal adquisición. De manera que como parte de nuestra regeneración la fe y el arrepentimiento nos han sido otorgados por el Señor. Προoρíζω (proorizo) es el término griego usado en el Nuevo Testamento para predestinar; su étimo significa ver desde antes, predeterminar, y sin la preposición pro significa dividir, separar, establecer una frontera, delimitar, partir, ordenar, determinar, definir, marcar entre otras posibles acepciones cercanas. De allí que Pedro no usó el término sino uno similar, elegidos (εκλεκτοις-eclectois) por la presciencia de Dios Padre (1 Pedro 1:2).

Dado que en la Biblia no hay contradicción con ella misma, puesto que un mismo Espíritu la inspiró y reveló, estos términos vienen a ser sinónimos de la misma idea. La gran pregunta que surge es si Dios predestinó o eligió, o escogió con su presciencia, en base a un conocimiento previo que adivinó, indagó o investigó, o en base a un conocimiento previo inherente al que sabe todas las cosas porque las ha creado de la forma en que ocurren. Es lo mismo que dice el Antiguo Testamento: ¿Y cómo sabe Dios? ¿Y hay conocimiento en el Altísimo? (Salmo 73:11). Frente a esta interrogante la persona de juicio debe investigar si Dios es Omnisciente o Ignorante. Si es ignorante viene a ser un Dios que puede equivocarse por falta de sabiduría, por lo cual lo imaginamos como un Estudiante Eterno que aprende día a día lo que habrá de acontecer. Es un Dios con muchos futuros inciertos y en ocasiones acierta mientras a veces falla por su ignorancia implícita.

Si el Dios ignorante tiene que averiguar el futuro en los corazones humanos, tiene mucha suerte cuando acierta una que otra profecía. Pero entendemos que un Dios ignorante se equivoca las más de las veces y no atina al acierto de lo que profetiza, ya que el voluble corazón humano no se lo permite. El corazón inestable de la humanidad cambia día a día y no permite que Dios averigüe a ciencia cierta lo que habrá de acontecer. Por otro lado, cuando acierta Dios se convierte en un Plagiario (con mayúscula), alguien que roba las ideas y los trabajos de otros para después dictárselo a sus profetas y escribas, de manera que se atribuye como Suyo lo que es de otros. De igual forma es un Dios Incierto. Sí, en el reino de los cielos no habrá seguridad, pues así como se le levantó Lucifer (sin que Dios lo supiera) puede ser que en el futuro se levante otro instigador contra la supuesta soberanía que dice tener (además, se le puede incriminar una otra cosa al Soberano Dios: si adivinó o descubrió de antemano que Lucifer se rebelaría contra Su voluntad, ¿cómo es que no lo impidió?)

No en vano Asaf redactó las preguntas del hombre impío: cómo sabía Dios y si en Él había conocimiento. Fue la pregunta de los impíos que todavía desconocen su soberanía absoluta. Es decir, el salmista sostiene que la impiedad del hombre es la que permite tal pregunta, de manera que los que se acercan a la piedad en apariencia siguen siendo impíos al negar que Jehová es el único que sabe las cosas por cuanto hizo el futuro. Sí, el Señor no tiene que averiguar nada por cuanto es Omnisciente.

La elección de Dios (para vida o para muerte eterna) no es arbitraria sino que obedece a la sabiduría profunda de su carácter. A unos escogió para exhibir su amor y misericordia, a otros para mostrar su justicia e ira por el pecado. Eso no es arbitrariedad sino respuesta a lo que en Él se considera sabio. Además, ¿quién es el hombre para que alterque con Jehová? ¿Podrá la olla de barro discutir con el Altísimo para preguntarle el porqué lo hizo de una u otra manera? Ese es el relato bíblico, cualquier intento por suavizarlo o por denunciarlo como muestra de arbitrariedad de parte del Todopoderoso no es más que un voto de censura que el hombre caído le da a su Creador.

Por un lado Jesús no rogó por el mundo sino por los que el Padre le dio y le daría, mientras Pablo hablaba de la condenación eterna de Esaú que comenzó aún antes de hacer bien o mal, antes de que el mundo fuese. De la misma manera, ¿cómo pudo conocer Dios que Esaú se condenaría a sí mismo si Él dijo que no tomaría en cuenta las obras de ese réprobo en cuanto a fe? Lo mismo se dice respecto a su hermano gemelo Jacob, que fue salvo desde la eternidad sin miramiento a sus obras. Tengamos en cuenta la declaratoria judicial del Señor respecto a su creación humana: que no hay justo ni aún uno, que no hay quien haga lo bueno, que no hay quien busque a Dios. Asimismo fue dicho: la humanidad entera está muerta en sus delitos y pecados. Observemos que no se dijo que estaba enferma, medio viva, sino muerta absolutamente en su espíritu. Entonces, una humanidad muerta no muestra deseo alguno de arrepentirse, de ir al Dios que redime, a no ser que sea resucitada como le aconteció a Lázaro en su tumba. Esto nos lleva a la lógica conclusión de que Dios no pudo ver en los corazones humanos ni siquiera una sola alma dispuesta a correr o querer, simplemente vio muerte absoluta. Por lo tanto,  la presciencia de Dios para la elección debe entenderse como el amor previo que Él le manifestó a sus elegidos.

Eso del conocer es interesante en las Escrituras. Está el conocimiento netamente cognitivo, del intelecto humano o animal (porque las bestias también conocen aunque en un sentido muy limitado). Pero en la Biblia también se registra el conocer afectivo. Conoció Adán a su mujer y entonces tuvieron un hijo, dice uno de los textos bíblicos. O este otro referido a José, el esposo de María: Y José no la conoció hasta que dio a luz al niño (José la llevaba en su asno hacia Egipto pero se dice que no la conocía). ¿Cómo es que José no conocía a María, quien ya era su esposa, a quien llevaba a salvo para que no asesinaran al niño? La respuesta lógica es que no tuvo intimidad con ella (relaciones sexuales, en este caso específico) hasta que no diera a luz al niño. Y Jesús dirá en el día final a un grupo de creyentes simuladores: Nunca os conocí. Entonces, ¿cómo es que un Dios Omnisciente puede llegar a decir que no conoció jamás a un grupo de personas? ¿Será que es mentira que sabe todas las cosas? ¿No dicen los que niegan la predestinación divina que Dios conoce de antemano porque mira en el túnel del tiempo (los corazones de los hombres) y descubre quiénes son los que se salvan? Si eso es así, ¿por qué no agregan que Jesús también sabía de antemano quiénes eran los que se perderían? Porque este grupo de personas a los que Jesús dirá que no los conoció los enviará al infierno de fuego.

Si Dios sabe quiénes se salvan y quiénes se pierden porque lo averigua en los corazones humanos, aparecen varias inquietudes. Una de ellas nos presenta a un Dios que sabe quiénes se pierdan pero que luego declara que no sabía (conocía) que esas personas se condenarían: Nunca os conocí. Como podemos ver, eso es un sinsentido que contradice aún la misma tesis de los que declaran que Dios conoce porque averigua. Otra de las inquietudes que se plantea con esa asunción errónea del desconocimiento de Dios es que por su ignorancia Él debe averiguar lo que no sabe. Bien, ya hemos enfatizado en estos exabruptos argumentativos y creo que un lector decente y congruente con la lógica puede darse cuenta de lo que acá se plantea.

Pero es indudable que hay muchos que no creen la palabra predicada. Eso es natural y ante esa situación no nos exacerbamos, ya que no es de todos la fe. Observemos lo que sucedió antaño, hace cerca de 2000 años, cuando un grupo de seguidores de Jesús se escandalizaron por la palabra de la predestinación. Ellos estaban ofendidos porque el Señor les había dicho que nadie podía ir a él a no ser que el Padre lo trajere (a la fuerza). Por esa razón se retiraron bajo murmuración y decían: dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? Hoy día estos impíos son menos lógicos y hacen más daño, ya que en lugar de retirarse -como aquellos precursores que tuvieron- se quedan para argumentar que la palabra no es dura de oír sino que ha sido mal entendida. Es entonces cuando comienzan a dar su propia opinión al respecto (herejía, de acuerdo al término griego). Estos fueron igualmente denunciados por Pedro cuando habló y condenó a los de la interpretación privada, que lo único que encuentran es su propia perdición.

Otro argumento que se une en la Escritura para el énfasis de la predestinación voluntaria de Dios, nunca arbitraria, es el hecho de que tanto la fe como el arrepentimiento los da Dios. Un muerto en delitos y pecados no puede arrepentirse, sin bien está en su deber ser el hacerlo ya que forma parte del mandato general de la ley de Dios. Pero la fe es un don de Dios (Efesios 2:8) y no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2). El texto de Efesios nos dice que la salvación, la gracia y la fe son un regalo del Señor. Bajo esa premisa escrita en el texto sagrado no cabe por ningún ángulo el hecho de que Dios haya podido prever la fe en aquellos que pretende salvar y predestinar. Además, se suma al reclamo contra la ilógica humana el hecho de que Dios no tendría que predestinar en lo más mínimo a aquellas personas de quienes supuestamente haya visto que se iban a salvar. Lo que está seguro y es certero, ¿para qué predestinarlo? Más bien tenemos que concluir que Dios predestinó (aseguró la salvación) a aquellos que escogió de entre los muertos en delitos y pecados, porque de otra manera nadie hubiese sido salvado.

Ahora bien, quedaría otra pregunta dentro de la mente que objeta. Si esto que decimos acá es tan cierto como lógico, ¿por qué razón Dios no lo hizo con todos? De nuevo, la Escritura nos asegura que Dios quiso mostrar su ira y justicia por el pecado por lo cual escogió a una gran parte de la raza humana para ese propósito. Y para esto solo Dios es soberano y suficiente, no tiene quien le diga qué haces ni quien detenga su mano. Todo lo que quiso ha hecho y está airado contra el impío todos los días. Isaías agrega que si Dios no nos hubiera dejado remanente, como Sodoma seríamos y semejante a Gomorra (Isaías 1:9).  De nuevo, Dios conoció desde antes en el sentido de que amó desde antes a Jacob (y a todos los que él representa), de manera que también fue escrito: Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos (Romanos 8:29). Enfatizamos, ese conocer desde antes (la presciencia de Dios) es el amor previo que siempre mostró por todos sus escogidos desde la eternidad. Los que no pueden creer esto es porque no les ha amanecido Cristo, de tal forma que son deudores de toda la ley. Deudores son por cuanto pretenden agregar su propia obra a la obra de Cristo (agregan la voluntad humana de su supuesto libre albedrío, de su servidumbre a Pelagio con el cuento de que no están del todo muertos en delitos y pecados). Si añaden obra humana a la obra divina, consideran imperfecta (no consumada) la obra de Cristo en la cruz.

Cristo no redimió en potencia a toda la humanidad; Cristo no hizo la salvación posible para todos sin excepción, aguardando a que acudan a él los que así lo deseen (aunque estén muertos como Lázaro). Cristo no hizo una oferta de salvación para la raza humana sino que vino a morir por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Cristo vino a cumplir la promesa de salvación para los elegidos del Padre, de acuerdo al decreto que desde los siglos se ha mantenido inmutable: a todos los hijos que Dios le dio. Los escogidos de Dios fueron justificados desde la inmolación del Señor (que de acuerdo al propósito divino acaeció desde la fundación del mundo -Apocalipsis 13:8), por lo cual el salmista escribió: Porque Jehová conoce el camino de los justos;
mas la senda de los malos perecerá
(Salmo 1:6). Hemos sido llamados justos porque Dios nos justificó en Cristo, su justicia. Todo cuanto acontece obedece al plan eterno de Dios, quien se propuso desde siempre entregar la gloria al Hijo. Este Jesús estuvo ordenado de antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postrimeros

tiempos por amor de vosotros -nosotros- (1 Pedro 1:20).

César Paredes

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Publicado por elegidos @ 10:46
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