Martes, 12 de febrero de 2019

El que perseverare hasta el fin será salvo, una declaración bíblica bastante útil para saber conducirnos en estos días difíciles. Hay bastantes exhortaciones para alcanzar una buena conducta, de acuerdo a la ética de los mandatos de Dios, todas ellas escritas en las Escrituras. Esa de Cristo es una de ellas, pero hemos de entenderla como una motivación más para continuar en el buen camino preparado de antemano para que caminemos en él. Bajo ningún respecto hemos de comprender tal exhorto como si fuese una condición para la salvación eterna. Más bien esa frase bíblica nos refiriere a múltiples textos que hablan de la preservación que Dios hace con su pueblo.

Si la salvación fue pensada y decretada desde antes de la fundación del mundo, cuando el Cordero de Dios estuvo preparado para tal fin, y si ese Cordero vino al mundo para salvar a su pueblo de sus pecados, la perseverancia de los fieles no es otra cosa que la consecuencia inmediata de la preservación divina de su pueblo. El creyente no debe tener temor de su salvación por cuanto ésta nunca ha dependido de sí mismo. Claro está que hemos de cuidarla con temor y temblor, pero eso no implica que la vayamos a perder, simplemente habla del gran tesoro que representa y del gran regalo de Dios para su pueblo escogido. Toda exhortación al respecto es válida, por cuanto hemos sido llamados a una herencia sin mancha y hemos de comportarnos en la más noble manera mientras andemos en esta tierra.

Pablo en su Carta a los Romanos se refirió a los judíos que tenían celo de Dios pero no conforme a ciencia. Ellos eran herederos de la cultura bíblica del Antiguo Testamento, a ellos se les había anunciado la esperanza que vendría tanto para ellos como para los gentiles. Ese pueblo se había comportado de acuerdo a una teología aceptable que pregonaba a un solo Dios, a diferencia del pagano mundo idolátrico que todavía persiste en su ignorancia. ¿Por cuál razón eran ignorantes esos judíos? Porque seguían colocando su propia justicia en lugar de aferrarse a la justicia exclusiva de Jesucristo. Claro está, no podían hacerlo por cuanto no fueron llamados (al menos hasta ese momento en que el apóstol escribía la carta). Claro está, el apóstol acababa de escribir en el capítulo 9 de la misma carta, donde leemos que Dios salvaría a sus escogidos pero condenaría a sus reprobados; nos había dicho igualmente que esto de la salvación y la condenación había acontecido antes de la fundación del mundo, antes de que las personas hubiesen hecho bien o mal, antes de ser concebidos. El apóstol levantaba de inmediato una figura retórica que objetaba la justicia de Dios; un objetor podría preguntarse acerca de la razón por la cual Dios inculpa si nadie puede resistir a su voluntad.

Bien, ese capítulo 9 de Romanos precede a la exhortación del capítulo 10 hecha a estos judíos incrédulos. Eran celosos y decentes, eran teólogos expertos, conocían la ley y sus promesas, habían leído más que suficiente acerca del nuevo nacimiento (la circuncisión del corazón, el cambio del corazón de piedra por uno de carne), entendían que el Mesías sería su salvación. Pero ellos no creían por cuanto continuaban colocando su propia justicia de hacer y dejar de hacer delante de Dios. Y es que el razonamiento del apóstol se basa en todo lo escrito en el Antiguo Testamento acerca de la justicia humana (así como hoy sabemos que todo el Nuevo Testamento concuerda con la misma idea).  El hombre está muerto en sus delitos y pecados, no hay justo ni aún uno, no hay quien busque a Dios y no hay quien haga lo bueno. Dios está airado contra el impío todos los días, de manera que el ser humano no tiene la menor esperanza de colocar su propia justicia que ha venido a ser como trapos de mujer menstruosa. Con esa descripción panorámica y terrible de la justicia humana que hace el Antiguo Testamento (y que repite el Nuevo), Pablo nos expuso por el Espíritu de Dios el tema del réprobo en cuanto a fe. Solo Dios hace eso, solo Dios es quien reclama para Sí mismo la condenación de éstos, representados en Esaú, separados por Dios para ser objetos de su ira y de su justicia por el pecado. Al mismo tiempo, Dios reclama para Sí mismo la salvación, representada en lo que hizo en Jacob aún antes de haber nacido, antes de que hiciese bien o mal.

Esto nos debe llevar a tener en cuenta esa importante premisa, que si nuestro destino ha sido prefijado antes de hacer bien o mal, nuestras obras no cuentan para nada. No cuentan ni para la condenación eterna, mucho menos para la redención inmarcecible (inmarchitable) que fue preparada para los creyentes. Claro está, eso es parte de la metafísica con que analizamos la teología divina, si bien en el plano de la historia humana (del mundo físico) nadie puede decir que alguien haya sido condenado sin tener pecado alguno. Pero Pablo nos dijo que todo lo que acontece en este mundo ya fue preordinado en la eternidad de acuerdo a la voluntad expresa de Dios.

Aún el Cordero de Dios -preparado desde antes de la fundación del mundo, de acuerdo a lo dicho por Pedro- fue inmolado desde esa misma época. Ya nosotros estamos sentados en los lugares celestiales -en y con Cristo Jesús-, pero también estamos en este tránsito histórico que es el mundo. Son dos dimensiones relatadas en las Escrituras, una que es perspectiva divina y eterna y otra que está limitada por el espacio-tiempo, muy física y muy sintáctica. Pero los creyentes tenemos la esperanza al mirar hacia la eternidad donde ya estamos con Cristo, si bien en este momento estemos cruzando el valle de sombra y de muerte. El precio colocado por la justificación del pueblo de Dios fue aceptado por Él una vez que Cristo cumplió todo su trabajo en la cruz. Jesús hizo el sacrificio total y absoluto por todo su pueblo, cargó igualmente con todos los pecados de éste (Mateo 1:21), por lo cual llegó a ser la justicia de Dios. Es por esa razón que aquellos judíos que colocaban su propia justicia en lugar de aferrarse a la justicia de Dios (que es Cristo) andaban perdidos. Y esa es la misma razón por la cual miles y millones de personas hoy en día (como a lo largo de toda la historia humana) andan extraviados en la perspectiva teológica. Ellos piensan que haciendo obras que consideran decentes y de misericordia podrán apaciguar la ira de Dios por los pecados del hombre. Pero nada hay más lejos de la realidad, por cuya razón la Biblia llama a tales personas ignorantes de la justicia de Dios; ella les dice que adoran a un dios que no puede salvar.

El texto de la perseverancia (Mateo 24:13) nos habla de continuar en la fe de Cristo, en la doctrina del Señor, porque no se puede ser de su fe y ajeno a su doctrina. Es lo mismo que dijo Juan en una de sus cartas, que el que no habita en la doctrina de Cristo no tiene ni al Padre ni al Hijo. Antes que una amenaza, estos textos de Mateo y Juan nos declaran que hay muchos infiltrados en el aprisco de las ovejas, mucha cizaña sembrada en medio del trigal. De allí que esos lobos disfrazados de cordero junto a sus falsos discípulos no perseverarán hasta el fin porque sus costuras se rompen, porque su doctrina errónea la manifiestan una y otra vez. Son muchos los que resultan engañados por las falsas doctrinas enseñadas en las congregaciones religiosas, por las teologías heréticas que atraen para sí herejes, pero el creyente verdadero se confronta con tales enseñanzas y con tales falsos maestros, soporta la aflicción del mundo y no reniega jamás de su fe.

La perseverancia de los creyentes está garantizada por el hecho de que Cristo no pierde ni una sola de sus ovejas. Él lo dijo una y otra vez, que estábamos guardados en las manos suyas y en las de su Padre, que él no echaría fuera ni una de ellas. Juan 10:27-29 lo asegura: Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.

En esas palabras del Señor reposa nuestra perseverancia, ya que es su preservación la que nos lleva a perseverar hasta el fin. En cambio, los que sirven a un dios que no puede salvar no tienen la certeza de esa preservación, por lo cual Isaías también habló de ellos (Isaías 45:20-21). Estos son los que buscan salvación por medio de sus propias obras, los que dicen que Jesús hizo una salvación posible para todas las personas pero que espera que cada quien de su propia voluntad la acepte. Estos no descansan en la justicia de Dios sino que colocan la suya propia (el hacer y el no hacer basado en el supuesto libre albedrío) como si la obra del Señor no hubiese sido completada en la cruz. El creyente está bajo el régimen del Espíritu y no bajo la vieja letra de la ley que nos juzgaba para muerte, de allí que si no estamos más bajo la carne tenemos la vida que es en Cristo. Pero los que se aferran a su libre voluntad -como si la tuviesen- todavía demuestran que están llevando fruto para muerte (Romanos 7:5).

El mensaje de Dios sigue siendo el mismo, arrepentíos y creed en el evangelio. El que tiene oídos para oír que oiga, de manera que el Señor añadirá cada día a su iglesia, por la vía de su evangelio, los que habrán de ser salvos.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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