Domingo, 10 de febrero de 2019

A pesar de lo que muchos creen y practican, el evangelio está hecho de doctrina. No podemos hablar de Jesús el Cristo si no conocemos lo que él vino a enseñarnos. Si la gente continúa con el sofisma de que se cree  con el corazón y no con la mente, el destino se volverá incierto como el presente. Ese Jesús del que muchos hablan -pero que parecieran no conocer- no vino a la tierra para darnos lecciones de moral. No, él dijo que había venido a enseñar la doctrina de su Padre (Juan 7:16).

Entendemos por doctrina al cuerpo de enseñanzas que se expone ante una audiencia de interés. Los creyentes en Cristo fuimos una vez esclavos del pecado, si bien llegado el momento obedecimos de corazón a la forma de doctrina que nos fue enviada (Romanos 6:17). Fijémonos como se combina en este texto de Pablo el corazón y la mente: se le pone corazón a aquello que percibimos con la mente. Entonces, ¿cómo pretender decir que no hace falta entender lo que uno siente de corazón? Eso sería una invitación a la emocionalidad vacía de intelecto. Ah, pero no creamos que al hablar de intelecto nos estamos refiriendo a la Academia, como si ella fuese la propietaria absoluta del pensamiento y de quienes piensan. Más bien nos referimos al principio general que la Escritura anuncia, que si Dios es el Logos entonces nosotros estamos hechos de ese mismo Logos (a su imagen y semejanza).

Ciertamente, tenemos la propiedad de pensar, de razonar, de hacer justo juicio. Si el Señor nos dejó la tarea de escudriñar las Escrituras se debe a que tenemos la cualidad de razonar en tanto somos seres humanos. Y ese mandato es parte de la doctrina que vino a dejarnos, como también lo es la invitación para que amemos a Dios de todo corazón, para que nos amemos unos a otros, para que cumplamos sus mandamientos. Asimismo, su doctrina enseña que Dios es soberano absoluto, que envió a Su Hijo Unigénito para morir por todo su pueblo (Mateo 1:21 y Juan 3:16), de manera que todos los que son ordenados por Dios para vida eterna llegamos a creer en un momento de la vida para siempre seguir al Señor. El evangelio de Juan en su capítulo 6 enseña claramente la tesis de la predestinación de Dios. Jesús, el enviado del Padre, dijo en forma clara y reiterada que nadie podía ir a él si el Padre que lo envió no lo trajere. De manera que allí se asienta un precepto mayor, una premisa principal: el Padre y sólo el Padre tiene la potestad de llevar personas hacia Jesucristo.

Jesús también nos dijo que serían enseñados por Dios para acudir a él, citando un texto del Antiguo Testamento. Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados de Dios. Así que, todo aquel que oyó del Padre, y aprendió, viene a mí (Juan 6:45). Fijémonos en que el Señor no dijo que algunos de los que fueron enseñados por Dios irían a él, sino que dijo TODO AQUEL que oyó al Padre y aprendió viene al Hijo. De manera que uno debe inferir que si hay gente que no acude a Cristo es porque nunca fue enseñada por Dios.

He aquí, vienen días, declara el Señor, en que haré con la casa de Israel y con la casa de Judá un nuevo pacto, no como el pacto que hice con sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto, mi pacto que ellos rompieron, aunque fui un esposo para ellos, declara el Señor; porque este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, declara el Señor. Pondré mi ley dentro de ellos, y sobre sus corazones la escribiré; y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Y no tendrán que enseñar más cada uno a su prójimo y cada cual a su hermano, diciendo: "Conoce al Señor", porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, declara el Señor, pues perdonaré su maldad y no recordaré más su pecado (Jeremías 31:31-34). Y como consecuencia de haber sido enseñados por Dios, además de ir hacia el Hijo tenemos otra recompensa: el tener al Espíritu Santo.  Pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, El os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que os he dicho (Juan 14:26).  Respecto al Israel de Dios, Isaías sostiene lo siguiente: Todos tus hijos serán enseñados por el Señor, y grande será el bienestar de tus hijos.  En justicia serás establecida. Estarás lejos de la opresión, pues no temerás, y del terror, pues no se acercará a ti (Isaías 54:13-14).

Sepamos bien que en ocasiones la gente puede tener celo por Dios, conocer las Escrituras, saberlas de memoria, practicar una religión con apariencia de piedad, pero al mismo tiempo puede hacer todo ello sin conocimiento. Y es que el conocimiento es necesario para comprender lo que es el evangelio.  Pablo se refirió a sus compatriotas judíos que tenían celo de Dios pero no conforme a ciencia (Romanos 10:1-4), de manera que se hace muy importante el comprender lo que significa la persona y la obra de Jesucristo. De otra forma, ¿cómo se podrá invocar a aquel de quien no se ha oído, o a quien no se conoce? De igual manera la Biblia advierte a aquellos que no habitan o no permanecen en la doctrina de Cristo diciéndoles que no tienen a Dios (2 Juan 9). Uno puede concluir desde ahora estableciendo que el evangelio está hecho de doctrina, su esencia es el cuerpo de enseñanzas de Jesús entre nosotros. ¿Y cómo van a ser juzgadas las personas? Sencillamente por sus frutos, porque de la abundancia del corazón habla la boca. Es decir, el Señor declaraba también que el fruto que nos identifica como sus seguidores es la confesión de lo que tenemos en el corazón (y por ende en la mente). Si tenemos una doctrina extraña no somos de Dios, pero si tenemos sus palabras y ellas permanecen en nosotros, lo tenemos a Él.  

La gente puede ser instruida por la palabra de Dios, puede ser exhortada y enseñada culturalmente, pero la enseñanza a la que refiere Jesucristo es a la doctrina que Dios imparte en el corazón de sus hijos para ser llevados hacia Cristo. Estos son los hijos que Dios le dio a Jesucristo, como dijera un profeta, son los escogidos del Padre desde antes de la fundación del mundo, los cuales hace nacer de lo alto el Espíritu de Dios. Es aquella enseñanza la que remueve el corazón de piedra para recibir el de carne, es Dios atrayéndonos con cuerdas de amor. Una mujer en Efeso estuvo atenta a las palabras de Pablo pero no fue sino hasta que Dios abrió su corazón que ella pudo venir al arrepentimiento para vida eterna. El arrepentimiento es la metanoia griega, el cambio de mentalidad respecto a Dios y respecto a nosotros mismos. En ese proceso llegamos a comprender que Dios es en realidad un soberano absoluto, alguien que ha hecho como ha querido, que ha apartado para Sí mismo a un pueblo para dárselo al Hijo con su respectiva gloria. Al mismo tiempo, el arrepentimiento que se produce en nosotros nos lleva a reconocer que no meremos sino el castigo por nuestra naturaleza pecaminosa, pero que pese a ello hemos recibido gracia soberana.

Ninguno de los que dicen creer en el evangelio de Cristo pero no han llegado a reconocer que Dios es soberano absoluto, que hace como quiere en el corazón de todas las personas, tienen a ese Cristo que dicen conocer.  Y si creen que Dios es soberano absoluto pero al mismo tiempo insisten en que ellos aportaron su buena voluntad para seguir al Hijo, entonces le dan gloria a un mito religioso llamado libre albedrío. En ambos casos están perdidos, de manera que conviene arrepentirse de esa vana manera de creer, ya que están sirviendo a un dios que no puede salvar.

La enseñanza que da el Padre es una energía salvífica, no es teología generada en los corazones humanos, por más celo de Dios que los teólogos hayan tenido. Esa profecía del Antiguo Testamento se refiere a todo el Israel de Dios que habrá de ser enseñado para que acudan hacia el Hijo: todos tus hijos serán enseñados por Dios (Isaías 54:13). De esta manera queda establecido que todos aquellos que el Padre le da al Hijo han sido enseñados por Dios previamente. Ese conjunto de personas son judíos y gentiles, pero ambos constituyen el Israel de Dios, los elegidos del Padre. Por este mecanismo llegamos a creer en Jesucristo y recibimos de igual forma la promesa de no ser nunca echados fuera; más bien se nos ha dicho que seremos resucitados en el día postrero.

Esta enseñanza de Jesús forma parte de la doctrina sostenida por los escritores del Antiguo Testamento. Por ejemplo, Daniel nos dice que los que han dormido en el polvo de la tierra despertarán, unos para vida eterna y otros para vergüenza y confusión perpetua (Daniel 12:2). El salmista dice: Pero Dios redimirá mi vida del poder del Seol,
Porque él me tomará consigo
(Salmo 49:15). Pues tú has librado mi alma de la muerte, mis ojos de lágrimas y mis pies de resbalar (Salmo 116:8). Un profeta declara:  Destruirá a la muerte para siempre; y enjugará Jehová el Señor toda lágrima de todos los rostros; y quitará la afrenta de su pueblo de toda la tierra; porque Jehová lo ha dicho (Isaías 25:8).

Así también reforzaron los escritores del Nuevo Testamento. Dios ha prometido la vida eterna a los que perseveran en el bien hacer y buscan gloria y honra e inmortalidad (Romanos 2:7). Y habiendo sido esclavos del pecado llegamos a ser siervos de Dios, en quien tenemos el fruto de la santificación, y el resultado de la vida eterna (Romanos 6:22). Sabemos que la paga del pecado es la muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús nuestro Señor (Romanos 6:23). Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó (Romanos 8:30). Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos hizo renacer  para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros (1 Pedro 1:4). Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad (1 Corintios 15:53). Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna (Gálatas 6:8). Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron (Apocalipsis 21:4).

El glorioso evangelio de Cristo está hecho de doctrina, de la enseñanza que hizo el Señor respecto a quiénes vino a redimir. El vino a morir por su pueblo, para salvarlo de todos sus pecados, pero no vino a morir por el mundo al cual el Padre no amó (Juan 17:9).  Y dijo el Señor que el Rey les dirá a los de su mano derecha: Venid, benditos de mi Padre, para heredar el Reino preparado para ustedes desde la fundación del mundo (Mateo 25:34). E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna (Mateo 25:46). Por esto también resumimos que si la gente cree doctrinas contrarias al evangelio de Cristo, esas personas andan extraviadas respecto a la verdad. Es por ello que les decimos a todos ellos que están errados, que es peligroso ignorar las Escrituras, que no podemos hablarles paz cuando no la hay. De nuevo el mandato es el mismo, arrepentíos y creed en el evangelio.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 13:58
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